Yalía – Uno de los 12 relatos seleccionados en el I Certamen de Relatos de la Fundación Hermanos Pesquero

Mientras sus manos colocaban multitud de deliciosos y variados pasteles sobre distintas bandejas de plata, Ivenia entornó los ojos un instante para retirar un trozo de pensamiento que pretendía colarse hasta el centro de su abismo. Y ese cachito de pensamiento quiso enredarse y anidar en su cerebro al contemplar los pasteles de crema, aquellos que tanto gustaban a Yalía y que tantas veces habían compartido madre e hija en el pasado, un pasado con forma de herida abierta que no dejaba de supurar. Lo que flotaba en la cabeza de Ivenia continuó reptando y reptando, y empezó a transformarse en hiedra y a abrirse camino por entre los recovecos de una memoria que, siempre empeñada en resurgir del fango de sus propias cenizas, manoteaba inquieta y horadaba sin compasión las entrañas de aquella mujer cuyo único deseo en la extraña vida que le había tocado arrastrar a modo de cadena tintineante era el olvido absoluto.

El ruido de cientos de voces entrecortaba el aire a medida que la puerta de la cocina se abría y cerraba con la entrada y salida de camareros. Ivenia era uno de ellos en aquel gran hotel de lujo. Allí acudía y trabajaba a diario gracias a la intervención de su querido hermano Assad, siempre atento y cariñoso.

Las voces, las risas y los aplausos de la sala llegaban nítidos, como una catarata de cascabeles formando una espiral de confusiones que, para ella, ni siquiera tenían sentido. Su único deseo era la tranquilidad. La tranquilidad y, ante todo, el olvido. Aquella era una fiesta más de las muchas que celebraran esos vencedores los cuales, por fin, tras años de lucha, habían dejado en paz a su pueblo. Devastado, asolado, arruinado pero en paz. Que hicieran lo que desearan los triunfadores. Ya habían vencido. Bastante se habían llevado, sobre todo el alma de sus gentes. Y muchos de sus cuerpos. Y a Yalía.

Ivenia se mordió los labios y continuó su tarea. No pienses, trabaja, no pienses, convierte los pensamientos en senderos de nada, en puros rastrojos de susurros, trabaja, sigue trabajando, y agótate hasta no poder más, hasta que tu alma reviente en un estallido agónico, es la única manera de no sucumbir, de conseguir que los mordiscos del ayer no te devoren hasta convertirte en una llaga andante.

Las risas de los asistentes a la fiesta iban y venían por encima de las cabezas de todos formando un mar ingrávido de somnolencias. Ivenia no escuchaba aquellas voces porque su única misión consistía en mantenerse firme mientras servía. Le sobraban los gritos, las carcajadas y las sombras. Salió de la cocina portando dos bandejas de pasteles, entró en el gran salón iluminado con cientos de bombillas, sorteó varios cuerpos y depositó ambas bandejas sobre una de las numerosas mesas vestidas con manteles muy blancos. Los comensales reían, siempre reían. Al instante volvió a la cocina para seguir trabajando, para preparar más y más pasteles.

Y aquel trozo de pensamiento en forma de hiedra sinuosa se tornó grandioso, como cada día desde hacía lo que se le antojaba un siglo, y arañó su carne, y no quiso retirarse sino al contrario, porque Ivenia se veía camino de su casa, unos meses atrás, no sabría decir cuántos, aquella noche en que las sombras eran tan espesas que hacían daño y la oscuridad se había transformado en un manojo de algodón caliente. Caminaba firme y en el bolsillo, muy apretada, llevaba la pistola que le había entregado su hermano Assad, porque nadie sabía lo que podía suceder recién terminada una guerra, con el odio y la furia pegados al suelo, siempre a punto de reventar, más vale que vayas armada, le dijo, te pueden atacar, ellos siguen entre nosotros, no se irán fácilmente y cualquier acto, incluso cualquier fechoría, es factible. Ellos lo hacen factible. Tardaremos todavía mucho tiempo en alcanzar la paz, pues la paz no es una paloma como se dice siempre, ni mucho menos, sino una débil estrella fugaz eternamente a punto de extinguirse, a la que la mayoría perseguimos y siempre huye. Por eso agarraba el arma muy fuerte. Y tras recorrer las callejas que conducían a su barrio, divisó su casa a lo lejos, y en el portal lo vio, un bulto informe, tirado sobre la acera, y el corazón se le subió a la garganta hasta formar una bola de ahogo. Incluso su aliento se detuvo en aquel instante. Un bulto. No, no, no… Y empezó a correr. No es posible. Yalía, mi niña, Yalía…

Ellos, los vencedores, no dejaban de reír en aquel salón cuajado de bombillas y carcajadas.

Y corrió tanto que le trastabilló el alma, aunque de nada sirvió porque allí, en el mismo portal de su casa, yacía su única hija, Yalía, de quince años, toda blancura y esplendor, que jamás había hecho daño a nadie pero a quien la guerra había llamado esa tarde y se la había llevado en volandas, casi de puntillas, sin hacer ningún ruido, tampoco era necesario. Yalía… Dos balas en el corazón y poca sangre, apenas unas salpicaduras en la blusa y restos de piel roja entre las uñas. Y la nada alrededor desflecada en un arsenal de lágrimas.

No pienses, no pienses, no pienses, continúa trabajando, es tu única solución, es tu única salida.

Yalía… Mi niña… Abatida no sabía por quién ante el portal de su casa. Abatida, una cría de quince años, sólo quince años. El enemigo jamás tenía rostro, ni oídos, ni ojos: sólo manos para asesinar. ¿Por qué? ¿Por qué tú? ¿Quién ha sido capaz? ¿Quién ha sido capaz de cometer tal atropello? Yalía… La madre lloró tanto aquella noche que hasta el cielo se rompió en una lluvia atroz de gritos y relámpagos.

Ivenia continuó sirviendo interminables bandejas de pasteles. En aquel acto cargado de luces y lentejuelas los vencedores no cesaban de reír, de hablar y de felicitarse porque habían triunfado. Esa noche un poco desgastada, los vencedores,  prepotencia, elegancia y lujo, agasajaban el trabajo de una de sus mejores periodistas, de la que Ivenia ni siquiera sabía el nombre porque tampoco le importaba. Se trataba de una mujer gris y ocre, de mediana estatura y cabello rizado, vestida con un traje de fiesta que resaltaba su redondeada figura, con la treintena muy avanzada en sus carnes, los ojos inmensamente tristes y una boca que guardaba un manantial de fresas. Había sido corresponsal de guerra a lo largo de toda la contienda, y esa noche recibiría un premio por un documental en el que se mostraba su concienzudo trabajo de meses y meses testimoniando una masacre.

En el aire, las sonrisas competían con las felicitaciones y los pasteles.

La joven homenajeada paseaba su triunfo de una mesa a otra, besos y abrazos, oh, eres la mejor, querida, labios estirados y rojos, gracias, gracias de verdad, gracias por estar aquí, muchas preguntas sin respuesta e infinitas sensaciones por la piel, como cuando tomaba aquellas imágenes a punto de ser desveladas, en el centro de las balas, los tanques, los gritos y los misiles, una tiritera infinita paseando por los nervios y el sabor del miedo en la punta de la lengua. La ciudad masacrada y herida de muerte olía a temblor. Tantos cuerpos destrozados, tantos edificios caídos, tantos hombres perdidos, tantos niños olvidados, y ella, en medio de una vida que se agotaba, haciendo respirar aquel cuerpo de ladrillos y sangre que huía por las veredas de la sinrazón, sin dejar nunca de filmar, testimonio vivo de la locura, una más, de sus congéneres los hombres.

Ivenia no llevaba la cuenta de las bandejas de pasteles que había depositado sobre los manteles blancos de hilo, ni tampoco era de su incumbencia. La mujer gris y ocre, en medio de la multitud, reía con sus labios de flores y sus ojos cansados. Parecían muy tristes pues unos ojos jamás podrán volver a estar alegres tras contemplar la atrocidad de la guerra. El jefe de camareros ordenó a sus empleados que, en tanto durara la ceremonia, se mantuvieran quietos y permanecieran junto a las mesas, sin desplazarse pero atentos al mínimo deseo de los comensales. Alguien colocó una pantalla junto al estrado al que subió la homenajeada y empezó a hablar, y a agradecer la presencia de los invitados y su galardón, tan inmerecido, vanidad a chorros, y a enturbiar la noche con palabras huecas de las cuales Ivenia entendía pocas y no comprendía ninguna. Un premio por plasmar la muerte. Ivenia se mordió el labio superior con fuerza como si con ese acto pudiera aplastar su furia interna. No la escuches, no atiendas sus sílabas vacías, qué sabrá ella de dolor, del dolor de perder a una hija, Yalía, eso sí que es pena.

Se apagaron las luces y las imágenes empezaron a fluir sobre la pantalla.

Ivenia permanecía quieta junto a una de las mesas, tal y como le habían ordenado, procurando arrastrar los ojos por las paredes para evitar ?¡como si eso fuera posible!— la contemplación de lo que inevitablemente aparecería en unos instantes.

El cielo se veía demasiado azul para albergar tantos gritos, y los aviones sobrevolaban la ciudad lanzando sus mensajes incendiarios, al tiempo que la luz restallaba inquieta porque no la dejaban colarse entre el fuego, las sombras y los estallidos. Las gentes hundidas en un grito unánime, corriendo detrás de la vida hacia los refugios. Las mujeres abrazando a sus hijos, o a niños que no eran sus hijos pero que necesitaban, entonces más que nunca, abrazos, como nubes de hiedra enroscándose a su alrededor. No hay lugar para los abrazos en una contienda: sólo los gritos se abren paso por una selva de miserias y avanzan sin cesar devorando hombres, almas y sonrisas. Muchos soldados caminando por las calles de su ciudad, manchando los caminos con sus pasos bruscos y sus voces carrasposas. Las imágenes reflejadas en la pantalla eran una herida con vida propia clavándose muy dentro. Gran parte de los barrios de su ciudad calcinados, llamas alimentándose de llamas, bombas, fusiles, ametralladoras, soldados, pistolas, misiles, todo rodeado de gritos y lágrimas. Así habían sobrevivido varios meses, o tal vez años, ya ni siquiera lo recordaba, porque no lo quería recordar. Su única misión en la actualidad era trabajar, salir adelante y, sobre todo, cargarse a las espaldas sacos repletos de olvido.

Ivenia suspiró muy hondo, como si quisiera tragarse el mundo entero de una bocanada.

La cámara recorría calles, devoraba caminos, escrutaba casas. La cámara se había transformado en un ojo que socavaba cada rincón de su ciudad, aquella de la que poco había quedado y que, una vez firmada la paz, sus habitantes debían reconstruir piedra a piedra. Ivenia ignoraba por qué razón el hombre destruía para construir de nuevo. Sólo sabía que su corazón jamás tendría arreglo a partir de la noche tenebrosa que encontró a Yalía destrozada ante un portal.

Uno de los invitados le indicó que le escanciara otro vaso de vino e Ivenia le atendió solícita.

Pronto, tal vez en un par de horas podría volver a su hogar y a refugiarse entre los brazos del sueño. Tras la desaparición de Yalía, su hermano Assad, siempre tan cariñoso, se había trasladado con su esposa a casa de Ivenia, y así al menos no estaría sola porque la soledad ?especialmente la soledad— ahoga y hace delirar a los que acoge en su regazo víctimas de la pura miseria.

La cámara continuaba horadando aquellas calles en otro tiempo perfumadas de árboles. Ivenia rememoraba el viento acariciando sus cuerpos, y la luz limpia retozando, y sus miradas cruzando un infinito harto de soles, un ayer que se fundía y se derretía en la boca, pero prefería no recordar para no seguir ahondando en aquello que podía haber sido y jamás volvería a ser. Aquel ojo ingrato que seguía machacando la realidad se introducía y escarbaba por los barrios de una ciudad casi en ruinas, e Ivenia se percató de que aquel que aparecía en la pantalla era el suyo, su propio barrio, con sus casitas bajas, sus parques y sus avenidas, ahora vacías. Gran parte de la zona había sufrido el castigo de las bombas. Un grupo de soldados ?rostros secos y almas negras— ensuciaba el suelo con sus botas corriendo de un lado a otro, persiguiendo sombras, escupiendo fuego y destrozando sueños. Su barrio, su querido barrio… La cámara se introdujo por las callejuelas siguiendo a uno de los soldados. Allí, al fondo, se encontraba su casa. Ivenia abrió los labios espantada. El ojo feroz había captado su pequeña casa, todavía en pie. Hasta el aire se comprimió delineando el silencio de la tarde. Una puerta color verde se abrió y la joven madre pudo contemplar cómo Yalía, su hija, salía al exterior sin percatarse de la cercana presencia de un soldado. La cámara se detuvo intentando recrearse en la escena. Ivenia, la boca abierta y el alma retorcida, no creía lo que estaba viendo, o más bien soñando, porque aquello parecía un sueño irreal e incongruente, extraído de una mente ofuscada. Su barrio, su casa, su hija, Yalía… Era cierto: su hija estaba allí, frente a ella, con sus mejillas de alabastro y su cara de ángel bueno.

Ivenia se llevó la mano al pecho para evitar que su corazón reventase de angustia.

La cámara recogió el cuerpo del soldado, fusil en mano, que corría y corría por la calle tenebrosa, como si aquel fuera su único cometido en la vida, y avanzaba ansioso hacia la figura de una niña que había restallado en el fondo de su deseo. Y aquel soldado casi imberbe, a quien al parecer la palabra guerra le daba derecho a cualquier acto de cualquier naturaleza, recorrió en dos zancadas el corto trecho que le separaba del motivo de sus ansias, se detuvo ante la casa, ante la puerta verde, plegó los labios, rechinó los dientes y, en un arranque de prepotencia, se abalanzó sobre la joven.

El cuerpo de Ivenia se transformó en temblor sin lágrimas mientras los asistentes a la fiesta contenían subyugados el aliento.

¿Por qué saliste de casa? ¿Por qué abriste la puerta? ¿Por qué en ese instante? ¿Por qué, Yalía, por qué?

Y Yalía, con el terror supurando por los ojos y el corazón enfangado en un grito de agonía seca, contuvo como pudo el ataque de su enemigo, se revolvió sobre sí misma, levantó un brazo y arañó con todas sus fuerzas el rostro de aquel soldado casi imberbe. Entre asombrado y furioso ante tal acto de rebeldía, el soldado se llevó una mano a su mejilla ensangrentada y contempló con odio a aquella arpía que había osado rebelarse contra él, su futuro vencedor. Yalía tropezó y quedó arrodillada ante su enemigo. Y el soldado, vomitando asco, rabia y prepotencia por todos los poros de su piel, levantó el fusil, apuntó al gusano que tenía delante y le disparó dos tiros casi en el centro del pecho. En el corazón. Yalía se derrumbó desmadejada y rota. El soldado, sin ni siquiera detenerse a contemplar su obra, escupió sobre el cadáver allí tendido, se colgó su fusil al hombro, dio media vuelta y empezó a caminar despacio, perdiéndose en la maraña de su miseria.

El silencio en la sala era tan espeso que podía amasarse con las manos.

En la pantalla surgieron otras imágenes de muerte y destrucción a la par que de los ojos de Ivenia rezumaba un manantial de lágrimas incontenibles. Tambaleándose y apoyándose en las paredes para no caer, se dirigió a la cocina donde tomó asiento en una silla.

Yalía… mi pequeña Yalía… No debiste salir de casa aquella tarde. ¿Por qué lo hiciste? Quisiste defenderte y por eso te masacró aquel indeseable. Mi Yalía, tan dulce… Un soldado cargado de odio, como todo lo que atañe a la guerra. Un soldado, Yalía, y aquella mujer como testigo. Tres seres solitarios. Ivenia levantó la cabeza y plegó los labios a la vez que un hilo de luz iluminaba su cerebro. Aquella mujer había presenciado la escena. Aquella mujer gris y ocre filmando, observándolo todo desde su pedestal. Filmando, contemplando, consintiendo. Aquella mujer podía haber detenido al soldado. Podía haber surgido de la nada, desde el lugar donde se encontraba tomando las imágenes, olvidado su misión y suplicado por la vida de su hija. Era una mujer. Y las mujeres defienden a las mujeres. Ella también pertenecía a los vencedores y estaba segura de que el soldado hubiera atendido a su ruego. Podía haberlo hecho pero no lo hizo. Prefirió filmar. Una escena espectacular de aquella guerra, una gran escena, la muerte servida en primera fila para todos. Muerte aderezada con pasteles.

Ivenia cerró los ojos mientras el odio se concentraba en sus pupilas.

Podía haberlo hecho y no lo hizo. Podía haberla salvado y no la salvó. Podía haberle detenido y no le detuvo.

Apretó los puños y sintió cómo la furia, la rabia y la desesperación se arremolinaban a su alrededor.

Una salva de aplausos interrumpió sus pensamientos. El espectáculo había finalizado. El suyo. El de los vencedores.

Ivenia sintió un huracán de sensaciones arrasando sus entrañas. Aquella mujer gris y ocre, que recibía continuas felicitaciones rebozadas en sonrisas, sería galardonada por su maravillosa obra y marcharía a su casa rebosante de orgullo sin ni siquiera pensar que había podido salvar una vida y no lo había hecho. Por orgullo. Por vanidad. Por fama. Por dinero.

La vida de una niña. Yalía, la dulce Yalía…

Ivenia se enjugó las lágrimas ya que de nada le iban a servir. Ni un solo pensamiento cruzó en ese instante por su cerebro descabalado.

Se levantó, irguió la cabeza, cruzó la puerta y caminó unos pasos dirigiéndose hacia el salón. Le pareció que un inmenso latido se esparcía por el aire. Uno solo: el de su hija. Los aplausos continuaban con un frenesí despiadado. Y aquella mujer gris y ocre estaba llena de sonrisas. Alguien le entregó una estatuilla de reconocimiento que aceptó dando las gracias de nuevo al público asistente. Ivenia contempló el espectáculo, se colocó en un lateral de la tarima y clavó sus ojos en la homenajeada. Pudiste detenerlo. Pudiste hacerlo pero venció tu orgullo. Pudiste pero no lo hiciste.

Yalía…

Ivenia introdujo la mano derecha en el bolsillo lateral de su delantal, acarició la pistola que siempre llevaba encima, regalo de su hermano Assad, tan amable y cariñoso, alzó el brazo y apuntó a la periodista. El silencio quedó roto en cachos muy pequeños.

Y el arma empezó a vomitar muerte.

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