Relatos

Relato “La gran antorcha” Primer Premio I Certamen de Cuentos Navideños, Unión Hispanoamericana de Escritores

La gran antorcha

No sabía en realidad si había entendido bien las palabras que pronunció mi madre, pero mis labios se plegaron por la sorpresa, mi corazón dio un salto en el vacío y me quedé allí, al abrigo de mis diez años recién cumplidos, como mendigando unas miguitas de comprensión que parecían no llegar nunca. La vida tembló unos instantes. Continué escuchando. Mi padre rechinó los dientes y pronunció las palabras asesinos de almas en voz baja mientras leía en voz alta las instrucciones recibidas, mi madre apretó con fuerza un pañuelo entre sus manos y creo que se le escapó una lágrima de impotencia, y yo permanecí en estado de expectación sin saber en realidad cómo actuar o qué hacer. Lo cierto, para qué iba a engañarme, es que no podía hacer nada.

El silencio fue tan profundo que casi me ahogué en él.

El año anterior -y otros también- había sido maravilloso, lo recordaba muy bien, en casa de los tíos, el belén, el árbol, un montón de luces y villancicos, junto a los primos, todos cantando, saltando, todos alegres, todos celebrando la Navidad, y regalos, panderetas y zambombas en el corazón, y sonrisas, muchas sonrisas. Y ahora… ¿Por qué ahora no podía ser igual? ¿Qué había sucedido de un año a otro? Mi pequeña mente no alcanzaba a comprender cuál era la diferencia.

La gran antorcha

Las instrucciones estaban claras, corrían de boca en boca y de mano en mano, aparecían impresas por todas partes, en los periódicos, en las revistas, en las carteleras, en los teléfonos móviles, en Internet:

“Por orden de las autoridades, en todo el país queda terminantemente prohibida cualquier manifestación navideña, incluidos villancicos, luces, fiestas, celebraciones religiosas, cabalgatas, belenes o adornos en las calles”.

Sin razones, sin motivos, así simplemente: Queda prohibida cualquier manifestación navideña. Mi madre se mordió los labios después de leer una vez más aquellas palabras. Creo que se guardó un grito. ¿Prohibida? ¿Por qué? Pensé sin expresarlo en voz alta. ¿Por qué este año no podíamos celebrarlo igual que todos? ¿Qué diferencia había con otros? ¿Qué había ocurrido? ¿Acaso a alguien había dejado de gustarle y por eso me obligaba a mí a que no me gustase? Porque a mí me gustaba. Y mucho. Y ahora, por alguna razón desconocida, debía prescindir de la felicidad. ¿Alguien tenía derecho a hacerme prescindir de la felicidad? Y yo me preguntaba si, en caso de negarnos a acatar tales órdenes, seríamos perseguidos, o castigados, o encarcelados. ¿También me iban a perseguir a mí por tener nombre de ángel? No comprendía una palabra de lo que estaba sucediendo. Mi madre me abrazó con ternura mientras musitaba:

-No pasa nada, Rafael, cariño, no pasa nada.

Mis padres bajaron la cabeza y me pareció sentir los latidos de sus corazones a galope tendido.

Un mundo de sombras cayó encima de los hombres y la vida en general se hizo triste, como pintada de gris melancolía. Me sentía encerrado en una nube oscura. Me faltaban los gritos y las risas, la alegría y las fiestas, las panderetas, las luces y las canciones y, sobre todo, me faltaban los sueños. No quería preguntar. Sería peor. Las dudas y las conjeturas se iban apoderando de mi cuerpo sin que nada pudiera hacer por evitarlo. ¿También iban a quedar prohibidos los Reyes Magos, o Papá Noel, o incluso el Niño Jesús? ¿Los Reyes Magos, o Papá Noel, o el Niño Jesús eran acaso seres a los que se podía hacer aparecer y desaparecer en función de los deseos de una mente desaprensiva?

El día de Nochebuena se acercaba poco a poco y el universo se había transformado en un maremoto de silencio.

No sé cómo sucedió, pero una mañana noté que algo pasaba en mi casa, como si un rayo nuevo de esperanza hubiera nacido en los rincones. La puerta de entrada se abría y cerraba con mayor frecuencia que de costumbre, personas desconocidas aparecían por allí, se recibían extrañas misivas -siempre en mano, no por teléfono ni por Internet ya que podían estar intervenidos—, se celebraban silenciosas reuniones en el comedor, las miradas empezaron a resplandecer, los ojos creaban chispitas nuevas de esperanza. Nadie me decía una palabra pero comprendí que algún cambio estaba a punto de producirse, tal vez una reacción, un grito o una respuesta, no podía saberlo.

Los días cabalgaron a lomos de un caballo desbocado. El veinticuatro de diciembre amaneció envuelto en capas de bruma y frío. Había llegado el momento mágico. Faltaban unas horas para Nochebuena y ni siquiera el aire se movía.

Sonaron las nueve en algún reloj. Fue entonces cuando mis padres me indicaron que teníamos que salir. No me extrañó demasiado pero no pregunté adónde íbamos. Nos pusimos los abrigos y los guantes en silencio. Hacía un frío tan intenso que acartonaba la piel. No imaginé en qué lugar cenaríamos aquella noche tan especial, tal vez en casa de los abuelos o de los tíos, lo único que sabía es que no habría panderetas ni villancicos. Aquello me resultaba tan triste que me producía un escalofrío desolador en todos los poros de la piel, arroyos de amargura desfilando por mis venas.

Salimos a la calle y nos dirigimos hacia algún lugar por mí ignorado, aparentemente a la Plaza Principal, situada en el centro de la ciudad. Me percaté de que las calles estaban más llenas que de costumbre y todo el mundo caminaba en la misma dirección, como un río infinito de sombras sin alma. Pensé que todo aquello era muy extraño pero no dije una palabra. Observé que los ojos de los seres que nos acompañaban en aquel curioso desfile de soledades cantaban por dentro y que sus labios se estiraban en pequeñas sonrisas algo escondidas.

Tras diez minutos de caminata, llegamos a la Plaza Principal y mi padre nos indicó que nos detuviéramos junto a una de las paredes, casi ante la puerta de un bar cerrado, ya que nos sería imposible avanzar más. Mi madre me entrego un bocadillo y una botella de agua. ¿Ésa iba a ser mi cena de Nochebuena? Observé que el lugar estaba a rebosar de gente, y que las diez o doce calles laterales que confluían en la plaza se iban llenando y llenando, cada vez más público, un público silencioso, con una sonrisa guardada en la boca que no supe cómo interpretar.

Permanecimos quietos, desempeñando el papel de centinelas estáticos de la noche. El frío y la bruma reventaban a nuestro alrededor.

Cuando en el reloj de la plaza sonaron los cuartos para las doce, todos los seres al unísono introdujeron las manos en los bolsillos de sus abrigos y extrajeron una serie de objetos que, en principio, no supe de qué se trataban. Mi madre me entregó uno de dichos objetos: era una vela de color blanco. Había una para cada uno de nosotros. Mi padre sacó un mechero y encendió nuestras velas, y las de otras personas, y empezaron a formarse puntos diminutos de luz, cientos, miles, millones de puntitos que se extendían cada vez más y formaban una especie de red brillante, una inmensa manta de chispas, un reguero de angustias y silencios en forma de llamas diminutas. Aquello parecía una gran antorcha, una inmensa antorcha con un alarido ansioso escondido en las entrañas.

En el mismo instante en que en el reloj de la Plaza Principal sonaron las doce en punto, en el momento del nacimiento de Dios, todas las gargantas de los miles de personas allí presentes empezaron a entonar aquel himno magistral de Giuseppe Verdi que un día aprendiera en mis clases de canto –Va, pensiero, sull’ali dorate, va, ti posa sui clivi, sui colli, ove olezzano tepide…? pero sin palabras, sólo murmurando millones de mmmmmmmmmmmmm con las bocas cerradas, unos mmmmmmmmmm que impregnaban el aire y formaban regueros de ilusiones, y las almas estallando en gritos silenciosos. Parecíamos un auténtico coro de esclavos en busca de nuestra libertad pisoteada. Las autoridades no podrían decir nada, no estábamos infringiendo las leyes, no había anuncios luminosos, no había belenes, ni rótulos, ni adornos, nada hacía alusión a la Navidad, no alabábamos a Dios, no cantábamos villancicos, ni siquiera cantábamos, sólo entonábamos un himno de gloria. Y las voces, millones de voces en nuestras gargantas, formaron un rugido que se asemejaba a una horda de libélulas. Y las luces, millones de luces en nuestras manos, nos hacían parecer espectros en lucha.

Nada se movía. Nada se oía salvo el zumbido de miles de susurros. Nada se veía salvo centenares de puntitos luminosos. El silencio nos acarició con dulzura y la oscuridad nos fue tragando a todos muy lentamente. Ésa era la respuesta sin palabras de nuestro pequeño mundo ante la miseria, el ahogo y la podredumbre.

Fue en ese momento de magia y paz, un gran abismo de paz, cuando miré al cielo y me pareció percibir que incluso las estrellas sonreían.

 

Relato “Aquel día de lluvia”. Segundo Premio IV Certamen de Relatos Ciudad de Huesca

Aquel día de lluvia

Tal vez, a partir de ese instante, la vida sería así, oscura, sombría, cenicienta, empapada de arpegios inaudibles y ahogada en sombras grises, tan grises que explotaban densas a mi alrededor y me las tenía que quitar de encima a manotazos. Lo cierto es que empecé a ahogarme en ellas, como si se tratara de un inmenso maremoto avanzando inquieto hasta mi soledad, esa soledad construida de distancias que él había dejado ahora entre nuestras almas y nuestros cuerpos.

El día en que me avisaron de su muerte empezó a llover.

Aquel día de lluvia

Me quedé con el auricular del teléfono helado entre las manos, escuchando la siniestra noticia, mientras por mis labios se escapaba la palabra Padre, una palabra que taladraba el aire y se hacía añicos en mi cerebro petrificado.

Las gotas de lluvia iniciaron una sinfonía de lunas tibias al compás de la mañana y se aposentaron entre los hombres como si estuvieran a punto de poseerlos, como si fueran a adueñarse para siempre de sus vidas, como si ya no quisieran abandonarlos jamás.

La voz al otro lado de la línea, casi un susurro, me informó de que aquel hombre de hierro y fuego que fue mi padre había sufrido un repentino ataque al corazón, había sido inmediatamente trasladado al hospital y ya no pudo hacerse nada por salvarlo. Murió enroscado en el silencio y abrazado a su soledad, dejándome a mí con la mía propia, la de su presencia, la de su recuerdo, la de su ausencia. Una vez despojado de su carga, el susurro me dio el pésame y colgó.

No lloré. No pude llorar porque mis ojos, sin saber las razones, se negaron.

La lluvia se había apoderado de los cristales y trazaba misteriosos caminos por los que bailaba minuetos y boleros tristes.

Los recuerdos de toda una vida aparecieron en forma de aluviones inmensos, como hordas a caballo del tiempo, e inundaron mi cerebro, abarcándolo hasta tal punto que no quedó en él ni un mínimo resquicio que no fuera el ayer. Surgieron los días de mi infancia en Huesca, nuestra ciudad, juntos los dos en aquel fastuoso jardín que rodeaba nuestra casa, consolándonos por la desaparición de mi madre, víctima de una embolia. Y vi cómo mi padre, de profesión jardinero vocacional, recogía cientos de flores y cubría por completo la tumba en la que había sido enterrada su mujer, convirtiendo aquel pedazo de tierra en un paraíso de pétalos multicolores.

La danza de la lluvia se iba transformando lentamente en una acalorada mazurca compuesta de suspiros y sombras.

Y surgió el pasado de nuestra vida conjunta y solitaria. Nos habíamos quedado solos los dos y teníamos que salir adelante, él con su trabajo a cuestas, yo con mis estudios a la espalda, y ambos con la vista al frente, rodeados de ramilletes de olvido y manojos de futuro.

Mientras tanto, mientras mi mente se trasladaba al mundo inamovible del pasado, las gotas de lluvia bebían el aire.

Él me enseñó todo lo que sabía sobre botánica y jardines, me enseñó a diferenciar las plantas, a distinguirlas, a clasificarlas, a ordenarlas, me enseñó los misterios del cuidado y el abono, me enseñó el infinito universo de las flores, sus aromas y colores, los árboles, los arbustos, las hojas, los esquejes, los pecíolos, las vainas, los pétalos, los sépalos, los tallos, los troncos, las cortezas, un mundo fabuloso en el que se movía a sus anchas y que le salvó del espectro oscuro de la desesperación.

El sonido de las gotas se filtraba por mis venas.

Mi padre adoraba su trabajo, amaba los jardines, todos los jardines, y me narraba historias, cientos de historias que yo escuchaba con la boca abierta a la luz del atardecer. Mi padre me explicaba que los árboles eran los pensamientos de los ángeles, que tomaban forma en la tierra para repartir bondad por el mundo. Mi padre me contaba que la luna se tragaba todas las noches el azul del mar, un azul que durante el día chocaba con el amarillo del sol, y posteriormente lo repartía por el mundo vistiendo a las plantas de matices verdes. Mi padre me decía que las flores nunca morían sino que, cuando se marchitaban, los pétalos se elevaban hasta el espacio, donde se iban acumulando y acumulando, y a lo largo de los siglos habían formado lo que nosotros llamamos arco iris el cual, en realidad, estaba compuesto por miles de millones de flores que, de tanto en tanto, al recibir la caricia de la lluvia y el sol, mostraban todo su esplendor para recordarnos que allí estaban y allí estarían hasta el fin de la eternidad. Y me aseguraba que algún día, por algún motivo especial, estallarían y el mundo quedaría inundado de flores y pétalos. A mí me gustaban sus historias y las escuchaba embelesada.

Tenía que ponerme en movimiento, tenía que salir y trasladarme hasta Huesca donde había vivido mi padre, tan alejado de mí, tenía que hacer frente a todos los trámites relacionados con su defunción, tenía que moverme, tenía que reaccionar, bajo aquella lluvia que machacaba incesantemente y no dejaba de machacar las almas.

El tiempo, revestido de nostalgias y sueños, nos llevó con sus alas transparentes por los senderos de la vida. Mi padre y yo continuamos con nuestras mutuas obligaciones, siempre juntos, siempre unidos por un hilo fino de sentimientos, siempre apoyándonos el uno en el otro. Una vez finalizados mis estudios, tuve que trasladarme a Barcelona para entrar en la universidad. Había decidido estudiar Botánica. Y él quedó allí, en su casa ahora casi totalmente solitaria, con sus plantas, sus flores y sus cordilleras de nostalgias y recuerdos, cada vez más altas y más pobladas.

Preparé un pequeño neceser con lo suficiente para pasar un día fuera y bajé al garaje a recoger el coche. En la calle me recibió un indisciplinado ejército de gotas que quiso avasallarme, pero no pudo. Bajo una manada inagotable de agua, y agua, y más agua, emprendí el camino hacia la ciudad que me había visto nacer.

Mi padre y yo, en aquel entonces, nos dijimos adiós hundidos en un pozo de tristezas y pesares. Sería la primera vez en muchos años que viviríamos separados, tan lejos el uno del otro, puesto que, bajo ningún concepto, él abandonaría su querido hogar, pese a la propuesta que le presenté de trasladarse a vivir conmigo a la ciudad que había elegido para cursar mis estudios. Su negativa fue rotunda.

La voz de la lluvia y los limpiaparabrisas barriendo el cristal me hicieron compañía durante el recorrido.

Poco a poco el tiempo nos cubrió de sombras y lejanías. Siempre que encontraba un hueco —algunos fines de semana, algunos puentes, algunas vacaciones—, me acercaba a Huesca. Mi padre continuaba con su vida de silencios ahogados, cada vez más callado, cada vez más ausente, como si hubiera creado a su alrededor un universo de colores únicamente compuesto de flores y plantas: su mundo particular donde ya no tenía cabida más que él mismo y sus sueños.

Huesca se debatía entre torrentes de agua y dolores dispersos. El cielo crepitaba. Una parte de los habitantes del barrio, no muchos en realidad, se encontraban en la casa en la que yo había nacido y vivido hasta mi traslado a la gran ciudad. Los fantasmas de los objetos por allí diseminados me arañaron la piel del alma y me acosaron con sus sábanas blancas de recuerdos y olvidos. Hicimos los correspondientes preparativos para el entierro y el funeral, que se celebrarían ese mismo día, ya que yo no tenía más remedio que volver a Barcelona lo antes posible. El cuerpo de mi padre descansaba en el ataúd. Parecía como si estuviera rodeado de un halo de colores, como si las flores que tanto había amado quisieran acompañarle en su adiós eterno. Lo miré con una tristeza sobrecogedora, lo amé como siempre y como nunca, pero no pude llorar.

Y los años sembraron nuestros cuerpos de lejanías. Nos veíamos, pero menos, nos hablábamos, pero menos, nos recordábamos, pero menos. Mis estudios, mi trabajo, mis amigos, mi vida social, me introdujeron en un mundo totalmente distinto en el que el olvido iba aposentándose despacio a mi lado. Y no fue realmente olvido, pero sí alejamiento, él en Huesca, yo en Barcelona, la distancia, el silencio, el desapego. Siempre me decía que me echaba de menos, y yo siempre respondía que me ocurría lo mismo, pero la vida se interpuso entre nosotros y ya nada fue igual.

Las lápidas del cementerio brillaban destilando minúsculos arroyos bajo aquella lluvia incesante que me perseguía y me acosaba desde la mañana. Nos reunimos en torno a la tumba destinada a mi padre, todos muy serios bajo los paraguas. El sacerdote pronunció unas palabras que no escuché, pues lo único que pude hacer fue hablar con mi padre en voz baja, sin lágrimas, porque no podía llorar.

“Papá, lo siento, de verdad que lo siento. Te olvidé. Olvidé tu vida, olvidé tu existencia, olvidé tu amor, te dejé de lado. Lo siento, papá, lo siento ahora que no tiene solución. Dime que me perdonas. Dime que me quieres. Dime que sigues a mi lado. Dímelo de alguna manera. Aunque ahora sé que ya no puedes hacerlo. Lo siento. Perdona, papá, perdóname”.

Mis palabras sonaban por dentro como olas plagadas de añoranza.

Una vez finalizado el entierro y la ceremonia, con las paletadas de tierra resonando en mi cerebro empapado de lluvia y pesadumbre, nos dirigimos hacia la iglesia a celebrar el funeral.

Entré en casa de mi padre al atardecer.

Llevaba agarrada al corazón la zozobra violeta del dolor oculto, junto con un sentimiento rojo de culpabilidad reptando por mis venas por no haber podido o sabido ser mejor hija. La palabra Padre se derretía sin quererlo en mi boca, ahora que él ya no estaba.

Las nubes en el cielo continuaban destilando su macabra danza de incertidumbres.

Todo en el interior de la casa me hablaba de él. Pasé directamente al baño y permanecí bajo el chorro de la ducha durante mucho tiempo, como si quisiera quitarme la tristeza con otras gotas distintas a las que me habían acompañado durante aquel día de lluvia. Aquel día de lluvia en que mi corazón había quedado eternamente abierto y eternamente cerrado.

Me acosté sin cenar. No sentía hambre, sólo dolor, y pena, mucha pena, y culpa, mucha culpa. No sé si dormí. Abría y cerraba los ojos pero siempre encontraba oscuridad, en el exterior y en el interior. Un tumulto de sombras me acarició la piel tiñéndola de ceniza negra. La figura de mi padre me acosó en sueños, y el barrio, sus habitantes, el sacerdote, el ataúd, los pésames, muchos pañuelos blancos hastiados de lágrimas, el cementerio, la iglesia, el funeral, la casa que ahora me pertenecía, el jardín, el ayer, el pasado, los dos juntos, sus cuentos impregnados de dulzura. Mi padre. Las imágenes se apiñaban en un desfile interminable. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de duermevela, pero fue un extraño sonido el que me hizo abrir los ojos por completo. Me incorporé y escuché. El reloj marcaba las tres de la madrugada. En un principio pensé que sería la lluvia, pero aquello se asemejaba más a un siseo, un zumbido suave, alas de libélulas o de mariposas.

Me levanté, me puse una bata y unas zapatillas, subí la persiana y me asomé a la ventana del que había sido mi dormitorio a lo largo de muchos años.

Mi cuerpo quedó sacudido por un relámpago de terror y sorpresa, mientras un tropel de temblores en forma de burbujas se adueñaba de todos los rincones de mi piel y subía sin cesar hasta llegar a mi garganta. Mis pupilas reventaron de angustia.

Aquello no era posible. Lo que tenía delante no era posible. Lo estaba imaginando, lo estaba soñando, todavía no había despertado, mi imaginación, seguro que era mi imaginación, no podía ser cierto. Lo que veían mis ojos no era posible, no, no lo era.

Seguía lloviendo.

El cielo continuaba derramando sus aullidos sobre la tierra, pero ya no caían gotas, que seguramente se habrían agotado. Lo que el cielo estaba enviando, lo que las nubes lanzaban, lo que zumbaba suavemente con sonido de mariposas, lo que pululaba por el aire, no eran gotas, eran… pétalos, cientos, miles, millones de pétalos, de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños imaginables. La totalidad del espacio circundante estaba cuajada de pétalos.

Aquello no era posible.

Y los pétalos descendían suavemente, revoloteaban entre el viento, emitían un murmullo cálido, subían y bajaban al compás de un vals que nadie salvo ellos escuchaban, y se posaban sobre la tierra del jardín, sobre el asfalto, sobre las aceras, un tapiz infinito compuesto de millones de colores.

Permanecí quieta y muda, transformada en estatua de carne.

Miríadas de pétalos inundaban el césped del jardín, los balcones, los árboles, el alféizar de mi ventana, mientras el aire se encogía repleto de aromas. Extendí la mano y los pétalos de colores rozaron mis dedos. Eran suaves, muy suaves, y los sentí en la piel como un milagro.

Miré al cielo, tan negro como el espectro de un ahogo infinito.

Los pétalos continuaban bailando alrededor del viento mientras aquel arco iris iluminaba la noche.

Permanecí así mucho, muchísimo tiempo, contemplando aquella extraña lluvia de flores que no cesaba de caer y caer, plagándome de su esencia, respirando su aroma, desgranando mi vida, atiborrándome de recuerdos, y de ayeres, y de sueños.

– Papá… – dije.

Su nombre llenó mi boca.

El cielo, el aire, la tierra, todo lleno, todo cuajado de pétalos, millones de pétalos cayendo.

– Papá… – repetí -. Gracias. Gracias por responderme.

Ejércitos de pétalos.

Entonces supe que él me había perdonado y que estaríamos siempre juntos.

Lluvia de pétalos.

– Gracias por escucharme, gracias por no haberme olvidado, gracias por mandarme una respuesta. Gracias por estar conmigo, papá.

Pétalos y pétalos y pétalos…

Aquel día de lluvia se convirtió en el más triste y el más feliz de mi vida.

Fue en ese preciso instante cuando empecé a llorar.

Relato “Juntos para siempre”. Primer premio XVIII Certamen de Relatos María Fuentetaja

Juntos para siempre

No te imaginas, amigo, lo que sucedió. No te lo puedes imaginar porque fue… bueno, es imposible de describir, te lo digo yo que lo viví en mis carnes y lo contemplé todo como te estoy viendo a ti, casi así de cerquita, porque en mis años mozos yo era carcelero en la prisión de Las Alondras, que estaba situada a las afueras de la ciudad, detrás de la colina Montoya. Sí, no me mires así, era carcelero, aunque te parezca extraño, y fui testigo de los hechos, testigo en primera línea. La cárcel de Las Alondras… Fíjate, amigo, qué cosas, poner a una prisión –donde todos desean volar y nadie puede- el nombre de unos pájaros que son libres. Ya ves lo caprichosas y absurdas que son nuestras autoridades. Pues el caso es que una mañana la noticia estalló, se difundió y se extendió, y un arco iris de sonrisas alumbró los labios de cientos de personas al conocerla, y la alegría borboteó por sus rostros transformando esos cientos de almas en burbujas de champán francés que subían y bajaban por la piel. Y un grito surgió en multitud de gargantas, porque sus ruegos a través de los años habían sido escuchados. Tú no sabes cuánto tiempo llevaban suplicando. Tras tanta lucha, tras tantos sinsabores, tras tantas amarguras acumuladas y retorcidas por sus venas, por fin los tendrían cerca, por fin podrían verlos y escucharlos y abrazarlos sin tener que desplazarse, por fin los mantendrían a su lado, por fin estarían juntos, por fin, por fin juntos para siempre.

carcel

Y la noticia, amigo, se divulgó de inmediato a través de todos los medios de comunicación, saltó pueblos, ciudades y fronteras e hizo nacer esperanzas y renacer ilusiones. Sí, amigo, sí, Juan Lamberto Ruano, el Presidente de este nuestro país atiborrado de sombras, silencios y oscuridades, el gran dictador, ahora puedo decirlo sin preocuparme porque ya me importa una bleda lo que puedan hacerme -qué le van a hacer a un viejo como yo-, y el dueño absoluto de los destinos de millones de ciudadanos, había concedido su permiso para que los presos disidentes fueran reunidos y trasladados a una cárcel común, exclusiva para ellos. Tú no lo sabes, amigo, porque eres demasiado joven pero, en aquel entonces -qué me vas a contar a mí-, en aquel entonces había disidencia y oposición, como te lo explico, y aquellos seres que gritaron y aullaron sin miedo a favor de la libertad, que clamaron por el pueblo y por sus derechos, fueron vilmente encarcelados para acallar sus voces, cada cual en un punto distinto del país. Son cosas que suceden, o que sucedían, amigo, porque después de lo ocurrido, después de aquel día teñido de negro noche, las voces quedaron silenciadas para siempre y la tristeza se aposentó entre nosotros hasta hoy, fíjate cuánto tiempo, cuánto tiempo de sombras.

Pues el caso es que los padres, los hermanos, los familiares, los amigos de los presos disidentes, todos saltaron de alegría al saber que iban a tenerlos cerca, juntos para siempre, que no deberían trasladarse y recorrer cientos de kilómetros para poder abrazarlos. Y tantas lágrimas de dolor se transformaron en torrentes de felicidad, en aluviones imparables de nostalgias cercenadas, sin llegar a imaginar lo que iba a suceder, pues ni siquiera yo, amigo, que era carcelero en aquella prisión con nombre de libertad, pude intuirlo. Bueno, ni yo ni nadie.

Y resulta que todo se hizo muy deprisa, demasiado deprisa, amigo, pienso yo ahora, aunque no entonces, porque entonces… entonces no me cabía en la cabeza que pudiera existir tanta maldad. Cuando eres joven la vida es diferente, te agarra por las piernas y por el corazón y te cubre de besos, similares a telarañas suaves que acarician la piel, y te crees que siempre va a ser así, porque todo lo ves de muchos colores que después te arrancan de cuajo para llenarte el alma de delirios negros y de filamentos oscuros que te van apretando y ahogando. Pues sí, amigo, sí, algo que había tardado tantísimo tiempo en solucionarse se hizo muy deprisa, en muy pocos días. Fueron llegando a Las Alondras camiones y camiones cargados de pobres miserables, esqueletos de silencio, todos delgaditos y sombríos, como fantasmas ateridos de sombras y sedientos de temblores, y yo los miraba, amigo, y procuraba no pensar en nada, me limitaba a realizar mi trabajo porque si me detenía a pensar tal vez hubiera quedado ahogado por manadas de gritos, gritos de pena y soledad, y no podía, de verdad, no podía hacer otra cosa más que callar y tragarme el dolor, porque tenía una familia que alimentar, tres hijos nada menos, y otro a la vuelta de la esquina, pues en aquel entonces mi mujer estaba embarazada de Pablito, el pequeño, y yo no podía hacer nada más que barruntar pesares y seguir adelante.

Y los presos llegaron, amigo, como una marabunta de melodías cascadas y rotas, y desfilaron despacito pero con la cabeza alta y los ojos muy brillantes clamando verdades, esas que nos han robado a todos y que ellos habían sido capaces de defender, y tomaron posesión de Las Alondras en su totalidad, y el resto, es decir, los comunes, los criminales, los chorizos, incluso los terroristas, fueron trasladados a otras prisiones lejanas, quedando allí sólo ellos, los disidentes, los libertinos, los parias, los que pensaban de forma distinta a la de nuestro querido Presidente, los molestos al fin y al cabo. Y la vida, amigo, continuó su ajetreado rumbo rozándonos con un silencio agónico que no supimos interpretar. Porque todo siguió igual durante varios meses, no sabría decirte cuántos, con distintos rostros a mi alrededor, pero igual. Sí, amigo, sí, nada cambió hasta aquella noche terrorífica del mes de septiembre.

Debo aclararte, amigo, que la vigilancia en la prisión de Las Alondras era muy estricta durante el día, aunque por la noche se relajaba, ya que en realidad la totalidad de los siniestros alojados no hacía otra cosa más que dormir durante la oscuridad. Y allí quedábamos únicamente seis personas a cargo del centro, es decir, cuatro vigías, uno en cada una de las torres exteriores, un guardia en la puerta y yo, que me mantenía en la sala de comunicaciones a cargo del teléfono y de las pantallas, unas pantallas que captaban todos los rincones de la prisión. Y fue en esa noche de crujidos tenues y estrellas a medio deshojar cuando sonó repentinamente el teléfono, al que respondí. La voz gris y torcida del comisario Antonio Cruzado llegó a mis oídos como escapada de un pozo. Y fue entonces cuando recibí una extraña orden: la orden de desalojar el centro. Todos los guardianes, únicamente los guardianes, me informó, debíamos abandonar la prisión y dirigirnos de inmediato a la zona posterior de la misma, lugar en el que seríamos recogidos por una furgoneta. Las órdenes, amigo, eran órdenes y no podían discutirse, pero aquella sonó como un aullido en mis entrañas que, sin quererlo, se contrajeron formando un nudo de interrogantes. Por mi cabeza pasaron en un instante cuadrigas repletas de pensamientos sin respuesta, pues aquello sonaba realmente… anómalo. Y me quedé con un por qué perdido en la boca, que no brotó porque de nada habría servido. ¿Salir de allí, como a escondidas, en medio de la noche? ¿Sólo los guardianes? ¿Abandonar repentinamente nuestro puesto de trabajo? No cabía duda de que algo estaba a punto de suceder aunque no tuve tiempo para detenerme a pensar. Eran órdenes y había que cumplirlas. Y actué de inmediato. Avisé a mis compañeros, nos reunimos en la puerta y salimos de la cárcel sin perder un instante. Efectivamente, una furgoneta oscura nos estaba esperando. Subimos en silencio, con miles de preguntas agarradas a la garganta y manadas de pensamientos confundidos con una noche que la ausencia de luna y estrellas hacía demasiado negra. Y yo llevaba, amigo, el corazón tan encogido que parecía un puño arrugado nadando en un lago de silencios y conjeturas. La camioneta arrancó y empezamos a ascender la cuesta de la colina Montoya, que separaba el pueblo de Las Alondras, y casi llegando a la cima, un ruido ensordecedor taladró nuestros oídos, un estruendo como formado por infinitas bombas, a la vez que contemplamos petrificados, con un estupor rayano en la demencia, cómo la prisión en la que habíamos trabajado durante años estallaba en millones de pedazos, reventaba, explotaba, se desintegraba envuelta en llamas, volaba en un segundo caótico transformando aquel enclave en un horror, en un infierno, en un cadáver monstruoso, en un aquelarre espeluznante de angustia comprimida, el fuego comiéndose cientos de cuerpos depauperados, cientos de almas inocentes, el fuego aullando, tragando, avanzando, el fuego convirtiendo nuestro pasado en pavesas.

Jamás podrías imaginar, amigo, lo que se siente en un momento así. Creo que a todos se nos paró el corazón, menos al chófer que continuaba impertérrito su marcha. Nada es comparable al terror que se instaló en nuestros horrorizados cuerpos. La vida se detuvo en mis venas que reventaban entre los fragores del infierno que contemplamos aquella noche sin luna. Quise hablar y no pude, quise llorar y no pude, de verdad, amigo, no pude hacer nada más que permanecer callado, absorto, anonadado, estupefacto y aterrorizado, con la cabeza convertida en una pasta caliente, dando tumbos por dentro y por fuera, hasta que llegamos al pueblo y la furgoneta se detuvo en la puerta trasera de la comisaría. Por las calles pululaban decenas de almas tristes y acongojadas a las que había despertado la explosión y se preguntaban qué había sucedido.

En la comisaría nos esperaba Antonio Cruzado, el comisario, y nadie más. Demasiada soledad. Los seis guardianes entramos y quedamos ante él y de sus ojos grises como cenizas turbias brotaba una mezcolanza de odio, burla, poder y determinación que jamás había contemplado en ninguna mirada. Permanecimos quietos, callados, con el terror agazapado en todos los poros de la piel, porque por mi cabeza cruzó la idea de que ahora nos tocaría a nosotros, que había llegado la hora final, pero Antonio Cruzado, después de devorarnos con sus pupilas arriba y abajo, dijo simplemente: “Ahora estáis muertos y los muertos no hablan. En la cárcel de Las Alondras se ha producido un escape de gas, todo ha saltado por los aires y no ha quedado nadie vivo. ¿Habéis comprendido bien? Mañana celebraremos los funerales de las víctimas, es decir, vuestros funerales. Será día de luto nacional”.

Y así fue, amigo, así fue cómo un día desaparecimos del mundo mis compañeros y yo sin haber muerto, desapareció la única prisión con nombre de libertad, desaparecieron los disidentes, desaparecieron las esperanzas y las ilusiones, desapareció todo vestigio de sueños ribeteados de verde. Y a partir de ese día aciago, el silencio tomó cuerpo entre nosotros y las lágrimas nos rodearon y nos cosieron el alma y los labios con puntadas muy chiquitas.

Si quieres que te diga la verdad, amigo, me he preguntado mil veces por qué razón nos dejaron con vida. Habría sido muy sencillo mantenernos en la prisión y perecer a causa del… supuesto escape de gas. Al fin y al cabo, nuestras vidas tenían para ellos el mismo valor que las de aquellos parias, es decir, ninguno, pero, por alguna razón incomprensible, nos indultaron, nos sellaron los labios para siempre, nos entregaron dinero y nos enviaron lejos, lo más lejos posible, con nuestras familias, allá donde nadie de la ciudad pudiera saber de nuestra existencia. Y ellas, nuestras familias, celebraron nuestros propios funerales sabiendo que todo era una farsa pero, como ya comprenderás, obedecíamos órdenes y las órdenes son sagradas. Y nos lloraron, nos gritaron, nos rezaron y nos enterraron, y todo volvió a la normalidad, una normalidad que dejó de serlo porque el secreto de la crueldad humana quedó agazapado en mi alma para siempre. Yo sabía que mi existencia nunca sería igual que antes.

A partir de ese día, derramé muchas lágrimas de odio y desesperación, que de nada valieron porque las lágrimas casi nunca sirven para nada. Y me enviaron aquí, amigo, a este pueblucho miserable. Ellos, mi mujer y mis tres hijos, llegaron después, cuando los acontecimientos se serenaron y ella dijo a todos sus conocidos -porque tenía que decirlo- que se marchaba a otro lugar para que los recuerdos no la comieran viva.

Desde aquella noche terrorífica y festoneada de clamores, nunca he dejado de pensar en lo ocurrido, amigo, nunca, ni un solo día, y he barruntado miles de conjeturas, y he guardado hasta ahora, en una cueva de silencio pastoso, el suceso acaecido, con las almas de aquellos miserables dando saltos y haciendo cabriolas por mi memoria. Y llegué a la conclusión, amigo, de que tal vez nos dejaron vivos para que fuéramos testigos mudos de lo que podía suceder a aquellos que pensaban de manera distinta a la de nuestro querido Presidente, o quizás se compadecieron de nuestras familias, no era necesario en realidad dejar tantas viudas y tantos huérfanos, no lo sé, lo cierto es que no lo sé. A lo largo de los años he dado mil vueltas al asunto y lo que he sacado en claro sólo son suposiciones, amigo, meras suposiciones. La cuestión es que he llegado casi al fin de mi vida con ese funesto secreto arañándome el corazón. Y en tu crónica de la historia de nuestro bendito país, si alguna vez te dejan sacarla a la luz, no quiero que olvides mencionar, amigo, la existencia de una prisión con nombre de libertad, llamada Las Alondras, y lo que allí acaeció un día muy triste, muy negro y muy desquiciado. Creo que soy el único testigo que queda vivo y no quiero marcharme a la tumba con ese dolor que llevo agarrado al alma desde hace tanto tiempo.

Te aseguro, amigo, que todavía suenan en mis oídos los alaridos de las llamas buscando el cielo desesperadamente, y te aseguro que desde entonces imagino allí arriba a todos los disidentes, los insurrectos, los indeseables, los parias, unidos y reunidos, y por fin juntos para siempre.

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