CUENTOS

 

 

Un cuento o un relato es un texto muy especial porque debe decir mucho en poco espacio, algo que no siempre es fácil. Dejo aquí algunos de los muchos que tengo escritos, que iré incrementando con el tiempo.

¡Espero que os gusten!

APARECIÓ LA JUSTICIA

Apareció la Justicia, como surgida de la nada, con la frente alta, el corazón rebosante y una espada en la mano, y miró a su alrededor. Tenía el aspecto de un hada e incluso de una diosa. Pese a sus ojos vendados, contempló una espesura negra y quedó envuelta en un gran silencio. Todo lo que la rodeaba se había cubierto de intriga, aunque no le dio excesiva importancia pues, allí por donde pasaba, solían plantearse problemas y, en la mayoría de los casos, encontraba soluciones. Y siempre vencía. Por algo era la Justicia.

Pero aquella tarde era demasiado negra, o demasiado espesa, y se pegaba a la piel como nunca había sucedido. Algo pringoso y sucio pululaba en el aire. Su larga cabellera se desparramaba al viento.

Jamás supo cómo, de algún lugar oculto surgió un dragón con los ojos rojos y la atacó sin esperarlo, aunque la Justicia estaba preparada para tales contingencias. Se había curtido en muchas batallas. Iba a ser una pelea fácil porque aquel no era rival para ella, pero tras el monstruo apareció un segundo dragón de ojos morados, y la pelea empezó a complicarse. Por muchos golpes que asestara, eran dos los enemigos y no iba a resultar tan sencillo como cabía esperar.

Los golpes caían y las fuerzas se debilitaban. La Justicia luchó como nunca sin ayuda de nadie y, a punto de vencer, apareció un tercer dragón con los ojos amarillos y rojos y la pobre se vio acorralada. Pese a todo, la Justicia levantó su espada y continuó enfrentándose a ellos. Ella sola contra tres rivales. Los cobardes siempre necesitaban unirse porque solos no eran nadie.

La lucha se prolongó durante horas que parecieron interminables, pero solo era una cuestión de tiempo: sus enemigos lo sabían.

Los golpes cayeron y cayeron uno tras otro, y la Justicia, cada vez más débil y triste, dobló las rodillas y, finalmente, se desplomó en un rincón sola, herida y abandonada. Y allí permanece agonizando a la espera de que alguien vaya a socorrerla.

©Blanca del Cerro

ALEJANDRO

A mi sobrino Alejandro, que murió una tarde de abril en un accidente de moto. Sólo tenía 26 años.

 

Los tres llegaron al barrio una tarde de sombras en la que nadie sabía si se iban a quedar quietas o acabarían devorando las calles. Finalmente, esas sombras tercas y anaranjadas se acurrucaron junto a las aceras, como acababan haciendo siempre, y contemplaron el ir y venir de los hombres lo que, al fin y al cabo, era lo que más les gustaba.

Llegaron al barrio los tres juntos, porque siempre iban juntos aunque nadie lo supiera por aquel entonces, y se aposentaron en el bar de Curro, el que hacía esquina con la avenida principal y donde servían los mejores calamares de la ciudad. O eso decían.

Llegaron en silencio. Los tres eran jóvenes, en esa edad en la que ya has dejado de ser niño pero todavía te falta traspasar una línea invisible para ser un hombre hecho y derecho. Los tres eran altos, delgados, musculosos y bien parecidos. Los tres contemplaban al mundo con un cierto aire de suficiencia, con esa prepotencia un tanto inhumana que caracteriza a la juventud de todas las épocas.

Y allí los conoció Alejandro mientras degustaban unas cervezas. A principios de marzo el sol empezaba a abrirse paso por entre las nubes todavía abundantes de la ciudad y el viento las barría y las volvía a traer, como si fuera un juego de piratas. La luz surgía demasiado tímida y acariciaba.

Alejandro también era alto, más que muchos de sus compañeros, y asimismo delgado, musculoso y bien parecido, igual que los recién llegados; tenía la piel clara, muy pálida, como su padre, el pelo corto, entre rubio y moreno, una gran labia, un desparpajo natural que le abría todas las puertas y, sobre todo, una media sonrisa que cautivaba. Tal vez por esas razones, tal vez por otras, se cayeron bien desde el primer momento. Los recién llegados se presentaron y le invitaron a sentarse con ellos. Rafael, el mayor de los tres, parecía llevar la voz cantante.

Entre sorbo y sorbo de cerveza, diversas sonrisas y un par de raciones de calamares, hablaron largo y tendido y se explicaron vagamente sus vidas, sus trabajos y sus sueños. Salieron del bar de Curro con una nueva melodía en la piel, casi a la hora de comer, y se encaminaron hacia un restaurante japonés en el que degustaron los platos favoritos de Alejandro.

La charla continuó a lo largo de la tarde, durante la cual especialmente Miguel, el más simpático y abierto de los tres nuevos amigos, estuvo explicando más o menos su procedencia de un lugar lejano, sin concretar cuál, sus gustos y aficiones, la idea de establecer un negocio en su tierra y el aprendizaje al que debían hacer frente si querían cumplir el encargo que llevaban. Las explicaciones fueron someras y un tanto ambiguas pero no necesitaban más. Gabriel, el tercer componente del grupo, mucho más serio y callado que sus compañeros y con un poder de observación netamente superior, contemplaba los movimientos de los demás y sonreía ante los comentarios de Miguel y el interés cada vez mayor de Alejandro.

Tras la cena, a base de pinchos y vino como casi siempre, se dirigieron a jugar al casino.

La noche se diluyó lenta entre cartas, fichas, sonrisas, apuestas y envites. Tuvieron buena racha y ganaron una considerable cantidad con la que al día siguiente celebrarían el buen inicio de aquella amistad en un restaurante de lujo. Alejandro tenía la suerte entre los dedos, siempre había sido así y siempre lo sería. Salieron del majestuoso edificio con muchas sonrisas en los labios.

Cuando Alex se acostó esa madrugada un poco fría y un poco desangelada, pensó con agrado en sus nuevos amigos, y ni por un instante se le pasó por la cabeza cualquier otra idea que no fuera tal amistad. El cielo en ocasiones nos oculta sorpresas que ni siquiera llegamos a sospechar.

Al día siguiente, sábado y día de trabajo, ya que trabajaba los fines de semana, Alejandro comentó a Marta, la más especial de entre sus múltiples amigas, y a Carmen, su futura cuñada, la irrupción de aquellos tres jóvenes en su vida, las actividades que habían llevado a cabo la tarde anterior y el deseo de que llegasen a conocerlos en un futuro próximo.

Volvió a encontrarlos el lunes siguiente, y el martes y el miércoles, y así hasta el viernes y, después de una cena en distintos bares o restaurantes, siempre deseaban ir al casino o a cualquier lugar donde pudiesen aprender técnicas de juego, ya fuera póker, bacarrá, ruleta, dados o black jack. Y allí observaban y aprendían, y Gabriel, el más serio y el más concentrado, tomaba continuamente notas, y juntos planteaban variadas preguntas, algunas un tanto absurdas y otras perfectamente lógicas, porque, según confesaban, no acababan de comprender el mecanismo de los juegos en su totalidad. Son tantos, argumentaban, y algunos realmente complicados. Alex reía por lo que para él resultaba tan sencillo. ¿De dónde venís? ¿De alguna galaxia? Cuestionaba a sus amigos. Y ellos se miraban con una cierta complicidad y también reían porque las sonrisas son fáciles y cuestan muy poco esfuerzo. Tenemos que poner en marcha un garito similar cuanto antes, nos lo han encargado y no podemos volver con las manos vacías, decían ellos. Y Alex no dejaba de sonreír.

El mes de abril irrumpió de repente en la ciudad con un calor poco habitual. Las flores empezaban a serpentear por las praderas y a envolver al mundo con su característico aroma de campanillas.

El aprendizaje de los tres jóvenes continuó a marchas forzadas a lo largo de la primera semana de abril. Alejandro no acababa de comprender la razón por la cual tenían tanta prisa, pero no por eso dejaba de ayudarles. Y ellos continuaban intentándolo pero sin conseguirlo del todo. No sé qué pasa, se quejaban, no es tan fácil como pensábamos. Os falto yo, decía Alex pensando que aquellos chavales parecían un poco pasmados. Llevadme a vuestro país y yo os pongo en marcha un casino maravilloso. Eso no puede ser, es imposible, respondía Rafael. Pues no veo por qué, contestaba. Y ellos no hablaban, tal vez por vergüenza o por miedo, y se miraban un poco más serios que de costumbre, con unos gestos de complicidad imposibles de descifrar.

Y así continuaron, entre fichas, cartas y risas, pero los días pasaban y los jóvenes no terminaban de captar la esencia de los juegos que tan sencilla resultaba para Alex. Estos chicos no saben lo que quieren en realidad, pensaba. Bueno, sí, instalar un casino en su tierra, pero tampoco es tan difícil. Y comentaba con Marta y con Carmen y les explicaba lo curiosos que eran sus nuevos compañeros, su simpatía, su amabilidad, también su cerrazón, y hablaban del día en que serían presentados, algo que nunca llegaba nadie sabía por qué. Y Alejandro no pensó, porque no se le ocurrió pensarlo, que siempre estaba solo con sus tres nuevos amigos, que nunca coincidía con el resto de la pandilla, que habitualmente iban los cuatro a todas partes sin otra compañía, que si ahondaba en aquella relación un tanto peculiar comprobaría la existencia de una serie de puntos un tanto curiosos, o extraños, o incluso anómalos, pero Alejandro no pensaba en tal tipo de cuestiones porque disfrutaba hasta tal punto de la vida que no se detenía nunca a dilucidar si un asunto era mejor o peor, sino simplemente aceptaba las circunstancias tal como venían sin adentrarse excesivamente en determinados pormenores.

Y una tarde gris plomizo, con el calor temprano de abril remoloneando junto a los cuerpos, los tres amigos estuvieron hablando sobre la absoluta necesidad de terminar su estancia en la ciudad. Nos están llamando y ya tenemos que marcharnos, dijeron sin especificar quién, ni cuándo, ni dónde. Pero no habéis aprendido todavía, chicos, comentó Alejandro, os falta mucho camino por recorrer aún si queréis montar un buen garito en vuestra tierra. Venga, insistió, llevadme con vosotros y os enseñaré. Yo me hago cargo y os lo dejo listo. No, no puede ser, respondieron riendo, es demasiado pronto. Alejandro no comprendió sus palabras, pero no preguntó y continuó insistiendo. Sería maravilloso estar en tierras lejanas, porque a él le gustaba la aventura, visitar otros países, conocer mundos distintos, y pasar una buena temporada lejos de todo, aprender incluso otro idioma, aunque los tres amigos hablaban un perfecto español y supuso, aún sin saberlo a ciencia cierta, que procederían de algún país hispanoamericano. Por alguna desconocida razón, jamás habían hablado de su lugar de procedencia, ni de quién les enviaba, ni de otras cuestiones aparentemente importantes que tal vez ni siquiera se le pasaran por la cabeza.

Tenemos que partir, dijeron Rafael, Miguel y Gabriel una mañana de finales de abril, con los cerezos y los almendros reventando de flores a su alrededor y pintando de rosa la ciudad. Quiero ir con vosotros, insistió Alejandro, quiero ir porque lo cierto, no nos engañemos, es que no tenéis ni idea de lo que vais a hacer. No es posible iniciar una empresa de tal envergadura con vuestros escasos conocimientos; os habéis esforzado, no hay duda, pero os queda mucho por aprender. Yo voy, me quedo allí una temporada, os dejo todo preparado y vuelvo. En ese instante los tres amigos se pusieron muy serios y se miraron a hurtadillas, con los labios plegados y los suspiros contenidos. Alex se preguntó qué sucedía siempre que hablaba de su posible estancia en aquel país ignorado, pues ellos parecían ponerse nerviosos y siempre procuraban evitar el tema, pero no comentó una palabra y siguió insistiendo. Sería tan divertido… Finalmente, los tres amigos bajaron la cabeza y se dispusieron a salir. Fue Gabriel quien, mirando a Alex directamente a los ojos, le espetó: “Tal vez no vuelvas. ¿Lo has pensado?” Pero él sonrió, con esa mirada tierna que guardaba para los momentos más decisivos, y se dijo que de cualquier lugar se puede retornar siempre, ¿por qué no iba a volver? Mañana nos vemos, se despidió de ellos, y se diría que estaban tremendamente serios, más que de costumbre, y que un dolor extraño les corroía por dentro, y cuando salieron del restaurante en el que habían comido, parecía que habían tomado una decisión pero con excesivo esfuerzo, como si no desearan llevarla a cabo pero no tuvieran otra solución u otra alternativa. Está bien, dijeron al final, tú lo has querido. Por supuesto que lo he querido, y que lo quiero, respondió Alejandro, porque toda aventura es maravillosa. Unas más que otras, contestó Miguel, no lo olvides, Alex. Mañana nos vemos… allí.

Alejandro montó en su moto, arrancó el motor y se dirigió hacia la carretera.

Aquella tarde de finales de abril empezó sombría, como envuelta en mantos de algodón muy oscuros, que se la llevaron a pasitos lentos por las sendas de la tristeza y el dolor, pues fue en esa tarde borrosa y turbia cuando el cuerpo de Alejandro reventó para siempre al tomar una curva, en brazos de no se sabía qué desquiciado destino. No era una curva muy pronunciada, ni la velocidad excesiva, ni existió otro vehículo contra el que colisionara, ni hubo falta de prudencia, ni se dio ninguna circunstancia peligrosa. Simplemente ocurrió. Las hebras del fatalismo se trenzaron en aquel instante y el aire estalló en mil pedazos.

El cuerpo de Alejandro quedó desmadejado sobre el asfalto.

Todo un silencio de lágrimas y preguntas sin respuesta envolvió la vida de los que permanecieron, mientras un ahogo de color gris ceniza consumía lentamente las almas.

Tras el tanatorio, el entierro y todo el manto de dolor, rabia e incomprensión que rodea tales eventos, Marta y Carmen fueron las únicas que se percataron de que aquellos grandes amigos de los que tanto hablara Alex en el último mes, no habían aparecido. Entre la multitud de jóvenes que asistieron al último adiós, Rafael, Miguel y Gabriel no estuvieron presentes. Bien era cierto que ellas no llegaron a conocerlos, tampoco el resto, nadie sabía ni siquiera cómo eran o qué aspecto tenían, algo que resultaba un tanto curioso a la par que misterioso. Alejandro aseguró en diversas ocasiones que se iría con ellos a ayudarles a montar un garito de juego en su país, pero ellos… ni siquiera habían hecho acto de presencia. Todo aquello sonaba muy raro.

Marta y Carmen empezaron a investigar. Preguntaron a Curro, el dueño del bar donde supuestamente Alejandro los había conocido, pero Curro no supo de qué le hablaban. Es extraño, comentó Marta, esto es cada vez más extraño, supuestamente se conocieron en este lugar y estuvieron conversando varias veces. Curro tendría que saber quiénes eran. Asimismo interrogaron a Sunka, la encargada del restaurante japonés donde tan a menudo cenaban, y ella aseguró que Alejandro últimamente siempre había ido solo. No era posible, según las palabras de Alex. Indagaron asimismo en otros lugares a los que supuestamente acudían, pero la respuesta fue siempre la misma. No lo entiendo, se dijo Carmen, es como si esas tres personas de las que tanto hablaba Alejandro jamás hubieran existido. No comprendo nada, corroboró Marta. ¿Y si realmente no hubieran existido? Entonces, ¿por qué Alex tendría que inventarse unos personajes inexistentes? Y sobre todo ¿con qué fin? ¿Para qué?

 

Marta y Carmen continuaron sus pesquisas pero nadie, absolutamente nadie, sabía una palabra de aquellos tres hombres. Por mucho que preguntaron, por mucho que indagaron, por mucho que investigaron, nadie supo dar cuenta de ellos.

Rafael, Miguel y Gabriel…

¿Quiénes eran en realidad? ¿De dónde habían surgido? ¿Cuál era su procedencia? ¿Qué habían querido de Alejandro? ¿Qué habían buscado? ¿Por qué habían aparecido? ¿Por qué habían desaparecido con él? ¿Tendrían algo que ver con… su muerte?

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los tres surgieron una tarde sin saber cómo ni de dónde y buscaron a Alejandro en silencio, tan en silencio que nadie más supo de su existencia, y se hicieron amigos, le propusieron aprender las técnicas de los juegos para llevárselas a su país, o a su lugar de residencia, o a su morada, y él se ofreció a ir con ellos para ayudarles.

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los nombres de los tres principales arcángeles. “Medicina de Dios”, “¿Quién como Dios?” y “Fortaleza de Dios”.

Aquello no podía ser posible.

Carmen y Marta se miraron aterrorizadas. No puedo creer lo que estamos pensando, se dijeron. ¿De verdad consideras que…? ¿De verdad? ¿Estás segura? No sé… ¿Cómo estar segura de algo así? Es de locos, no es real, parece un sueño, o una pesadilla. Alex se ha ido con ellos, claro que sí. Alex se ha ido con ellos para ayudarles en su misión. Ellos se lo han llevado. Le necesitaban. Nos lo han arrebatado.

Alejandro…

La noche hacía estragos en las almas. Y era demasiado oscura, como una cohorte de fantasmas al acecho.

Las dos jóvenes salieron de la casa con los pensamientos aturullados. Resultaban tan imposibles las conclusiones que habían sacado que necesitaban respirar aire cuanto antes, bocanadas de aire fresco, por lo que se dirigieron a un parque cercano a vaciarse de conjeturas, de irrealidades y de certezas. Las estrellas reventaban en el cielo. Y allí, entre petunias y violetas, lirios y nomeolvides, hablaron con él mirando al infinito.

Ya sabemos dónde estás, querido Alex, ya sabemos cuál era tu destino. Un destino cruel para nosotros pero quizás no tanto para ti. Aunque parezca increíble, aunque nos resulte imposible, aunque no entendamos el misterio que encierra, ya sabemos lo que ha sucedido. Ellos, los tres arcángeles, vinieron a buscarte porque querían aprender, porque les habían encomendado la misión de montar un garito de juegos allá arriba, sí, allá arriba? parece increíble ¿no es cierto?, pues allá arriba también necesitan divertirse, y un casino es una gran diversión, que te lo digan a ti, y vinieron y buscaron al mejor, y tú eras el mejor. Por eso te fuiste, por eso te llevaron, por eso te arrebataron, en realidad te necesitaban, era una aventura grandiosa, y ahora estarás haciendo lo que más te gustaba, y te encontrarás bien, en tu propia salsa, no cabe ninguna duda.

Un casino de juegos y tú al mando. Quién lo iba a pensar… Enseñarás a todos, te moverás en tu terreno, te rodearás como siempre de amigos, tendrás cientos de alumnos, aplicarás y perfeccionarás tus técnicas, jamás perderás la sonrisa y estarás disfrutando realmente, con la eternidad a tus pies. Así, para siempre.

Alejandro…

Y aunque aquí nos hayas dejado llenos de vacío, por lo menos podemos conjeturar, y casi asegurar, que ahora eres feliz.

LA GRAN NOCHE

 

Aquella sería la gran noche de su existencia, la que había esperado toda la vida, la que le consagraría como el ídolo indiscutible de masas en el mundo entero, el cantante más fabuloso de la historia, la maravilla de las maravillas, la gloria de las glorias, lo mejor de lo mejor, la estrella que brillaría para siempre en el firmamento de los magníficos, superando a voces geniales como las de Elvis Presley, Frank Sinatra, Freddy Mercury o Elton John.

Esa era su noche.

Se había preparado con verdadero fervor, cantando, ensayando, repitiendo una y otra vez unos temas que acabarían tarareando todos los jóvenes de la Tierra. Estaba seguro.

Se encontraba en el Royal Albert Hall de Londres, una de las salas de conciertos más emblemáticas del mundo, a la espera de que fueran a buscarlo para salir al escenario. Quedaban pocos minutos para el gran momento y se sentía nervioso. Caminaba de un lado a otro de aquella habitación, oscura y carente de ventanas, sin poder controlarse. Tranquilo, Max, tranquilo.

Decenas, cientos, miles de personas esperaban el momento de su aparición. Oía de fondo el murmullo atronador de sus voces, las que en unos instantes le aclamarían proclamando su nombre, y un remusguillo entre el orgullo, el placer y el temor caracoleaba por dentro de su cuerpo.

Por fin. Por fin lo había conseguido. Llevaba toda la vida esperando ese momento, esa noche, su gran noche, la de su culminación, la de su triunfo absoluto, no podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo tras tantas luchas y tantas penalidades.

Max Canterbury, el nombre que había adoptado desde los inicios de su carrera musical, cerró los ojos y sonrió.

Iba a triunfar. Iba a ser aclamado. Iba a dejar anonadada a toda la humanidad con sus canciones.

Ojalá estuviera allí su madre, su querida madre, siempre a su lado, siempre ayudándole, pero se fue en silencio y despacito como había hecho todo en vida. Mamá…, pensó, si me vieras ahora, al borde del triunfo.

Pasos en el exterior. Ya se acercan, ya vienen a por mí.

La puerta se abrió.

Un hombre de cara seria y dos mujeres entraron en la habitación. Los tres vestidos de blanco. Llevaban los ojos turbios y una gran determinación en sus miradas.

— Hola, Max —saludó el hombre—. Venimos a por ti. No te resistas porque de nada te va a valer.

Y Max dio un salto hacia atrás, cerró los puños y empezó a gritar. Los alaridos retumbaron en las paredes.

Cuatro fornidos jóvenes surgieron de algún lugar oculto, se abalanzaron sobre él y le inmovilizaron con una camisa de fuerza.

La comitiva en pleno se encaminó hacia una de las celdas acolchadas del Centro Psiquiátrico Camilo Pesqueiro, situado a las afueras de la ciudad mientras en la cabeza de Max se derretían poco a poco las voces, los murmullos y los vítores de una multitud enfervorizada que le aclamaba y repetía sus canciones una y otra vez.

SOY DE PAPEL

 

                                                  Hemos dirigido nuestras acciones contra el espíritu                                                            anti-alemán. ¡Entrego todo lo anti-alemán al fuego!

                                                                      Herbert Gutjahr, líder de los estudiantes

 

Soy de papel. De un papel muy bonito y fino, casi transparente. Esa es una de las dos verdades que aprendí al ver por primera vez la luz en el transcurso de una mañana de otoño en la que el aire, sin motivos aparentes, parecía comprimido, como prieto, y un ahogo de color gris ceniza se adueñaba lentamente de las calles. La otra, la segunda verdad que comprendí en seguida, fue la existencia de manos porque es a través de ellas como los hombres establecen contacto conmigo. Podría decir tanto sobre las manos… Eso lo supe inmediatamente después, me refiero a la existencia de los hombres pues, al fin y al cabo, ellos me crearon y me hicieron tal y como soy. También aprendí casi en el mismo instante que los hombres también pueden ser mujeres, bueno, no es que sean ambas cosas a la vez sino que en la raza humana las posibilidades son muy limitadas: o eres hombre o eres mujer, nada más. Y asimismo descubrí la existencia de hombres pequeñitos y mujeres pequeñitas, los denominados niños, a los que siempre veo de lejos porque lo que yo guardo en mi interior al parecer no está destinado a ellos, es para otro tipo de público, y aunque me gusta su presencia, la de los pequeños, —es algo cálido y distinto, como un halo de ternura alrededor que te hace sentir bien— siempre están allí, al otro lado de donde yo me encuentro, donde reposa la literatura infantil, pero al cabo de los años me he percatado, sin conocer en realidad las razones, de que cada vez acuden menos a mi morada, lo cual me produce tristeza y pesadumbre. Los niños son motivo de alegría y me hacen sonreír.

 

Fue a través del tiempo cuando empecé a desvelar las causas y los porqués de tantas y tantas dudas iniciales pues, cuando abres los ojos al mundo, siempre surgen millones de interrogantes que puedes o no puedes resolver y unos se aclaran pero otros se quedan ahí, varados en el universo de los misterios insolubles.

Aquella mañana inundada de melancolía, el día de mi nacimiento, salí de un lugar llamado Imprenta Drucke junto con varios cientos de volúmenes, camino de no sabía dónde. El lugar adonde nos dirigimos entonces y en el que habito en la actualidad se llama Biblioteca Nacional, situada en el centro de la ciudad de Berlín, y es un edificio grandioso dividido en salas inmensas, con cientos y cientos de estanterías repletas de compañeros de todos los tamaños y colores. No podría decir cuántos miles y miles nos apiñamos en estas estancias, porque hay varias, unas junto a otras, donde infinidad de librerías de madera preciosa se elevan hasta el techo. A mí me colocaron en la tercera sala a la derecha tras cruzar la puerta de entrada, en una zona dedicada a Medicina, Psicología y Psiquiatría, junto a los volúmenes de otros médicos, psicólogos y psiquiatras célebres desde el principio de los tiempos, aunque antes no se llamaban psiquiatras porque, según he escuchado —a mi alrededor se hacen infinidad de comentarios y procuro no perderme nada—, ese es un término de reciente aparición.

Los compañeros que me rodean presentan infinidad de tamaños y texturas, son altos, bajos, medianos, gruesos, muy gruesos, delgados, muy delgados, pequeños, enormes, diminutos, encuadernados con gran diversidad de materiales y colores, como una especie de arco iris infinito, con preciosas cubiertas, otras no tanto, y con los más variados aspectos. En lo referente al mío, quiero decir a mi aspecto, lo cierto es que me agrada y podría afirmar que más que el de otros. Porque mi parte exterior es de cuero, color granate, con los lomos dorados, y en la portada aparece un título, La interpretación de los sueños, y un nombre, Sigmund Freud, escrito también con letras doradas. Me gusta dicho nombre, Sigmund, Sigmund, lo degusto y paladeo, me parece bonito y agradable. Y suena bien. La persona a la que doy vida —o que me da vida a mí, eso habría de dilucidarlo— es, al parecer, un médico de Viena, de origen judío, que ha revolucionado la psiquiatría y, por lo que he oído a mi alrededor, tiene encandiladas y asombradas a muchas personas con sus nuevas y revolucionarias ideas, esas que yo guardo dentro, esas a las que doy vida. Me encanta contener a alguien famoso porque así son muchos los seres que se acercan a mí, me miran, leen mi portada, me contemplan, incluso me admiran, me toman entre sus manos y pasan mis páginas. Es como una gran caricia que se extiende y se extiende, y la verdad es que me gusta. Todos tienen ansias de conocer esas nuevas ideas que se plasman en mis páginas. Muchos de ellos me llevan a una mesa y me leen, y luego me devuelven con cuidado a mi estantería, y en otros casos me transportan hasta sus hogares, donde vivo otra existencia distinta a la mía habitual, y contemplo un mundo diferente repleto de voces, comportamientos y esencias de lo más variopinto, y trato con hombres, mujeres y niños, algo que me encanta y con lo que disfruto. Es entonces cuando más feliz me siento, porque nosotros, cualquiera que sea nuestra condición y contenido, desprendemos alegría y sonreímos cuando las personas nos leen, pues cuando no lo hacen permanecemos en el lugar donde nos colocan, muy quietos, en estado de hibernación si nos da tiempo a ello, aunque no siempre nos es posible alcanzar dicho estado.

Por las noches, cuando el silencio nos invade hasta el fondo y la oscuridad nos abraza con sus manos tranquilas, aparece una cuadrilla de limpiadoras comandada por Helga, una mujer grande y gruesa, con el cabello rubio recogido en un moño y los mofletes colorados, que grita mucho, da órdenes a sus subalternos y nos limpia con un plumero que me hace cosquillas. Su comportamiento, con las consiguientes diferencias, es muy similar al de los hombres con uniformes de color gris y brazaletes rojos en el brazo izquierdo con una extraña cruz impresa, que en ocasiones aparecen por aquí dando voces. Me producen un poco de miedo pero no se acercan a nosotros, se limitan a mirar al mundo con aire de superioridad, como si fueran muy importantes, como si estuvieran por encima del resto de los humanos, y chillan demasiado impregnando el aire de suciedad y vileza. Lo cierto es que me disgustan. Creo que ignoran que este es un lugar de silencio, paz y tranquilidad. No sé quiénes son ni me interesa, pero me entristece y atemoriza su presencia.

Los años se han deslizado suavemente. Es así como ha transcurrido mi vida, feliz en la mayoría de las ocasiones, casi sin tiempo para dormir y acunado por millones de manos y ojos en los que percibo interés, complacencia y felicidad, que es lo mejor que se puede percibir en los rostros de los hombres.

Así fue todo hasta aquella noche.

Era una noche igual que las demás, o a mí me lo pareció. La primavera estiraba sus brazos aunque aquí dentro no se diferencien las estaciones, pero lo sabía porque la semana anterior un afamado médico, alto, delgado y guapo, me había llevado a su hogar, un lugar lleno de encanto, y pude contemplar las flores de su jardín y aspirar su aroma. Me gusta la fragancia de las flores. Por eso sabía que era primavera, exactamente el mes de mayo. Esa misma tarde el doctor me había depositado en mi estantería y me disponía a descansar tras varias jornadas de intenso ajetreo. La noche empezó a rodearnos con sus largos brazos mientras Helga y su cuadrilla limpiaban mi sala, la tercera a la derecha tras cruzar la puerta de entrada. Y entonces oímos un ruido como de cristales rotos, y muchas voces, muchos gritos, el terror iluminando la noche, un estruendo fuera de lo normal. Helga y los demás permanecieron quietos, como repentinas estatuas de piedra. Los pasos avanzaban a lo lejos pero cada vez más cercanos. Y una masa confusa de seres que parecían cualquier cosa menos humanos apareció por allí, algunos vestidos con uniformes grises y un brazalete rojo en el brazo izquierdo con una extraña cruz. Se notaba que llevaban el odio y la furia en las miradas, manadas y manadas de odio, además de fusiles negros en las manos. Helga y su cuadrilla quisieron ocultarse, pero ni siquiera tuvieron tiempo porque los hombres oscuros levantaron sus armas y dispararon contra aquellos seres pacíficos que nada habían hecho salvo mantenernos limpios y relucientes. El eco de los disparos retumbó en las paredes formando un estruendo aterrador. Sentí mucho miedo mezclado con mucha sangre y muchos gritos. Helga y su cuadrilla cerraron los ojos sin saber el porqué de su adiós eterno. Creo que yo nunca había temblado tanto.

Una vez allanado el camino, aquellos grupos enloquecidos se acercaron a las estanterías donde reposábamos y empezaron a abrirlas y a devastarlas. No entendía las razones. Algo muy extraño y confuso estaba sucediendo que no acababa de asimilar. Había oído que los hombres matan a otros hombres en contiendas eternas e inexplicables, pero jamás había oído que los hombres mataran libros. ¿Qué daño les habíamos hecho nosotros?

El odio se escapaba por las pupilas de aquellos seres mientras rompían los cristales que cubrían las estanterías y nos recogían a todos, o a casi todos, introduciéndonos y amontonándonos en los sacos que habían transportado hasta allí. Los ruidos reverberaban en el recinto cuyo silencio había quedado destrozado para siempre. Nos introdujeron en aquellos sacos sucios, una confusa maraña, sin ningún tipo de cuidado, como si fuéramos basura, montones y montones de libros apiñados sin piedad ni compasión, algunos partidos, otros arrugados, otros rotos o descuartizados, una masa espantosa de soledad, y nos arrastraron hacia algún lugar desconocido. Ya no podía ver porque estábamos encerrados y aplastados en aquellos sacos repugnantes, unos sobre otros, descolocados de mala manera. Solo escuchaba muchas voces y muchos gritos, sobre todo gritos. Y también disparos.

Todo a mi alrededor se había transformado en oscuridad y temblores, y vaivenes, y destrozos.

Las hordas que habían invadido el recinto debieron sacarnos a la calle y montarnos en algún vehículo, probablemente un camión. Me movía de un lado a otro chocando contra todos esos libros que me habían hecho compañía a lo largo de los años, aplastado entre montones de compañeros y amigos, entre gritos y lamentos infinitos que nadie escuchaba, y mis páginas iban quedando destrozadas debido al traqueteo y al amontonamiento. Muchas de ellas se desprendieron y quedaron mezcladas con las del resto de mis amigos formando una masa horrible de soledad y tristeza. Un dolor punzante me atravesó de lado a lado. Sentí que mi alma de papel empezaba a abandonarme.

Y, sobre todo, tenía mucho miedo.

Los gritos iban aumentando convirtiéndose en aullidos, daba la sensación de que la locura se había apoderado de la ciudad. Desconocía las razones. No comprendía el daño que podíamos causar nosotros y, ni mucho menos, cuál sería nuestro destino. En ese momento pude oír unas voces en forma de garras que clamaban: “¡A la Plaza de la Ópera!”

Tras un tiempo indeterminado de vaivenes, subidas y bajadas, y lluvia, mucha lluvia, con mis páginas ya casi destrozadas y formando un guiñapo con el resto, y tras dolorosos movimientos que daba la impresión de que no iban a finalizar jamás, el vehículo se detuvo. Tanto mi estado como mi ánimo eran lamentables. Unas manos gruesas abrieron el saco en el que nos habían encerrado, y fue en ese instante cuando pude escuchar unas terroríficas palabras surgiendo de la garganta de un hombre que se encontraba algo apartado del camión en el que me transportaban. Solo pronunció una frase: “Heinrich Heine dijo que allí donde se queman libros, se termina quemando a los hombres”. Varios disparos acallaron las voces.

Todo era negro alrededor, y lluvia a raudales, y una gran hoguera al fondo.

Las manos de un soldado vestido de gris, con un brazalete rojo en el brazo izquierdo y una extraña cruz impresa nos agarraron y nos transportaron hacia el resplandor, hacia el centro de la plaza, hacia el fuego, un fuego que se elevaba alimentado por nosotros. Tenía tanto miedo que ni siquiera podía temblar. Y esas manos horrendas, las más horrendas y repulsivas que había conocido en mi vida, me lanzaron a la nada, me lanzaron a un vacío absoluto y sepulcral, y aterricé sobre millones de otros libros que lloraban y lloraban sin que nadie escuchase sus lágrimas. Toda la angustia de los acontecimientos se concentró alrededor de la Plaza de la Ópera, y se extendió alrededor de la vida y alrededor del mundo abarcando la totalidad del universo.

Y entonces empecé a crepitar.

A partir de ese instante, la oscuridad fue completa.

Corría la noche del 10 mayo de 1933.