RELATO – PODRÍA HABER SIDO…

Uno de los diez cuentos seleccionados en el I Certamen de relato corto de Editorial Rebelión de 2016 

La luz se filtraba por unas minúsculas rendijas practicadas en las paredes transformándose en polvo y esquirlas de aire, como diminutas puntillas volantes, lo que daba al lugar un aspecto un tanto sobrecogedor. En realidad la luz era escasa, casi inexistente, y el silencio se palpaba con la suavidad de los misterios difíciles de descifrar. Ni siquiera se oían los ruidos de la calle porque la sala quedaba totalmente oculta y aislada en el subsuelo de la mansión. Tendría unos cien metros cuadrados. El acceso se realizaba por dos emplazamientos magníficamente situados y perfectamente disimulados: una puerta difícil de distinguir tras una biblioteca del piso superior y a través de las alcantarillas de la ciudad.

La construcción del hogar de la familia Möller se llevó a cabo antes de la I Guerra Mundial, añadiendo una sala subterránea como bodega que posteriormente serviría a modo de protección contra los bombardeos. Era un magnífico refugio. Y allí les gustaba quedarse, respirando silencio y hablando de sus proyectos y de ese espectacular futuro que se presentaba nítido ante ellos. Entre los dos amigos se deslizaba un río de sueños, esos que tantas veces habían comentado y discutido en el colegio, en la universidad, en sus respectivas casas y, especialmente allí, en su particular morada al abrigo de miradas y palabras.

Hans Möller y Samuel Wechsler se sentían exultantes.

La sonrisa de las ilusiones se paseó junto a ellos a lo largo de dos décadas hasta que sin saber cómo ni por qué, la vida empezó a enrarecerse, a teñirse de gris y rojo, a gangrenarse lentamente. Algo extraño se palpaba en el aire, como el fragor de unas voces que habían sonado a murmullo y ahora se elevaban y elevaban cada vez más, una especie de río que comenzara a desbordarse y no hubiera dique ni muro que pudiera detenerlo.

La sinrazón empezó a tejerse en los telares del mundo.

Hans y Samuel intercambiaron opiniones, como siempre habían hecho desde que tenían uso de razón, jurándose eterna amistad sucediera lo que sucediera. Nosotros os ayudaremos, no os preocupéis, yo te ayudaré, aseguraba el primero, tú eres mi amigo y eso va por delante de todo.

Pero era excesivo el torrente que se avecinaba, una tormenta imparable, un caos inconmensurable, por lo que Samuel habló con sus padres y no lo pensó dos veces: decidieron marcharse antes de que el problema adquiriera tintes de desesperación.

La locura empezaba a devorar a Alemania.

La familia Wechsler gozaba de una buena posición y poseía dinero suficiente como para salir de allí cuanto antes y refugiarse en otro país, por lo que decidieron marchar a Estados Unidos, donde la infamia de aquellos seres infectos que ahora les rodeaban no pudiera rozarles. Primero saldrían ellos, sus padres y su hermana, y posteriormente Samuel se reuniría con el resto de la familia.

La vorágine definitiva se desató el 9 de noviembre de 1938 en la Noche de los Cristales Rotos.

El pavor se apoderó de las calles, de los hogares, de los comercios, de los rincones y, especialmente, de los seres humanos, cuya humanidad empezó a escurrirse por las cloacas de la villa. La casa de Samuel fue una de las cientos que quedaron destruidas en esa noche de penumbras y pesares.

No me voy a marchar, Hans, voy a quedarme a luchar contra esos indeseables, tengo que hacerlo, tengo que plantarles cara como sea, no puedo huir, no puedo, ya encontraré personas como yo que deseen lo mismo que yo, y que estén dispuestos a encararse con ellos. Y lucharemos, claro que lucharemos.

Hans y Samuel quedaron frente a frente envueltos en sonrisas tristes, pero sonrisas al fin y al cabo. No te preocupes, dijo Hans, aquí estoy yo para ayudarte, no importa lo que digan los demás, tú eres mi amigo, sea cual sea tu religión o tu raza, y jamás te abandonaré. Aunque te parezca imposible, no todos piensan como esos canallas. Permanecerás escondido en el sótano de casa hasta que todo pase. El refugio es totalmente seguro. Nadie podrá imaginar que en el hogar de unos alemanes de pro como la familia Möller se oculta un judío.

La luz se perdía por las esquinas a la búsqueda de una brizna de cordura y sensatez, y vagaba y vagaba por las junglas de la paranoia sin conseguir encontrarlas.

Hans pensó qué podría hacer un solo hombre contra aquella barbarie repleta de miseria e inhumanidad, terror e inclemencia, pero se guardó sus palabras ante las muestras de valor y coraje de su amigo.

Y el cielo se tornó muy gris, y el aire se cubrió de miseria y podredumbre, como una inmensa garra de angustia que apretara al mundo y no quisiera soltarlo.

En el refugio de la mansión de los Möller, Samuel se debatía entre pensamientos informes en los que no alcanzaba a comprender de donde había surgido tanto horror; pensaba que en realidad sus compatriotas no eran así, nunca habían sido así, y la frase “¿Por qué ahora?” quedaba colgada en el aire; se preguntaba qué había hecho su raza para despertar tanto odio, su padre había sido un honrado comerciante, su madre una persona amable y cariñosa con todos, su familia jamás había tenido problemas. Y en la época actual, con un tinte de espantosa negrura, afortunadamente todos estaban a salvo… excepto él. Hans ?ahora perteneciente a las SS? le visitaba con la mayor frecuencia posible, siempre por la noche para mayor seguridad, le mantenía informado de lo que sucedía en el exterior, le abastecía de alimentos y armas. Necesitas armas por si acaso, por si has de defenderte, aseguraba el joven, nunca sabemos qué puede suceder en el futuro. Y el cerebro de Samuel urdía posibilidades y pergeñaba unos planes en los que evidentemente sería impensable actuar solo. No quiero, no puedo quedarme aquí, se decía, mientras los míos están siendo masacrados, no puedo, he de hacer algo cuanto antes, ponerme en contacto con otros seres con las mismas inquietudes y los mismos deseos que yo, porque los hay, de eso estoy seguro, algunos eran mis amigos, tal vez los estén asesinando… No puedo permanecer oculto y con los brazos cruzados, no puedo, no puedo… Necesito un grupo de valientes dispuestos a matar o morir.

Un frío de sombras inertes y blancas se había hecho dueño hasta de los suspiros que saltaban y se escapaban envueltos en lágrimas.

Fue Hans quien, poniendo en peligro su integridad e incluso su vida, consiguió entrar en contacto con varios de los compañeros de Samuel y, en una operación magistral llevada a cabo de madrugada en el más absoluto de los secretos y los silencios, consiguieron reunirse todos en el refugio desplazándose a través del alcantarillado de la ciudad. Formaban un grupo de once personas, ocho hombres y tres mujeres, cuyo número aumentaría seguramente en el futuro. Todos jóvenes, todos judíos, todos sedientos de justicia, todos dispuestos a entregar su vida, a una lucha sin tregua. Y allí permanecerían ocultos hasta que finalizase el conflicto.

Reunidos en la gran sala subterránea, planificaban los pasos a seguir. Debemos parar los pies a tanta infamia, decía Samuel ante su selecto auditorio, no podemos quedarnos quietos, se están llevando a nuestras familias al completo, y nos odian, nos aborrecen, y acabarán con nosotros, esto no puede seguir así. Antes de que esos salvajes sigan adelante, hemos de detenerlos, no podemos permitir que esto continúe. Lo que era evidente es que alguien debía poner freno a aquel previsible desastre. Pero ¿qué hacer? ¿Cómo actuar? La sombra de mil dudas se paseaba entre ellos.

La decisión fue unánime: era necesario atacar cuanto antes. Atacar al enemigo, destrozarle, hundirle, aniquilarle, reducirle a miguitas. Aunque se dejaran la piel en el intento. Era preciso abatirlo. Pero ?la gran duda, el grandioso problema, el miedo arrasando los cuerpos? ¿cómo un grupo de once jóvenes podía enfrentarse a un monstruo de tal envergadura? David venció a Goliat y la tortuga a la liebre. Ellos lo intentarían, al menos debían intentarlo, poco a poco, lentamente, mediante una guerra de guerrillas, con ataques inesperados, apariciones y desapariciones relámpago, siempre en grupos reducidos, no más de tres, se esfumarían al instante llevándose por delante a todos aquellos que pudiesen ?criminales, malvados, infames? y desaparecerían de inmediato, y los diablos irían reduciéndose sin saber de dónde venía el enemigo y contra quién luchar, porque aquellos seres creían ser dueños del mundo y se vanagloriaban de estar en posesión del poder, de las vidas y de la verdad, y creían estar por encima de la ley, y miraban a los que no se plegaban a sus pensamientos como si fueran gusanos, sobre todo a ellos, los judíos. Y los porqués se perdían por las selvas de la incongruencia, la barbarie y la ignominia. Por esas razones, y por tantas otras que mordían sus entrañas, debían entrar en acción de inmediato.

Nadie sabía los motivos pero, desde el inicio de todo aquel maremágnum de miserias y terrores, las noches se habían transformado en una suerte de lodazal más viscoso y más negro que nunca.

Mediante notas escritas en clave y depositadas en lugares estratégicos, Hans comunicaba al grupo el lugar y la fecha de los siguientes ataques a hogares o comercios judíos en los que él no estaría presente. A primeras horas de la mañana ?puesto que ignoraban el momento exacto del ataque? tres de los componentes del grupo se apostaban en lugares invisibles en las proximidades de la zona prevista. Y allí esperaban. Cuando los coches negros a la caza de alguna familia judía hacían su aparición, las ametralladoras abrían fuego, muerte y sombras alrededor, y un fétido olor a miseria, no quedaba un solo testigo de los hechos, salvo charcos de sangre y terror, y cientos de hilos de angustia colgando de los árboles, y los tres valientes desaparecían como tragados por la tierra. La operación no duraba más que escasos minutos. Las alcantarillas recogían sus cuerpos con un único pensamiento en sus mentes desbaratadas: cinco, seis, siete o diez nazis menos sobre la faz de la Tierra. Jamás podrían abatir a todos pero los reducirían, los diezmarían, los irían aniquilando lentamente, como estaban haciendo ellos con su pueblo. Si alguien se levantara a su favor, si alguna potencia los ayudara, si todos se unieran contra los salvajes masacradores… pero el resto de la humanidad permanecía en silencio, bastante tenían con salvarse del horror que se estaba instaurando por el mundo, tal vez fuera esa la razón de tanta humillación, de tanta barbaridad y de tanto olvido. Ellos, los valientes vestidos de coraje, preferían no adentrarse en las mentes de aquella desolación: se limitaban a actuar.

Tras varias incursiones y unas decenas de bajas enemigas sin ser atrapados ni descubiertos, lo cual suponía un verdadero triunfo, decidieron extremar las precauciones ya que los nazis habrían actuado de igual manera, es decir, multiplicando sus fuerzas y sus alertas. Ahora los malvados sabían que unos misteriosos salvadores podían estar acechando en cualquier rincón, atacaban sin piedad y no dejaban testigos de sus actos. Ahora sabían que el pueblo judío no estaba solo. Ahora sabían que cualquier salida al exterior podría suponer la muerte. Lo que no sabían es con cuántos se enfrentaban, ni cómo obtenían información, ni cómo aparecían, ni cómo desaparecían, ni cuándo iban a atacar, ni cuál era su centro neurálgico, si es que existía alguno.

La furia se aposentaba en las filas del Tercer Reich porque alguien oculto y misterioso se resistía a su poder, y eso resultaba algo inaudito. Los dioses de barro y miseria siempre se creen invencibles.

Un día aciago que se desperezó más gris que de costumbre, como si el cielo fuera consciente de que no tenía más remedio que llorar, el comando formando por Aarón, Jacob y Akiba, la más joven de todos, fue atrapado en una emboscada. No consiguieron huir a tiempo. Tal vez fuera el viento, o la lluvia que rebotaba en los caminos, o la voz de sus hermanos que aquella tarde se hiciera murmullo, tal vez fuera el desconcierto o el cansancio o la angustia que se colaba a trozos por las venas, tantos días de lucha y tanta penuria por doquier, desconocían el qué pero algo falló. Y los ojos de aquellos malditos los miraron con una mezcla de odio y alegría en el momento de agarrarlos, por fin, por fin en sus manos, porque los torturarían y los harían hablar, como a todos, pues sabían cómo. Por supuesto que sabían cómo. Pero ellos, los valientes, no dudaban lo que debían hacer. Fue Akiba, la más joven, quien, camino del furgón que les conduciría a las dependencias policiales, se revolvió en un segundo ciego, sacó una pequeña pistola de su bota derecha y en un instante acabó con la vida de sus propios compañeros y con la suya propia. No podían ser atrapados. Lo sabían.

El cielo retumbó durante horas en una catarata de dolor y pena regando los cuerpos de los jóvenes tendidos y olvidados en medio de la calle.

Transcurrieron varios días de silencio. La voz del comando quedó aterida. La tristeza se había apoderado del refugio mientras el frío se colaba por las pieles hasta dejarlas apergaminadas. Pero lo peor era el sentimiento de fracaso y frustración, mezclado con un odio furibundo que retumbaba y retumbaba por todos los cuerpos.

No dejó de llover en toda la noche.

Los nazis buscaron incansablemente el paradero de los valientes, desplegaron sus patas de araña por todos los rincones y extendieron sus tentáculos con la fuerza de un gigante hambriento. Una de las zonas que peinaron fueron las alcantarillas, sin ningún éxito. Probablemente torturarían a centenares de judíos para obtener información de su paradero, pero no conseguirían hallar la más mínima pista porque nadie conocía su escondite salvo ellos mismos… y Hans.

No basta con lo que hacemos, decía Samuel, es bueno, por supuesto, es magnífico eliminar alimañas, pero tenemos que ir mucho más allá, tenemos que acabar con esta ignominia de raíz, y divagaba imaginando lo que en principio parecían imposibles. Al igual que, pese a nuestras precauciones, hemos sido descubiertos en una ocasión, si no actuamos mediante un golpe maestro, tarde o temprano acabarán no sólo con nosotros sino con la totalidad de nuestra raza. Somos excesivamente vulnerables y estamos solos. ¿Qué pretendes? preguntaban los demás con la rabia y la desesperanza subiendo y bajando por sus huesos. Terminemos con él, decía Samuel, con el monstruo, con el diablo personificado, con la hidra de la exterminación. Acabemos con su vida y todo habrá finalizado. ¿No lo entendéis? Por supuesto que lo entendemos, pero lo que estás insinuando es imposible. ¿Cómo vamos…? ¿Nosotros…? Nosotros somos… Nada es imposible cuando hay voluntad. Pero ellos… ellos son… Por mucha voluntad que le pongamos… estamos muy solos, Samuel. Sí, pero somos fuertes…

Todo era oscuridad tanto en el interior como en el exterior.

Durante varias semanas el comando permaneció quieto, aunque no inactivo. Los gritos y los aullidos de la barbarie se elevaban cada vez más altos revolviendo las entrañas de aquellos valientes, y les mordían las almas como si fueran pirañas a punto de ataque. Permanecían en su refugio  durante el día y vigilaban, vigilaban siempre, no dejaban de vigilar los movimientos de los indeseables. Tras la muerte de sus compañeros y la conversación mantenida sobre el posible atentado contra el führer, todo eran temblores e interrogantes a su alrededor, y sentían como si un ahogo similar a miles de patas de arañas les taponara los poros.

La piel se les erizaba ante el cúmulo de pensamientos y la ausencia de sentimientos.

Hitler había sido objeto de un único atentado hasta el momento, en noviembre de 1923. Ellos serían los primeros en actuar. No ignoraban que el monstruo se encontraba en constante custodia de las SS, que variaba continuamente su agenda, que cambiaba las rutas y las fechas así como los lugares que visitaba, que necesitaban una absoluta sangre fría para llevar a cabo su plan y que la posibilidad de fracaso implicaba la muerte de todos.

En aquella época de heladas y nieves casi perpetuas, el contacto con Hans era mínimo para evitarle cualquier tipo de problema, pero su amigo, de una u otra manera, les mantenía puntualmente informados sobre los principales movimientos de las fuerzas nazis.

Fue así, día tras día, semana tras semana, con la lentitud y la cautela de los susurros, como llevaron a cabo un seguimiento exhaustivo de sus enemigos, tarea que resultó harto complicada dada la escasez de medios de que disponían y la atención continua que debían imprimir a sus actos. Jamás debían olvidar que eran los seres más buscados de la época: por oponerse al régimen, por resistir, por aguantar firmes, por ser disidentes, por ser invisibles y por ser judíos. Y por hacer un daño que nadie, hasta el momento, había conseguido.

La furia de Hitler rebasaba todos los límites.

Y los días se embadurnaron de silencio mientras los valientes preparaban un plan maestro, el que salvaría a su pueblo de la humillación, la  tortura y la muerte. No podían precipitarse porque todo debía salir a la perfección.

La fecha llegó aleteando con la aparición de las golondrinas. La luz de la primavera empezaba a filtrarse por la vida, aunque nadie, dadas las circunstancias, se percatara del milagro. Decidieron que el día del atentado definitivo que pondría fin a la vida del fhürer y de su imperio de terror sería el 11 de junio de 1939, época en que Hitler se encontraría en la ciudad y pasaría allí al menos una semana entre reuniones, visitas y mítines. Cabía la posibilidad de que el líder cambiara sus planes, como tantas veces había sucedido, pero debían arriesgarse. Elegirían la calle principal por la que pasaría el fhürer camino de la cervecería Hofbräuhaus, donde daría un mitin y a la que acudiría acompañado de Goebbels, von Ribbentrop y Bouhler, más alimañas, más asesinos, más monstruos. La hora era habitualmente un misterio, ya que Hitler siempre retrasaba o adelantaba sus eventos, e incluso no aparecía o se ausentaba antes de que terminasen.

El plan consistía en un ataque a tres frentes: Samuel ?quería tener el honor y el placer de acabar él mismo con el depredador? se apostaría en un edificio cercano y lanzaría una primera granada contra el coche del fhürer. Judith, su principal colaboradora, y Sonia, estarían esperando en callejones cercanos y lanzarían asimismo sendas granadas además de, a continuación, disparar incontables ráfagas de ametralladora a la escolta, de manera que no quedase nadie vivo. Eligió a las mujeres como acompañantes porque despertarían menos sospechas.

Con el corazón rebosante y el alma guardada en un nicho de ansiedad, todos los componentes del comando empezaron a trabajar duro: prepararon armas y municiones, estudiaron las posibilidades existentes, recorrieron milímetro a milímetro las calles y plazas por las que pasaría el cortejo, repitieron exhaustivamente sus movimientos, examinaron los edificios, y se prepararon física y espiritualmente para lo que estaba a punto de suceder. Las probabilidades de muerte son muy altas, amigos, decía Samuel con la angustia palpitando en sus arterias, tanto si nos atrapan como si no, por lo que si alguien desea retirarse, puede hacerlo, lo comprenderé, lo comprenderemos todos. Se contemplaron acariciando unos las pupilas de los otros. Nadie dijo una palabra. Y continuaron con su preparación.

La persecución de judíos se iba convirtiendo en una caza negra y sombría a todos los niveles.

La semana transcurrió lenta.

El 11 de junio amaneció un poco nublado, rodeado de un manto de melancolía, como si la jornada no quisiera ser partícipe de los tejemanejes de los hombres. Samuel, Judith y Sonia llevaban un par de días ocultos en sus respectivos escondites. Se cubrieron de paciencia y silencio y allí permanecieron hora tras hora, expectantes, atentos, temblorosos para qué negarlo, vigilando todos los movimientos a su alrededor, aparentemente serenos, aparentemente tranquilos, pero con el alma en un traqueteo continuo. Los edificios en los que se refugiaron habían pertenecido a otros judíos y se encontraban en ruinas, por lo que nadie se acercaría. Toda seguridad, por muy alta que fuera, era una incógnita con los nazis.

El silencio se agarraba a sus cuerpos como un trozo de hiedra mientras los corazones agigantaban sus latidos a medida que transcurrían las horas. La Reindhardstrasse, la avenida por donde pasaría Hitler, tiritaba con ellos por lo que pudiera suceder, aunque nadie lo supiera a ciencia cierta.

Ellos, apostados en la quietud de un día que transcurría con una lentitud arrolladora, se sentían valientes, con el coraje y la furia recorriendo los cuerpos de lado a lado, aunque tenían miedo, mucho miedo. Tal vez, y sin siquiera saberlo, el destino del mundo estuviera en sus manos.

Las horas caían como espectros insonoros.

Teóricamente faltaban pocos minutos para el paso del convoy. Un aleteo de sombras era el único testigo de un terror que se colaba por todos los poros y casi les impedía respirar. Samuel pensaba que los latidos de su corazón descabalado se oirían por todas partes. Los segundos se hacían densos y se arrastraban como caracoles heridos. Transcurrió una hora lenta, y después otra, tal vez Hitler hubiera anulado su cita, como otras veces, o tal vez hubiera abandonado la ciudad, o tal vez había decidido presentarse en otro lugar. Samuel tenía los músculos agarrotados.

Al fondo de la calle casi desierta aparecieron tres coches negros difuminados entre una fina capa de niebla que se estiraba por el paseo. La tensión se percibía en cada sombra. Los coches avanzaron. Los tres componentes del comando agarraron al mismo tiempo las granadas. Los coches se detuvieron ante la cervecería Hofbräuhaus. El chófer salió a abrir la puerta del fhürer, y en el mismo instante en que Hitler salió del primer vehículo y puso un pie sobre la acera helada por el frío y por tan repulsiva presencia, los tres miembros del comando se levantaron, retiraron los detonadores de las granadas y las lanzaron casi al mismo tiempo contra los tres coches negros.

Los segundos que transcurrieron hasta las explosiones fueron una marea de silencios y pesares.

Los alemanes no se percataron de la emboscada hasta que fue demasiado tarde. No tuvieron tiempo de hacer absolutamente nada.

Una masa de llamas cubrió los coches y los cuerpos entre ayes, gritos y alaridos de furia y desesperación.

Habían sido engañados, ellos, los magníficos, los reyes de la tierra, los dioses del universo.

Las llamas subieron y subieron rodeando todo.

Samuel y sus compañeros agarraron las metralletas para lanzarse contra todos aquellos que quedaran vivos, pero no fue necesario porque la bola de fuego se elevó, se extendió y arrasó absolutamente todo mientras ellos, los salvadores, contemplaban con especial deleite  la desaparición del nazismo, del Tercer Reich, de las SS, de la Gestapo, del odio y la ignominia, y de su líder con un sentimiento confuso entre el estupor y la paz.

Un suspiro de alivio recorrió el universo hasta sus confines y una inmensa sonrisa se estiró hasta el horizonte.

Samuel, Judith y Sonia cerraron los ojos mientras las llamas y los cuerpos crepitaban y crujían cantando sonetos de libertad. El corazón invisible de la Tierra palpitaba y palpitaba sin cesar.

Hasta las sombras respiraron tranquilas.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían librado al mundo de algo terrorífico llamado deportaciones, trenes de la muerte, limpieza de raza, torturas, experimentos, violaciones y campos de concentración y de exterminio.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían liberado al planeta de una masacre y una destrucción sin precedentes en la historia de la humanidad.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que en ese momento habían salvado cincuenta millones de vidas y, entre ellas, las de más de seis millones de judíos.

En ese mismo instante el mundo se convirtió en un gran arsenal de silencio.