RELATOS PREMIADOS

 

Aquí dejo plasmados los relatos que han sido premiados en certámenes literarios o seleccionados para alguna antología.

¡Que los disfrutéis!

CADENA DE BESOS

Segundo Premio del I Certamen de Cuento Corto convocado por el grupo Sígueme leyendo, por favor (2020)

Uno de los recuerdos más dulces de mi vida fue el de mi abuela paterna. Se llamaba Marta y en ese recuerdo se mezcla la fantasía, el sueño y un dulce aroma a jazmines que siempre la perseguía como si fuera un perro hambriento. Era una mujer firme y, hasta cierto punto, espectacular, con un halo de autoridad que la hacía especial a los ojos de casi todos.

Mi abuela Marta —ojos de miel, labios carnosos y la eternidad en la frente—afirmaba que los besos forman una cadena alrededor de la Tierra, una cadena invisible que jamás debería interrumpirse, porque el día que alguien, sin saber quién ni cómo, la cortase, cuando faltasen los besos entre la humanidad, el mundo se terminaría para siempre. Y nos perseguía con su cantinela de caricias a flor de piel, como un vendaval de suspiros arropándonos a nosotros, sus siete nietos.

Todos los domingos comíamos en su casa y nos reunía a su alrededor para contarnos unas historias que escuchábamos embelesados. Yo la admiraba por su fuerza, por su sabiduría y por ese encanto que emanaba de ella en forma de torrente, una suerte de brisa suave que desprendía magia. Nos besaba de una forma especial, convirtiendo tal acto en un rito sagrado del que no queríamos ni podíamos huir porque no deseábamos contribuir al final del mundo sino al contrario, y ella sonreía, y nos sentíamos muy a gusto. El amor escapaba a chorros de sus pupilas. Así domingo tras domingo a lo largo de once años, una época realmente maravillosa en la que nadie imaginó lo que nos esperaba.

Ignoro de dónde vino aquello pero un día nos despertamos todos abrumados por algo que llamaban pandemia. Lo cierto es que ignoraba el significado de aquella palabra, que entonces escuché por vez primera, lo que encerraba, lo que era y cómo se produjo, siendo como una especie de plaga maléfica que había atacado al planeta entero al que de repente sumió en una especie de letargo espantoso. Los goznes del mundo entero empezaron a chirriar. La televisión gritaba, los gobiernos temblaban, los habitantes del mundo caían bajo las fauces malditas de aquella suerte de enfermedad, los hospitales se llenaron, y los cementerios, las vidas empezaron a diluirse, y nos obligaron a encerrarnos en nuestras casas. Los niños dejamos de ir al colegio. Y el mundo en su totalidad adquirió el aspecto cadavérico de un monstruoso fantasma.

Lo grave, lo que me resultó más terrorífico, es que los seres humanos empezaron a alejarse unos de otros, como si se tuvieran miedo, como si de sus ojos surgiera la enfermedad que nos asolaba y atacara a otros, como si cada uno de nosotros fuera el portador oculto de aquella miseria. El mundo empezó a encogerse, a reconcentrarse en sí mismo. No salíamos de casa salvo para lo imprescindible, y los pequeños ni siquiera pisábamos la calle ya con el miedo entre todos, una suerte de centinela acosador.

Dejamos de ir a comer a casa de la abuela Marta, la vida se diluía y el amor empezó a colarse por las rendijas de la nada como un espectro sinuoso. Porque, además de las salidas, se prohibieron las reuniones, y el trato con los demás quedó reducido a un hilo de silencio cada vez más largo que empezó a envolvernos y, en cierto modo, a destrozarnos. Se prohibieron los besos y los abrazos por temor al contagio, y eso sí que me pareció terrorífico porque mi mente infantil, recordando aquellas tardes suaves de domingo, se preguntaba: ¿Qué sucederá con la cadena de mi abuela Marta? ¿Y si se corta? ¿Y si nos quedamos sin ella? ¿Y si desaparece?

No sé si sentía más temor por la enfermedad en sí o por la ausencia de esos besos de los que empezamos a carecer, continuamos por acostumbrarnos y terminamos por rechazar.

Algo o alguien estaban rompiendo muy lentamente la cadena de besos que daba la vuelta al mundo, aquella de la que tanto hablara mi abuela. Y esta desaparecía gota a gota.

Así transcurrieron tres largos años durante los cuales la oscuridad y la tristeza a partes iguales se fueron haciendo dueñas de los hombres. La mente del mundo se retorcía a pasos agigantados. La humanidad entera, sin besos ni cariño, quedó sumida en un letargo silencioso e inconcebible.

La cadena de amor se había volatilizado, dejó de rodearnos y envolvernos para siempre. Esa que sucumbió poco a poco, esa que los hombres debíamos haber conservado a toda costa, esa a la que jamás debíamos haber renunciado y que, como por arte de magia, había dejado de existir.

Mi alma se llenó de una angustia de color granate como jamás había sentido.

Y sucedió lo inevitable.

Ese domingo nos levantamos pronto. Era el cuarto año de la pandemia, cuando las almas ya ni siquiera caminaban de puro hastío y la vida se arrastraba revestida de sinsentidos. Nada parecía presagiar la hecatombe y nadie supo exactamente lo que sucedió, salvo yo que llevaba mucho tiempo esperándolo, ignoraba el qué en realidad pero sabía con total certidumbre que había llegado la hora de la verdad, esa que no debía haber salido nunca de su madriguera pero que la humanidad obligó a escapar.

Aquella mañana limpia pasó a ser noche muy oscura. Fue así, de repente, casi sin percatarnos: un temblor terrorífico se extendió por toda la Tierra; el cielo se hizo gris, las nubes se apelotonaron y reventaron, los vientos se elevaron, los volcanes explotaron todos a la vez, el mar se hizo un inmenso rugido, los astros se convirtieron en masas informes, los rayos poblaron el firmamento y, mientras todo aquello ocurría, el día se transformó en una oscuridad mezquina que empezó a poseer la vida tragando y tragando todo lo que encontraba a su paso.

La noche, como un inmenso agujero negro, succionó al mundo. Mi último pensamiento fue para mi abuela Marta y su cadena de besos.

Y ya todo dejó de ser.

 

©Blanca del Cerro

AMOR ESTILO ACEITUNA

Seleccionado para antología Tinta de Olivo, del I Premio Internacional de Relato Corto sobre Olivar, Aceite de Oliva y Oleoturismo (2018)

 

Desde su improvisada atalaya dominaba todo sin ser visto. El campo infinito, el olivar inmenso, las montañas allá a lo lejos, la extensión salpicada de verde y verde y más verde que cabalgaba hasta que se perdía en un horizonte también verde de olivos. Desde aquel lugar dominaba el lago, el castillo y el pueblo, dominaba hasta el aire que apretaba los pulmones de tan puro. Y desde allí arriba, sobre una rama gruesa y retorcida —debía tener un infinito de años a su espalda—, su fortaleza particular, fue donde la vio por vez primera, en secreto, como si fuera un águila a la caza de su presa. La vio y el alma se le llenó de suspiros.

Sabía quién era, ¿cómo no saberlo?, la hija pequeña del dueño de todo aquello que tenía delante y probablemente más allá, la única niña después de cuatro varones, el tesoro privado de los Marqueses de Villaflora, los amos de tantos y tantos olivos que se extendían hasta que la vista ya no podía más y los ojos se achicaban formando rendijitas. Esa era ella, Manuela, así llamada en honor a su abuela paterna, una verdadera dama. Por aquellos tiempos lejanos, con motivo de su nacimiento se celebró una grandiosa fiesta —baile, comida y jolgorio —, tanto en el castillo como en el pueblo, todos los empleados de los marqueses recibieron un jornal extraordinario y las celebraciones se prolongaron a lo largo del fin de semana, unas jornadas fastuosas salpicadas de flores y sonrisas. Los trabajadores, sin faltar uno, acudieron en tropel a contemplar a la niña, blanca y rubia. Entre ellos, los propios padres de Hugo. Hugo no lo recordaba porque sólo tenía dos años en aquellos días de gloria, muy azules y muy verdes, porque el cielo y la tierra quedaron comprimidos en una algarabía desconocida de sonrisas para la conmemoración de aquel nacimiento.

El firmamento empezaba a deshacerse hacia el atardecer. Desde su atalaya Hugo pudo ver a Doña Fernanda, la madre de Manuela, la Marquesa de Villaflora en persona, acompañada por un par de damas, tan elegantes como ella misma, tintineo de pulseras y collares, paseando y charlando por el olivar, y a su hija Manuela, que las seguía unos cuantos metros detrás, se diría olvidada, tocando todos los árboles a medida que pasaba junto a ellos. También tocó aquel en el que estaba encaramado Hugo, quien la contempló desde las alturas y se preguntó que de dónde habría surgido tanta belleza y tanta dulzura, parecía un verdadero ángel, allí, en medio de una nada verde, en el centro de un olivar inmenso. Y la muchacha continuó su caminar tras las señoras sin percatarse de que dos ojos de color noche la perseguían y la habían grabado fascinados. Aquel día la vida del joven dio una voltereta en el aire.

Hugo, desde su atalaya oculta, ya no contemplaba el campo, ni el viento, ni el castillo, ni el olivar, ni el mundo verde que le rodeaba, porque todo aquello había dejado de interesarle. A partir del día en que divisó a Manuela, subía todas las tardes a esperarla por si su figura surgía tras el séquito de las damas elegantes, unas tardes aparecía, otras no, dependía del tiempo y del sol, y también de la época del año, o no dependía de nada en concreto sino de que simplemente apareciesen, y desde allí la observaba soñando con sus labios, imaginando locuras a su lado, desgranando las palabras que pronunciaría ante ella, cómo mirarían sus ojos, cómo sonaría su voz, cómo le acariciarían sus manos, suponiendo que algún día se atreviera a acercarse. Y así, un sueño detrás de otro, se le iban las tardes subido a la rama de un olivo centenario, a la búsqueda de una sombra y un alma. No sabía cómo comportarse ni cómo actuar pero sí sabía que no podía ni debía hacer mucho más de lo que estaba haciendo aunque lo deseara.

Manuela era la hija del dueño de aquel grandioso marquesado y él era el hijo de dos de sus sirvientes, su padre trabajaba en los campos y su madre en las cocinas del castillo. Manuela poseía grandes riquezas y él no tenía más que unas pocas monedas en los bolsillos, fruto de su trabajo, aunque casi todo lo entregaba a su madre, no había otro remedio, tenían que comer y vivir. Manuela habitaba en un castillo fastuoso y él en una humilde casita de un pueblo perdido. Manuela escalaría a lo largo de su vida las cumbres de las altas esferas y el sería por siempre un humilde empleado. Al fin y a la postre, Manuela tenía su destino escrito en las estrellas y él en los charcos.

Encaramado a su rama, se le escapó algo que podría confundirse con un sollozo.

El mes de mayo estallaba ingrávido entre mariposas y flores. Aquel día, por una u otra razón —porque llevaba mucho tiempo contemplándola, o porque las palabras se escapaban solas, o porque se le atragantaban los suspiros en el centro de la garganta, quién podría saberlo—, Hugo pensó que había llegado el momento de surgir de la nada, de aparecer en la vida de su adorada Manuela, de darse a conocer, de que ella por fin supiera de su existencia, ya que, de lo contario, acabaría muriendo de pena y silencio. No sucedería nada porque nada podía suceder tras su hazaña —tal vez una sonrisa o tal vez un rechazo—, pero llevaba demasiado tiempo acumulando tantos sinsabores que era totalmente necesario actuar de alguna manera.

Arrancó una rama de olivo con su flor correspondiente y esperó.

Aparecieron por el camino que llevaba al castillo y se adentraron en el olivar, la tarde cayendo a plomo, esta vez eran cuatro damas, una estela de perfume tras de ellas, y la joven a la zaga, tocando los árboles y deteniéndose de cuando en cuando a observar cualquier pequeño detalle que brindara la naturaleza. Hugo ni siquiera respiraba. Descendió hasta posarse en la rama más cercana al suelo, hasta que Manuela llegó al olivo donde él se encontraba agazapado y cuando la tuvo a dos pasos, chistó desde arriba. Manuela levantó la cabeza extrañada, vio a su enamorado —sin saber todavía que lo era—, y abrió la boca estupefacta mientras el joven se ponía un dedo sobre su boca fruncida para que ella no profiriese una palabra, algo que, en realidad, no podría haber hecho porque se lo impedía el asombro. Aprovechando el momento de desconcierto, Hugo alargó su brazo izquierdo, entregó a Manuela la rama de olivo con su flor correspondiente —rapa era el nombre de dicha flor—, y empezó a trepar hacia las alturas desapareciendo al instante.

La muchacha permaneció quieta, con la rama en la mano, pensando si aquello había sido un sueño o un engaño de su imaginación. Miró hacia arriba, hacia la copa del árbol, y no vio más que hojas, ramas, flores y muchas sombras entremedias.

Agazapado en lo alto de la copa, Hugo intentó agarrarse el corazón con las manos porque creyó que iba a salir dando saltos por la campiña. Era un valiente, se había atrevido a presentarse ante ella, había visto sus ojos casi transparentes, su boca formada de cerezas y sus manos hechas de rocío suave, y le había entregado la rama y la flor, lo único que poseía, y ella le había mirado asustada, sin saber qué hacer ni cómo actuar. No podía creer que se hubiera atrevido a tal hazaña. Aquella tarde llegó a su casa montado en el potro blanco de las ilusiones.

A partir de ese día grandioso, y normalmente tras una jornada de arduo trabajo junto a su padre, Hugo sacaba fuerzas de su interior desesperado y la mayoría de las tardes aguardaba a Manuela encaramado en su árbol. Y Manuela acudía siempre que le era posible, unas veces sola, otras en compañía de su madre y las damas, dejándolas caminar delante, a recibir los halagos, las sonrisas y las escasas palabras de aquel muchacho que le parecía el paradigma de la dulzura y el hijo del misterio. No sabía quién era pero no importaba. Se llamaba Hugo, eso sí lo sabía, porque se lo había dicho él, y el resto carecía de interés. Y ella también le había dicho su nombre, aunque no hiciera falta porque todo el mundo conocía a Manuela, la única hija de los Marqueses de Villaflora.

Durante aquellos encuentros secretos bañados de melancolía y secretismo, ojos y manos acariciando, los jóvenes hablaban poco pero sí lo suficiente para saber un pellizco de sus vidas y captar una chispa de sus almas, y al cabo del tiempo acabaron por comprender que se amaban y se amarían hasta el final de los siglos con ese amor estilo aceituna, tan amarga al principio y tan deliciosa a la postre, tal y como estaban seguros que finalizaría su sueño, porque aquel sueño debería acabar bien, y se confesaron pasión incondicional y eternidad sucediera lo que sucediese, como si la eternidad fuera un pedazo de arcilla que pudieran moldear a su antojo. Dadas sus extrañas circunstancias, no eran muchos los días que podían encontrarse, pero sí intensos, las pupilas prendidas en las pupilas, las manos buscando trocitos de piel y los corazones al galope, parecidos a potros desbocados.

Manuela escapaba y corría hacia su olivo favorito. Hugo observaba el camino. Ambos se encontraban y se amaban a base de silencios. Manuela sonreía. Hugo bebía a tragos lentos sus labios y sus palabras. Ambos se decían verdades que a la postre serían mentiras, pero eran felices, allí, en medio de un olivar que se diría infinito. Jamás hablaban del futuro porque solo tenían presente y lo vivían y lo disfrutaban como si no hubiera más allá.

Fue un amor secreto de ojos y labios del que nadie, salvo ellos, tuvo conocimiento.

Y así transcurrió casi un año de cariño y peripecias, un año vivido en un olivar plantado de sueños, hasta ese mes de marzo, época de floración de los olivos, en que casi no pudieron verse por las lluvias intensas que inundaron las tierras, los campos y el pueblo, y ya no se vieron de nuevo porque fue a partir de ese momento cuando Manuela dejó de acudir a sus encuentros con Hugo. Así, de repente, sin una palabra, sin una explicación, sin una razón aparente, Manuela desapareció. No volvió a dar señales de vida, no volvió a pisar el olivar, no volvió a unirse con el muchacho bajo su árbol-atalaya, como si hubiera sido un espectro que se volatilizara en el camino al castillo. El joven esperó un día tras otro ver surgir el cuerpo de su amada por el sendero, esperó oír sus pasos mientras se acercaba, esperó escuchar sus palabras cálidas y contemplar sus ojos buscando miradas y arrullos, pero nada de eso sucedió. Hugo, encaramado en su rama, permaneció a la espera de su adorada Manuela una tarde tras otra, un día tras otro, un suspiro tras otro, sin perder jamás las esperanzas, pero en sus manos solo quedó una nada profunda e incomprensible.

No entendía qué podía haber sucedido, quizás le hubiera ocurrido algo malo, o estuviera enferma y aparecería en cualquier momento, o su madre hubiera descubierto su aventura y la hubiese encerrado por siempre en sus aposentos, aunque no creía porque habían sido muy precavidos. No podía imaginar cuál sería el motivo de su repentina desaparición, pero sabía sin lugar a dudas que su amada no tendría forma de comunicarse con él para informarle de cualquier noticia, ni podría enviar a nadie a hacerlo, dado el secretismo en el que se movían, por lo que solo le cabía esperar y seguir esperando. Y eso es lo que hizo.

La mayoría de las tardes —no todas porque tal comportamiento hubiera resultado altamente sospechoso— llegaba ansioso al olivar cuando el cielo empezaba a teñirse de sombras y arrullos, la hora del paseo de Manuela, ascendía a su improvisada atalaya, perdía los ojos en el camino a la morada de su amor y esperaba impaciente verla aparecer, algo que no sucedió ni, aparentemente, volvería a suceder dado cariz que estaban tomando los acontecimientos.

Ignorante de los posibles motivos que habían llevado a Manuela a no volver a sus citas, el interior agotado de Hugo se reconcomía lentamente.

Transcurrieron los días y el mes de abril surgió oscuro por dentro y por fuera de su alma.

Manuela se había hecho humo.

Y la duda y la angustia quedaron prendidas en la oscuridad de los interrogantes hasta aquella noche. Fue su propia madre quien, sirviendo la cena, despejó el tétrico horizonte de su hijo con una frase que le hizo trizas el corazón:

— Todo anda muy revuelto en el castillo últimamente, no os lo podéis imaginar, aquello es un guirigay. Y es comprensible: al parecer se nos casa la niña.

No hizo falta preguntar de qué niña se trataba. Hugo lo comprendió al instante. Apretó los dientes y cerró los ojos. Se nos casa la niña, Manuela, su niña, su tesoro, Manuela se casaba, Manuela… pensó el joven, no es posible, no puede ser cierto, me estás engañando, madre, no me lo creo, no, no me lo creo, no, no, no, no, no...

 

Quiso preguntar pero no hizo ninguna falta, su madre le ofreció la realidad servida en una bandeja de terror: Don Justo y Doña Fernanda, Marqueses de Villaflora, habían pactado la unión de su única hija, a punto de cumplir los diecisiete abriles, con el hijo mayor de los Condes de Albalisia, los amos y señores de los territorios aledaños al marquesado, más filas y filas de olivos unas junto a otras, más extensiones inmensas, más verde inacabable. Todo había estallado en júbilo al conocerse la futura unión de Manuela que, según decían, estaba acordada desde hacía tiempo. La boda se celebraría casi de inmediato, en muy pocas semanas, a mediados o finales del mes de mayo, y el castillo se había convertido en un ir y venir continuo de actividades y preparativos diversos relacionados con el acontecimiento.

Tras el brutal golpe que supuso para su corazón aquella infausta nueva, Hugo dejó su plato casi intacto —el dolor se le hacía astillas en la garganta impidiéndole tragar—, y salió al exterior a aspirar un poco de aire. Se zambulló en el olivar más cercano y tomó asiento junto a un árbol, uno de tantos testigos de su desolación. Sentía el odio burbujeando por todo su cuerpo, la rabia, la pena, el dolor, todo un conglomerado de miserias paseando arriba y abajo, y los celos sin sentido hacia aquel desconocido que en muy poco tiempo tomaría posesión de su amor y que, sin saberlo ni sospecharlo, haría trizas su esperanza, su ilusión y su vida. Pero nada podía hacer y lo sabía, lo había sabido siempre y no había querido verlo nunca.

Pensó en presentarse ante ella, Manuela, y declararle lo que ambos ya sabían, que su verdadero amor era él, Hugo, no aquel con quien iba a desposarse, probablemente un rico heredero que nada sabía de sentimientos, ni de esperas, ni de amores brujos como el suyo propio; pensó toda la noche colgado de las estrellas que le acompañaban; pensó en una venganza, una firme y retorcida venganza para gritar su desesperación. No podía hacer nada… pero si podía.

Por su mente patinó una y otra vez la imagen de Manuela, a quien probablemente no volvería a ver jamás. Manuela a su lado, Manuela sonriendo, Manuela en el olivar, Manuela bajo el árbol, Manuela… Estaría encerrada en el hogar paterno y no tendría permitido salir hasta el mismo día de la boda que se celebraría en la capilla del castillo, y posteriormente presidiría un fastuoso banquete en la morada de los Condes de Albalisia, de donde ya posiblemente no saldría de nuevo, quedando para siempre a merced de su esposo. Se acabaron los paseos, se acabaron los encuentros, se acabaron las miradas, las sonrisas, los silencios a su lado.

Los pensamientos le atormentaban.

Su voz, su encanto, su calidez, su boca, sus dedos sobre la piel del atardecer, su dulzura, las ramas de los árboles, su ilusión, su secreto tan bien guardado, la dulce y repetida espera rodeada de olivos, su amor estilo aceituna…

Durante el día trabajaba hasta la extenuación y por las noches quedaba machacado de frustración y pensamientos.

No podía hacer nada y nada hizo salvo reconcomerse el alma rebozándose continuamente en los recuerdos. O sí podía… El odio se apoderaba de él. Y a medida que se acercaba la fecha del evento, de la boda de su amada, su alma se hundía más y más en las marismas oscuras de la incomprensión y el desaliento.

A primeros de mayo, cuando estaba a punto de producirse la aparición de las primeras flores en los olivos, Hugo decidió actuar, decirle a Manuela que él estaba allí y que estaría siempre, mandarle de alguna manera un mensaje en el que quedara encerrado todo su sentimiento, su inútil sentimiento que no serviría para nada, sin duda alguna. Otra cosa no podría hacer, o sí, pero no. Y posteriormente, ya vería su forma de actuación, o su forma de no actuación, lo ignoraba, pues no quería pensar porque los pensamientos se transformaban de inmediato en heridas y él ya estaba sufriendo demasiado con el horror de la tortura de su amada en los brazos de otro para siempre. Salía noche tras noche a contemplar las estrellas y durante el día se hundía irremediablemente en un enorme saco de silencio y frustración, sabiendo de antemano que poco podía hacer para solucionar su dilema.

Dos días antes del casamiento, cuando el castillo y el pueblo bullían de sensaciones y actividades, Hugo salió de su casa encaminándose hacia el olivar, se detuvo bajo uno de los olivos, espléndido con sus flores blancas, y cerró los ojos guardando la imagen de Manuela bajo la piel. Suspiró profundamente y cortó una rama.

Aquella misma tarde, ya casi al anochecer, se dirigió al castillo de los Marqueses de Villaflora con su rama de olivo en la mano, entró por la puerta de las cocinas, la que traspasaba su madre a diario para ir al trabajo. Nadie se percató de su presencia confundido entre el ir y venir de los sirvientes. Y subió por las escaleras hacia la zona de los salones. Conocía bien los recovecos de aquella grandiosa vivienda, había corrido por allí muchas veces siendo muy pequeño, cuando su madre le llevaba consigo por no poder dejarle solo en la casa. Procuró esconderse tras las columnas y en las esquinas para no tener tropiezos inesperados. En una de las diversas salas existentes, aroma de luna y rosas, estaban depositados los regalos para los contrayentes. Efectivamente, allí se exhibían cientos y cientos de dádivas de las más variadas procedencias, quedando expuestas a la vista de cualquier visitante.

Hugo contempló los numerosos objetos que tenía delante, avanzó unos pasos y depositó la rama de olivo con sus flores blancas sobre una repisa. Junto a ella se dejó el alma.

Ella sabría de dónde procedía aquel delicado obsequio que tanto significaba para él. Permaneció unos instantes pensativo, guardándose la rabia en algún lugar profundo, y salió de inmediato de la sala, procurando ocultarse de todo el que pasara por allí.

Ella comprendería el amor y el sentimiento que encerraba aquel mensaje.

Abandonó el castillo sin apenas haberse hecho notar, como una sombra más entre las sombras, como un espectro, dejando dentro el fantasma de su amor desgajado. Ella, únicamente ella, entendería el significado.

Al salir del castillo, Hugo se hundió en una noche muy negra, acompañado de muchas nubes espesas y muchos olivos suaves que, a partir de aquel momento, podrían llegar a ser sus eternos compañeros, aunque sabía que en unos instantes dejarían de serlo porque él se encargaría de ello porque los haría desaparecer. La furia y la rabia se habían apoderado de todo su ser. Manuela, Manuela, Manuela… ¿por qué? Él era muy poco para ella, él no significaba nada, él era miseria.

Se acercó a su casa, tomó un tronco delgado, lo encendió en la chimenea formando una tea y empezó a caminar hacia los campos de los Condes de Albalisia. Sucumbirían todos bajo el fuego, todos los olivos, todo el olivar, la campiña al completo, él mismo se encargaría de ellos, los haría desaparecer, crearía un infierno de humo y llamas. Guiado por el odio se adentró en los olivares con la tea encendida en la mano. Cruzó los campos del marquesado cabalgando en el potro de la demencia absoluta hasta llegar a la cima del cerro que separaba los dominios. Contempló todo aquello que iba a destrozar en un instante. El odio lo consumía y su llama interior lo devoraba. Iba a terminar con todo, iba a arrasar todo, iba a destrozar todo. El fuego acabaría con su angustia.

Un espantoso trueno reventó la noche. Los nubarrones se arremolinaron y empezó a llover de forma inclemente, sin sentido, como un aullido inmenso que se prolongara hasta el horizonte y más allá.

Hugo extendió la mirada por la negrura del firmamento mientras el agua mojaba sin piedad su cuerpo y apagaba la tea que ardía en su mano.

Permaneció allí de rodillas, bajo la lluvia torrencial, durante un tiempo infinito, jamás supo cuánto, mucho, tal vez horas, tal vez siglos, no podría calcularlo, con la tea apagada, con el corazón supurando angustia y con el alma empapada de llanto.

Adiós, Manuela… Adiós para siempre…

Su interior profundo quedó inundado de tristeza de arriba abajo. Estuvo lloviendo toda la noche.

Al amanecer contempló los campos que se perdían por el horizonte, los olivos ahora limpios, el cielo despejado, la luz que hería, la inmensa campiña que debía haber sucumbido bajo las llamas y que se extendía inmensa y, levantándose de aquel lecho de tierra, lanzó lejos la tea apagada y empezó a caminar dirigiéndose lentamente a su casa.

 

©Blanca del Cerro

 

 

YALÍA

Uno de los 12 relatos seleccionados en el I Certamen de Relatos Hermanos Pesquero (2017).

 

Mientras sus manos colocaban multitud de deliciosos y variados pasteles sobre distintas bandejas de plata, Ivenia entornó los ojos un instante para retirar un trozo de pensamiento que pretendía colarse hasta el centro de su abismo. Y ese cachito de pensamiento quiso enredarse y anidar en su cerebro al contemplar los pasteles de crema, aquellos que tanto gustaban a Yalía y que tantas veces habían compartido madre e hija en el pasado, un pasado con forma de herida abierta que no dejaba de supurar. Lo que flotaba en la cabeza de Ivenia continuó reptando y reptando, y empezó a transformarse en hiedra y a abrirse camino por entre los recovecos de una memoria que, siempre empeñada en resurgir del fango de sus propias cenizas, manoteaba inquieta y horadaba sin compasión las entrañas de aquella mujer cuyo único deseo en la extraña vida que le había tocado arrastrar a modo de cadena tintineante era el olvido absoluto.

El ruido de cientos de voces entrecortaba el aire a medida que la puerta de la cocina se abría y cerraba con la entrada y salida de camareros. Ivenia era uno de ellos en aquel gran hotel de lujo. Allí acudía y trabajaba a diario gracias a la intervención de su querido hermano Assad, siempre atento y cariñoso.

Las voces, las risas y los aplausos de la sala llegaban nítidos, como una catarata de cascabeles formando una espiral de confusiones que, para ella, ni siquiera tenían sentido. Su único deseo era la tranquilidad. La tranquilidad y, ante todo, el olvido. Aquella era una fiesta más de las muchas que celebraran esos vencedores los cuales, por fin, tras años de lucha, habían dejado en paz a su pueblo. Devastado, asolado, arruinado pero en paz. Que hicieran lo que desearan los triunfadores. Ya habían vencido. Bastante se habían llevado, sobre todo el alma de sus gentes. Y muchos de sus cuerpos. Y a Yalía.

Ivenia se mordió los labios y continuó su tarea. No pienses, trabaja, no pienses, convierte los pensamientos en senderos de nada, en puros rastrojos de susurros, trabaja, sigue trabajando, y agótate hasta no poder más, hasta que tu alma reviente en un estallido agónico, es la única manera de no sucumbir, de conseguir que los mordiscos del ayer no te devoren hasta convertirte en una llaga andante.

Las risas de los asistentes a la fiesta iban y venían por encima de las cabezas de todos formando un mar ingrávido de somnolencias. Ivenia no escuchaba aquellas voces porque su única misión consistía en mantenerse firme mientras servía. Le sobraban los gritos, las carcajadas y las sombras. Salió de la cocina portando dos bandejas de pasteles, entró en el gran salón iluminado con cientos de bombillas, sorteó varios cuerpos y depositó ambas bandejas sobre una de las numerosas mesas vestidas con manteles muy blancos. Los comensales reían, siempre reían. Al instante volvió a la cocina para seguir trabajando, para preparar más y más pasteles.

Y aquel trozo de pensamiento en forma de hiedra sinuosa se tornó grandioso, como cada día desde hacía lo que se le antojaba un siglo, y arañó su carne, y no quiso retirarse sino al contrario, porque Ivenia se veía camino de su casa, unos meses atrás, no sabría decir cuántos, aquella noche en que las sombras eran tan espesas que hacían daño y la oscuridad se había transformado en un manojo de algodón caliente. Caminaba firme y en el bolsillo, muy apretada, llevaba la pistola que le había entregado su hermano Assad, porque nadie sabía lo que podía suceder recién terminada una guerra, con el odio y la furia pegados al suelo, siempre a punto de reventar, más vale que vayas armada, le dijo, te pueden atacar, ellos siguen entre nosotros, no se irán fácilmente y cualquier acto, incluso cualquier fechoría, es factible. Ellos lo hacen factible. Tardaremos todavía mucho tiempo en alcanzar la paz, pues la paz no es una paloma como se dice siempre, ni mucho menos, sino una débil estrella fugaz eternamente a punto de extinguirse, a la que la mayoría perseguimos y siempre huye. Por eso agarraba el arma muy fuerte. Y tras recorrer las callejas que conducían a su barrio, divisó su casa a lo lejos, y en el portal lo vio, un bulto informe, tirado sobre la acera, y el corazón se le subió a la garganta hasta formar una bola de ahogo. Incluso su aliento se detuvo en aquel instante. Un bulto. No, no, no… Y empezó a correr. No es posible. Yalía, mi niña, Yalía…

Ellos, los vencedores, no dejaban de reír en aquel salón cuajado de bombillas y carcajadas.

Y corrió tanto que le trastabilló el alma, aunque de nada sirvió porque allí, en el mismo portal de su casa, yacía su única hija, Yalía, de quince años, toda blancura y esplendor, que jamás había hecho daño a nadie pero a quien la guerra había llamado esa tarde y se la había llevado en volandas, casi de puntillas, sin hacer ningún ruido, tampoco era necesario. Yalía… Dos balas en el corazón y poca sangre, apenas unas salpicaduras en la blusa y restos de piel roja entre las uñas. Y la nada alrededor desflecada en un arsenal de lágrimas.

No pienses, no pienses, no pienses, continúa trabajando, es tu única solución, es tu única salida.

Yalía… Mi niña… Abatida no sabía por quién ante el portal de su casa. Abatida, una cría de quince años, sólo quince años. El enemigo jamás tenía rostro, ni oídos, ni ojos: sólo manos para asesinar. ¿Por qué? ¿Por qué tú? ¿Quién ha sido capaz? ¿Quién ha sido capaz de cometer tal atropello? Yalía… La madre lloró tanto aquella noche que hasta el cielo se rompió en una lluvia atroz de gritos y relámpagos.

Ivenia continuó sirviendo interminables bandejas de pasteles. En aquel acto cargado de luces y lentejuelas, los vencedores no cesaban de reír, de hablar y de felicitarse porque habían triunfado. Esa noche un poco desgastada, los vencedores, prepotencia, elegancia y lujo, agasajaban el trabajo de una de sus mejores periodistas, de la que Ivenia ni siquiera sabía el nombre porque tampoco le importaba. Se trataba de una mujer gris y ocre, de mediana estatura y cabello rizado, vestida con un traje de fiesta que resaltaba su redondeada figura, con la treintena muy avanzada en sus carnes, los ojos inmensamente tristes y una boca que guardaba un manantial de fresas. Había sido corresponsal de guerra a lo largo de toda la contienda, y esa noche recibiría un premio por un documental en el que se mostraba su concienzudo trabajo de meses y meses testimoniando una masacre.

En el aire, las sonrisas competían con las felicitaciones y los pasteles.

La joven homenajeada paseaba su triunfo de una mesa a otra, besos y abrazos, oh, eres la mejor, querida, labios estirados y rojos, gracias, gracias de verdad, gracias por estar aquí, muchas preguntas sin respuesta e infinitas sensaciones por la piel, como cuando tomaba aquellas imágenes a punto de ser desveladas, en el centro de las balas, los tanques, los gritos y los misiles, una tiritera infinita paseando por los nervios y el sabor del miedo en la punta de la lengua. La ciudad masacrada y herida de muerte olía a temblor. Tantos cuerpos destrozados, tantos edificios caídos, tantos hombres perdidos, tantos niños olvidados, y ella, en medio de una vida que se agotaba, haciendo respirar aquel cuerpo de ladrillos y sangre que huía por las veredas de la sinrazón, sin dejar nunca de filmar, testimonio vivo de la locura, una más, de sus congéneres los hombres.

Ivenia no llevaba la cuenta de las bandejas de pasteles que había depositado sobre los manteles blancos de hilo, ni tampoco era de su incumbencia. La mujer gris y ocre, en medio de la multitud, reía con sus labios de flores y sus ojos cansados. Parecían muy tristes pues unos ojos jamás podrán volver a estar alegres tras contemplar la atrocidad de la guerra. El jefe de camareros ordenó a sus empleados que, en tanto durara la ceremonia, se mantuvieran quietos y permanecieran junto a las mesas, sin desplazarse pero atentos al mínimo deseo de los comensales. Alguien colocó una pantalla junto al estrado al que subió la homenajeada y empezó a hablar, y a agradecer la presencia de los invitados y su galardón, tan inmerecido, vanidad a chorros, y a enturbiar la noche con palabras huecas de las cuales Ivenia entendía pocas y no comprendía ninguna. Un premio por plasmar la muerte. Ivenia se mordió el labio superior con fuerza como si con ese acto pudiera aplastar su furia interna. No la escuches, no atiendas sus sílabas vacías, qué sabrá ella de dolor, del dolor de perder a una hija, Yalía, eso sí que es pena.

Se apagaron las luces y las imágenes empezaron a fluir sobre la pantalla.

Ivenia permanecía quieta junto a una de las mesas, tal y como le habían ordenado, procurando arrastrar los ojos por las paredes para evitar ―¡como si eso fuera posible!— la contemplación de lo que inevitablemente aparecería en unos instantes.

El cielo se veía demasiado azul para albergar tantos gritos, y los aviones sobrevolaban la ciudad lanzando sus mensajes incendiarios, al tiempo que la luz restallaba inquieta porque no la dejaban colarse entre el fuego, las sombras y los estallidos. Las gentes hundidas en un grito unánime, corriendo detrás de la vida hacia los refugios. Las mujeres abrazando a sus hijos, o a niños que no eran sus hijos pero que necesitaban, entonces más que nunca, abrazos, como nubes de hiedra enroscándose a su alrededor. No hay lugar para los abrazos en una contienda: sólo los gritos se abren paso por una selva de miserias y avanzan sin cesar devorando hombres, almas y sonrisas. Muchos soldados caminando por las calles de su ciudad, manchando los caminos con sus pasos bruscos y sus voces carrasposas. Las imágenes reflejadas en la pantalla eran una herida con vida propia clavándose muy dentro. Gran parte de los barrios de su ciudad calcinados, llamas alimentándose de llamas, bombas, fusiles, ametralladoras, soldados, pistolas, misiles, todo rodeado de gritos y lágrimas. Así habían sobrevivido varios meses, o tal vez años, ya ni siquiera lo recordaba, porque no lo quería recordar. Su única misión en la actualidad era trabajar, salir adelante y, sobre todo, cargarse a las espaldas sacos repletos de olvido.

Ivenia suspiró muy hondo, como si quisiera tragarse el mundo entero de una bocanada.

La cámara recorría calles, devoraba caminos, escrutaba casas. La cámara se había transformado en un ojo que socavaba cada rincón de su ciudad, aquella de la que poco había quedado y que, una vez firmada la paz, sus habitantes debían reconstruir piedra a piedra. Ivenia ignoraba por qué razón el hombre destruía para construir de nuevo. Sólo sabía que su corazón jamás tendría arreglo a partir de la noche tenebrosa que encontró a Yalía destrozada ante un portal.

Uno de los invitados le indicó que le escanciara otro vaso de vino e Ivenia le atendió solícita.

Pronto, tal vez en un par de horas podría volver a su hogar y a refugiarse entre los brazos del sueño. Tras la desaparición de Yalía, su hermano Assad, siempre tan cariñoso, se había trasladado con su esposa a casa de Ivenia, y así al menos no estaría sola porque la soledad ―especialmente la soledad— ahoga y hace delirar a los que acoge en su regazo víctimas de la pura miseria.

La cámara continuaba horadando aquellas calles en otro tiempo perfumadas de árboles. Ivenia rememoraba el viento acariciando sus cuerpos, y la luz limpia retozando, y sus miradas cruzando un infinito harto de soles, un ayer que se fundía y se derretía en la boca, pero prefería no recordar para no seguir ahondando en aquello que podía haber sido y jamás volvería a ser. Aquel ojo ingrato que seguía machacando la realidad se introducía y escarbaba por los barrios de una ciudad casi en ruinas, e Ivenia se percató de que aquel que aparecía en la pantalla era el suyo, su propio barrio, con sus casitas bajas, sus parques y sus avenidas, ahora vacías. Gran parte de la zona había sufrido el castigo de las bombas. Un grupo de soldados ―rostros secos y almas negras— ensuciaba el suelo con sus botas corriendo de un lado a otro, persiguiendo sombras, escupiendo fuego y destrozando sueños. Su barrio, su querido barrio… La cámara se introdujo por las callejuelas siguiendo a uno de los soldados. Allí, al fondo, se encontraba su casa. Ivenia abrió los labios espantada. El ojo feroz había captado su pequeña casa, todavía en pie. Hasta el aire se comprimió delineando el silencio de la tarde. Una puerta color verde se abrió y la joven madre pudo contemplar cómo Yalía, su hija, salía al exterior sin percatarse de la cercana presencia de un soldado. La cámara se detuvo intentando recrearse en la escena. Ivenia, la boca abierta y el alma retorcida, no creía lo que estaba viendo, o más bien soñando, porque aquello parecía un sueño irreal e incongruente, extraído de una mente ofuscada. Su barrio, su casa, su hija, Yalía… Era cierto: su hija estaba allí, frente a ella, con sus mejillas de alabastro y su cara de ángel bueno.

Ivenia se llevó la mano al pecho para evitar que su corazón reventase de angustia.

La cámara recogió el cuerpo del soldado, fusil en mano, que corría y corría por la calle tenebrosa, como si aquel fuera su único cometido en la vida, y avanzaba ansioso hacia la figura de una niña que había restallado en el fondo de su deseo. Y aquel soldado casi imberbe, a quien al parecer la palabra guerra le daba derecho a cualquier acto de cualquier naturaleza, recorrió en dos zancadas el corto trecho que le separaba del motivo de sus ansias, se detuvo ante la casa, ante la puerta verde, plegó los labios, rechinó los dientes y, en un arranque de prepotencia, se abalanzó sobre la joven.

El cuerpo de Ivenia se transformó en temblor sin lágrimas mientras los asistentes a la fiesta contenían subyugados el aliento.

¿Por qué saliste de casa? ¿Por qué abriste la puerta? ¿Por qué en ese instante? ¿Por qué, Yalía, por qué?

Y Yalía, con el terror supurando por los ojos y el corazón enfangado en un grito de agonía seca, contuvo como pudo el ataque de su enemigo, se revolvió sobre sí misma, levantó un brazo y arañó con todas sus fuerzas el rostro de aquel soldado casi imberbe. Entre asombrado y furioso ante tal acto de rebeldía, el soldado se llevó una mano a su mejilla ensangrentada y contempló con odio a aquella arpía que había osado rebelarse contra él, su futuro vencedor. Yalía tropezó y quedó arrodillada ante su enemigo. Y el soldado, vomitando asco, rabia y prepotencia por todos los poros de su piel, levantó el fusil, apuntó al gusano que tenía delante y le disparó dos tiros casi en el centro del pecho. En el corazón. Yalía se derrumbó desmadejada y rota. El soldado, sin ni siquiera detenerse a contemplar su obra, escupió sobre el cadáver allí tendido, se colgó su fusil al hombro, dio media vuelta y empezó a caminar despacio, perdiéndose en la maraña de su miseria.

El silencio en la sala era tan espeso que podía amasarse con las manos.

En la pantalla surgieron otras imágenes de muerte y destrucción a la par que de los ojos de Ivenia rezumaba un manantial de lágrimas incontenibles. Tambaleándose y apoyándose en las paredes para no caer, se dirigió a la cocina donde tomó asiento en una silla.

Yalía… mi pequeña Yalía… No debiste salir de casa aquella tarde. ¿Por qué lo hiciste? Quisiste defenderte y por eso te masacró aquel indeseable. Mi Yalía, tan dulce… Un soldado cargado de odio, como todo lo que atañe a la guerra. Un soldado, Yalía, y aquella mujer como testigo. Tres seres solitarios. Ivenia levantó la cabeza y plegó los labios a la vez que un hilo de luz iluminaba su cerebro. Aquella mujer había presenciado la escena. Aquella mujer gris y ocre filmando, observándolo todo desde su pedestal. Filmando, contemplando, consintiendo. Aquella mujer podía haber detenido al soldado. Podía haber surgido de la nada, desde el lugar donde se encontraba tomando las imágenes, olvidado su misión y suplicado por la vida de su hija. Era una mujer. Y las mujeres defienden a las mujeres. Ella también pertenecía a los vencedores y estaba segura de que el soldado hubiera atendido a su ruego. Podía haberlo hecho pero no lo hizo. Prefirió filmar. Una escena espectacular de aquella guerra, una gran escena, la muerte servida en primera fila para todos. Muerte aderezada con pasteles.

Ivenia cerró los ojos mientras el odio se concentraba en sus pupilas.

Podía haberlo hecho y no lo hizo. Podía haberla salvado y no la salvó. Podía haberle detenido y no le detuvo.

Apretó los puños y sintió cómo la furia, la rabia y la desesperación se arremolinaban a su alrededor.

Una salva de aplausos interrumpió sus pensamientos. El espectáculo había finalizado. El suyo. El de los vencedores.

Ivenia sintió un huracán de sensaciones arrasando sus entrañas. Aquella mujer gris y ocre, que recibía continuas felicitaciones rebozadas en sonrisas, sería galardonada por su maravillosa obra y marcharía a su casa rebosante de orgullo sin ni siquiera pensar que había podido salvar una vida y no lo había hecho. Por orgullo. Por vanidad. Por fama. Por dinero.

La vida de una niña. Yalía, la dulce Yalía…

Ivenia se enjugó las lágrimas ya que de nada le iban a servir. Ni un solo pensamiento cruzó en ese instante por su cerebro descabalado.

Se levantó, irguió la cabeza, cruzó la puerta y caminó unos pasos dirigiéndose hacia el salón. Le pareció que un inmenso latido se esparcía por el aire. Uno solo: el de su hija. Los aplausos continuaban con un frenesí despiadado. Y aquella mujer gris y ocre estaba llena de sonrisas. Alguien le entregó una estatuilla de reconocimiento que aceptó dando las gracias de nuevo al público asistente. Ivenia contempló el espectáculo, se colocó en un lateral de la tarima y clavó sus ojos en la homenajeada. Pudiste detenerlo. Pudiste hacerlo pero venció tu orgullo. Pudiste pero no lo hiciste.

Yalía…

Ivenia introdujo la mano derecha en el bolsillo lateral de su delantal, acarició la pistola que siempre llevaba encima, regalo de su hermano Assad, tan amable y cariñoso, alzó el brazo y apuntó a la periodista. El silencio quedó roto en cachos muy pequeños.

Y el arma empezó a vomitar muerte.

 

©Blanca del Cerro

LA MAR

Primer finalista en IV Certamen Relatos Arsenio Escolar (2017)

 

Ya no recuerdo cuándo fue la primera vez que percibí su cuerpo a mi lado, tan dulce y tan pequeño, y tan frágil, porque la soledad, la furia y la rabia atacan a la memoria como un ácido corrosivo y tergiversan el pasado transformándolo en hilos tenues de silencio infinito que desfiguran todo aquello que tocan.

Ya no recuerdo qué sucedió ni cómo, ni siquiera por qué, aunque el tiempo —ese ente poderoso que para mí siempre ha carecido de importancia— me ha hecho comprender que no existen razones para determinados hechos normalmente fabricados de sinrazones.

No recuerdo la primera vez, porque yo debía tener los ojos obnubilados en aquel momento, o heridos, o desterrados, pero sí muchas, muchísimas otras, tantas que sería imposible enumerarlas.

Lo que sí recuerdo es una tarde engalanada de malvas, enredada en la selva de un otoño tardío, en que él apareció a lo lejos, simplemente un niño como cualquier otro, y se aproximó lento a mi orilla, con su sonrisa blanca, con su mirada clara, con su piel dulce, y yo, abriendo mis ojos perdidos en otros encantos o en otras veleidades, contemplé su cuerpo delgado y su alma tibia que se me antojó ribeteada de ternura. Fue una suerte de visión o de encantamiento, no sé, fue una especie de ahogo en que mil suspiros quedaron suspendidos de mi boca blanca de olas. Creo que en ese instante hasta el aire dejó de respirar. Él iba cogido de la mano de una mujer delgada y morena a la que llamaba “Mamá” y ambos se acercaron hasta mí con pasos callados. Y yo, asombrada y extasiada por aquella contemplación inusual, por aquel extraño y desconocido sentimiento que aquel ser despertó en el centro de mi esencia, contuve el aliento, esbocé una sonrisa plagada de sueños ocultos y me limité a acariciar sus pies con suavidad, con esa dulzura que guardo únicamente para aquellos que no quieren o no saben hacerme daño.

Lo que sí recuerdo es que a partir de aquel día nada fue igual, todo fue distinto, como teñido por un manto de melodías enloquecidas.

Él surgía todas las tardes del horizonte, a veces solo, a veces acompañado por aquella mujer delgada y morena, se acercaba hasta mí y contemplaba mi eternidad, sin otro deseo que respirar mi esencia y fundirla con la suya. Y yo esperaba con ansias ese instante mágico en que nos transformábamos en uno, cuando él, tan pequeño, se despojaba de sus ropas y se introducía en mí y yo en él, y detenía todo mi movimiento para acariciar su piel de canela y luna, y lamía sus poros uno a uno dejándolos impregnados de mi sabor salado y de mi olor a sirena enamorada.

Porque lo cierto es que aquel hombre me robó el alma. Y fue su presencia la que transformó mi esencia y revolucionó todo mi ser elevando mi espíritu —que no mi vida— a una categoría de sentimiento hasta entonces desconocida. Porque yo no tengo vida. La vida es un don privativo de los hombres. Pese a tener principio, y quizás algún día fin, yo soy eterna, y contemplo desde mi distancia cómo la vida y la muerte pasan a mi lado, y me rozan, y se diluyen, y se alejan, y me hacen cerrar un instante mis párpados de agua, y al abrirlos, todo vuelve a empezar, como si nada hubiera sucedido. Poseo el don de la vida en mi interior y de la muerte en mi totalidad: soy lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

Y recuerdo que yo lo llamaba todos los días con un canto de espuma blanca y él acudía a mi lado, y pasábamos juntos las horas inventando cadenas de caricias formadas por sus silencios y mis murmullos, una especie de juego inocente, un sortilegio de sombras que nos mecía hasta llegar la noche.

Lo cierto es que aquel hombre me robó el alma, algo que a lo largo de los siglos nadie había hecho anteriormente. Él fue el primero, el último y el único. Ningún ser humano había conseguido nunca robar el alma de la mar —no el mar—, pues yo soy la mar, una mujer en forma líquida, para los que habitan en mí, para los que me surcan, para los que me buscan, para todo aquel que me cuida, para todo aquel que me quiere y para todo aquel que ha alcanzado a comprender que entre las palabras mar y amar no existe más que una sola letra de diferencia.

Él habitaba en mí, me surcaba, me buscaba, me cuidaba, me quería y había alcanzado a comprender la loca verdad de mi sentimiento, y yo, ciega de pasión, le regalé lo más profundo de mi esencia: puse en su ser unos ojos tan azules como mi cuerpo, una piel tan blanca y suave como mis olas, un cabello tan rubio como la arena que ambos pisábamos y una voz tan dulce como el canto con el que le arrullaba todas las noches.

Él y yo éramos uno solo y nadie nos separaría jamás.

Me sentía tan feliz que no me percaté de que el tiempo, ese ente despiadado con la vida que tan poca importancia tiene para mí, fue tocando con sus dedos tibios el cuerpo de mi amado y lo transformó en hombre. Pero incluso en su faceta de hombre, nunca dejó de venir a mí. Día tras día, yo le veía, él me miraba, yo sonreía, él se acercaba, yo le recibía con los brazos abiertos, él me tocaba, yo acariciaba su cuerpo y su alma, y él en ocasiones hablaba conmigo sin palabras, hilvanando un rosario de pensamientos que yo recogía y guardaba en mi fondo como el tesoro de un barco escondido en mis entrañas al que nadie tendría acceso jamás.

Así todos los días, todas las tardes, todas las noches, un manto de eternidad cubriendo y tragando su realidad pura y mi loca irrealidad.

Pensaba que siempre estaríamos juntos. Creía que nada podría separarnos. Imaginaba el tiempo sin tiempo a su lado. No tuve en cuenta la veleidad del ser humano y su ausencia de eternidad.

Recuerdo que aquella mañana de verano me vestí de verdes y grises para recibirlo, pues había percibido su presencia a lo lejos, y esbocé una inmensa sonrisa en forma de gotas silenciosas. Detuve las olas y me transformé en una lámina de nácar a la espera de su cuerpo. Cuando él hacía acto de presencia, yo, tan coqueta, siempre detenía mi movimiento en su honor, exclusivamente en su honor. Fue entonces cuando divisé dos figuras que se acercaban, dos figuras, sí, como siempre, pero una de ellas no era la mujer delgada y morena a la que él llamaba “Mamá”, sino otra, mucho más bella, con la juventud bailando por toda su piel, el cabello rubio y largo, y la mirada serena. Se aproximaban a mi orilla cogidos de la mano, envueltos en la dulce sonrisa que presta el amor a quienes lo poseen y los ojos del uno acurrucados en los ojos del otro.

A medida que se acercaban, toda mi esencia tembló en un estertor descomunal.

Sonrisas, caricias, deseo, pasos por mi orilla, manos buscando manos, labios buscando labios. Él sólo tenía ojos para ella.

Y yo olvidada, despreciada, alejada de aquella mente que tanto adoraba y ansiaba.

Sus cuerpos tumbados entre la arena, rebozados de sueños, pidiendo cada vez más, caricias seguidas de otras caricias, besos hundidos en otros besos.

Y yo traicionada, herida, apartada de su ser.

Ante aquella visión inusitada, mi esencia se tiñó de negro profundo y empecé a encresparme, a inventar vaivenes, a crear olas de furia, a elevarme como nunca había hecho antes en su presencia, todo ello nacido de la rabia, la furia y la desesperación.

Y contemplé como él, sin despegar su cuerpo del cuerpo de la joven de cabello rubio, levantó la cabeza, me miró indiferente y dijo:

— Vámonos. Parece que la mar se ha vuelto loca.

Loca, sí, pero de celos. Loca, sí, pero de desesperación.

Y sin más palabras, me dieron la espalda y cogidos de la mano se alejaron entonando canciones que nunca había cantado para mí. Fue entonces cuando toda mi esencia se desató en un vendaval de rabia y empecé a bramar, a rugir, a elevarme, gritando mi furia a los cuatro vientos. Me sentía herida. Me sentía débil. Me sentía perdida en mi propia desolación. Me sentía como jamás me había sentido hasta ese momento terrible y trágico de la aparición de mi amado acompañado de mi rival. Pero él, haciendo caso omiso de mi sentimiento, como si no existiera, como si nada hubiera ocurrido, continuó su camino tapizado de sueños ocultos entre la piel de aquella mujer que me había arrebatado sin piedad lo que yo más amaba.

Él me había traicionado.

Y me quedé sola, muy sola, con la única compañía de mi pesar a cuestas, pensando y soñando en otras épocas pasadas, cuando él se hundía en mi esencia, cuando nada se interponía entre nuestras almas y cuando nos bastábamos el uno al otro para alcanzar algo muy similar a lo que los hombres llaman felicidad. No tuve en cuenta que la felicidad de uno no siempre significa la felicidad de dos.

Los días pasaron y él no volvió a aparecer. Me había quedado sola ahogada en mis propios sueños, sueños abarrotados de su cuerpo y de su alma, de los ojos que llevaban mi color, de la piel que transportaba mi arena y de la voz que susurraba mis propios murmullos.

Tenía que hacer algo, no sabía qué pero algo. Lo que sí sabía es que sólo me quedaba esperar. Y esperar es fácil cuando no existe el tiempo y difícil cuando ese tiempo succiona las esperanzas a tragos lentos, muy lentos. Entonces supe que nada es más triste que la espera cuando se desconoce todo salvo esa misma espera que come y reconcome el alma.

Y los días adquirieron un tinte de eternidades grises.

Pero una tarde oscura y petrificada, en la que la luz había quedado prendida de diminutas hebras de esperanza en la cúspide de una nube, mis ojos se abrieron inmensos al contemplar a lo lejos una figura solitaria que se acercaba a mi orilla. No era él, mi amado. Era ella, mi rival. Y estaba sola.

No me pregunté entonces las razones de su aparición ni de su soledad, ni siquiera me importó su tristeza, porque sin duda estaba triste, muy triste, y deseaba refugiarse en mí como hacen los hombres cuando todo a su alrededor se derrumba y sólo les queda la mar como único consuelo.

Se aproximó con pasos muy suaves hasta tocarme. Su mirada melancólica, bordeada de lágrimas, recorrió mi superficie buscando frases inventadas, palabras de apoyo o tal vez ecos sin frases ni palabras.

Y en ese instante preciso supe lo que tenía que hacer.

Mi sonrisa se estiró formando olas, olas turbias y blancas nacidas del fondo callado del despecho y la desesperación, simulando caricias, simulando besos abandonados, simulando un cariño que no sentía sino al contrario, a la vez que llamaba a aquella mujer y la atraía hacia mí con un canto muy tenue, poco a poco, muy despacio, cubriendo su cuerpo de nuevas sensaciones en forma de gotas y espuma, lentamente, como si quisiera llenarla de sueños, como si quisiera introducir en su alma la daga mortal de una esperanza sin esperanza. Porque eso es lo que deseaba. Y así, con una precisión milimétrica, ella fue avanzando, llenándose de mí, obnubilada por mi melodía, presa de un encantamiento sin límites. Y en el momento en que sus pies dejaron de tocar mi fondo, inventé una ola monstruosa, de proporciones descomunales, que rodeó todo su ser con un abrazo mortal, y succioné su alma hasta dejarla desprovista de toda sustancia. Ni siquiera gritó. No tuvo tiempo. Únicamente abrió la boca y la poseí por completo en una fracción de segundo.

La misma ola que acabó con su vida depositó su cuerpo sobre la playa desierta. Su piel demasiado blanca llegaba casi a confundirse con la arena.

Al tiempo que cerraba los ojos, convertí mi superficie en una sombra de platino e iridio para no acercarme a ella.

Me sentía exultante de felicidad. Había resultado muy sencillo acabar con mi rival, siempre me resultaba sencillo enfrentarme a los hombres porque nunca podían conmigo, nunca pudieron y nunca podrían. Yo lo sabía. Lo supe desde el comienzo de los siglos.

Ahora todo sería distinto. Él volvería a mí, lo arroparía entre mis brazos, su piel de carne contra mi piel de agua, sus ojos tan azules como yo misma, sus manos silenciosas, sus cabellos sembrados de sol. Todo volvería a ser igual que al principio. Mi esencia se plagó de mis propias burbujas creando en mi interior una alegría arrolladora. Soñé en el instante en que volvería a ver a mi amado y a tenerlo para mí sola. Ella ya no estaba: por fin sólo existíamos él y yo, como antaño.

La quietud quedó perfilada en el cielo.

Y de repente vi su imagen desfigurada a lo lejos, se acercaba, primero despacio y después corriendo ilusionado hacia mí, y me dispuse a recibirlo entre mis brazos de espuma, como siempre, como habíamos hecho desde el inicio de su vida, entre carcajadas y sueños, sus carcajadas, mis sueños, nuestras carcajadas y nuestros sueños. Pero no llegó a tocarme. Contemplé con estupor que ni siquiera se aproximaba a mí, que ni siquiera me miraba, que ni siquiera me dedicaba un instante de atención, porque permaneció petrificado ante la figura descompuesta de la mujer rubia, y se agachó estupefacto, empezó a sollozar y se abrazó a ella, no a mí, a ella, como si fuera lo más grandioso que le había sucedido en su vida, convirtiendo mi majestuosa presencia en una ausencia absoluta. Y con los ojos entrecerrados contemplé cómo lloraba lágrimas que se confundían conmigo. Pero no sentí pena, ni lástima, ni piedad, sólo una furia grandiosa arremolinándose en mi interior mientras él, ajeno a mis sentimientos, recogía entre los brazos a la mujer rubia y, al levantarse con su carga mortal, quedó frente a mí, clavó sus ojos rabiosos en mi espesura y exclamó a gritos:

— ¡Te odio! ¡Me has quitado lo que más amaba! ¡Te odio! ¡Te odio!

 

Y se alejó tambaleándose con su deseo perdido a cuestas.

Todo mi ser quedó transformado en piedra, una piedra líquida que aullaba entre la nieve blanca de la impotencia y el frío azul de la soledad mientras él se alejaba, se iba, se marchaba, quizás para siempre, porque me odiaba, lo había dicho, lo había gritado. Ya no importaba la traición, no importaba la muerte, no importaba el pasado, no importaba nada de lo que había ocurrido entre nosotros desde su infancia, nuestros abrazos, nuestras quimeras, nuestros sueños —o tal vez mis abrazos, mis quimeras y mis sueños—, ya sólo importaba el presente, mi presente, y mi odio, no el suyo, sino el mío que empezó a concentrarse en manadas inmensas, en estertores opacos de furia ciega, de rabia profunda, como jamás había sentido desde el comienzo de los siglos. Y todo mi interior empezó a removerse a la vez.

La lisa superficie de mi esencia inició un movimiento convulsivo, como un espasmo loco y voraz que se transformó en un aullido ciego y sediento de venganza.

Ya no sentía amor: sólo odio.

Mis aguas se arremolinaron, subieron, bajaron, se elevaron a alturas inmensas, formaron remolinos imparables, crearon olas de magnitudes fantasmagóricas. Y esas aguas, esos remolinos, esas olas, se transformaron en monstruos sedientos del cuerpo de un hombre que había huido de mí abrazado a un fantasma.

Él me había abandonado. Él me había traicionado. Él sería el causante, el único causante de lo que estaba a punto de suceder. Yo lo buscaría. Iba a buscarlo y a destruirlo.

Durante días lloré mi rabia, mi furia y mi desesperación arrasando todo lo que encontré a mi paso. Mis olas inmensas devastaron, destruyeron y asolaron la totalidad de aquellos montes, aquellas playas y aquellas ciudades que me rodeaban y que tanto había amado, no quedando nada vivo, ni una brizna de hierba, ni un trino, ni un sonido, ni un solo movimiento, ni un pequeño latido. Nada.

Me comí la tierra a bocados lentos, disfrutando de aquella hazaña sin límites.

Me sacié de su dolor y su amargura.

Me harté de sus gritos y lamentos.

Dejé a mi paso un mundo de sombras inertes, un mundo plagado de miseria, tristeza y soledad.

Ante mí quedó un desierto preñado de silencio.

No sé si mi destrucción alcanzó a mi amado. Y jamás lo sabré. Mi odio me hizo ciega. Tal vez su cuerpo fuera uno de los miles que cayeron bajo mis fauces, o tal vez no. Quizás él no se encuentre en mi vientre, sino vagando por un bosque de recuerdos, o quizás no. Quién sabe.

Pero eso ya no importa.

Ya nada importa salvo mi presencia y mi esencia rodeada de mí misma y unidas y reunidas en el vacío absoluto de un ayer cuajado de sentimiento, un hoy ilimitado de soledades y un mañana exento de esperanzas.

En verdad, ya nada importa.

Ya nada importa porque yo soy la mar —no el mar—, una mujer en forma líquida que un día amó como si en verdad fuera mujer, una mujer de carne semejante a aquella joven de cabellos rubios que se agita en mi memoria agotada por el tiempo, ese ente que me acosa y que, en realidad, tan poca importancia tiene para mí. Pues yo, en mi soledad infinita de siglos y siglos a la espalda, he sido, soy y seguiré siendo la mar, lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

 

©Blanca del Cerro

AMOR ENTRE CRISTALES Y RAILES

Tercer premio en I Certamen de relatos de Espacio Ulises (2017)

 

Fernando llevaba en la boca una sonrisa de la que florecían estrellas, y un cántico tan dulce en la piel que parecía música de mazapán recién fabricado. No podía creerse que hubiera tenido tanta suerte. La sonrisa continuaba allí, prendida en el espejo, escondiendo y apretando manojos de esperanza. Mientras tomaba una ducha, se afeitaba y vestía —traje, camisa y corbata—, el corazón se le escapaba del cuerpo dando brincos y saltos por las paredes.

Eran las siete menos cuarto de la mañana.

No oía ni un ruido, pero sabía que su madre estaría en la cocina preparando el desayuno. Mamá, no es necesario que te levantes, le había dicho la noche anterior, pero ella era así, como un copo tierno de algodón, siempre a su lado, siempre atenta y silenciosa, siempre acunando soledades.

Sus hermanos, Ramiro y Elena, se habían casado hacía tiempo. Su padre había muerto dos años atrás. Sólo quedaba él, el pequeño, que ahora, por fin, iba a empezar a trabajar.

No podía creer que hubiera tenido tanta suerte.

Había diez o doce candidatos para el puesto y, tras realizar las pruebas pertinentes, lo habían elegido a él, a Fernando. Cierto que no era aquel un puesto totalmente acorde con sus conocimientos y su valía, pero era un trabajo, una forma de introducir la cabeza en el mundo laboral, y tras seis meses a prueba, tal vez se quedara en la empresa, tal vez pudiera empezar a abrirse paso por el tortuoso océano de los negocios, tal vez llegara a labrarse un porvenir para siempre, quién podría saberlo. Aquel sería el inicio de una lucha, de una lucha feroz, por eso, por esa magnífica razón, su sonrisa florecía y se estiraba creando mundos inescrutables para otros.

El beso de despedida de su madre le supo a miel de azahar. Matilde le miró con los ojos cuajados de neblina mientras pensaba que su hijo ya era un hombre pero nunca dejaría de ser su pequeño.

Salió de casa con el corazón apretado en un puño de ilusiones. El frío del invierno le arropó suavemente y le acompañó de puntillas en su camino hacia la estación. Debía tomar el tren hasta el centro de la ciudad y posteriormente un autobús que le dejaría a unos escasos treinta metros de su oficina.

Llegó a la estación, se acomodó en el segundo vagón y se dispuso a emprender un camino que, a partir de ese momento, haría a diario a lo largo de al menos seis largos y maravillosos meses.

Ni siquiera abrió el libro que llevaba para leer durante el trayecto porque se vio inundado por un maremoto de sensaciones que le fue imposible controlar. El tren emprendió la marcha. Aquel tra-ca-tra-ca chu-cu-chu-cu pausado y monótono reventó en sus oídos como un manojo de ecos deshilachados. Sin saber por qué razón empezó a recordar, varios meses atrás, no calculaba cuántos, la fiesta de fin de carrera, la entrega de títulos, su madre con las lágrimas temblando al borde de los párpados, la felicidad chorreando por la piel, la búsqueda de trabajo, el envío de numerosos curricula a distintas firmas, la pruebas, las entrevistas, un largo y espinoso camino hasta llegar al momento actual. Cuatro estaciones le separaban del centro de la ciudad, apenas quince minutos de recorrido. Y lo había logrado, tenía un trabajo, en Madrid, su ciudad, un trabajo serio, un trabajo de verdad en una empresa solvente, una de las más importantes del mercado financiero. En principio desempeñaría las funciones de ayudante, adjunto decían ellos. No podía pedir más. Un cosquilleo de emociones diversas le subió por la garganta. Nueva vida, nuevo destino, nuevos compañeros, nuevos lugares, nuevo, todo nuevo, hasta su alma parecía renovada dentro de un huracán imparable de sensaciones variopintas.

En ese momento el tren se detuvo en una de las estaciones intermedias. Las puertas se abrieron. El público entraba y salía sin que el joven se percatase del movimiento. Otro tren, similar al suyo, paró en la vía contigua a la que se encontraba. Fernando levantó la cabeza y miró por la ventanilla. Fue entonces cuando dos miradas se cruzaron.

Un relámpago de color gris acero atravesó su cuerpo y el mundo se difuminó, se hizo ceniza, se diluyó, dejó de existir. Dos ojos infinitos se posaron sobre los suyos a través de los cristales. Sin saber cómo, la vida, disfrazada de silencio, sufrió una parálisis repentina y todo lo que se movía abandonó su realidad para transformarse en éxtasis.

En el vagón contiguo al suyo había surgido un ángel que le había mirado.

Los pasajeros se acomodaron en sus asientos, las puertas se cerraron y el tren reanudó su marcha.

Dos segundos y dos ojos. Fernando observó el cielo encapotado de un amanecer latente, como si en aquel azul grisáceo quisiera atrapar todo lo que había sentido. Dos segundos y dos ojos. Todo resumido en una mañana especial.

El joven quedó anonadado, obnubilado, hechizado por una mirada. La vida continuó su tranquila marcha pero Fernando ya no era él mismo. Dos segundos y dos ojos habían trastornado repentinamente su existencia.

¿Quién sería aquella muchacha de mirada serena y embrujadora que había surgido del fondo oscuro de la nada y se había evaporado en segundos? ¿Quién sería aquella joven, casi una niña, con cara de azucena y labios como luceros? ¿Quién sería aquella aparición semejante a un sueño convertido en carne?

Fernando continuó el trayecto con el alma desbocada.

El día transcurrió en una noria loca de actividades, la nueva oficina, la presentación de los compañeros, la explicación de sus funciones, la instalación en su despacho, el inicio de sus deberes y obligaciones, y un largo etcétera que llenó la jornada de tareas e inquietudes. Volvió a su casa a última hora de la tarde, cansado, un poco desmadejado, sin otro pensamiento que aquel primer día de trabajo y la felicidad bullendo como un puchero por su interior.

Matilde tenía preparada una magnífica cena para su niño querido. Hablaron desflorando sonrisas e ilusiones sobre el mantel, sobre todo ilusiones. Fernando cayó rendido en la cama, sin otra idea en su cabeza más que dormir. Esa noche sus sueños estuvieron formados por brumas de azúcar y vainilla.

A la mañana siguiente, estando ya instalado en el cercanías, en el mismo vagón y casi en el mismo asiento que el día anterior, al detenerse en la tercera estación del recorrido, los ojos de Fernando se posaron de nuevo sobre una mirada tierna. Allí estaba, al otro lado del cristal, en un tren procedente de no sabía dónde —probablemente de las estrellas—, sí, allí estaba aquella niña, la sonrisa apretada, el cabello con tintes de amanecer, la piel de luna, taladrándole hasta su interior más profundo con dos pupilas extraídas de un cuento de hadas. Allí estaba de nuevo. No había vuelto a recordarla pero, estaba seguro, a partir de ese instante no podría olvidarla. Otra vez. Otra vez se habían cruzado. Otro segundo sobrecogedor entre ellos, dos desconocidos.

Fernando pasó la jornada subyugado entre sus múltiples obligaciones y dos ojos del color de una niebla inquieta.

Los días fueron deslizándose con la suavidad y la firmeza de la nieve en las laderas de un monte perdido, y la escena del cruce de miradas entre cristales empezó a repetirse a diario, salvo los fines de semana. El cuerpo de Fernando era un cúmulo de preguntas sin respuesta, y su imaginación se lanzaba al galope sin saber en realidad qué pensar. Dos ojos divinos le miraban cada mañana y luego él y ella continuaban su marcha, y allí quedaba el joven, absorto, anonadado, confundido, sin otra compañía más que sus cábalas y sus especulaciones. Seguro que va a estudiar, se decía, seguro que va a la facultad, y me atrevería a aventurar que a Veterinaria, porque me apuesto cualquier cosa a que adora a los animales, con ese rostro bondadoso y esos labios de fuego y lluvia, y en su casa tendrá como mínimo un perro, un canario y una tortuga, y después de comer se queda a estudiar en la biblioteca, y vuelve a su casa sobre las cinco de la tarde.

Fernando disfrutaba montado en el tiovivo de sus propias elucubraciones.

La mañana se despertó muy fría. Aquel mes el invierno se dedicaba a azotar a la ciudad con un látigo de varias puntas. Fernando montó en el tren deseando llegar a la tercera estación para gozar de unos efímeros segundos de gloria, sin saber en ese instante que aquel día iba a conseguir un poco más de lo que habitualmente recibía. El tren se detuvo, primera, segunda, tercera estación del recorrido. Fernando miró a su derecha. El ferrocarril de la vía contigua paró al mismo tiempo que el suyo, como siempre. Buscó de inmediato un rostro y encontró la figura de una niña transformada en diosa. Dos ojos de acero le miraron tiernos con una leve sonrisa. Un dedo se posó en el cristal y escribió sobre el vaho que lo impregnaba: ANA. El muchacho abrió los ojos asombrado. Percatándose de inmediato de lo que acababa de suceder y comprendiendo que contaba con breves instantes para reaccionar, se apresuró a escribir a su vez: FERNANDO.

Las puertas se cerraron y el tren arrancó de nuevo.

El corazón de Fernando era un potro indómito galopando por la llanura de lo inconcebible. Sé cómo se llama, gritaba su corazón, sé su nombre, me lo ha dicho, se llama Ana, un nombre maravilloso, Ana, lo sé, lo sé, Ana, Ana. Y ella sabe el mío. Tengo algo más que una mirada, tengo un nombre, su nombre. Los pensamientos relampagueaban. Y ahora… ahora… ¿qué? He de actuar, he de conocerla, se decía, es preciso que haga algo, algo más, un paso, eso es, debo dar un paso más allá que me lleve a ella, es necesario conocerla, y hablar con ella, y saber quién es, cómo es, Ana, Ana, Ana, dónde vive, y estar a su lado, y…

Tras tomar la decisión de abordar definitivamente a la joven que poco a poco le estaba quitando el sentido, el corazón del muchacho pasó a ser un hervidero de sueños y esperanzas. Su imaginación se transformó en un águila real dotada de unas alas espectaculares.

Aquel viernes oscuro, con una lluvia fina pinchando en la piel, Fernando salió de su casa con el alma rebosante de quimeras. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar, no sabía cuál sería la mejor manera de acercarse. Era evidente que no le daría tiempo a bajar de su tren y subir en el contiguo. El día que decidiera hablar con ella, tendría que llegar antes a la tercera estación del recorrido y subir al vagón donde se encontraba la dueña de unos ojos tan profundos como un abismo de sombras.

A medida que se acercaba su estación favorita, sus latidos se ensanchaban formando una orquesta monocorde de violines. Ya llegaban, el tren empezaba a parar, quedaban pocos metros, despacio, despacio, y el tren contiguo apareció, ambos se detuvieron casi de forma simultánea, Fernando miró a la derecha y contempló con terror que en el asiento de la musa de sus sueños estaba sentado un caballero grueso y con bigote que leía atentamente un periódico.

Permaneció petrificado. Ana ¿dónde estás? Las puertas se abrieron, cientos de pasajeros salieron y entraron, las puertas se cerraron y el tren arrancó. En un principio, no supo qué pensar. Aquella era una posibilidad que no había contemplado. Su cerebro fue un nido de conjeturas. Evidentemente, cabían muchas respuestas a la ausencia de su ninfa. Tal vez se hubiera sentado en otro sitio, o en otro vagón, o quizás estuviera enferma, o ese día no había clase, o estaba de viaje, o había preferido quedarse a estudiar en casa, o un familiar se encontraba en el hospital. Jamás habría imaginado no volver a verla. Aquello no era posible.

El fin de semana fue una cueva de clamores. Las preguntas sobre la ausencia de Ana le acosaban sin cesar bailando a su alrededor una polka de posibilidades. Salió con sus amigos, como hacía siempre, quedaron en el bar de Cástulo, fueron a bailar un día y a tomar una copa el siguiente, pero Fernando no pudo dejar de pensar en la niña de sus sueños. No dijo una palabra a nadie acerca de sus inquietudes. Aquello era demasiado profundo como para compartirlo. Por primera vez a lo largo de su existencia, estaba deseando que llegara el lunes.

Pero el lunes, que se acercó caminando con la lentitud de un ejército de caracoles aletargados, tampoco apareció Ana. Ni el martes. Fernando no sabía qué pensar. No podía ni siquiera imaginar la posibilidad de no volver a verla. No, por favor, se decía, que aparezca aunque sólo sea una vez más para poder decirle lo que pienso, para poder conocerla y beber en su sonrisa y en esos ojos que me succionan como si fueran imanes. El corazón de Fernando quedó pintado con un pincel de amargura.

Fue el miércoles cuando la vio de nuevo. Ambos trenes se detuvieron simultáneamente en la tercera estación del trayecto, las puertas se abrieron, el público empezó a salir y entrar, Fernando miró a la derecha y allí estaba Ana. Sus ojos fueron cunas blandas mecidas por los hilos de las palabras jamás pronunciadas. Era ella, ella de nuevo, Ana, su musa, su sirena, su delirio, su secreto, su deseo mejor guardado. Estaba frente a él. Se vieron, se miraron, se absorbieron. Nacieron dos sonrisas. Ana colocó la palma de su mano sobre el cristal al tiempo que el dedo de Fernando dibujaba un corazón en el vaho. Los trenes arrancaron y se perdieron por sus respectivos caminos.

Ana había vuelto. Ana le esperaba. Ana le deseaba igual que él a ella. Estaba seguro. No tenía ninguna duda de que sentían lo mismo. Lo haría, ahora sí que no lo dudaba después de creer que la había perdido, por supuesto que lo haría, la conocería, irían juntos de la mano a cualquier parte porque ella era lo mejor que le había pasado hasta el momento. Al día siguiente tomaría el tren anterior al que le correspondía, se bajaría en la tercera estación del recorrido y esperaría la llegada del cercanías en el que viajaba ella. Subiría y después… todo sería un cántico de aleluyas al viento.

Fernando se mordió los labios de puro deseo. No pudo evitar que le arrasara una tromba de sonrisas.

El día transcurrió no tan despacio como había supuesto pues tuvo mucho trabajo que despachar y salió de la oficina casi a las ocho de la tarde. Al llegar a casa, su madre le había preparado una merluza en salsa, un plato que le gustaba especialmente. No se acostó muy tarde y soñó con un inmenso campo de amapolas en cuyo fondo se divisaba un arco iris. Se levantó media hora antes de lo acostumbrado. Había dormido bien, aunque un poco nervioso por los acontecimientos que tendrían lugar a la mañana siguiente. Si todo salía tal y como había previsto, aquel jueves sería el día de su gloria, el día en que por fin conocería a Ana, el día de la luz, de las ilusiones recién estrenadas y de los sueños a punto de cumplirse. El desasosiego le comía por dentro. Seguro que Ana es dulce, se dijo, no puede ser de otra manera porque lo dicen sus ojos, y los ojos no engañan, al contrario, y su sonrisa lo dice todo sin palabras, porque a mí me ha hablado sin pronunciarlas. Se duchó, se afeitó y se vistió. Podemos vernos cuando salga de trabajar, y hablar de nosotros, y conocernos, la llevaré a cenar a un buen restaurante, y después a bailar, porque seguramente le gustará bailar. Creo que la besaré, o no, y no será por falta de ganas. Deseo tanto besarla… aunque tal vez sea demasiado pronto. Después la acompañaré hasta su casa.

Llegó a la cocina y se preparó un café con leche. No tengo hambre ahora, ya comeré en la oficina, se dijo.

Fernando salió de la casa y se encaminó a la estación. Llevaba el alma temblona y un nudo prieto en la garganta. Cuando tomó el tren, pensó que los latidos de su corazón debían de oírse en todas partes, y que formaban una especie de orquesta descabalada en la que se entremezclaban todos sus sentimientos.

Hablarían, hablarían mucho y descubriría todo su ser perfecto. Tenía tanto que contarle…

Tomó asiento en el segundo vagón, como siempre. Primera parada, segunda parada, tercera parada. Fernando bajo del cercanías, se encaminó hacia la escalera, cruzó la pasarela y se situó en el andén en el que llegaría el tren de su adorada desconocida. Ana, tus ojos, tus labios, tu sonrisa, pronto te tendré cerca, muy cerca. ¿Qué me has dado, pequeña, para sentir tanto? ¿Qué me has hecho sin hacerme nada? ¿Qué tienen tus ojos que me subyugan y me doblegan?

Tras esperar diez o doce minutos, el tren apareció a lo lejos y se fue aproximando a la estación. Fernando subió en el segundo vagón. Su alma reventaba de emociones. La vida le pareció un columpio que le arrastraba sin poner ninguna voluntad por su parte. Allí estaba Ana, era ella, tan dulce, tan sencilla, vestida con unos pantalones vaqueros, un grueso chaquetón y una bufanda de color azul. Tenía el rostro de un ángel porque, no tenía ninguna duda, así debían ser los ángeles.

Ana vio a Fernando entrar en el vagón. Su rostro desgranó una sonrisa de felicidad. Se miraron a lo lejos. Ana se levantó de su asiento y fueron uno al encuentro del otro. Él avanzó, ella avanzó, se encontraron en el pasillo, quedaron de frente, rodeados de una multitud de personas totalmente ajenas a lo que estaba sucediendo a su alrededor, se contemplaron, se absorbieron, se succionaron con las pupilas, esos ojos son mucho más bellos de lo que veía a través de los cristales, se dijeron cientos de frases sin palabras, eres tú, no lo puedo creer, de verdad eres tú, sin cristales de por medio, el mundo quedó reducido a dos miradas tan intensas como las llamas de una hoguera, sintieron sus corazones a punto de reventar, el tren fue avanzando hasta llegar a unos quinientos metros de la estación de Atocha, el cielo era demasiado gris, casi sin pensarlo y sin proponérselo cayeron el uno en los brazos del otro, se paladearon, se sintieron con una profundidad ciega y cerraron los ojos. Y a partir de ese instante, todo fue oscuridad. Eran las 7:39 de la mañana del día 11 de marzo del año 2004.

 

©Blanca del Cerro

PODRÍA HABER SIDO...

Seleccionado entre los diez primeros en el I Certamen de Relatos de Rebelión Editorial (2016)

 

La luz se filtraba por unas minúsculas rendijas practicadas en las paredes transformándose en polvo y esquirlas de aire, como diminutas puntillas volantes, lo que daba al lugar un aspecto un tanto sobrecogedor. En realidad la luz era escasa, casi inexistente, y el silencio se palpaba con la suavidad de los misterios difíciles de descifrar. Ni siquiera se oían los ruidos de la calle porque la sala quedaba totalmente oculta y aislada en el subsuelo de la mansión. Tendría unos cien metros cuadrados. El acceso se realizaba por dos emplazamientos magníficamente situados y perfectamente disimulados: una puerta difícil de distinguir tras una biblioteca del piso superior y a través de las alcantarillas de la ciudad.

La construcción del hogar de la familia Möller se llevó a cabo antes de la I Guerra Mundial, añadiendo una sala subterránea como bodega que posteriormente serviría a modo de protección contra los bombardeos. Era un magnífico refugio. Y allí les gustaba quedarse, respirando silencio y hablando de sus proyectos y de ese espectacular futuro que se presentaba nítido ante ellos. Entre los dos amigos se deslizaba un río de sueños, esos que tantas veces habían comentado y discutido en el colegio, en la universidad, en sus respectivas casas y, especialmente allí, en su particular morada al abrigo de miradas y palabras.

Hans Möller y Samuel Wechsler se sentían exultantes.

La sonrisa de las ilusiones se paseó junto a ellos a lo largo de dos décadas hasta que sin saber cómo ni por qué, la vida empezó a enrarecerse, a teñirse de gris y rojo, a gangrenarse lentamente. Algo extraño se palpaba en el aire, como el fragor de unas voces que habían sonado a murmullo y ahora se elevaban y elevaban cada vez más, una especie de río que comenzara a desbordarse y no hubiera dique ni muro que pudiera detenerlo.

La sinrazón empezó a tejerse en los telares del mundo.

Hans y Samuel intercambiaron opiniones, como siempre habían hecho desde que tenían uso de razón, jurándose eterna amistad sucediera lo que sucediera. Nosotros os ayudaremos, no os preocupéis, yo te ayudaré, aseguraba el primero, tú eres mi amigo y eso va por delante de todo.

Pero era excesivo el torrente que se avecinaba, una tormenta imparable, un caos inconmensurable, por lo que Samuel habló con sus padres y no lo pensó dos veces: decidieron marcharse antes de que el problema adquiriera tintes de desesperación.

La locura empezaba a devorar a Alemania.

La familia Wechsler gozaba de una buena posición y poseía dinero suficiente como para salir de allí cuanto antes y refugiarse en otro país, por lo que decidieron marchar a Estados Unidos, donde la infamia de aquellos seres infectos que ahora les rodeaban no pudiera rozarles. Primero saldrían ellos, sus padres y su hermana, y posteriormente Samuel se reuniría con el resto de la familia.

La vorágine definitiva se desató el 9 de noviembre de 1938 en la Noche de los Cristales Rotos.

El pavor se apoderó de las calles, de los hogares, de los comercios, de los rincones y, especialmente, de los seres humanos, cuya humanidad empezó a escurrirse por las cloacas de la villa. La casa de Samuel fue una de las cientos que quedaron destruidas en esa noche de penumbras y pesares.

No me voy a marchar, Hans, voy a quedarme a luchar contra esos indeseables, tengo que hacerlo, tengo que plantarles cara como sea, no puedo huir, no puedo, ya encontraré personas como yo que deseen lo mismo que yo, y que estén dispuestos a encararse con ellos. Y lucharemos, claro que lucharemos.

Hans y Samuel quedaron frente a frente envueltos en sonrisas tristes, pero sonrisas al fin y al cabo. No te preocupes, dijo Hans, aquí estoy yo para ayudarte, no importa lo que digan los demás, tú eres mi amigo, sea cual sea tu religión o tu raza, y jamás te abandonaré. Aunque te parezca imposible, no todos piensan como esos canallas. Permanecerás escondido en el sótano de casa hasta que todo pase. El refugio es totalmente seguro. Nadie podrá imaginar que en el hogar de unos alemanes de pro como la familia Möller se oculta un judío.

La luz se perdía por las esquinas a la búsqueda de una brizna de cordura y sensatez, y vagaba y vagaba por las junglas de la paranoia sin conseguir encontrarlas.

Hans pensó qué podría hacer un solo hombre contra aquella barbarie repleta de miseria e inhumanidad, terror e inclemencia, pero se guardó sus palabras ante las muestras de valor y coraje de su amigo.

Y el cielo se tornó muy gris, y el aire se cubrió de miseria y podredumbre, como una inmensa garra de angustia que apretara al mundo y no quisiera soltarlo.

En el refugio de la mansión de los Möller, Samuel se debatía entre pensamientos informes en los que no alcanzaba a comprender de donde había surgido tanto horror; pensaba que en realidad sus compatriotas no eran así, nunca habían sido así, y la frase “¿Por qué ahora?” quedaba colgada en el aire; se preguntaba qué había hecho su raza para despertar tanto odio, su padre había sido un honrado comerciante, su madre una persona amable y cariñosa con todos, su familia jamás había tenido problemas. Y en la época actual, con un tinte de espantosa negrura, afortunadamente todos estaban a salvo… excepto él. Hans ─ahora perteneciente a las SS─ le visitaba con la mayor frecuencia posible, siempre por la noche para mayor seguridad, le mantenía informado de lo que sucedía en el exterior, le abastecía de alimentos y armas. Necesitas armas por si acaso, por si has de defenderte, aseguraba el joven, nunca sabemos qué puede suceder en el futuro. Y el cerebro de Samuel urdía posibilidades y pergeñaba unos planes en los que evidentemente sería impensable actuar solo. No quiero, no puedo quedarme aquí, se decía, mientras los míos están siendo masacrados, no puedo, he de hacer algo cuanto antes, ponerme en contacto con otros seres con las mismas inquietudes y los mismos deseos que yo, porque los hay, de eso estoy seguro, algunos eran mis amigos, tal vez los estén asesinando... No puedo permanecer oculto y con los brazos cruzados, no puedo, no puedo… Necesito un grupo de valientes dispuestos a matar o morir.

Un frío de sombras inertes y blancas se había hecho dueño hasta de los suspiros que saltaban y se escapaban envueltos en lágrimas.

Fue Hans quien, poniendo en peligro su integridad e incluso su vida, consiguió entrar en contacto con varios de los compañeros de Samuel y, en una operación magistral llevada a cabo de madrugada en el más absoluto de los secretos y los silencios, consiguieron reunirse todos en el refugio desplazándose a través del alcantarillado de la ciudad. Formaban un grupo de once personas, ocho hombres y tres mujeres, cuyo número aumentaría seguramente en el futuro. Todos jóvenes, todos judíos, todos sedientos de justicia, todos dispuestos a entregar su vida, a una lucha sin tregua. Y allí permanecerían ocultos hasta que finalizase el conflicto.

Reunidos en la gran sala subterránea, planificaban los pasos a seguir. Debemos parar los pies a tanta infamia, decía Samuel ante su selecto auditorio, no podemos quedarnos quietos, se están llevando a nuestras familias al completo, y nos odian, nos aborrecen, y acabarán con nosotros, esto no puede seguir así. Antes de que esos salvajes sigan adelante, hemos de detenerlos, no podemos permitir que esto continúe. Lo que era evidente es que alguien debía poner freno a aquel previsible desastre. Pero ¿qué hacer? ¿Cómo actuar? La sombra de mil dudas se paseaba entre ellos.

La decisión fue unánime: era necesario atacar cuanto antes. Atacar al enemigo, destrozarle, hundirle, aniquilarle, reducirle a miguitas. Aunque se dejaran la piel en el intento. Era preciso abatirlo. Pero ─la gran duda, el grandioso problema, el miedo arrasando los cuerpos─ ¿cómo un grupo de once jóvenes podía enfrentarse a un monstruo de tal envergadura? David venció a Goliat y la tortuga a la liebre. Ellos lo intentarían, al menos debían intentarlo, poco a poco, lentamente, mediante una guerra de guerrillas, con ataques inesperados, apariciones y desapariciones relámpago, siempre en grupos reducidos, no más de tres, se esfumarían al instante llevándose por delante a todos aquellos que pudiesen ─criminales, malvados, infames─ y desaparecerían de inmediato, y los diablos irían reduciéndose sin saber de dónde venía el enemigo y contra quién luchar, porque aquellos seres creían ser dueños del mundo y se vanagloriaban de estar en posesión del poder, de las vidas y de la verdad, y creían estar por encima de la ley, y miraban a los que no se plegaban a sus pensamientos como si fueran gusanos, sobre todo a ellos, los judíos. Y los porqués se perdían por las selvas de la incongruencia, la barbarie y la ignominia. Por esas razones, y por tantas otras que mordían sus entrañas, debían entrar en acción de inmediato.

Nadie sabía los motivos pero, desde el inicio de todo aquel maremágnum de miserias y terrores, las noches se habían transformado en una suerte de lodazal más viscoso y más negro que nunca.

Mediante notas escritas en clave y depositadas en lugares estratégicos, Hans comunicaba al grupo el lugar y la fecha de los siguientes ataques a hogares o comercios judíos en los que él no estaría presente. A primeras horas de la mañana ─puesto que ignoraban el momento exacto del ataque─ tres de los componentes del grupo se apostaban en lugares invisibles en las proximidades de la zona prevista. Y allí esperaban. Cuando los coches negros a la caza de alguna familia judía hacían su aparición, las ametralladoras abrían fuego, muerte y sombras alrededor, y un fétido olor a miseria, no quedaba un solo testigo de los hechos, salvo charcos de sangre y terror, y cientos de hilos de angustia colgando de los árboles, y los tres valientes desaparecían como tragados por la tierra. La operación no duraba más que escasos minutos. Las alcantarillas recogían sus cuerpos con un único pensamiento en sus mentes desbaratadas: cinco, seis, siete o diez nazis menos sobre la faz de la Tierra. Jamás podrían abatir a todos pero los reducirían, los diezmarían, los irían aniquilando lentamente, como estaban haciendo ellos con su pueblo. Si alguien se levantara a su favor, si alguna potencia los ayudara, si todos se unieran contra los salvajes masacradores… pero el resto de la humanidad permanecía en silencio, bastante tenían con salvarse del horror que se estaba instaurando por el mundo, tal vez fuera esa la razón de tanta humillación, de tanta barbaridad y de tanto olvido. Ellos, los valientes vestidos de coraje, preferían no adentrarse en las mentes de aquella desolación: se limitaban a actuar.

Tras varias incursiones y unas decenas de bajas enemigas sin ser atrapados ni descubiertos, lo cual suponía un verdadero triunfo, decidieron extremar las precauciones ya que los nazis habrían actuado de igual manera, es decir, multiplicando sus fuerzas y sus alertas. Ahora los malvados sabían que unos misteriosos salvadores podían estar acechando en cualquier rincón, atacaban sin piedad y no dejaban testigos de sus actos. Ahora sabían que el pueblo judío no estaba solo. Ahora sabían que cualquier salida al exterior podría suponer la muerte. Lo que no sabían es con cuántos se enfrentaban, ni cómo obtenían información, ni cómo aparecían, ni cómo desaparecían, ni cuándo iban a atacar, ni cuál era su centro neurálgico, si es que existía alguno.

La furia se aposentaba en las filas del Tercer Reich porque alguien oculto y misterioso se resistía a su poder, y eso resultaba algo inaudito. Los dioses de barro y miseria siempre se creen invencibles.

Transcurrieron varios días de silencio. La voz del comando quedó aterida. La tristeza se había apoderado del refugio mientras el frío se colaba por las pieles hasta dejarlas apergaminadas. Pero lo peor era el sentimiento de fracaso y frustración, mezclado con un odio furibundo que retumbaba y retumbaba por todos los cuerpos.

No dejó de llover en toda la noche.

Los nazis buscaron incansablemente el paradero de los valientes, desplegaron sus patas de araña por todos los rincones y extendieron sus tentáculos con la fuerza de un gigante hambriento. Una de las zonas que peinaron fueron las alcantarillas, sin ningún éxito. Probablemente torturarían a centenares de judíos para obtener información de su paradero, pero no conseguirían hallar la más mínima pista porque nadie conocía su escondite salvo ellos mismos… y Hans.

 

No basta con lo que hacemos, decía Samuel, es bueno, por supuesto, es magnífico eliminar alimañas, pero tenemos que ir mucho más allá, tenemos que acabar con esta ignominia de raíz, y divagaba imaginando lo que en principio parecían imposibles. Al igual que, pese a nuestras precauciones, hemos sido descubiertos en una ocasión, si no actuamos mediante un golpe maestro, tarde o temprano acabarán no sólo con nosotros sino con la totalidad de nuestra raza. Somos excesivamente vulnerables y estamos solos. ¿Qué pretendes? preguntaban los demás con la rabia y la desesperanza subiendo y bajando por sus huesos. Terminemos con él, decía Samuel, con el monstruo, con el diablo personificado, con la hidra de la exterminación. Acabemos con su vida y todo habrá finalizado. ¿No lo entendéis? Por supuesto que lo entendemos, pero lo que estás insinuando es imposible. ¿Cómo vamos…? ¿Nosotros…? Nosotros somos… Nada es imposible cuando hay voluntad. Pero ellos… ellos son… Por mucha voluntad que le pongamos… estamos muy solos, Samuel. Sí, pero somos fuertes…

Todo era oscuridad tanto en el interior como en el exterior.

Durante varias semanas el comando permaneció quieto, aunque no inactivo. Los gritos y los aullidos de la barbarie se elevaban cada vez más altos revolviendo las entrañas de aquellos valientes, y les mordían las almas como si fueran pirañas a punto de ataque. Permanecían en su refugio durante el día y vigilaban, vigilaban siempre, no dejaban de vigilar los movimientos de los indeseables. Tras la muerte de sus compañeros y la conversación mantenida sobre el posible atentado contra el führer, todo eran temblores e interrogantes a su alrededor, y sentían como si un ahogo similar a miles de patas de arañas les taponara los poros.

La piel se les erizaba ante el cúmulo de pensamientos y la ausencia de sentimientos.

Hitler había sido objeto de un único atentado hasta el momento, en noviembre de 1923. Ellos serían los primeros en actuar. No ignoraban que el monstruo se encontraba en constante custodia de las SS, que variaba continuamente su agenda, que cambiaba las rutas y las fechas así como los lugares que visitaba, que necesitaban una absoluta sangre fría para llevar a cabo su plan y que la posibilidad de fracaso implicaba la muerte de todos.

En aquella época de heladas y nieves casi perpetuas, el contacto con Hans era mínimo para evitarle cualquier tipo de problema, pero su amigo, de una u otra manera, les mantenía puntualmente informados sobre los principales movimientos de las fuerzas nazis.

Fue así, día tras día, semana tras semana, con la lentitud y la cautela de los susurros, como llevaron a cabo un seguimiento exhaustivo de sus enemigos, tarea que resultó harto complicada dada la escasez de medios de que disponían y la atención continua que debían imprimir a sus actos. Jamás debían olvidar que eran los seres más buscados de la época: por oponerse al régimen, por resistir, por aguantar firmes, por ser disidentes, por ser invisibles y por ser judíos. Y por hacer un daño que nadie, hasta el momento, había conseguido.

La furia de Hitler rebasaba todos los límites.

Y los días se embadurnaron de silencio mientras los valientes preparaban un plan maestro, el que salvaría a su pueblo de la humillación, la tortura y la muerte. No podían precipitarse porque todo debía salir a la perfección.

La fecha llegó aleteando con la aparición de las golondrinas. La luz de la primavera empezaba a filtrarse por la vida, aunque nadie, dadas las circunstancias, se percatara del milagro. Decidieron que el día del atentado definitivo que pondría fin a la vida del fhürer y de su imperio de terror sería el 11 de junio de 1939, época en que Hitler se encontraría en la ciudad y pasaría allí al menos una semana entre reuniones, visitas y mítines. Cabía la posibilidad de que el líder cambiara sus planes, como tantas veces había sucedido, pero debían arriesgarse. Elegirían la calle principal por la que pasaría el fhürer camino de la cervecería Hofbräuhaus, donde daría un mitin y a la que acudiría acompañado de Goebbels, von Ribbentrop y Bouhler, más alimañas, más asesinos, más monstruos. La hora era habitualmente un misterio, ya que Hitler siempre retrasaba o adelantaba sus eventos, e incluso no aparecía o se ausentaba antes de que terminasen.

El plan consistía en un ataque a tres frentes: Samuel ─quería tener el honor y el placer de acabar él mismo con el depredador─ se apostaría en un edificio cercano y lanzaría una primera granada contra el coche del fhürer. Judith, su principal colaboradora, y Sonia, estarían esperando en callejones cercanos y lanzarían asimismo sendas granadas además de, a continuación, disparar incontables ráfagas de ametralladora a la escolta, de manera que no quedase nadie vivo. Eligió a las mujeres como acompañantes porque despertarían menos sospechas.

Con el corazón rebosante y el alma guardada en un nicho de ansiedad, todos los componentes del comando empezaron a trabajar duro: prepararon armas y municiones, estudiaron las posibilidades existentes, recorrieron milímetro a milímetro las calles y plazas por las que pasaría el cortejo, repitieron exhaustivamente sus movimientos, examinaron los edificios, y se prepararon física y espiritualmente para lo que estaba a punto de suceder. Las probabilidades de muerte son muy altas, amigos, decía Samuel con la angustia palpitando en sus arterias, tanto si nos atrapan como si no, por lo que si alguien desea retirarse, puede hacerlo, lo comprenderé, lo comprenderemos todos. Se contemplaron acariciando unos las pupilas de los otros. Nadie dijo una palabra. Y continuaron con su preparación.

La persecución de judíos se iba convirtiendo en una caza negra y sombría a todos los niveles.

La semana transcurrió lenta.

El 11 de junio amaneció un poco nublado, rodeado de un manto de melancolía, como si la jornada no quisiera ser partícipe de los tejemanejes de los hombres. Samuel, Judith y Sonia llevaban un par de días ocultos en sus respectivos escondites. Se cubrieron de paciencia y silencio y allí permanecieron hora tras hora, expectantes, atentos, temblorosos para qué negarlo, vigilando todos los movimientos a su alrededor, aparentemente serenos, aparentemente tranquilos, pero con el alma en un traqueteo continuo. Los edificios en los que se refugiaron habían pertenecido a otros judíos y se encontraban en ruinas, por lo que nadie se acercaría. Toda seguridad, por muy alta que fuera, era una incógnita con los nazis.

El silencio se agarraba a sus cuerpos como un trozo de hiedra mientras los corazones agigantaban sus latidos a medida que transcurrían las horas. La Reindhardstrasse, la avenida por donde pasaría Hitler, tiritaba con ellos por lo que pudiera suceder, aunque nadie lo supiera a ciencia cierta.

Ellos, apostados en la quietud de un día que transcurría con una lentitud arrolladora, se sentían valientes, con el coraje y la furia recorriendo los cuerpos de lado a lado, aunque tenían miedo, mucho miedo. Tal vez, y sin siquiera saberlo, el destino del mundo estuviera en sus manos.

Las horas caían como espectros insonoros.

Teóricamente faltaban pocos minutos para el paso del convoy. Un aleteo de sombras era el único testigo de un terror que se colaba por todos los poros y casi les impedía respirar. Samuel pensaba que los latidos de su corazón descabalado se oirían por todas partes. Los segundos se hacían densos y se arrastraban como caracoles heridos. Transcurrió una hora lenta, y después otra, tal vez Hitler hubiera anulado su cita, como otras veces, o tal vez hubiera abandonado la ciudad, o tal vez había decidido presentarse en otro lugar. Samuel tenía los músculos agarrotados.

Al fondo de la calle casi desierta aparecieron tres coches negros difuminados entre una fina capa de niebla que se estiraba por el paseo. La tensión se percibía en cada sombra. Los coches avanzaron. Los tres componentes del comando agarraron al mismo tiempo las granadas. Los coches se detuvieron ante la cervecería Hofbräuhaus. El chófer salió a abrir la puerta del fhürer, y en el mismo instante en que Hitler salió del primer vehículo y puso un pie sobre la acera helada por el frío y por tan repulsiva presencia, los tres miembros del comando se levantaron, retiraron los detonadores de las granadas y las lanzaron casi al mismo tiempo contra los tres coches negros.

Los segundos que transcurrieron hasta las explosiones fueron una marea de silencios y pesares.

Los alemanes no se percataron de la emboscada hasta que fue demasiado tarde. No tuvieron tiempo de hacer absolutamente nada.

Una masa de llamas cubrió los coches y los cuerpos entre ayes, gritos y alaridos de furia y desesperación.

Habían sido engañados, ellos, los magníficos, los reyes de la tierra, los dioses del universo.

Las llamas subieron y subieron rodeando todo. Samuel y sus compañeros agarraron las metralletas para lanzarse contra todos aquellos que quedaran vivos, pero no fue necesario porque la bola de fuego se elevó, se extendió y arrasó absolutamente todo mientras ellos, los salvadores, contemplaban con especial deleite la desaparición del nazismo, del Tercer Reich, de las SS, de la Gestapo, del odio y la ignominia, y de su líder con un sentimiento confuso entre el estupor y la paz.

Un suspiro de alivio recorrió el universo hasta sus confines y una inmensa sonrisa se estiró hasta el horizonte.

Samuel, Judith y Sonia cerraron los ojos mientras las llamas y los cuerpos crepitaban y crujían cantando sonetos de libertad. El corazón invisible de la Tierra palpitaba y palpitaba sin cesar.

Hasta las sombras respiraron tranquilas.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían librado al mundo de algo terrorífico llamado deportaciones, trenes de la muerte, limpieza de raza, torturas, experimentos, violaciones y campos de concentración y de exterminio.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían liberado al planeta de una masacre y una destrucción sin precedentes en la historia de la humanidad.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que en ese momento habían salvado cincuenta millones de vidas y, entre ellas, las de más de seis millones de judíos.

En ese mismo instante el mundo se convirtió en un gran arsenal de silencio.

 

©Blanca del Cerro

 

 

A TRAVES DE LA VENTANA

Finalista en VII Concurso de Relato Corto Asociación Cultural “Caños Dorados” (2016)

 

 

Fue un día de sombras grises, tan deslavazadas que parecían casi de terciopelo, cuando el joven Óscar vislumbró aquella figura a través de la ventana de un edificio también gris que hacía juego con la mañana. Aquella imagen se desdibujó entre los cristales semicubiertos con unas cortinas de flores anaranjadas y verdes, mientras una lluvia tranquila y remolona hacía tintinear su cántico suave por las aceras.

Era su camino habitual. Todos los días del año, Óscar se dirigía a su trabajo atravesando el barrio en el que vivía hacia la zona centro de la ciudad. Las calles eran estrechas, serpentinas multicolores, y el joven se encaminaba hacia las oficinas de los grandes almacenes donde prestaba sus servicios desde hacía ya varios años. Y fue allí, en una mañana gélida, al cruzar la Alameda de los Jilgueros, la avenida más ancha de la villa, donde tropezó con aquel edificio grandioso y elegante con sabor a vaivenes antiguos y a filigranas majestuosas.

Su mente, a aquellas horas de la mañana, siempre andaba enredada en los recovecos del trabajo que debería realizar a lo largo del día, por lo que nunca se percataba de lo que rondaba a su alrededor. Por eso nunca prestó atención al entorno. Por eso le había pasado desapercibido el edificio. Por eso le sorprendió tanto el hecho de que allí, en la luz difusa de una ciudad que despertaba entre bostezo y bostezo, surgiera la figura de una diosa a través de aquella ventana. Porque le pareció una verdadera diosa.

El aire se hizo trizas a su alrededor.

La figura que vislumbró a través de la ventana se asemejaba a un ángel extraído de un cuento recién inventado, como un arpegio, como un brocado, como un espejismo fantasmagórico. Era algo insólito e irreal, pero allí estaba ella, una mujer joven, casi una niña, contemplando el infinito, con su melena negra plagada de rizos, con sus ojos pardos, con sus pómulos arrebolados, su frente altiva, su rostro exquisito de luna perdida, tras la ventana. Y así, de repente, aquella niña observadora de la nada le pareció un sueño hecho carne.

 

 

Cruzó la calle despacio, pasó tembloroso junto a la ventana y posó brevemente sus ojos en los de la joven. Y ella levantó la mano y le regaló una sonrisa. El corazón de Óscar empezó a dar saltos, un saltimbanqui enredado en una liana de ilusiones, en un bosque de silencios o en una maraña de conjeturas. Fue un instante muy breve, casi invisible, pero a Óscar le pareció que en ese momento se abrían las puertas del paraíso. Continuó caminando agarrándose el pecho para que el corazón no saliera desbordado y se perdió por los recovecos de las esquinas sintiendo que una mano invisible había pintado la vida de color azul.

La felicidad le arrasó y Óscar pasó la jornada patinando sobre mil pensamientos encerrados en uno. Y así cada mañana a partir de aquel día bendito en que detuvo sus ojos en una ventana, porque todas las mañanas pasaba por allí, y todas las mañanas dirigía su mirada hacia aquella imagen de ensueño, y todas las mañanas la niña sonreía y saludaba con su mano blanca recorriendo el aire, y todas las mañanas repetían la misma aventura: una aventura maravillosa. Y él también sonreía haciendo que las dos sonrisas bailaran un vals en el aire. Todo se hacía nubes blancas a su alrededor porque Óscar sentía que estaba en el cielo.

Aquella niña morena con cara de luna radiante y belleza sobrecogedora se adueñó por completo de su corazón, de su cuerpo y de su alma entera. En la soledad de su dormitorio, el joven Óscar imaginaba fantasías multicolores con su amor de la ventana, su amor para él eterno, como si extendiera un arco iris por su habitación y dedicara las pocas horas que tenía libres a deslizarse por el tobogán de sus ilusiones. Y así, un día tras otro, se le iba la vida en sueños que, en principio consideró irrealizables pero que, pasito a paso, empezaron a tomar forma y a cuajarse lentamente, porque pensó que en principio no se atrevería a entrar en aquella casa majestuosa con la que se tropezaba a diario, pensó que sería incapaz, que le resultaría inaudito, él era muy tímido para tanto atrevimiento, pero poco a poco, el pensamiento se fue abriendo paso por su mente, y arrasando y arrasando, y lo aceptó casi sin reservas, porque sería la única manera de calmar las ansias continuas que le brotaban del corazón y se agarraban a su piel a modo de garfios silenciosos. Eso haría, claro que sí, no le quedaba otra solución, llamaría a la casa, le recibirían los padres, explicaría sus deseos, conocería a su diosa, hablaría con ella, estaría a su lado, le confesaría todo el amor que le inundaba la vida hora tras hora y semana tras semana, no sabía desde cuánto tiempo atrás. Y sus padres lo entenderían. Y él podría ser feliz a su lado, y visitarla por las tardes, al salir de su trabajo, y empezar lentamente a trazar un futuro conjunto, porque no le cabía ninguna duda de que ella le amaría de igual manera que él la adoraba. Si no fuera así, no saludaría todos los días por la ventana, no sonreiría, no le brotaría el amor por los ojos.

Y empezó a preparar un plan de actuación para poder acercarse al motivo de sus ensueños. Todo sería sencillo. Sólo cabía elegir el día y actuar. Y a partir de entonces, su mundo sería un jardín para siempre.

Se sentía tan feliz que no podía imaginar nada distinto a lo que suponía la felicidad de ambos.

Decidió actuar el viernes para poder contar con el fin de semana en caso de que sus planes dieran los frutos apetecidos. Los días transcurrieron muy lentos, como caracoles, y por fin llegó el ansiado viernes. Óscar salió del trabajo a las seis de la tarde, como todos los días, y se encaminó hacia la Alameda de los Jilgueros, donde se encontraba la casa en la que pretendía introducirse. No sabía que diría para que le atendieran pero estaba seguro de que sabría salir del paso. El amor hacia aquella niña dulce sería el perfecto trampolín para entrar en el infinito. Su corazón saltaba y saltaba mientras se dirigía hacia el edificio de los sueños perdidos. Se había arreglado especialmente, prestando verdadera atención a su atuendo, y se diría que incluso estaba elegante, con olor a colonia de marca y a esperanzas lejanas.

Cruzó la calle, se detuvo ante la puerta, llamó y contuvo el aliento. La mujer que tenía ante sí rondaría la cincuentena. Era rubia, pequeña y delgada, con la elegancia de las damas medievales y el encanto de los ruiseñores tardíos. Le miró, ladeó la cabeza y observó a Óscar con una media sonrisa, a la vez que le preguntaba qué deseaba. Óscar suspiró, se presentó educadamente y, ante todo, pidió disculpas por su intromisión. Debía causar una buena impresión a aquella mujer pues, de lo contrario, cerraría la puerta, ya que al fin y al cabo era un perfecto desconocido, y de inmediato quedarían frustradas todas sus ilusiones.

Le explicó, con las mejores palabras que supo escoger, que, ante todo, era una buena persona y no pretendía causar ningún perjuicio a los habitantes de aquella mansión sino todo lo contrario, que era un ser normal, que pasaba todos los días por delante de la casa camino de su trabajo y que… bueno, disculpe señora, explicó, pero… pero… aunque le parezca extraño… me he sentido profundamente atraído por la figura de una niña que veo día tras día detrás de la ventana y son esas, no otras, las razones de mi presencia aquí, y pidió a la dama que no pensase en excusas extrañas o lúgubres, ya que no había nada parecido, sólo deseaba conocer al motivo de sus sueños, que eran sueños muy dulces, y sus palabras brotaban como manantiales de su boca, sintiéndose algo avergonzado, pero tenía que hacerlo, tenía que calmar el resquemor y las ansias que le devoraban por dentro como carcoma.

Óscar bajó la cabeza y se mordió los labios cuando se quedó sin palabras a las que asirse. Ya por fin, después de tanto tiempo, se había atrevido. Y mientras tanto, el rostro de la dama se ensombrecía y adquiría una palidez casi mortal, como si un gusano le hubiera absorbido la sangre, y cerró los ojos, y miró al joven con un carro de dolor sobresaliendo de los ojos, y se detuvo en las pupilas de Óscar.

Parecía que le hubiera caído encima todo el sufrimiento del mundo.

Sin decir una palabra, invitó al joven a entrar con un movimiento del brazo, y le indicó que caminara hasta la ventana donde, de espaldas a él, se encontraba la niña de sus sueños. Y Óscar sintió que su corazón reventaba de gozo. En unos instantes iba a conocer a la que, sin lugar a dudas, amaría durante toda la vida. Anduvo unos pasos. Llegó hasta la silla donde se encontraba la niña. Se detuvo ante ella. Y ella le miró con los ojos repletos de vacío y sombras. Y levantó la mano saludándole como hacía todos los días cuando él pasaba. Repitió el gesto varias veces.

La nada absoluta se coló entre los brazos del joven porque era la nada lo que tenía ante sí, la nada completa en forma de belleza singular. Óscar pidió auxilio con los ojos a la dama y ella le indicó que su hija, sin conocer los motivos porque nadie se los explicó en su día, había nacido así, totalmente privada de razón, cordura y entendimiento, que era como un bebé indefenso y que aquella enfermedad, o lo que fuera, no tenía solución ni la tendría jamás, que había permanecido y permanecería en el estado de letargo en que la veía hasta el fin de sus días, que lo único que poseía era una espectacular belleza y que, si lo deseaba, podría visitarla a diario, o verla, o hablarla, pero que ella no respondería jamás. Porque no podía. Porque no sabía.

Y Óscar quedó allí, petrificado, derrumbado y perdido, con un par de lágrimas al borde de los párpados y el dolor trepando y trepando por su cuerpo, contemplando su sueño destrozado y hecho añicos, mientras la niña de los rizos negros, belleza sobrecogedora, le saludaba una y otra vez con la mano, como una muñeca rota, y le sonreía, le sonreía, le sonreía sin cesar con su cara de ángel bueno.

 

©Blanca del Cerro

 

LIVIA

Primer Premio en el I Certamen de cuentos de la revista Relatos de Papel (2014)

 

Tú, Livia, mi sueño azul de olas lánguidas y verde de praderas tibias. Tú, Livia, tierna y pequeña, arpegio de guitarra triste, cántico de mi alma desbordada, tan dulce y tan sencilla, tan lívida y tan frágil entre mis brazos. Tú, loca y serena, tierna y callada. Mi sueño y mi encanto. Mi camino. Mi amor, mi verdadero amor. Ha sido ahora, tras cientos de horas incrustado en tus ojos abarrotados y enredados de nostalgias, después de tantos y tantos sueños desbocados, de tantas y tantas miradas, de tantas y tantas palabras, de tantas y tantas fantasías a la búsqueda de un poema que esbozara tu persona, tu cuerpo y tu alma sin jamás hallarlo, ahora, cuando la luz empieza a derretirse a nuestro alrededor y una cordillera de recuerdos nos ata lentamente con trenzas apretadas de soledad, ahora, Livia, ha sido ahora cuando he tenido que decirte adiós. Cuando he tenido que abandonarte. Lo siento, Livia, lo siento.

Mis suspiros quedaron enredados entre tus labios de esponja caliente, y mis suspiros y tus labios, tus labios y mis suspiros, se trastocaron, se fundieron, se abarrotaron de nosotros mismos que, sin saberlo y sin sentirlo, dejamos de serlo.

Y aquí, entre el ahogo de una bruma callada pespunteada de blanco, sólo me acompaña tu recuerdo. Tu recuerdo… El recuerdo de nuestra primera vez, de nuestro primer encuentro, cuando percibí tu delicada silueta tras aquella ventana inmensa desde la que me observaste y tus ojos color de marea truncada absorbieron los míos al ritmo de un galope desbocado, y yo —no lo olvidaré jamás, ¿cómo olvidarlo?— permanecí extasiado, partido en pedazos por el relámpago inquieto de tu sonrisa, y no pude moverme, quedé paralizado, porque me alcanzó el temblor de tu vida tras los cristales. Avancé unos pasos, me acerqué y crucé la puerta. El frío de la noche, como si no quisiera ser partícipe de nuestro recién iniciado sortilegio, permaneció acurrucado fuera.

El lugar en el que te encontrabas me pareció como una suerte de nubarrón desbocado donde se refugiaban los silencios, un poco triste, un pozo de libélulas, un abismo de melancolía. Cientos de cuerpos, cientos de ojos escrutándome, y tú, allá al fondo. Cerré la puerta, caminé unos pasos y me coloqué ante ti, transformado en una lluvia de deseo y esperanza. Me aproximé lentamente y nuestras miradas quedaron cosidas en un majestuoso bordado, una mazurca de pupilas y sortilegios, y agarré tu mano, tan pequeña junto a la mía, nos miramos, nos sentimos, nos comprendimos en un instante sobrecogedor, como suelen ser los instantes especiales, teñidos de fuegos artificiales, y fuiste para mí y yo para ti, nos miramos, nos vimos, nos sentimos, y ya nada fue igual. Salimos juntos a la cadencia de la noche, abrazados, camino de mi hogar, de nuestro hogar.

Yo nunca te dije mi nombre, pero tú lo adivinaste. Tú nunca me dijiste tu nombre, pero yo lo adiviné. Livia. Y ese nombre mágico borboteó por mis venas hasta hacerse catarata de abrazos y sombras. Tu mirada de gacela se posó sobre mi hombro, y así caminamos y caminamos inventando pasos para nosotros solos, inventando senderos, praderas alfombradas de maíz tibio por las que iniciamos nuestra andadura, inventando sueños, los nuestros que, a partir de ese día cargado de zozobras, se transformarían en música. En una sola noche nos hartamos de sonrisas.

Livia. Entraste en mi vida, así, como un terremoto de clamores, y tu sueño y mi sueño se unieron en un amor más allá de cualquier conjetura. Tu amor, mi amor, nuestro amor, es y será siempre único.

A partir de entonces los días se hicieron para nosotros un soneto inagotable, juntos a todas horas, hundidos en nuestra felicidad, encaramados al tiovivo de las ilusiones, paseábamos nuestro amor de un lado a otro, nuestro amor de luces de colores y arcos iris engalanados, nuestro amor fantástico, nuestro amor de vidrio transparente brillando a la luz de centenares de amaneceres. Porque a ti te gustaban los amaneceres, que contemplábamos día a día. ¿Recuerdas, Livia, nuestros amaneceres? Nuestros ojos se fundían con la noche y con el alba, se paseaban ingrávidos por las nubes y los cielos, apretados en el horizonte. ¿Y nuestros ocasos? ¿Recuerdas nuestros ocasos encandilados de luna? ¿Y nuestros atardeceres? ¿Los recuerdas?

Fue una época de felicidad absoluta con nuestro amor a cuestas y a rastras por todos y cada uno de los rincones de la existencia.

Fue una época en la que la fantasía llovía sin cesar pasando junto a nosotros en forma de redondilla inacabada.

Fue una época de lirios, azucenas y madreselvas cantando baladas jamás oídas.

Porque después… bueno… después… pese a todo, pese a tu presencia y a tu clamor, pese a tu eternidad a mi lado, debo confesar que después vinieron otras. Sí, no puedo negarlo, lo confieso con una cierta vergüenza, después vinieron otras, con sus ojos dulces, con sus manos blancas, con sus rostros de hadas buenas y comprensivas, arropándome, arrullándome, muy rubias o muy morenas o muy pelirrojas, deseando parecerse a ti. Y quisieron hacerme sentir tu locura. Y quisieron imitar tu sombra. Pero ellas, te lo aseguro, ellas… nunca fueron como tú. Y entonces tú me mirabas desde la eternidad solapada de tu rincón, sin un gesto, sin una palabra, sin un reproche, comprobando cómo me alejaba, me escapaba, me hacía cacho de luna silenciosa, pero, tú lo sabes, siempre volvía a ti, siempre me atraías con tus ojos encantados, mi deliciosa Livia, porque tú y yo seremos eternos, no lo dudes, no lo dudes jamás.

Pero ahora… ahora he tenido que abandonarte. Lo siento, Livia, lo siento. Nunca podrías imaginar cuánto. Y aquí, entre silencios y fantasías, entre enredaderas de soledad que me aprietan desesperadamente, sólo me queda tu recuerdo, tu recuerdo montado en el potro negro de los enigmas sin resolver.

Ahora te imagino allí, en nuestro hogar, sola con ellas, con las otras, rodeada de silencios lúgubres, mientras yo no puedo moverme de aquí, no me dejan, me tienen prisionero, encerrado en una habitación, no me permiten salir, ni ir a buscarte, ni tenerte conmigo, a mi lado. Lo único que puedo hacer es cantar a nuestro amor. Y recordar. Recordar tu vida y tu alma. Recordar tu infinito sesgado. Recordar tu recuerdo. La existencia se me va y se me viene en ello. Ellas, las otras, ya no tienen ninguna importancia.

Todo sucedió de repente un día de otoño. Aparecieron ellos. Vinieron a buscarme. Se presentaron una tarde en que la majestad de las sombras se encaramaba en forma de hiedra por las nubes, como si quisiera devorarlas, mientras nosotros contemplábamos extasiados el fenómeno a través de los cristales, casi muertos de aleluyas. Estábamos sentados en el salón rodeados del silencio que se aposenta entre nosotros cuando estamos juntos, un silencio verde y granate que nos arrulla como una nana. Sonó el timbre. Te miré extrañado buscando en tus ojos un punto de comprensión, me levanté, te dejé muy quieta en el sofá y acudí a abrir la puerta.

Eran cuatro hombres muy altos, muy fuertes que, tras pronunciar mi nombre para confirmar que era yo la persona a quien buscaban, se abalanzaron sobre mí sin decir una palabra. Tú, Livia, en ese momento ni siquiera me miraste porque tus ojos andaban perdidos por un horizonte deshilachado. El ataque fue tan repentino, tan inesperado, que casi no tuve ocasión de resistirme, a pesar de que luché desesperadamente contra ellos en la medida de mis escasas posibilidades. Patadas, puñetazos, codazos, aullidos. De inmediato comprendí que no tenía nada que hacer. Cuatro contra mí era demasiado. Me agarraron, me sujetaron, me inmovilizaron, me pusieron una camisa de fuerza y me depositaron en un rincón como si fuera un fardo inservible. Grité, claro que grité, pero de nada sirvió. Por mi cabeza pasó la idea de que los vecinos me habían denunciado, malditos, locos ellos, ellos sí, más que nadie, malditos, malditos… Aullé al vacío y a la nada mientras los cuatro hombres fornidos se dedicaban a explorar todos los rincones de nuestra vivienda, de nuestro nido de amor, a la búsqueda de no sé qué misterios, que no los hay, porque tú sabes, Livia, que en nuestro hogar de claroscuros difusos sólo tenemos un sofá donde ocultamos nuestras sonrisas.

Caminaron por toda la casa vacía de muebles y plagada del aroma de nuestras pieles, manchando con sus pisadas el blanco de nuestros sueños, entraron en la cocina y acto seguido se dirigieron hacia el interior. Al abrir las puertas de las habitaciones las vieron a ellas, a las otras, tus rivales, a las muñecas rubias, morenas y pelirrojas, con los ojos perdidos y la mirada turbia, cientos de muñecas repartidas por todos los rincones, encaramadas unas sobre otras, destripadas, absortas, cariacontecidas, desposeídas de luz, muñecas, montones de muñecas apiladas, desgajadas, rotas, muñecas grandes, medianas y pequeñas, muñecas de rostros cansados o mustios o cansinos, similares, parecidas a ti, pero nunca iguales, que fui seleccionando, recogiendo y desechando a lo largo del tiempo, mucho, muchísimo tiempo. Hasta encontrarte. Después vinieron ellas, las otras, ya lo sabes, te lo he confesado, no te lo he ocultado jamás, pero no eran tú, Livia, te lo juro por mi alma, no eran tú.

Y me trajeron aquí a esta habitación acolchada y con barrotes en las ventanas, teñida del blanco de las madrugadas que nosotros contemplábamos, donde dicen que me tratan, donde dicen que me curan y donde quieren cargarme de olvido. Pero eso no es posible, Livia, eso no es posible. Tú estarás siempre aquí dentro.

Te imagino allá, quieta, dulce, desesperada por mi ausencia, deseosa de mis brazos, tal y como yo me siento en estos momentos de amargura.

No te preocupes, Livia, porque volveré a tu lado. No importa lo que quieran hacerme. No importa este presente cruel que nos mantiene separados. No importa el tiempo. Volveré, no lo dudes, no lo dudes jamás, y entonces viviremos de nuevo nuestro amor de eternidades, y nuestros atardeceres, nuestros ocasos, nuestras madrugadas perdidas en caricias.

Te imagino allá, absorta, tranquila en nuestro sofá, gritando mi nombre sin palabras como yo grito el tuyo.

No te preocupes, Livia. Volveré un día, te lo aseguro. Y todo será como antes, ¿recuerdas? Continuaremos nuestra historia de amor sin fin y borraremos del mundo la tristeza y el lamento en el que nos han encerrado. Viviremos la eternidad. Sin nada. Sin nadie. Juntos. Las otras ya no existirán, las desterraré para siempre y sólo estarás tú. Porque tú, Livia, has sido, eres y serás por siempre mi muñeca favorita.

 

©Blanca del Cerro

LA GRAN ANTORCHA - Cuento de Navidad

Primer Premio en el I Certamen de Relatos Navideños de la Unión Hispanoamericana de Escritores (2011)

 

No sabía en realidad si había entendido bien las palabras que pronunció mi madre, pero mis labios se plegaron por la sorpresa, mi corazón dio un salto en el vacío y me quedé allí, al abrigo de mis diez años recién cumplidos, como mendigando unas miguitas de comprensión que parecían no llegar nunca. La vida tembló unos instantes. Continué escuchando. Mi padre rechinó los dientes y pronunció las palabras asesinos de almas en voz baja mientras leía en voz alta las instrucciones recibidas, mi madre apretó con fuerza un pañuelo entre sus manos y creo que se le escapó una lágrima de impotencia, y yo permanecí en estado de expectación sin saber en realidad cómo actuar o qué hacer. Lo cierto, para qué iba a engañarme, es que no podía hacer nada.

El silencio fue tan profundo que casi me ahogué en él.

El año anterior ―y otros también— había sido maravilloso, lo recordaba muy bien, en casa de los tíos, el belén, el árbol, un montón de luces y villancicos, junto a los primos, todos cantando, saltando, todos alegres, todos celebrando la Navidad, y regalos, panderetas y zambombas en el corazón, y sonrisas, muchas sonrisas. Y ahora… ¿Por qué ahora no podía ser igual? ¿Qué había sucedido de un año a otro? Mi pequeña mente no alcanzaba a comprender cuál era la diferencia.

Las instrucciones estaban claras, corrían de boca en boca y de mano en mano, aparecían impresas por todas partes, en los periódicos, en las revistas, en las carteleras, en los teléfonos móviles, en Internet:

“Por orden de las autoridades, en todo el país queda terminantemente prohibida cualquier manifestación navideña, incluidos villancicos, luces, fiestas, celebraciones religiosas, cabalgatas, belenes o adornos en las calles”.

Sin razones, sin motivos, así simplemente: Queda prohibida cualquier manifestación navideña. Mi madre se mordió los labios después de leer una vez más aquellas palabras. Creo que se guardó un grito. ¿Prohibida? ¿Por qué? Pensé sin expresarlo en voz alta. ¿Por qué este año no podíamos celebrarlo igual que todos? ¿Qué diferencia había con otros? ¿Qué había ocurrido? ¿Acaso a alguien había dejado de gustarle y por eso me obligaba a mí a que no me gustase? Porque a mí me gustaba. Y mucho. Y ahora, por alguna razón desconocida, debía prescindir de la felicidad. ¿Alguien tenía derecho a hacerme prescindir de la felicidad? Y yo me preguntaba si, en caso de negarnos a acatar tales órdenes, seríamos perseguidos, o castigados, o encarcelados. ¿También me iban a perseguir a mí por tener nombre de ángel? No comprendía una palabra de lo que estaba sucediendo. Mi madre me abrazó con ternura mientras musitaba:

― No pasa nada, Rafael, cariño, no pasa nada.

Mis padres bajaron la cabeza y me pareció sentir los latidos de sus corazones a galope tendido.

Un mundo de sombras cayó encima de los hombres y la vida en general se hizo triste, como pintada de gris melancolía. Me sentía encerrado en una nube oscura. Me faltaban los gritos y las risas, la alegría y las fiestas, las panderetas, las luces y las canciones y, sobre todo, me faltaban los sueños. No quería preguntar. Sería peor. Las dudas y las conjeturas se iban apoderando de mi cuerpo sin que nada pudiera hacer por evitarlo. ¿También iban a quedar prohibidos los Reyes Magos, o Papá Noel, o incluso el Niño Jesús? ¿Los Reyes Magos, o Papá Noel, o el Niño Jesús eran acaso seres a los que se podía hacer aparecer y desaparecer en función de los deseos de una mente desaprensiva?

El día de Nochebuena se acercaba poco a poco y el universo se había transformado en un maremoto de silencio.

No sé cómo sucedió, pero una mañana noté que algo pasaba en mi casa, como si un rayo nuevo de esperanza hubiera nacido en los rincones. La puerta de entrada se abría y cerraba con mayor frecuencia que de costumbre, personas desconocidas aparecían por allí, se recibían extrañas misivas ―siempre en mano, no por teléfono ni por Internet ya que podían estar intervenidos—, se celebraban silenciosas reuniones en el comedor, las miradas empezaron a resplandecer, los ojos creaban chispitas nuevas de esperanza. Nadie me decía una palabra pero comprendí que algún cambio estaba a punto de producirse, tal vez una reacción, un grito o una respuesta, no podía saberlo.

Los días cabalgaron a lomos de un caballo desbocado. El veinticuatro de diciembre amaneció envuelto en capas de bruma y frío. Había llegado el momento mágico. Faltaban unas horas para Nochebuena y ni siquiera el aire se movía.

Sonaron las nueve en algún reloj. Fue entonces cuando mis padres me indicaron que teníamos que salir. No me extrañó demasiado pero no pregunté adónde íbamos. Nos pusimos los abrigos y los guantes en silencio. Hacía un frío tan intenso que acartonaba la piel. No imaginé en qué lugar cenaríamos aquella noche tan especial, tal vez en casa de los abuelos o de los tíos, lo único que sabía es que no habría panderetas ni villancicos. Aquello me resultaba tan triste que me producía un escalofrío desolador en todos los poros de la piel, arroyos de amargura desfilando por mis venas.

Salimos a la calle y nos dirigimos hacia algún lugar por mí ignorado, aparentemente a la Plaza Principal, situada en el centro de la ciudad. Me percaté de que las calles estaban más llenas que de costumbre y todo el mundo caminaba en la misma dirección, como un río infinito de sombras sin alma. Pensé que todo aquello era muy extraño pero no dije una palabra. Observé que los ojos de los seres que nos acompañaban en aquel curioso desfile de soledades cantaban por dentro y que sus labios se estiraban en pequeñas sonrisas algo escondidas.

Tras diez minutos de caminata, llegamos a la Plaza Principal y mi padre nos indicó que nos detuviéramos junto a una de las paredes, casi ante la puerta de un bar cerrado, ya que nos sería imposible avanzar más. Mi madre me entrego un bocadillo y una botella de agua. ¿Ésa iba a ser mi cena de Nochebuena? Observé que el lugar estaba a rebosar de gente, y que las diez o doce calles laterales que confluían en la plaza se iban llenando y llenando, cada vez más público, un público silencioso, con una sonrisa guardada en la boca que no supe cómo interpretar.

Permanecimos quietos, desempeñando el papel de centinelas estáticos de la noche. El frío y la bruma reventaban a nuestro alrededor.

Cuando en el reloj de la plaza sonaron los cuartos para las doce, todos los seres al unísono introdujeron las manos en los bolsillos de sus abrigos y extrajeron una serie de objetos que, en principio, no supe de qué se trataban. Mi madre me entregó uno de dichos objetos: era una vela de color blanco. Había una para cada uno de nosotros. Mi padre sacó un mechero y encendió nuestras velas, y las de otras personas, y empezaron a formarse puntos diminutos de luz, cientos, miles, millones de puntitos que se extendían cada vez más y formaban una especie de red brillante, una inmensa manta de chispas, un reguero de angustias y silencios en forma de llamas diminutas. Aquello parecía una gran antorcha, una inmensa antorcha con un alarido ansioso escondido en las entrañas.

En el mismo instante en que en el reloj de la Plaza Principal sonaron las doce en punto, en el momento del nacimiento de Dios, todas las gargantas de los miles de personas allí presentes empezaron a entonar aquel himno magistral de Giuseppe Verdi que un día aprendiera en mis clases de canto —Va, pensiero, sull'ali dorate, va, ti posa sui clivi, sui colli, ove olezzano tepide…― pero sin palabras, sólo murmurando millones de mmmmmmmmmmmmm con las bocas cerradas, unos mmmmmmmmmm que impregnaban el aire y formaban regueros de ilusiones, y las almas estallando en gritos silenciosos. Parecíamos un auténtico coro de esclavos en busca de nuestra libertad pisoteada. Las autoridades no podrían decir nada, no estábamos infringiendo las leyes, no había anuncios luminosos, no había belenes, ni rótulos, ni adornos, nada hacía alusión a la Navidad, no alabábamos a Dios, no cantábamos villancicos, ni siquiera cantábamos, sólo entonábamos un himno de gloria. Y las voces, millones de voces en nuestras gargantas, formaron un rugido que se asemejaba a una horda de libélulas. Y las luces, millones de luces en nuestras manos, nos hacían parecer espectros en lucha.

Nada se movía. Nada se oía salvo el zumbido de miles de susurros. Nada se veía salvo centenares de puntitos luminosos. El silencio nos acarició con dulzura y la oscuridad nos fue tragando a todos muy lentamente. Ésa era la respuesta sin palabras de nuestro pequeño mundo ante la miseria, el ahogo y la podredumbre.

Fue en ese momento de magia y paz, un gran abismo de paz, cuando miré al cielo y me pareció percibir que incluso las estrellas sonreían.

 

©Blanca del Cerro

AQUEL DIA DE LLUVIA

Segundo premio en el IV certamen de relatos Ciudad de Huesca (2010)

 

Tal vez, a partir de ese instante, la vida sería así, oscura, sombría, cenicienta, empapada de arpegios inaudibles y ahogada en sombras grises, tan grises que explotaban densas a mi alrededor y me las tenía que quitar de encima a manotazos. Lo cierto es que empecé a ahogarme en ellas, como si se tratara de un inmenso maremoto avanzando inquieto hasta mi soledad, esa soledad construida de distancias que él había dejado ahora entre nuestras almas y nuestros cuerpos.

El día en que me avisaron de su muerte empezó a llover.

Me quedé con el auricular del teléfono helado entre las manos, escuchando la siniestra noticia, mientras por mis labios se escapaba la palabra Padre, una palabra que taladraba el aire y se hacía añicos en mi cerebro petrificado.

Las gotas de lluvia iniciaron una sinfonía de lunas tibias al compás de la mañana y se aposentaron entre los hombres como si estuvieran a punto de poseerlos, como si fueran a adueñarse para siempre de sus vidas, como si ya no quisieran abandonarlos jamás.

La voz al otro lado de la línea, casi un susurro, me informó de que aquel hombre de hierro y fuego que fue mi padre había sufrido un repentino ataque al corazón, había sido inmediatamente trasladado al hospital y ya no pudo hacerse nada por salvarlo. Murió enroscado en el silencio y abrazado a su soledad, dejándome a mí con la mía propia, la de su presencia, la de su recuerdo, la de su ausencia. Una vez despojado de su carga, el susurro me dio el pésame y colgó.

No lloré. No pude llorar porque mis ojos, sin saber las razones, se negaron.

La lluvia se había apoderado de los cristales y trazaba misteriosos caminos por los que bailaba minuetos y boleros tristes.

Los recuerdos de toda una vida aparecieron en forma de aluviones inmensos, como hordas a caballo del tiempo, e inundaron mi cerebro, abarcándolo hasta tal punto que no quedó en él ni un mínimo resquicio que no fuera el ayer. Surgieron los días de mi infancia en Huesca, nuestra ciudad, juntos los dos en aquel fastuoso jardín que rodeaba nuestra casa, consolándonos por la desaparición de mi madre, víctima de una embolia. Y vi cómo mi padre, de profesión jardinero vocacional, recogía cientos de flores y cubría por completo la tumba en la que había sido enterrada su mujer, convirtiendo aquel pedazo de tierra en un paraíso de pétalos multicolores.

La danza de la lluvia se iba transformando lentamente en una acalorada mazurca compuesta de suspiros y sombras.

Y surgió el pasado de nuestra vida conjunta y solitaria. Nos habíamos quedado solos los dos y teníamos que salir adelante, él con su trabajo a cuestas, yo con mis estudios a la espalda, y ambos con la vista al frente, rodeados de ramilletes de olvido y manojos de futuro.

Mientras tanto, mientras mi mente se trasladaba al mundo inamovible del pasado, las gotas de lluvia bebían el aire.

Él me enseñó todo lo que sabía sobre botánica y jardines, me enseñó a diferenciar las plantas, a distinguirlas, a clasificarlas, a ordenarlas, me enseñó los misterios del cuidado y el abono, me enseñó el infinito universo de las flores, sus aromas y colores, los árboles, los arbustos, las hojas, los esquejes, los pecíolos, las vainas, los pétalos, los sépalos, los tallos, los troncos, las cortezas, un mundo fabuloso en el que se movía a sus anchas y que le salvó del espectro oscuro de la desesperación.

El sonido de las gotas se filtraba por mis venas.

Mi padre adoraba su trabajo, amaba los jardines, todos los jardines, y me narraba historias, cientos de historias que yo escuchaba con la boca abierta a la luz del atardecer. Mi padre me explicaba que los árboles eran los pensamientos de los ángeles, que tomaban forma en la tierra para repartir bondad por el mundo. Mi padre me contaba que la luna se tragaba todas las noches el azul del mar, un azul que durante el día chocaba con el amarillo del sol, y posteriormente lo repartía por el mundo vistiendo a las plantas de matices verdes. Mi padre me decía que las flores nunca morían sino que, cuando se marchitaban, los pétalos se elevaban hasta el espacio, donde se iban acumulando y acumulando, y a lo largo de los siglos habían formado lo que nosotros llamamos arco iris el cual, en realidad, estaba compuesto por miles de millones de flores que, de tanto en tanto, al recibir la caricia de la lluvia y el sol, mostraban todo su esplendor para recordarnos que allí estaban y allí estarían hasta el fin de la eternidad. Y me aseguraba que algún día, por algún motivo especial, estallarían y el mundo quedaría inundado de flores y pétalos. A mí me gustaban sus historias y las escuchaba embelesada.

Tenía que ponerme en movimiento, tenía que salir y trasladarme hasta Huesca donde había vivido mi padre, tan alejado de mí, tenía que hacer frente a todos los trámites relacionados con su defunción, tenía que moverme, tenía que reaccionar, bajo aquella lluvia que machacaba incesantemente y no dejaba de machacar las almas.

El tiempo, revestido de nostalgias y sueños, nos llevó con sus alas transparentes por los senderos de la vida. Mi padre y yo continuamos con nuestras mutuas obligaciones, siempre juntos, siempre unidos por un hilo fino de sentimientos, siempre apoyándonos el uno en el otro. Una vez finalizados mis estudios, tuve que trasladarme a Barcelona para entrar en la universidad. Había decidido estudiar Botánica. Y él quedó allí, en su casa ahora casi totalmente solitaria, con sus plantas, sus flores y sus cordilleras de nostalgias y recuerdos, cada vez más altas y más pobladas.

Preparé un pequeño neceser con lo suficiente para pasar un día fuera y bajé al garaje a recoger el coche. En la calle me recibió un indisciplinado ejército de gotas que quiso avasallarme, pero no pudo. Bajo una manada inagotable de agua, y agua, y más agua, emprendí el camino hacia la ciudad que me había visto nacer.

Mi padre y yo, en aquel entonces, nos dijimos adiós hundidos en un pozo de tristezas y pesares. Sería la primera vez en muchos años que viviríamos separados, tan lejos el uno del otro, puesto que, bajo ningún concepto, él abandonaría su querido hogar, pese a la propuesta que le presenté de trasladarse a vivir conmigo a la ciudad que había elegido para cursar mis estudios. Su negativa fue rotunda.

La voz de la lluvia y los limpiaparabrisas barriendo el cristal me hicieron compañía durante el recorrido.

Poco a poco el tiempo nos cubrió de sombras y lejanías. Siempre que encontraba un hueco —algunos fines de semana, algunos puentes, algunas vacaciones—, me acercaba a Huesca. Mi padre continuaba con su vida de silencios ahogados, cada vez más callado, cada vez más ausente, como si hubiera creado a su alrededor un universo de colores únicamente compuesto de flores y plantas: su mundo particular donde ya no tenía cabida más que él mismo y sus sueños.

Huesca se debatía entre torrentes de agua y dolores dispersos. El cielo crepitaba. Una parte de los habitantes del barrio, no muchos en realidad, se encontraban en la casa en la que yo había nacido y vivido hasta mi traslado a la gran ciudad. Los fantasmas de los objetos por allí diseminados me arañaron la piel del alma y me acosaron con sus sábanas blancas de recuerdos y olvidos. Hicimos los correspondientes preparativos para el entierro y el funeral, que se celebrarían ese mismo día, ya que yo no tenía más remedio que volver a Barcelona lo antes posible. El cuerpo de mi padre descansaba en el ataúd. Parecía como si estuviera rodeado de un halo de colores, como si las flores que tanto había amado quisieran acompañarle en su adiós eterno. Lo miré con una tristeza sobrecogedora, lo amé como siempre y como nunca, pero no pude llorar.

Y los años sembraron nuestros cuerpos de lejanías. Nos veíamos, pero menos, nos hablábamos, pero menos, nos recordábamos, pero menos. Mis estudios, mi trabajo, mis amigos, mi vida social, me introdujeron en un mundo totalmente distinto en el que el olvido iba aposentándose despacio a mi lado. Y no fue realmente olvido, pero sí alejamiento, él en Huesca, yo en Barcelona, la distancia, el silencio, el desapego. Siempre me decía que me echaba de menos, y yo siempre respondía que me ocurría lo mismo, pero la vida se interpuso entre nosotros y ya nada fue igual.

Las lápidas del cementerio brillaban destilando minúsculos arroyos bajo aquella lluvia incesante que me perseguía y me acosaba desde la mañana. Nos reunimos en torno a la tumba destinada a mi padre, todos muy serios bajo los paraguas. El sacerdote pronunció unas palabras que no escuché, pues lo único que pude hacer fue hablar con mi padre en voz baja, sin lágrimas, porque no podía llorar.

“Papá, lo siento, de verdad que lo siento. Te olvidé. Olvidé tu vida, olvidé tu existencia, olvidé tu amor, te dejé de lado. Lo siento, papá, lo siento ahora que no tiene solución. Dime que me perdonas. Dime que me quieres. Dime que sigues a mi lado. Dímelo de alguna manera. Aunque ahora sé que ya no puedes hacerlo. Lo siento. Perdona, papá, perdóname”.

Mis palabras sonaban por dentro como olas plagadas de añoranza.

Una vez finalizado el entierro y la ceremonia, con las paletadas de tierra resonando en mi cerebro empapado de lluvia y pesadumbre, nos dirigimos hacia la iglesia a celebrar el funeral.

Entré en casa de mi padre al atardecer.

Llevaba agarrada al corazón la zozobra violeta del dolor oculto, junto con un sentimiento rojo de culpabilidad reptando por mis venas por no haber podido o sabido ser mejor hija. La palabra Padre se derretía sin quererlo en mi boca, ahora que él ya no estaba.

Las nubes en el cielo continuaban destilando su macabra danza de incertidumbres.

Todo en el interior de la casa me hablaba de él. Pasé directamente al baño y permanecí bajo el chorro de la ducha durante mucho tiempo, como si quisiera quitarme la tristeza con otras gotas distintas a las que me habían acompañado durante aquel día de lluvia. Aquel día de lluvia en que mi corazón había quedado eternamente abierto y eternamente cerrado.

Me acosté sin cenar. No sentía hambre, sólo dolor, y pena, mucha pena, y culpa, mucha culpa. No sé si dormí. Abría y cerraba los ojos pero siempre encontraba oscuridad, en el exterior y en el interior. Un tumulto de sombras me acarició la piel tiñéndola de ceniza negra. La figura de mi padre me acosó en sueños, y el barrio, sus habitantes, el sacerdote, el ataúd, los pésames, muchos pañuelos blancos hastiados de lágrimas, el cementerio, la iglesia, el funeral, la casa que ahora me pertenecía, el jardín, el ayer, el pasado, los dos juntos, sus cuentos impregnados de dulzura. Mi padre. Las imágenes se apiñaban en un desfile interminable. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de duermevela, pero fue un extraño sonido el que me hizo abrir los ojos por completo. Me incorporé y escuché. El reloj marcaba las tres de la madrugada. En un principio pensé que sería la lluvia, pero aquello se asemejaba más a un siseo, un zumbido suave, alas de libélulas o de mariposas.

 

Me levanté, me puse una bata y unas zapatillas, subí la persiana y me asomé a la ventana del que había sido mi dormitorio a lo largo de muchos años.

Mi cuerpo quedó sacudido por un relámpago de terror y sorpresa, mientras un tropel de temblores en forma de burbujas se adueñaba de todos los rincones de mi piel y subía sin cesar hasta llegar a mi garganta. Mis pupilas reventaron de angustia.

Aquello no era posible. Lo que tenía delante no era posible. Lo estaba imaginando, lo estaba soñando, todavía no había despertado, mi imaginación, seguro que era mi imaginación, no podía ser cierto. Lo que veían mis ojos no era posible, no, no lo era.

Seguía lloviendo.

El cielo continuaba derramando sus aullidos sobre la tierra, pero ya no caían gotas, que seguramente se habrían agotado. Lo que el cielo estaba enviando, lo que las nubes lanzaban, lo que zumbaba suavemente con sonido de mariposas, lo que pululaba por el aire, no eran gotas, eran… pétalos, cientos, miles, millones de pétalos, de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños imaginables. La totalidad del espacio circundante estaba cuajada de pétalos.

Aquello no era posible.

Y los pétalos descendían suavemente, revoloteaban entre el viento, emitían un murmullo cálido, subían y bajaban al compás de un vals que nadie salvo ellos escuchaban, y se posaban sobre la tierra del jardín, sobre el asfalto, sobre las aceras, un tapiz infinito compuesto de millones de colores.

Permanecí quieta y muda, transformada en estatua de carne.

Miríadas de pétalos inundaban el césped del jardín, los balcones, los árboles, el alféizar de mi ventana, mientras el aire se encogía repleto de aromas. Extendí la mano y los pétalos de colores rozaron mis dedos. Eran suaves, muy suaves, y los sentí en la piel como un milagro.

Miré al cielo, tan negro como el espectro de un ahogo infinito.

Los pétalos continuaban bailando alrededor del viento mientras aquel arco iris iluminaba la noche.

Permanecí así mucho, muchísimo tiempo, contemplando aquella extraña lluvia de flores que no cesaba de caer y caer, plagándome de su esencia, respirando su aroma, desgranando mi vida, atiborrándome de recuerdos, y de ayeres, y de sueños.

— Papá… —dije.

Su nombre llenó mi boca.

El cielo, el aire, la tierra, todo lleno, todo cuajado de pétalos, millones de pétalos cayendo.

— Papá… — repetí—. Gracias. Gracias por responderme.

Ejércitos de pétalos.

Entonces supe que él me había perdonado y que estaríamos siempre juntos.

Lluvia de pétalos.

— Gracias por escucharme, gracias por no haberme olvidado, gracias por mandarme una respuesta. Gracias por estar conmigo, papá.

Pétalos y pétalos y pétalos…

Aquel día de lluvia se convirtió en el más triste y el más feliz de mi vida.

Fue en ese preciso instante cuando empecé a llorar.

 

© Blanca del Cerro

 

 

UNA TARDE DE DOMINGO

Finalista en el Certamen de Relatos convocado por Editorial Rubeo (2010)

 

Fue una tarde de domingo, una tarde que quedaría por siempre incrustada en su memoria, como un clavo en la carne, como un relámpago en la oscuridad, como un estilete en el alma.

Hacía frío, recordaba que hacía demasiado frío para ser abril, y unos panzudos nubarrones se balanceaban de un lado a otro del cielo formando una especie de monstruosa hamaca mullida y silenciosa. Nacho tenía quince años, casi dieciséis, el rostro plagado de molestos granos, la vida burbujeando ante los ojos y el corazón muy apretado de sueños. Aquella tarde de domingo, después de una agradable comida con sus abuelos, se encontraba en el primer piso de la fastuosa mansión familiar esperando la llegada de su padre. Su abuelo dormía la siesta y su abuela bordaba una interminable mantelería mientras él, hijo y nieto único, contemplaba la calle plagada de sombras ocres a través de los gruesos cortinajes de la sala de estar y aguardaba la aparición del magnífico automóvil en el que llegaría su padre. Don Ignacio, el gran hombre de negocios y futuro diputado, descendería del vehículo, miraría hacia la ventana, sonreiría a modo de saludo, subiría los escalones, llamaría a la puerta y, tras entregar su abrigo a la criada, se presentaría en la salita de estar, saludaría a sus suegros, hablaría un rato con ellos, tomaría café y recogería a su hijo para dirigirse a su hogar. La mayoría de los fines de semana se repetía el mismo rito sin variaciones.

Aquella tarde de domingo, como todas desde hacía ya demasiado tiempo, ni siquiera recordaba cuánto, Nacho observaba la vida a través de unos cristales cuajados de silencios. La luz opalina del atardecer hacía juegos malabares entre la calzada, las aceras y los parterres de flores.

El coche oscuro de Don Ignacio apareció en la lejanía. No había nadie en la calle. Nacho contempló el lento avance del vehículo a la vez que observaba cómo un hombre surgido de la nada daba la vuelta a la esquina y se dirigía con paso rápido hacia la casa de sus abuelos. Era un hombre joven, de unos veinte años, alto y delgado. Nacho pudo distinguir perfectamente sus facciones —el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado, negro y un poco largo y el andar desgarbado— salvo los ojos, que mantenía bajos. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de una gabardina siniestra, tan siniestra como la tarde. El hombre joven y el vehículo alcanzaron casi al mismo tiempo la puerta de la casa de sus abuelos.

A partir de ese momento, los hechos se sucedieron como a ráfagas, como si los instantes fueran relámpagos rasgando el aire. Don Ignacio salió del vehículo, cerró la puerta y se encaminó hacia la verja de entrada al jardín, a la vez que el hombre joven se detuvo ante él, sacó una pistola con silenciador, levantó el brazo y disparó varios tiros sobre el gran hombre de negocios y futuro diputado. La tarde, girando sobre sí misma, quedó inundada de rojo sangre. El joven moreno sonrió, introdujo de nuevo la mano en el bolsillo de la gabardina oscura, continuó caminando pausadamente por la acera y acabó colándose por entre las sombras de un atardecer pintado de rojo. Rojo sangre. La operación no duró más de diez segundos.

Nacho, único testigo de los hechos, se llevó las manos a los labios al tiempo que una palidez mortal inundaba su rostro.

Los días posteriores al asesinato se sucedieron transformados en un campo inagotable de terror, soledad y silencio, manadas de silencio interno. La policía, el dolor, los interrogatorios, la tristeza, el entierro, las investigaciones, el miedo, las pesquisas, los funerales, las lágrimas, los pésames, todo ello inmerso en grandes pozos de interrogantes e infinitas capas de incomprensión. Nacho dio a los investigadores una detallada descripción del joven moreno y alto, cuya imagen le perseguiría toda la vida. Y supieron de inmediato que se trataba de un sanguinario terrorista implacablemente perseguido por la justicia.

Se inició la búsqueda, la ciudad quedó paralizada, los investigadores trabajaron incesantemente, se realizaron diversas detenciones, se llevaron a cabo numerosos interrogatorios, no se escatimaron medios para poder capturar al asesino, pero el joven moreno, autor del atentado contra un gran hombre de negocios, jamás fue encontrado.

Nacho, ahora huérfano de padre y madre, hijo y nieto único de aquella familia de rancio abolengo, se trasladó a vivir con sus abuelos maternos. En la mente de aquel niño triste quedó para siempre incrustada la imagen de un joven de unos veinte años, alto y delgado, con el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado, negro y un poco largo, de andares un tanto desgarbados, del que recordaba perfectamente todas sus facciones salvo los ojos.

Los años marcaron la vida de Nacho con borbotones de luces y alegrías y lo transportaron por el mundo de las fiestas, los amores, los estudios y los sueños. Cuando recibió el título de Doctor en Medicina, su primer pensamiento fue para su padre. Y el trabajo le condujo al hospital de una ciudad extranjera situada a varios cientos de kilómetros de su villa natal, donde aprendió y desempeñó sus labores durante un tiempo que le pareció un suspiro.

Aquellos años le depararon ternuras tibias en forma de una mujer rubia y dulce y dos hijos preciosos. La vida le miraba con sonrisas mágicas.

Fue allí, en uno de los pasillos del hospital en el que prestaba sus servicios, donde una mañana de otoño adornada de colores muy tenues, Nacho se cruzó con un hombre alto y delgado, con el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado y negro, y los andares un tanto desgarbados. El joven incrustado a fuego en los pliegues de un ayer lejano ya no tenía veinte años y llevaba el pelo más corto, pero era él. Jamás lo olvidaría. Un instante sobrecogedor, un segundo terrorífico, miles de recuerdos agolpados en el cerebro y manchados de sangre. Nacho quedó petrificado. Permaneció parado en el pasillo durante unos segundos eternos, con miles de imágenes revoloteando a su alrededor, dio media vuelta y, sin pensárselo dos veces, siguió los pasos del asesino de su padre que paseaba impunemente por aquellos sus dominios. El hombre alto y delgado se encaminó hacia una de las consultas y tomó asiento. Nacho esperó a que le tocara el turno para saber cuál era su nombre y, una vez enterado, consultó su ficha para conocer sus datos.

Aquel fue el inicio de una persecución sin tregua. Nacho ignoraba por qué o para qué, pero empezó a perseguir por todas partes a quien, años atrás, asesinó a su padre y quedó impune. A lo largo de muchas horas, escrutó detenidamente todos sus rasgos para asegurarse de que la memoria no le engañaba. Lo siguió a pie y en automóvil de la manera más discreta posible. Supo dónde vivía, qué hacía, a quién veía, qué lugares frecuentaba, cuándo salía y entraba, cuáles eran sus horarios. Comió en los mismos restaurantes, bebió en los mismos bares y visitó las mismas discotecas que su perseguido. Supo que estaba solo. Supo de su vida y de sus movimientos. Y algo que no supo, porque no quiso saberlo, fue si aquel hombre alto y moreno continuaba perteneciendo a la banda terrorista a la que sirvió en el pasado. Ese factor carecía de importancia. Lo único realmente importante era el hecho de que, arrepentido o no, era el asesino de su padre.

Y el joven médico acumulaba información sin saber por qué ni para qué. Cientos de incógnitas se agolpaban en su cerebro como ramilletes secos o como flores marchitas. ¿De qué le servirían los datos tan detalladamente recopilados si no podía hacer nada con ellos? Resultaría inviable acudir a la policía por un delito ya prescrito. Resultaría impensable atacar a aquel hombre ya que la misión de un médico es ayudar a salvar vidas, no a destruirlas. Resultaría absurdo compartir con nadie una obsesión negra por un hecho olvidado hacía ya miles de años. El padre clamaba incesantemente desde todas las venas del hijo. Y el alma de Nacho se partía diariamente en cachos muy pequeños.

Pero el destino jugó magistralmente a los dados y esbozó una sonrisa similar a una mueca terrorífica.

Aquella tarde de luces sombrías y nubarrones a punto de estallar, el médico salió del hospital antes de lo previsto y se dirigió en coche a la calle donde habitaba su perseguido. Lo vio salir del portal con una maleta en la mano, introducirla en la parte posterior del vehículo, arrancar y dirigirse hacia la carretera interior de la playa. Le pareció extraño que no tomara la autopista. Nacho supuso que su intención sería pasar el fin de semana en algún pueblo costero y decidió saber dónde y, sobre todo, con quién. La persecución estaba adquiriendo tintes de paranoia.

Las nubes, rajadas de arriba abajo por un viento helado, empezaron a destilar sombras en forma de lluvia.

La solitaria carretera subía y bajaba entre las montañas. A lo largo del camino no se cruzaron más que con un par de coches. Nacho se preguntó por qué razón no habría tomado la autopista, mucho más rápida y mucho menos peligrosa, pero no supo responderse. Tal vez aquel hombre oscuro tenía una cita en la cima de algún monte oculto.

La lluvia empezó a taladrar la noche de la mano de un viento silbante y pertinaz.

El joven médico se mantenía a una prudente distancia de su perseguido para evitar cualquier tipo de sospecha. Un rayo arañó el cielo. Fue al introducirse en una curva muy cerrada cuando el vehículo que tenía delante derrapó y Nacho pudo ver, a medida que se acercaba, cómo el coche de su enemigo, envuelto en una oscuridad casi demente, daba varias vueltas de campana y trastabillaba, rebotaba, retumbaba, se retorcía, entre ruidos y chispas, hasta quedar detenido en el mismo borde de uno de los acantilados que se asomaba al mar.

El corazón de Nacho empezó a latir a velocidades astronómicas. Se aproximó muy despacio al lugar del accidente, escrutó la oscuridad, bajó de su vehículo y caminó lentamente hasta quedar situado a escasos metros de una manada de hierros retorcidos. El espectáculo era desolador. No creía que su ocupante se hubiera salvado.

Por su mente, tan empapada como su cuerpo de gotas y soledades, cruzó el pensamiento de que todo había terminado por fin, de que podría descansar para siempre, de que su obsesión había muerto y su padre –y él mismo- reposarían eternamente. Pero su sonrisa de felicidad y sosiego quedó partida por una voz lejana, tan lejana que parecía el murmullo del mar, y escuchó, escuchó atentamente, y comprendió que era una voz pidiendo socorro, que decía, por favor, ayuda, ayuda, ayuda, por favor, ayuda...

No era posible. Sí lo era. Socorro, musitaba el viento, o la brisa, o la lluvia, socorro...

Comprendió que su enemigo todavía estaba vivo. Y en su interior empezaron a luchar desesperadamente los pensamientos, él era médico, debía salvarlo, no podía, aquel ser despreciable debía morir, no podía matarlo, sí debía matarlo, no podía, sí debía, no podía, sí podía, su padre gritaba venganza, él gritaba reposo, su enemigo gritaba auxilio, y la lluvia, y el viento, y el mar, y las olas, gritaban furia, una furia arrolladora, la de dentro, la de fuera, y los truenos clamando.

Nunca llegó a saber si transcurrieron segundos, minutos u horas.

Quiso acercarse para saber por fin cómo eran los ojos de aquel hombre alto y delgado que, allá en un tiempo muy lejano, cambió su vida y su esencia, pero comprendió que, en el caso de que sus miradas llegaran cruzarse, jamás podría hacer lo que ahora sabía que debía hacer.

Un rayo reventó el aire.

Caminó unos pasos. Tenía mojado el rostro, y el cuerpo, y las manos. Todo era negro a su alrededor.

Se situó detrás del vehículo. Sonó un trueno terrorífico. La lluvia, el viento, los relámpagos, un aquelarre de angustia. Colocó sus manos en el guardabarros trasero. Las gotas resbalaban por sus mejillas. Parecían lágrimas.

Y empujó.

El coche, colgado de un hilo silencioso de esperanza, se precipitó al vacío dando vueltas, y vueltas, y vueltas... Nacho permaneció allí observando la nada incolora durante lo que le parecieron siglos. Una voz en su interior repetía la palabra Justicia, mientras otra machacaba diciendo asesino, asesino, asesino... justicia... asesino... justicia... asesino... justicia, justicia, justicia...

Un vacío sin proporciones se apoderó de su alma.

De pie al borde del precipicio, contemplando sin contemplar el negro pastoso que tenía ante sí, el joven médico permaneció muy quieto, una estatua de sal y dolor, y empezó a llorar como no lo había hecho nunca.

 

©Blanca del Cerro

Soy un párrafo. Haz clic aquí para añadir tu propio texto y modificarme. Soy un gran lugar para que cuentes tu historia y que tus visitantes te conozcan un poco mejor.

JUNTOS PARA SIEMPRE

Primer Premio en el XVIII Concurso de Relatos María Fuentetaja de El Escorial (Madrid) (2009)

 

No te imaginas, amigo, lo que sucedió. No te lo puedes imaginar porque fue… bueno, es imposible de describir, te lo digo yo que lo viví en mis carnes y lo contemplé todo como te estoy viendo a ti, casi así de cerquita, porque en mis años mozos yo era carcelero en la prisión de Las Alondras, que estaba situada a las afueras de la ciudad, detrás de la colina Montoya. Sí, no me mires así, era carcelero, aunque te parezca extraño, y fui testigo de los hechos, testigo en primera línea. La cárcel de Las Alondras… Fíjate, amigo, qué cosas, poner a una prisión –donde todos desean volar y nadie puede- el nombre de unos pájaros que son libres. Ya ves lo caprichosas y absurdas que son nuestras autoridades. Pues el caso es que una mañana la noticia estalló, se difundió y se extendió, y un arco iris de sonrisas alumbró los labios de cientos de personas al conocerla, y la alegría borboteó por sus rostros transformando esos cientos de almas en burbujas de champán francés que subían y bajaban por la piel. Y un grito surgió en multitud de gargantas, porque sus ruegos a través de los años habían sido escuchados. Tú no sabes cuánto tiempo llevaban suplicando. Tras tanta lucha, tras tantos sinsabores, tras tantas amarguras acumuladas y retorcidas por sus venas, por fin los tendrían cerca, por fin podrían verlos y escucharlos y abrazarlos sin tener que desplazarse, por fin los mantendrían a su lado, por fin estarían juntos, por fin, por fin juntos para siempre.

Y la noticia, amigo, se divulgó de inmediato a través de todos los medios de comunicación, saltó pueblos, ciudades y fronteras e hizo nacer esperanzas y renacer ilusiones. Sí, amigo, sí, Juan Lamberto Ruano, el Presidente de este nuestro país atiborrado de sombras, silencios y oscuridades, el gran dictador, ahora puedo decirlo sin preocuparme porque ya me importa una bleda lo que puedan hacerme —qué le van a hacer a un viejo como yo—, y el dueño absoluto de los destinos de millones de ciudadanos, había concedido su permiso para que los presos disidentes fueran reunidos y trasladados a una cárcel común, exclusiva para ellos. Tú no lo sabes, amigo, porque eres demasiado joven pero, en aquel entonces —qué me vas a contar a mí—, en aquel entonces había disidencia y oposición, como te lo explico, y aquellos seres que gritaron y aullaron sin miedo a favor de la libertad, que clamaron por el pueblo y por sus derechos, fueron vilmente encarcelados para acallar sus voces, cada cual en un punto distinto del país. Son cosas que suceden, o que sucedían, amigo, porque después de lo ocurrido, después de aquel día teñido de negro noche, las voces quedaron silenciadas para siempre y la tristeza se aposentó entre nosotros hasta hoy, fíjate cuánto tiempo, cuánto tiempo de sombras.

Pues el caso es que los padres, los hermanos, los familiares, los amigos de los presos disidentes, todos saltaron de alegría al saber que iban a tenerlos cerca, juntos para siempre, que no deberían trasladarse y recorrer cientos de kilómetros para poder abrazarlos. Y tantas lágrimas de dolor se transformaron en torrentes de felicidad, en aluviones imparables de nostalgias cercenadas, sin llegar a imaginar lo que iba a suceder, pues ni siquiera yo, amigo, que era carcelero en aquella prisión con nombre de libertad, pude intuirlo. Bueno, ni yo ni nadie.

Y resulta que todo se hizo muy deprisa, demasiado deprisa, amigo, pienso yo ahora, aunque no entonces, porque entonces… entonces no me cabía en la cabeza que pudiera existir tanta maldad. Cuando eres joven la vida es diferente, te agarra por las piernas y por el corazón y te cubre de besos, similares a telarañas suaves que acarician la piel, y te crees que siempre va a ser así, porque todo lo ves de muchos colores que después te arrancan de cuajo para llenarte el alma de delirios negros y de filamentos oscuros que te van apretando y ahogando. Pues sí, amigo, sí, algo que había tardado tantísimo tiempo en solucionarse se hizo muy deprisa, en muy pocos días. Fueron llegando a Las Alondras camiones y camiones cargados de pobres miserables, esqueletos de silencio, todos delgaditos y sombríos, como fantasmas ateridos de sombras y sedientos de temblores, y yo los miraba, amigo, y procuraba no pensar en nada, me limitaba a realizar mi trabajo porque si me detenía a pensar tal vez hubiera quedado ahogado por manadas de gritos, gritos de pena y soledad, y no podía, de verdad, no podía hacer otra cosa más que callar y tragarme el dolor, porque tenía una familia que alimentar, tres hijos nada menos, y otro a la vuelta de la esquina, pues en aquel entonces mi mujer estaba embarazada de Pablito, el pequeño, y yo no podía hacer nada más que barruntar pesares y seguir adelante.

Y los presos llegaron, amigo, como una marabunta de melodías cascadas y rotas, y desfilaron despacito pero con la cabeza alta y los ojos muy brillantes clamando verdades, esas que nos han robado a todos y que ellos habían sido capaces de defender, y tomaron posesión de Las Alondras en su totalidad, y el resto, es decir, los comunes, los criminales, los chorizos, incluso los terroristas, fueron trasladados a otras prisiones lejanas, quedando allí sólo ellos, los disidentes, los libertinos, los parias, los que pensaban de forma distinta a la de nuestro querido Presidente, los molestos al fin y al cabo. Y la vida, amigo, continuó su ajetreado rumbo rozándonos con un silencio agónico que no supimos interpretar. Porque todo siguió igual durante varios meses, no sabría decirte cuántos, con distintos rostros a mi alrededor, pero igual. Sí, amigo, sí, nada cambió hasta aquella noche terrorífica del mes de septiembre.

Debo aclararte, amigo, que la vigilancia en la prisión de Las Alondras era muy estricta durante el día, aunque por la noche se relajaba, ya que en realidad la totalidad de los siniestros alojados no hacía otra cosa más que dormir durante la oscuridad. Y allí quedábamos únicamente seis personas a cargo del centro, es decir, cuatro vigías, uno en cada una de las torres exteriores, un guardia en la puerta y yo, que me mantenía en la sala de comunicaciones a cargo del teléfono y de las pantallas, unas pantallas que captaban todos los rincones de la prisión. Y fue en esa noche de crujidos tenues y estrellas a medio deshojar cuando sonó repentinamente el teléfono, al que respondí. La voz gris y torcida del comisario Antonio Cruzado llegó a mis oídos como escapada de un pozo. Y fue entonces cuando recibí una extraña orden: la orden de desalojar el centro. Todos los guardianes, únicamente los guardianes, me informó, debíamos abandonar la prisión y dirigirnos de inmediato a la zona posterior de la misma, lugar en el que seríamos recogidos por una furgoneta. Las órdenes, amigo, eran órdenes y no podían discutirse, pero aquella sonó como un aullido en mis entrañas que, sin quererlo, se contrajeron formando un nudo de interrogantes. Por mi cabeza pasaron en un instante cuadrigas repletas de pensamientos sin respuesta, pues aquello sonaba realmente… anómalo. Y me quedé con un por qué perdido en la boca, que no brotó porque de nada habría servido. ¿Salir de allí, como a escondidas, en medio de la noche? ¿Sólo los guardianes? ¿Abandonar repentinamente nuestro puesto de trabajo? No cabía duda de que algo estaba a punto de suceder aunque no tuve tiempo para detenerme a pensar. Eran órdenes y había que cumplirlas. Y actué de inmediato. Avisé a mis compañeros, nos reunimos en la puerta y salimos de la cárcel sin perder un instante. Efectivamente, una furgoneta oscura nos estaba esperando. Subimos en silencio, con miles de preguntas agarradas a la garganta y manadas de pensamientos confundidos con una noche que la ausencia de luna y estrellas hacía demasiado negra. Y yo llevaba, amigo, el corazón tan encogido que parecía un puño arrugado nadando en un lago de silencios y conjeturas. La camioneta arrancó y empezamos a ascender la cuesta de la colina Montoya, que separaba el pueblo de Las Alondras, y casi llegando a la cima, un ruido ensordecedor taladró nuestros oídos, un estruendo como formado por infinitas bombas, a la vez que contemplamos petrificados, con un estupor rayano en la demencia, cómo la prisión en la que habíamos trabajado durante años estallaba en millones de pedazos, reventaba, explotaba, se desintegraba envuelta en llamas, volaba en un segundo caótico transformando aquel enclave en un horror, en un infierno, en un cadáver monstruoso, en un aquelarre espeluznante de angustia comprimida, el fuego comiéndose cientos de cuerpos depauperados, cientos de almas inocentes, el fuego aullando, tragando, avanzando, el fuego convirtiendo nuestro pasado en pavesas.

Jamás podrías imaginar, amigo, lo que se siente en un momento así. Creo que a todos se nos paró el corazón, menos al chófer que continuaba impertérrito su marcha. Nada es comparable al terror que se instaló en nuestros horrorizados cuerpos. La vida se detuvo en mis venas que reventaban entre los fragores del infierno que contemplamos aquella noche sin luna. Quise hablar y no pude, quise llorar y no pude, de verdad, amigo, no pude hacer nada más que permanecer callado, absorto, anonadado, estupefacto y aterrorizado, con la cabeza convertida en una pasta caliente, dando tumbos por dentro y por fuera, hasta que llegamos al pueblo y la furgoneta se detuvo en la puerta trasera de la comisaría. Por las calles pululaban decenas de almas tristes y acongojadas a las que había despertado la explosión y se preguntaban qué había sucedido.

En la comisaría nos esperaba Antonio Cruzado, el comisario, y nadie más. Demasiada soledad. Los seis guardianes entramos y quedamos ante él y de sus ojos grises como cenizas turbias brotaba una mezcolanza de odio, burla, poder y determinación que jamás había contemplado en ninguna mirada. Permanecimos quietos, callados, con el terror agazapado en todos los poros de la piel, porque por mi cabeza cruzó la idea de que ahora nos tocaría a nosotros, que había llegado la hora final, pero Antonio Cruzado, después de devorarnos con sus pupilas arriba y abajo, dijo simplemente: “Ahora estáis muertos y los muertos no hablan. En la cárcel de Las Alondras se ha producido un escape de gas, todo ha saltado por los aires y no ha quedado nadie vivo. ¿Habéis comprendido bien? Mañana celebraremos los funerales de las víctimas, es decir, vuestros funerales. Será día de luto nacional”.

Y así fue, amigo, así fue cómo un día desaparecimos del mundo mis compañeros y yo sin haber muerto, desapareció la única prisión con nombre de libertad, desaparecieron los disidentes, desaparecieron las esperanzas y las ilusiones, desapareció todo vestigio de sueños ribeteados de verde. Y a partir de ese día aciago, el silencio tomó cuerpo entre nosotros y las lágrimas nos rodearon y nos cosieron el alma y los labios con puntadas muy chiquitas.

Si quieres que te diga la verdad, amigo, me he preguntado mil veces por qué razón nos dejaron con vida. Habría sido muy sencillo mantenernos en la prisión y perecer a causa del… supuesto escape de gas. Al fin y al cabo, nuestras vidas tenían para ellos el mismo valor que las de aquellos parias, es decir, ninguno, pero, por alguna razón incomprensible, nos indultaron, nos sellaron los labios para siempre, nos entregaron dinero y nos enviaron lejos, lo más lejos posible, con nuestras familias, allá donde nadie de la ciudad pudiera saber de nuestra existencia. Y ellas, nuestras familias, celebraron nuestros propios funerales sabiendo que todo era una farsa pero, como ya comprenderás, obedecíamos órdenes y las órdenes son sagradas. Y nos lloraron, nos gritaron, nos rezaron y nos enterraron, y todo volvió a la normalidad, una normalidad que dejó de serlo porque el secreto de la crueldad humana quedó agazapado en mi alma para siempre. Yo sabía que mi existencia nunca sería igual que antes.

A partir de ese día, derramé muchas lágrimas de odio y desesperación, que de nada valieron porque las lágrimas casi nunca sirven para nada. Y me enviaron aquí, amigo, a este pueblucho miserable. Ellos, mi mujer y mis tres hijos, llegaron después, cuando los acontecimientos se serenaron y ella dijo a todos sus conocidos —porque tenía que decirlo— que se marchaba a otro lugar para que los recuerdos no la comieran viva.

Desde aquella noche terrorífica y festoneada de clamores, nunca he dejado de pensar en lo ocurrido, amigo, nunca, ni un solo día, y he barruntado miles de conjeturas, y he guardado hasta ahora, en una cueva de silencio pastoso, el suceso acaecido, con las almas de aquellos miserables dando saltos y haciendo cabriolas por mi memoria. Y llegué a la conclusión, amigo, de que tal vez nos dejaron vivos para que fuéramos testigos mudos de lo que podía suceder a aquellos que pensaban de manera distinta a la de nuestro querido Presidente, o quizás se compadecieron de nuestras familias, no era necesario en realidad dejar tantas viudas y tantos huérfanos, no lo sé, lo cierto es que no lo sé. A lo largo de los años he dado mil vueltas al asunto y lo que he sacado en claro sólo son suposiciones, amigo, meras suposiciones. La cuestión es que he llegado casi al fin de mi vida con ese funesto secreto arañándome el corazón. Y en tu crónica de la historia de nuestro bendito país, si alguna vez te dejan sacarla a la luz, no quiero que olvides mencionar, amigo, la existencia de una prisión con nombre de libertad, llamada Las Alondras, y lo que allí acaeció un día muy triste, muy negro y muy desquiciado. Creo que soy el único testigo que queda vivo y no quiero marcharme a la tumba con ese dolor que llevo agarrado al alma desde hace tanto tiempo.

Te aseguro, amigo, que todavía suenan en mis oídos los alaridos de las llamas buscando el cielo desesperadamente, y te aseguro que desde entonces imagino allí arriba a todos los disidentes, los insurrectos, los indeseables, los parias, unidos y reunidos, y por fin juntos para siempre.

EL LAGO

Estos dos relatos siguientes fueron premiados y publicados en su día cuando yo era algo más joven que ahora.

 

Publicado en el Boletín de Transportes de Barcelona en noviembre de 1972

Primer premio del Certamen de Cuentos Cortos de de Finanzauto S.A. – Marzo de 1977

Publicado en la Revista de Finanzauto S.A. en marzo de 1977

 

Llovía. Y sus aguas ocultaban profundos y fascinantes secretos, quizás fruto de una desmesurada fantasía, quizás leyenda perdida y engendrada en los siglos. Los círculos de su superficie se confundían, aumentaban, se extendían, dilatados, iguales, distintos, perfectos: se diría un sueño. Y la historia corría de boca en boca. El dulce y atrayente misterio del lago permanecía indescifrable. Unos ojos grandes, sencillos, buscan el encanto escondido de unas aguas. Ojos grises, tan grises que se confunden con el humo del cielo. Y el cielo queda reflejado en esos ojos. Se podrían leer mil sensaciones distintas en la gélida quietud de esa mirada. Se podría buscar el infinito. Allá, en el pueblo, siempre las mismas palabras. Su madre repetía las frases. Y en la sencillez de unas aguas limpias queda encerrado un terrible por qué sin respuesta. — No vayas. — No te acerques al lago. — Hay peligro allí. — Es un lugar prohibido. — Quédate. Sin razón, sin una causa lógica, el lago oculta en su fondo un secreto sin palabras. Los días pasan y los ojos buscan. En la mente de un niño están grabadas las frases tantas veces repetidas. Pero no es suficiente. Tiene que existir algún motivo, tiene que saber, tiene que descubrir la razón de aquel miedo, pavor más que nada, hacia un paisaje cargado de belleza, hacia un lago sin fondo, tranquilo, suave, triste… Y ahora llueve. No importa. Los ojos han quedado prendidos en un punto y juegan con los círculos del agua. ¡Hay tantos! Unos nacen, otros se esfuman. Llegan y se van en silencio. Pero lentamente desaparecen. Y sólo queda el murmullo lento de la tormenta. Y el cielo se abre. Tonos grises, azules y negros, mezcla de sentimientos y deseos, tristeza y esperanza. Una duda.

— ¿Habéis visto a mi hijo?

— Estaba con los otros en la fuente.

— ¿Han llegado todos?

— Sí, pregúntales.

Pasos rápidos.

— ¿Dónde está?

— ¿Quién?

— Mi niño.

— No sabemos nada de él.

— ¿Vino con vosotros?

— No, creo que se fue por allí, por el camino

— ¡No! — Nada temas. No creo que vaya al lago.

— De prisa, avisad a vuestros padres. ¡Mi hijo!

— No puede estar allí.

— ¡Sí! ¡Está allí! Esta mañana…

Un sollozo le impide continuar. Se ve la luna clara reflejada en el lago azul, color de noche, fantasma inédito. Cuarto menguante. Y el murmullo del viento repite una palabra: “Ven”. Ojos de seda y perla paseando entre cielo y agua. La mente extraviada, con un solo pensamiento engendrado por mil palabras, verdades o mentiras, pero palabras, no hechos. ¿Por qué no descubrirlo. La idea ha dejado de serlo para pasar a convertirse en obsesión. “Ven… Mi secreto es muy dulce, muy dulce… Mi sueño es suave, muy suave… Mi felicidad es eterna… eterna… eterna…”

— ¿Qué pasa?

— ¡Mi hijo!

— ¿Dónde está?

— Ha ido al lago. ¡Ayudadme, por favor! ¡Os lo suplico!

— No puede estar allí.

— Sí, sí está. Lo sé.

— Llamad a todos.

— ¿Vamos a ir?

— Sí.

— ¿Dónde está tu marido?

— En casa.

— Avisadle. Nosotros vamos con ella. Rápido, no hay tiempo que perder.

Las voces del viento son un hechizo mágico. Todo su ser se concentra en aquella mirada perdida, color aire, con la que piensa, sin poder pensar, en la transparente superficie de un misterior. Un paso, lento, temeroso, hacia el lugar prohibido. La duda permanece y, poco a poco, se esfuma para dar lugar a la seguridad, al deseo infinito de encontrar un algo sin nombre. Pisadas suaves, sin eco. Y el lago se acerca. Allí, en el fondo, debe haber algo fascinante. ¿Por qué no bajar? ¿Por qué no ser el primero en desentrañar el misterio transmitido después de tantos siglos? Y al salir será un héroe. La maldición va a terminar a causa de su valentía. ¿Por qué no? La luna sonríe mientras el viento deja oír su voz melancólica. Los pasos ya son rápidos y seguros. El lago abre sus brazos callados en señal de amistad o de pena.

— ¡Mirad! Allí está.

— ¡Hijo! —

Se acerca al lago.

— ¡No vayas!

— ¡Detente!

Ni un movimiento. Algo ha influido en aquellos seres para dejarlos inmóviles. Y ven la figura de un niño que se aproxima a las aguas azules y que, lentamente, se va hundiendo, con una sonrisa en los labios y la felicidad de saberse un valiente. Mañana, quizás, será aclamado por todos. Abrirá sus ojos grandes y sonreirá de alegría. Su cuerpo se hunde en la dulce superficie, y unos círculos majestuosos y perfectos se extienden, se dilatan, aumentan, iguales, distintos… El dulce y atrayente misterio del lago permanece todavía indescifrable.

 

©Blanca del Cerro

 

 

JARDINERO

Publicado en el Boletín de Transportes de Barcelona en marzo de 1974

Tercer premio del Certamen de Cuentos Cortos de de Finanzauto S.A. – Marzo de 1977

Publicado en la Revista de Finanzauto S.A. en marzo de 1977

 

Jardinero, tú pensaste el lugar donde plantarla. Arreglaste con cuidado el suelo, quitaste rastrojos, mulliste la tierra. Tus propias manos daban forma a aquel espacio. Tu mente ya la evocaba antes de que ella naciera. Sabías que sería tu obra pero no pensaste en que otros también contemplarían con agrado tu creación.

Jardinero, tú abriste el surco sin ayuda. Cavaste hondo, arañando la tierra, limpiando con deleite el agujero, despacio, muy despacio. Allí pusiste la semilla. Y con un cuidado paternal, tapaste el hoyo. No quedó rastro de aquel germen. Y te retiraste alegre, pensando en días lejanos.

Jardinero, tú regaste aquel pedazo de tierra. Todos los días, al entrar la noche, te acercabas para echar allí un poco de agua y esperabas siempre, con los ojos fijos en tu futura flor. La imaginabas hermosa, mucho más que las otras. Pero cometiste un error: sólo la querías para ti. Y tú, jardinero, no eras más que un ser entre millones de seres de la creación.

Un día, por fin, brotó un tallo pequeño. Tus ojos se eliminaron. Era el principio de un anhelo. Tu deseo, jardinero, se vería pronto cumplido. Hacía falta esperar un poco más. Tu sueño te desbordaba.

Lentamente el tallo creció, se hizo fuerte y alto. Tus cuidados se acrecentaban día tras día. No podías negar tu felicidad.

Y nació una rosa blanca, tan blanca que parecía una nube limpia y clara. Su suavidad no tenía comparación y su perfume llegaba hasta el último extremo de tu casa. Estaba allí, era algo tuyo, propio. Su belleza indescriptible triunfaba sobre las demás flores. Y absorto en tu contemplación no te diste cuenta de que su tallo tenía espinas. Y las espinas hieren. Pero, tú, jardinero, sólo pensabas en aquella dicha cuya posesión era exclusivamente tuya. No te fijaste en otra flor que brotó a su lado. Estaba muy cerca. Un lirio pequeño.

Tu rosa blanca era cada día más hermosa. Parecía de terciopelo. ¡Qué orgulloso te sentías de ella! Ya poseías algo propio.

La noche era clara. La luna atravesaba las hojas de los árboles. Fuiste a regar tu rosa y entonces, jardinero, viste que un lirio había crecido al lado de tu flor. Al principio te extrañó -¿un lirio del valle en mi jardín-, pero no le diste importancia. Ella, luz de luna y agua de lluvia, era como un cáliz de platino transparente.

Tu rosa iluminaba aquel trozo de tierra. De día, la mirabas, de noche, la cuidabas. Tú, jardinero, habías creado la flor más bella del universo. Era tuya.

Por eso, una tarde gris, te extrañaste cuando viste al lirio enroscado en el tallo de tu rosa. Tus ojos furiosos estaban ciegos de rabia. No sabías qué hacer porque en tu obsesión, jardinero, olvidaste al resto de los seres. El odio se apoderó de ti frenéticamente. Tus pensamientos quedaron reducidos a tres simples palabras: “Mi posesión ultrajada”. Quisiste cortar el lirio y, al hacerlo, tus manos se llenaron de sangre. La rosa, tu querida rosa blanca, te había clavado sus espinas. No querías ver que ésa era su venganza. Arrancaste el lirio de cuajo, lo pisoteaste, lo hundiste en la tierra inerte del camino. Sólo pensabas en ti.

Húmedo de sudor, rojo de sangre, ciego de rabia, volviste al jardín. Pero tu rosa ya no era la misma, aunque tú, jardinero, no veías aquel cambio. Ella no había cambiado porque su color, su luz, su aroma, signos externos, era iguales que siempre. Pero internamente…

Te ofreció lo mejor que tenía, jardinero. Sólo guardó para ella algo muy pequeño, quizás un sentimiento. Tú se lo quitaste. Durante el día, su entrega es la misma, no quiere que estés triste. Por la noche, cuando todo es silencio, ella se inclina a besar la tierra, algunos dicen que llora. Tú, jardinero, no lo sabes. Durante el día finge. Por la noche, respira el aire helado de la tranquilidad aparente. Y tú, jardinero, no lo sabes.

Tu cambiaste su destino, jardinero, y no comprendes ahora su dolor.

Jardinero, destruiste tu propia creación porque le robaste su único deseo.

Nunca sabrás su pena, jardinero. Nunca entenderás su ilusión. Cada ser forja su destino, mejor o peor, pero propio, y tú, jardinero, no eres quién para variar el rumbo de una vida que, en el fondo, no te pertenece. Algún día comprenderás todo, jardinero, algún día. Mientras tanto, tu rosa blanca callará y sonreirá por fuera. Mientras tanto, tu rosa blanca no te perdona.

Por la noche, cuando todo calla, alguien, en silencio, te mira. Sin saberlo, tu rosa blanca vela por ti, jardinero…

 

©Blanca del Cerro