Relatos

Relato “Unos ojos siempre ocultos” incluido en el libro Ese amor que nos lleva, Ediciones Rubeo

Unos ojos siempre ocultos

La vio pasar. Fue como un chorro de luna que se clavase ingrávido en la tierra seca. La vio pasar, al igual que sucediera en tantas ocasiones a lo largo de los meses, o quizás de los años, quién podría saberlo, ya había perdido la cuenta. No la contempló como otras veces desde la ventana del inmenso castillo construido de nieblas y silencios, sino que lo hizo al salir atravesando el portón de hierro montado en aquel carro repleto de desesperanza.

La tierra se desperezaba con el chirrido de las ruedas.

Ella pasó por su lado camino de la plaza y, por primera vez en su existencia, pudo observarla de cerca, tan solo a unos quince pasos, no como hiciera día tras día desde la distancia, a lo lejos. Caminaba y su mirada permanecía clavada en el suelo, como siempre. El joven Marcelo hizo amago de levantar una mano para seguir la estela de su amor pero, tras pensar en la inutilidad de aquel intento, dejó los dedos quietos acariciando el aire.

Daría lo que le quedaba de vida por contemplar aquellos ojos siempre ocultos, como envueltos en brumas siniestras. Lo que le quedaba de vida… ¡Qué ironía!

Jornada tras jornada, sin faltar ni siquiera los domingos ni los días festivos, ella pasaba por delante de su ventana, la frente limpia, los labios semiabiertos a besos y esperanzas, la sonrisa quieta, el paso suave y la mirada rozando el suelo de tierra agrietada. Llevaba un sencillo vestido de campesina, una blusa tosca, un pañuelo al cuello y una falda color verde hoja revuelta entre las piernas. Quisiera ser falda, pensaba el joven Marcelo contemplando el camino por el que ella se perdía, eternamente a tu alrededor, y enredarme en tu madrugada oscura. El cabello, inmensamente negro, se le escapaba en hilos rebeldes rociando sus hombros y su espalda.

Y el joven Marcelo salía día tras día del castillo y empezaba a perseguir un sueño con el amor chorreando tras de sí, a la búsqueda de un espíritu, a la búsqueda de una sombra.

No era demasiado alta. Parecía delgada, pero no podría decirlo con precisión debido a los ropajes que cubrían su cuerpo. Será de porcelana, pensaba Marcelo, de porcelana fina construida por las manos de un hada.

Yo creo que debe llamarse Sol, se decía en voz baja, porque es sol lo que rezuma su cuerpo, o tal vez Luna, o Estrella, o Luz, porque brilla con una intensidad única. Puede que su nombre sea Esperanza, Alegría, Arpegio o Poema, simplemente Poema, quién sabe.

El joven Marcelo caminaba deprisa tras los pasos que se alejaban. Se dirige hacia el bosque, conjeturaba, hacia el lago, vivirá por esa zona, la seguiré, allí la detendré, y le expondré mi amor, único, profundo, verdadero, como jamás lo habrá conocido, y podré contemplar sus ojos que serán como luciérnagas, porque nunca los he visto, sólo los he imaginado, dos libélulas sobre el potro indomable de mi deseo. Y sus ojos siempre ocultos me succionarán para siempre, porque quiero que me engullan, que me introduzcan en la cueva clamorosa de mis ansias y sus ansias, en la sima de sus labios abiertos a mis labios, en la gruta infinita de nuestros latidos que formarán un lecho de sonidos inaudibles para el resto del mundo sobre el que reposaremos y nos amaremos hasta que se agote la eternidad.

La sombra vestida de campesina se confundía con el verde de la hierba y continuaba alejándose entre los árboles.

No puedo perderla, se decía el joven Marcelo, no puedo perderla ahora, aunque seguro que su hogar se encuentra en las casas al pie de la colina, cerca de donde discurre el río. Su familia trabajará para el duque, como casi todos los habitantes del lugar, y ella será una de las hijas de una pareja con una numerosa prole, como casi todas las parejas del entorno. Mis padres también tenían una numerosa prole, niños y más niños, pero ya ni siquiera me acuerdo de aquellos tiempos probablemente felices. Los he olvidado en la caverna tenebrosa de un ayer que prefiero no recordar para no hacerme daño. Pasaron como pasa casi todo en esta vida. Pero no importa. Nada de lo que pueda suceder importa con tal de amarla, de desearla, de estrujarla lentamente en mi pensamiento, de verla pasar día tras día por delante de mi ventana, sus ojos, sus labios, su piel de lucero incandescente. Me acercaría a su pueblo, a su casa, y hablaría con sus padres pidiendo a su hija en matrimonio, como debe ser, y sus padres sonreirían porque comprenderían que soy pobre pero honrado, me concederían su mano y viviríamos hartos de amor y besos, hundidos en el pozo de la dicha de poseernos, el ansia de gozarnos y el placer de sonreírnos. Y después… después sería mía para siempre, siempre, siempre, una palabra con sabor a canela.

Pasaba frente a su ventana todos los días, tan iguales, mañana y tarde, y todos los días la seguía en silencio.

Se perderían en el bosque, entre los millones de árboles, y se llenarían de ellos mismos, tumbados uno junto al otro, y podría paladear su carne y hundirse lentamente en su piel de gacela silenciosa, y finalmente conseguiría contemplar sus ojos, al fin sus ojos ocultos dejarían de serlo.

Su cuerpo, su cuerpo ingrávido muy pegado al suyo, chorreando sueños uno tras otro, escribiendo con sus labios la palabra Amor una y otra vez en la piel, bajo un marco de estrellas que se limitarían a cerrar los párpados y a permanecer en silencio para no perturbar el arsenal de caricias que se acumulaba frente a ellas.

Necesitaba ver sus ojos, saber cómo eran, agazaparse en ellos, acurrucarse despacio en su interior, muy despacio, con la lentitud de los luceros haciendo guardia sobre las montañas, necesitaba contemplarse en sus pupilas y sentirse para siempre espejo.

Y sus almas destilando abrazos.

El clamor de la multitud le despertó de su ensueño. Todo un mundo de posibilidades celosamente guardadas se transformó en una cruel realidad. Ya habían llegado. El carro se detuvo en el centro de la plaza principal de la villa. Los gritos de los cientos de hombres y mujeres allí reunidos parecían fauces abiertas a la búsqueda de alguna víctima, como él, como el resto de sus compañeros que permanecían en el castillo esperando que les llegara su turno. Todo el mundo le observaba, sentía millones de ojos hurgando en su piel.

Levantó la cabeza y observó. Su amor, su amor de los ojos ocultos, se encontraba cerca, a unos veinte metros, de pie, apoyada en un muro, con la cabeza agachada y un clamor de tinieblas a su alrededor. Era la primera vez que la veía sin que los barrotes de la mazmorra le impidieran una visión completa.

Allí estaba, con el silencio revoloteando a su alrededor.

El joven Marcelo bajó del carro y subió por las escaleras de madera del patíbulo. El mundo entero crujía bajo sus pies.

Allí estaba, tranquila, pequeña, un nido de silencio en las entrañas, su amor, su eterno amor de madrugada.

El verdugo, la cabeza cubierta con una capucha, se aproximó a él para hacerle la pregunta de rigor:

— ¿Cuál es tu último deseo?

Por la cabeza del joven Marcelo pasaron de repente miríadas de escenas de su corta vida, tan corta que le pareció un soplo de brisa momentánea, como el aleteo de una mariposa. Miró hacia el muro donde estaba apoyado su amor de los ojos ocultos, la niña que pasaba día tras día ante la ventana de su celda, y respondió señalando con el dedo:

— Quiero ver los ojos de aquella mujer.

A lo largo de su dilatada existencia el verdugo había escuchado muchas peticiones, infinidad de últimas voluntades, pero aquella le pareció la más estrambótica de todas.

— ¿Los ojos? ¿Quieres verle los ojos? —Preguntó extrañado a modo de respuesta—. ¡A estas alturas no te la puedes tirar, malandrín! —añadió con una carcajada.

El joven Marcelo no escuchó las palabras del verdugo ni apartó la mirada del muro sobre el que se apoyaba su amor, su amor del que había imaginado el cuerpo poro a poro, salvo los ojos. Si aquellos hombres que le custodiaban accedían, iba a verla, iba a sentirla, iba a tenerla a su lado, tan cerca y tan lejos a la vez. Era su último deseo, lo último que iba a hacer en su breve y desquiciada vida.

Uno de los guardias que se encontraba cerca, el más alto y desaliñado, bajó del patíbulo y, sorteando los cientos de cuerpos que se apiñaban a su alrededor, se aproximó a la zona en la que permanecía la campesina vestida de bosque verde. La agarró por los brazos y, sin pronunciar una palabra, la llevó consigo hasta el cadalso. Ella no opuso resistencia porque de nada le hubiera valido, pero temblaba. Subió los peldaños y la empujaron hasta dejarla frente al joven Marcelo. Sus ojos estaban clavados en la tierra, como siempre.

Poco a poco levantó la cabeza.

El joven Marcelo se vio invadido por un pozo negro formado de pupilas profundas que agarraron su alma como tenazas. La noche de aquella mirada infinita se extendió sobre su cuerpo llenándolo todo y succionándolo hasta dejarlo hueco.

El verdugo colocó la soga en torno al cuello del condenado.

Tus ojos, esos ojos de color pozo profundo, ya los he visto, ya los conozco por fin, esos ojos que jamás serán míos.

Marcelo cerró los párpados guardando para sí una mirada infinita de soles apretujados.

No importa, amor, ya nada importa, a estas alturas, qué va a importar, lo que más siento es que jamás será cierto lo que soñaba día tras día y noche tras noche en mi celda, jamás te perseguiré por los caminos, ni me acercaré a tu casa, ni nos tragará el bosque, ni te pediré en matrimonio, ni viviremos nuestras ilusiones juntos, ni acariciaré tu cuerpo de seda entre los árboles, ni introduciré mi alma en tu alma para siempre, ni contemplaremos el mundo mientras chorreamos estrellas. Lo que más siento es que nada será verdad a tu lado.

La mano del verdugo accionó la palanca.

No importa, amor, no te preocupes, de verdad, te juro que lo único que importa es que por fin he podido contemplar tus ojos.

A partir de ese instante, todo se transformó en oscuridad.

 

Relato “El corazón abandonado” incluido en el libro Llámame Olvido, Ayuntamiento de Moralzarzal

El corazón abandonado

Se miraron a los ojos —pupilas mendigando sueños— y se vieron en el espejo del alma —hambre y sed de caricias—, se cruzaron, se reconocieron, se sintieron, se palparon la vida a lo lejos, se enredaron repentinamente el uno en el otro, se absorbieron mutuamente, y todo cambió a partir de ese instante. Llevaban toda una eternidad conviviendo y jamás se habían percatado de sus propios anhelos. ¿Dónde estabas hasta hoy?, pensaron ambos al mismo tiempo. La vida dejó de latir y ellos, tras un cruce de miradas tan rápido como un destello lívido, adivinaron más que supieron que sus destinos quedarían unidos para siempre en un futuro muy lejano, allá donde se encuentran los deseos y las irrealidades con visos de realidad. Lo adivinaron porque sería imposible no adivinarlo. Lo intuyeron con el ansia de los destinos marcados. Lo imaginaron de mil maneras. Fue un roce cansino de ojos y alientos, y un suave batir de párpados, el aire en forma de torbellino alrededor de sus cuerpos, la brisa temblando a lomos de dos silencios tibios, la luz absorbiendo uno a uno todos sus instantes pasados y dejándolos en el reino de los olvidos eternos.

A partir del día cuajado de soles y sombras en el que sus cuerpos se cruzaron, Héctor y Miriam quedaron para siempre unidos por una sola mirada.

Y los ojos de Héctor buscaban a Miriam entre las calles y las plazas de Moralzarzal, el pueblo en el que habitaban. Y los ojos de Miriam buscaban a Héctor tras las verjas cansadas de tanto encierro, en los pasillos de la escuela, en las esquinas arrebatadas de sombras, desde los balcones repletos de macetas y flores, en los bancos de la iglesia, en los recovecos escondidos a cualquier mirada. Se buscaban ansiosos. Un duelo de pupilas ocultas. Se buscaban a todas horas, sin que nadie se apercibiera, deseosos de ellos mismos, pero únicamente se encontraban en el campo, en el centro de un pinar engalanado de verdes, pinos y más pinos, donde aprendieron a amarse con un amor que reventó creando soles y lunas y estrellas a sus pies. Somos muy jóvenes, se decían, ya verás más adelante, cuando tenga un trabajo, tú vivirás conmigo eternamente y serás mi reina, y tú vivirás conmigo para siempre y serás mi rey, ya verás, sólo hay que esperar, no quiero esperar, yo tampoco, pero debemos hacerlo. Caricias, besos y alguna lágrima.

El pinar verde, del mismo color que sus deseos, donde se reunían a diario, era el marco donde se amaban hasta la saciedad, hasta el delirio, hasta decir basta, que jamás decían. Serás siempre mía, aseguraba él, serás siempre mío, aseguraba ella. Estaremos juntos hasta la eternidad. Y masticaban mil veces la palabra siempre. El amor sonreía y destilaba sobre ellos. Así un día y otro día, acurrucados uno en los brazos del otro, brazos como lianas, hartazgo de deseos, delirio de sensaciones. Dejaremos aquí nuestro amor eterno, dijo él, para tenerlo siempre presente, y si algún día nos separamos, vendremos a este bosque a recogerlo. Y si lo olvidamos, a recordarlo. Y si lo perdemos, a recuperarlo. Permanecerá aquí si nosotros faltamos. Un temblor recorrió el cuerpo de Miriam. No hables de separaciones, dijo ella, estaremos juntos hasta… No podría soportarlo. No podría soportar estar sin ti. Sería la muerte en vida. Y escogieron un árbol pequeño y apartado para grabar un corazón con sus nombres. Héctor extrajo una navaja de un bolsillo y empezó a horadar la piel del pino. Tú siempre estarás aquí, decía él mientras se llevaba la mano al pecho y a continuación al tronco. Tú siempre estarás aquí, repetía ella haciendo el mismo gesto. Las dos letras quedaron grabadas dentro de los corazones, el del árbol, el del interior de cada uno. Y sellaron su pacto de amor eterno con un beso ante el tronco recién grabado con sus iniciales.

Pero la vida es frágil y veleidosa, irrumpe de forma brutal en las ilusiones de los seres humanos y no siempre camina conforme a los deseos que han amasado los hombres.

Poco tiempo después, por imperativos del destino ajenos a sus voluntades, Héctor y sus padres, la pequeña y vivaracha Candelas y el gigantesco y sonriente Fortunato, tuvieron que emigrar a una ciudad extranjera, un lugar enorme en comparación con su pueblo cargado de dulzuras, un sitio plagado de humos y coches, de ruidos y sombras, sin la paz de los pinos, ni la calidez de las montañas, ni el susurro de los prados.

Miriam y Héctor recibieron la noticia de su separación como un trallazo. Y surgió una fuente inagotable de ayes y lamentos.

El día de la despedida cayó como una losa sobre los dos amantes que sintieron como si se estuvieran rompiendo, como si la vida se hubiera detenido para siempre en aquel preciso instante. Regados por una lluvia imparable de lágrimas que dejó empapados hasta sus suspiros, se dijeron adiós ante el pino grabado, ante el corazón con sus iniciales, testigo inconfundible de sus amores, buscándose desaforadamente por todos los rincones de sus cuerpos a punto de partirse. Volveré, no temas, volveré. Te esperaré, no lo dudes, te esperaré. Te encontraré aquí. Me encontrarás aquí. Este corazón es testigo. Júralo, lo juro, lo juro, lo juro… Unas palabras que el viento tragó despacio.

Héctor partió a la mañana siguiente envuelto en una madrugada seca, ahogado en un caleidoscopio de sombras. No hubo adioses, sólo el rumor de dos corazones palpitando cuyo sonido rebotaba en todas las paredes de las casas. Miriam permaneció en el pueblo, encerrada en un silencio pastoso y lúgubre que transformó sus días —y especialmente sus noches— en una cadena de luces marchitas en la que se apretujaban los minutos, las horas y los meses deslizándose suavemente por el tobogán de la desesperación. Y allí se encerró de por vida, en la frustración inútil de un amor lejano.

La gran ciudad, torbellino de luces, un ente hasta entonces desconocido, se abrió ante Héctor con una furia arrolladora. Coches, tiendas, multitudes, autobuses, asfalto, tráfico, mucha gente, mucho ruido, mucho humo, y bailes, cines, restaurantes, bares, mujeres, cientos de mujeres hermosas y atractivas.

Su amor estaba allí lejos, en el pueblo, seguro y tranquilo, bajo el juramento de un corazón, y él lo recordaba con dulzura, y lo añoraba.

Los ojos del joven absorbían el espacio. Se sintió realmente subyugado. La gran urbe fue un verdadero descubrimiento, algo totalmente distinto a lo que había dejado atrás, un tipo de vida nuevo y sugerente. La ciudad atrapó a Héctor entre sus garras poco tiempo después de su llegada y empezó a convertirlo en una marioneta de sí mismo.

El corazón en el árbol, testigo de un amor grandioso, paseaba suavemente por su cabeza, lo veía, lo palpaba, Miriam, repetía, juré que volvería a buscarte, y lo haré, por supuesto, mi promesa está allí, claro que lo haré, no sé cuándo, pero…

Poco a poco, con la lentitud que caracteriza al tiempo que transcurre casi sin transcurrir, Héctor se vio inundado de proyectos nuevos, de amistades nuevas, de actividades nuevas, de lugares nuevos… y de mujeres nuevas. Ellas, las mujeres, se asemejaban a búcaros de porcelana con flores recién abiertas que pronunciaban palabras invisibles y pedían a gritos su presencia. Y Héctor, en un principio, rechazó cualquier tipo de aproximación, pero ellas, tan distintas, tan sofisticadas, tan bellas, insistían, y sus labios, y sus ojos, y sus cuerpos… Héctor sonreía y lentamente olvidaba.

La imagen de Miriam, el pueblo, aquellos campos inmensos y, en el fondo, aburridos, las gentes de allí, tan simples y sencillas, tan diferentes a lo que tenía ahora, el corazón grabado en el pino con sus iniciales, algo tan tierno pero tan manido, incluso absurdo, añagazas femeninas al fin y al cabo que nada significaban en realidad. Ante los ojos del joven se perfilaban las grandes diferencias existentes entre su vida anterior ?un tanto insulsa, ahora lo comprendía? y su existencia actual.

En sus cartas, cada vez más espaciadas, Héctor había prometido a Miriam ir a verla, visitarla, cubrirla de mimos, rodearla de cuando en cuando entre sus brazos, pero jamás lo hizo. Las fauces de la ciudad eran demasiado poderosas, como tentáculos invisibles que absorbían y absorbían cada día un poco más.

Con el correr del tiempo, Héctor inició sus estudios universitarios decantándose por la carrera de Derecho. La universidad donde estudiaba, las personas con las que se codeaba, los amigos, las comidas, las fiestas, las diversiones, las noches en agradable compañía, las bellas mujeres a su alrededor, todo ello constituyó para él el trampolín definitivo por el que saltó hacia el olvido casi absoluto de su vida anterior. Lentamente, muy lentamente, el joven fue instaurando lejanías, no de distancias que eran evidentes, sino de sentimientos.

Pero en su cabeza, en su mente obnubilada y casi totalmente atrapada por otros menesteres mucho más sugerentes, mucho más atractivos que un recuerdo lejano, surgía sin quererlo un corazón grabado, testigo de una promesa. Sin desearlo, aquel corazón estallaba ante él. No quería, Héctor no quería, pero allí estaba siempre constante, el corazón explotaba, brotaba, burbujeaba, se debatía, luchaba por sobrevivir, gritaba con aullidos suaves. Una suerte de conciencia en madera. Y el joven intentaba apartarlo. Y el corazón insistía en seguir instaurado en su cerebro. Ahora comprendía que no podía hacer caso a una tontería juvenil. Aquello había sucedido hacía años, casi siglos. Probablemente, la chica de la que estuvo enamorado ya habría olvidado todo, viviría en aquel pueblo tierno y revestido de verdes, tan bello pero tan poca cosa en comparación con lo que ahora poseía, Miriam, sí, se llamaba Miriam, casi no lo recordaba, y Miriam estaría ahora felizmente casada después de tantos años y de tantas vivencias, tendría un par de hijos, ya le habría olvidado, había transcurrido tanto tiempo…

Pocos meses después de que Héctor finalizara sus estudios y del inicio de su trabajo en un importante bufete, sus padres le comunicaron la terminación del contrato laboral que les había llevado hasta aquel lugar y la decisión de volver a su país, a su querido pueblo, a su Moralzarzal del alma. Héctor no tuvo que pensárselo demasiado y les indicó que prefería permanecer en la gran ciudad donde se sentía plenamente a gusto, donde tenía su vida y el mundo le sonreía. En realidad, la principal razón oculta de su permanencia era una mujer llamada Mónica a quien había conocido durante una de las múltiples fiestas a las que asistía. Morena y dulce, dieciocho años, no excesivamente alta, con el cabello largo y los ojos oscuros, muy similares a otros casi olvidados entre las brumas de la sinrazón. Mónica pertenecía a una familia de la alta sociedad, un buen partido, decían los entendidos en los entresijos de los amores y los desamores, y mucho dinero, susurraban otros. Mónica tenía sonrisa de sirena varada, piel de azucena y labios tan rojos como el ocaso. Mónica le rodeó con sus brazos y el mundo entero dejó de existir. ¿Dónde has estado hasta ahora? parecía decir Héctor repitiendo la misma pregunta que en cierta ocasión se hiciera con Miriam. La vida se transformó en un cúmulo de sueños de algodón con una única y exclusiva protagonista: Mónica.

Pero el árbol, aquel árbol perdido con un corazón grabado y dos iniciales entrelazadas, continuaba su incesante labor de conciencia, y le acosaba por las noches, entre sueños, brumas y pesadillas, como una daga profunda que perforase y barrenase hasta el fondo del alma. Tengo que apartarlo, pensaba, tengo que quitármelo de encima, hacer que desaparezca, no puedo seguir así con esa figura acosándome, he de actuar de algún modo, aquello dejó de existir hace tiempo, ahora todo es distinto, soy un hombre, tengo un amor, un amor verdadero, no infantil como aquél otro, porque aquél ya pasó, y si ya pasó ¿por qué me persigue? Las noches de Héctor acabaron transformándose en agujeros negros agarrotados entre fantasmas y soledades. No puede ser, repetía, no puede ser, esto ha de terminar de algún modo, es insufrible tanta desazón por una tontería infantil. El corazón estallaba ante sus ojos como una pompa de jabón continua, como un martillo aporreando su realidad palpable, como un estilete horadando sus entrañas. Héctor no llegó ni siquiera a percatarse de que aquel runruneo incesante únicamente se resumía en el clamor de su propia conciencia. Y una noche de insomnio y dolor de alma, una más entre sus noches de ardores infinitos, decidió que la mejor forma de finalizar con aquella persecución absurda y sin sentido sería destruir el corazón para siempre. La idea surgió de repente estallando en el borde de su cerebro. En el mismo instante en que reventó, Héctor se sentó en la cama guardándose una sonrisa bajo la almohada, se detuvo a meditar seriamente tal pensamiento y consideró que había tenido una magnífica idea, una idea realmente brillante. Por supuesto, era lo mejor que podía hacer: destruir el corazón que le acosaba. Y así se libraría por siempre de dicha tortura. Supuso y creyó firmemente que la destrucción del árbol supondría el fin de su condena.

Unos días después, con el pretexto de un importante viaje de negocios, Héctor emprendió camino hacia su país y hacia su pueblo. Sentía arañazos en el alma, como una especie de sinsabor oscuro que trasegaba lentamente por su interior, voces entrecruzadas que le decían que iba a hacer bien, que iba a actuar de la manera adecuada, que terminando con aquel corazón grabado finalizarían sus problemas. Jamás pasó por su cabeza la idea de que la conciencia nunca desaparece, nunca se borra, siempre permanece intacta, un latido descomunal y continuo.

Llegó a Moralzarzal a media tarde, entre una cuna de sol a medio desaparecer y un manto de sombras a punto de tragar al mundo. El viento interpretaba una musiquilla impregnada de sensaciones diversas. La gran mayoría de los habitantes del pueblo, conocidos de la familia desde tiempos inmemoriales, habían sido informados por Candelas y Fortunato de la inminente llegada de su hijo y salieron a recibirle. El alcalde, todo sonrisas y elegancia, constituyó un comité de recepción y organizó una pequeña fiesta de bienvenida en la taberna de la Plaza del Ayuntamiento en honor a aquel muchacho que había salido de allí siendo casi un niño y volvía transformado en un hombre de bien, culto, rico y elegante.

Héctor quedó gratamente sorprendido por el recibimiento. Muchos amigos, todos ellos tan cambiados como él mismo, y muchos más conocidos y curiosos, acudieron alegres a la taberna. El alcalde pronunció un breve discurso de bienvenida, los presentes agasajaron al anfitrión, hombres, mujeres y niños, rieron, comieron, bebieron y cantaron a lo largo de una tarde turbia de grises y ocres, como ahogada en un pozo de angustia. Todo fueron sonrisas, reencuentros y parabienes. En el fondo de su alma alborotada, Héctor guardaba la esperanza de no tropezarse con su antiguo amor, porque había vuelto para eso, para eliminarlo de su mente, para suprimirlo y ahogarlo en la piel de un árbol, y siempre es preferible no mirar a los ojos a quien uno desea destruir pues, en caso de hacerlo, no estaba seguro de que pudiera llegar a cumplir su misión. Él no preguntó por Miriam y nadie habló de ella. Tal vez hubiera salido del pueblo hacía tiempo. Probablemente estaría casada, atendiendo a un marido y con dos o tres niños a los que cuidar. Más tarde, amparado en el ahogo negro de la noche, sin testigos y sin ruidos, haría lo que debía de hacer. Nadie lo sabría. Todo quedaría oculto en el secreto de la oscuridad. Y finalmente se marcharía liberado.

Las sombras empezaron a revolotear alrededor de los hombres en forma de mariposas negras.

Una vez en su casa, y cuando Candelas y Fortunato se acostaron tras un día agotador de algarabía y sorpresas, Héctor salió arropado en la capa de la noche para dirigirse al pinar. Entró en el cobertizo situado a la izquierda de la casa, agarró una linterna y un hacha, y salió con un arsenal de silencios a sus espaldas. Sus pasos marcaban recuerdos, un paso, un recuerdo, que él apartaba con la mano como si fueran libélulas a su alrededor, un paso, un recuerdo, y la imagen de Miriam surgía, y se preguntaba sin quererlo por qué la había abandonado, un paso, un recuerdo, imaginando sin llegar a saberlo que ella estaría esperando, y contestándose que no, que no era posible, y se decía que no era así, que no la había abandonado, aunque en el fondo sabía que sí, sabía que había dejado morir su amor, que había dejado de escribir, que había aplastado su pasión, que jamás la había visitado, promesas rotas, juramentos vanos, e intentaba convencerse de que habían sido cosas de chiquillos, pero sabía que no porque, una vez secuestrado por su nueva vida en la lejanía, jamás se había interesado por ella, por Miriam, jamás se había preguntado dónde estaba, qué hacía, que había ocurrido con su vida. Jamás se había preocupado en saber si había herido su alma. La abandonó allí, muy lejos de todo, en una soledad ilimitada. La dejó sola, desgajada, angustiada, rota, a la espera de la nada infinita. Los pensamientos se abalanzaban sobre él en forma de aludes imparables. Voy a destruirlo, sí, voy a destruir el corazón del árbol para que me deje en paz No es cierto, no es cierto que la abandoné, simplemente seguí mi vida, no podía continuar atado a una promesa, las promesas no son nada, se decía, aunque sabía que en cuestión de amores las promesas lo son todo. Podía haber vuelto, y haberle explicado, pero no lo hice, no pude hacerlo, o no quise hacerlo, el amor es tan frágil…

Héctor llegó al pinar con una herida de luna en la frente y buscó con desesperación el árbol pequeño y un poco apartado donde estaban grabadas las iniciales de los nombres de sus amores juveniles. Lo encontró. El pino había crecido transformándose en un árbol grandioso, pero allí estaba el corazón testigo de su infortunio. Al pasar la mano por la corteza, un temblor de tinieblas le recorrió el cuerpo entero, pero no se dejó avasallar por las manadas de pensamientos que surgían arrollando su cerebro, tan tumultuosos que parecían cataratas arrasándole. Depositó la linterna en el suelo. Inmerso en una locura ilimitada y sin otra idea en la mente más que la destrucción, agarró el hacha con las dos manos y empezó a descargar golpes uno tras otro, convirtiendo furiosamente en trozos lo que en su tiempo había sido el gran homenaje a sus amores. Al compás de los hachazos, cada vez más cargados de furia y desesperación, su cerebro repetía: “Ya no me perseguirás, ya no me perseguirás más”. Enceguecido por tan vandálica acción, Héctor no sintió ni escuchó el sonido de unos pasos acercándose. Continuó su labor como un acto de desesperanza absoluta, con una sensación de liberación total. Ahora dejarás de perseguirme. Mientras tanto, el cielo sumiso desplegó un silencio sobrecogedor que encerró al mundo en una especie de campana infinita carente de ruidos. El único sonido del universo parecía ser el del hacha cayendo una y otra vez sobre el árbol que, a medida que transcurría el tiempo, iba quedando reducido a trozos informes de madera. Y Héctor continuó su fatídica labor durante horas hasta que, bañado en un sudor pegajoso, con el cuerpo destrozado y las manos llenas de heridas, acabó por hacer astillas el tronco y las ramas de aquel árbol convertido en obsesión. Héctor no vio, porque no podía ver nada a su alrededor, que unos ojos oscuros vigilaban todos sus movimientos. Una vez finalizada su misión, en el momento en que acabó por completo con el tronco y las ramas del pino, tomó asiento junto a la pila de madera a la que había quedado reducido el árbol y cerró los ojos. En ese preciso instante, recibió un fuerte golpe en la cabeza y perdió el sentido.

Un pedacito de madrugada se filtró con suavidad por sus pestañas. Sentía los párpados como losas calientes. Quiso moverse y no pudo. Quiso hablar y no pudo. Comprendió que tenía las manos y los pies atados con unas bridas de nylon o algo similar, y un trozo de cinta americana le cubría la boca. Le dolía el cuerpo entero. No entendía lo que había sucedido, dónde se encontraba, por qué le habían inmovilizado en el suelo, qué estaba pasando y, sobre todo, quién era el causante de aquel terror. Abrió los ojos.

El cielo se iba transformando paulatinamente en claridades fugaces.

Ante él se delineó una silueta grisácea que aparecía envuelta en los vidriosos colores del amanecer. Parecía un espectro, o un fantasma, o tal vez algo peor. La silueta vestida de negro le miraba fijamente con unos ojos turbios que encerraban un rastro de locura incierta. El cabello enmarañado, la sonrisa torcida, los labios agrietados, la cabeza bamboleante y unas manos huesudas y secas que se asemejaban a garfios atenazados.

-Hola, amor mío, murmuró la figura-. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Un terror sin fronteras ni esquinas quedó reflejado en los ojos de Héctor. Tenía ante sí a un ser extraño, lívido, una especie de sombra surgida de lo insondable. Lo que veía era el esqueje de un recuerdo. Sin retirar la mirada de su cuerpo, la figura alargó una mano para acariciarle el rostro.

-Te he echado tanto de menos… tanto… No lo podrías imaginar jamás.

De aquellos ojos turbios empezaron a brotar lágrimas, un torrente imparable de tristeza.

-Y ahora ya te tengo a mi lado, por fin juntos, amor mío, por fin, ahora, cuando ya nada es posible, qué pena, amor mío, qué pena, cuando ya nada es posible. Porque tú lo estropeaste. Lo estropeaste todo, sí, lo estropeaste con el olvido más absoluto, y me dejaste aquí, sola, con nuestro corazón grabado.

Aquella mujer, aquella silueta delgadísima, como un suspiro, con los ojos perdidos, los cabellos enmarañados, las mejillas prominentes, la voz temblorosa, el cuerpo encogido, aquella mujer era Miriam. Tan distinta a lo que él recordaba.

-Nuestro corazón grabado, ¿recuerdas?, donde juramos ser uno del otro por siempre. Te estuve esperando ¿sabes? Te esperé durante mucho, muchísimo tiempo, porque lo juramos, ¿recuerdas?, teníamos un juramento, tu amor, mi amor, nuestro amor único en el mundo, y un juramento es inviolable. ¿Sabes que un juramento es inviolable, amor mío?

¿Qué había sucedido con Miriam? Héctor intentó gritar pero la cinta que cubría su boca le impedía cualquier palabra limitándolas a una serie de sonidos incoherentes. ¿Dónde estaba la muchacha a la que tanto había amado? Héctor intentó levantarse pero se encontraba inmovilizado de pies y manos, y atado a un árbol. ¿Qué había ocurrido? Aquel espectro que tenía delante era la encarnación de la locura. Sus ojos, sus labios, su cuerpo hablaban de una absoluta demencia.

-Y ahora te tengo aquí. Por fin a mi lado, cuando ya todo es imposible. Tú lo hiciste imposible.

Nadie le había dicho una palabra de aquel horror, nadie le había informado de la locura de Miriam, todo había permanecido en secreto. ¿Por qué ese silencio? ¿Cómo era posible? ¿Sería él el culpable? No, por supuesto que no, o sí, Dios mío… ¿Dónde estaba la niña que arrullaron sus brazos? ¿Por qué la olvidó? ¿Por qué la abandonó? Unos dedos huesudos acariciaron el aire.

-Quería tenerte a mi lado- continuó la voz como hablando a la nada?. A mi lado por última vez.

El espectro que encerraba el cuerpo de Miriam permaneció mirando al infinito. Los ojos de Héctor proclamaban su deseo de hablar, de defenderse, de explicar sus razones.

-Junto a nuestro pino, junto a mí, a mi lado, porque nos vamos a marchar ?sus labios sonrieron en una mueca espantosa?. Nos vamos a marchar para siempre. Juntos tú y yo. Tal y como juramos un día ¿recuerdas?

Héctor pensó: “¿Dónde nos vamos a marchar? Déjame darte una explicación. Déjame hablar. Déjame decirte lo que pienso, lo que siento, lo que ha sucedido, lo que sucedió.” Pero ella parecía ajena a su presencia, a su sufrimiento, a cualquier elemento alrededor que no fuera ella misma y su locura.

-Me gusta el pinar, ¿sabes? He venido todos los días desde que te marchaste. Todos sin faltar uno. Y he acariciado nuestro corazón, el corazón que nosotros grabamos, ¿recuerdas?, y que tú abandonaste. No yo. Yo no lo abandoné. Venía a besarlo, a besarte a ti en él. Por eso me gusta tanto el pinar, o me gustaba, porque sin nuestro corazón ya no me gusta. Tú te fuiste, tú te llevaste nuestro amor, y ahora has venido a destruirlo.

Miriam plegó los labios y se lamió una lágrima.

-¿Por qué lo has destruido, amor mío? ¿Por qué? Nuestro corazón era tan bello, lo había besado tantas veces, tantas, amor mío, no podrías imaginar cuánto esperé tu vuelta ?la locura reventaba en los labios de aquella mujer que hablaba y hablaba sin coherencia?, pero tu amor estaba aquí dentro ?se tocaba el pecho con el índice de la mano derecha? y nadie me lo podía arrebatar, nadie salvo tú mismo. ?Los ojos de Miriam deliraban entre los pinos y los montes absorbiendo la esencia de la madrugada?. Ha sido una pena… Estoy muy triste. Yo te hubiera seguido esperando eternamente, con tu deliciosa imagen en el fondo de mis entrañas, las que tú dejaste secas con tu adiós. ?La mujer se balanceaba de un lado a otro con la mente perdida y el alma ensangrentada?. No comprendo por qué acabaste con nuestro maravilloso amor, no comprendo por qué. ?Un rayo de luz pareció atravesar su cerebro obnubilado?. Y como tú acabaste con nuestro amor, y con nuestro árbol, y con nuestro corazón, yo también voy a acabar con nuestro árbol, con nuestro corazón y con nosotros para siempre porque el mundo, ahora ha dejado de existir, y ya no merece la pena.

Héctor miró a Miriam aterrorizado sin llegar a comprender sus palabras.

-Voy a hacerlo, amor mío.

La mujer permaneció largo rato mirando al infinito, a la tierra que reventaba de verdes, al amanecer que se colaba difuso por las nubes. Héctor gesticulaba pero ella parecía ignorar todo lo que tenía alrededor. Parecía estar sola. Como siempre.

-Voy a hacerlo porque lo tengo que hacer ¿sabes? Es mi último deseo y mi última voluntad al igual que fue tu deseo y tu voluntad acabar conmigo.

No, no es cierto, no es cierto, no quise acabar contigo, ni conmigo, ni con nuestro amor, no es cierto, escúchame, déjame hablar, pensó Héctor moviéndose desesperadamente.

Miriam se levantó indiferente, sin dirigir ni siquiera una mirada a su antiguo amor, y empezó a caminar hacia la cima de la montaña. Sus pasos crujían. Héctor se preguntó qué haría. ¿Iba a dejarlo allí, atado, en medio del monte? Quiso gritar y gritar, quiso desatarse, salir corriendo, abalanzarse sobre ella, pero nada pudo hacer porque las ligaduras se lo impedían. Miriam se volvió hacia él.

-Te he echado tanto de menos… tanto… como no te podrías imaginar.

La mujer caminó unos pasos, crujido de desesperación.

-Adiós, amor mío ?susurró con suavidad, pero él no oyó su última frase.

Miriam sonrió con una tristeza infinita a la vez que introducía la mano derecha en el bolsillo de su falda negra y sacaba un puñado de papeles y un mechero. Se agachó, y con movimientos pausados ?no tenía ninguna prisa? depositó su carga en el suelo seco por el otoño, formó un montículo de hojarasca y lo encendió. Sus ojos siguieron la estela de chispas hasta que prendieron y empezaron a extenderse sin control.

Héctor gritó y gritó y gritó sin voz. Las llamas fueron besando lentamente las hojas, y las ramas, y los troncos, y formaron un amasijo de locura a la vez que tragaban sus palabras, las de él, las de ella, mientras los pasos de Miriam se alejaban muy despacio monte arriba tarareando una canción de madrugada.

El pinar se vio enredado en una brasa inmensa que devoró su propia esencia a lo largo de varios días y varias noches. Todo tembló alrededor en una tiritera inigualable y monstruosa, un soneto recién inventado por una mente desquiciada, un soneto de muerte, humo y destrucción. Y allí quedaron enterrados para siempre cientos de pinos y gritos, los cuerpos de dos amantes y un corazón abandonado.

Relato “La gran antorcha” Primer Premio I Certamen de Cuentos Navideños, Unión Hispanoamericana de Escritores

La gran antorcha

No sabía en realidad si había entendido bien las palabras que pronunció mi madre, pero mis labios se plegaron por la sorpresa, mi corazón dio un salto en el vacío y me quedé allí, al abrigo de mis diez años recién cumplidos, como mendigando unas miguitas de comprensión que parecían no llegar nunca. La vida tembló unos instantes. Continué escuchando. Mi padre rechinó los dientes y pronunció las palabras asesinos de almas en voz baja mientras leía en voz alta las instrucciones recibidas, mi madre apretó con fuerza un pañuelo entre sus manos y creo que se le escapó una lágrima de impotencia, y yo permanecí en estado de expectación sin saber en realidad cómo actuar o qué hacer. Lo cierto, para qué iba a engañarme, es que no podía hacer nada.

El silencio fue tan profundo que casi me ahogué en él.

El año anterior -y otros también- había sido maravilloso, lo recordaba muy bien, en casa de los tíos, el belén, el árbol, un montón de luces y villancicos, junto a los primos, todos cantando, saltando, todos alegres, todos celebrando la Navidad, y regalos, panderetas y zambombas en el corazón, y sonrisas, muchas sonrisas. Y ahora… ¿Por qué ahora no podía ser igual? ¿Qué había sucedido de un año a otro? Mi pequeña mente no alcanzaba a comprender cuál era la diferencia.

La gran antorcha

Las instrucciones estaban claras, corrían de boca en boca y de mano en mano, aparecían impresas por todas partes, en los periódicos, en las revistas, en las carteleras, en los teléfonos móviles, en Internet:

“Por orden de las autoridades, en todo el país queda terminantemente prohibida cualquier manifestación navideña, incluidos villancicos, luces, fiestas, celebraciones religiosas, cabalgatas, belenes o adornos en las calles”.

Sin razones, sin motivos, así simplemente: Queda prohibida cualquier manifestación navideña. Mi madre se mordió los labios después de leer una vez más aquellas palabras. Creo que se guardó un grito. ¿Prohibida? ¿Por qué? Pensé sin expresarlo en voz alta. ¿Por qué este año no podíamos celebrarlo igual que todos? ¿Qué diferencia había con otros? ¿Qué había ocurrido? ¿Acaso a alguien había dejado de gustarle y por eso me obligaba a mí a que no me gustase? Porque a mí me gustaba. Y mucho. Y ahora, por alguna razón desconocida, debía prescindir de la felicidad. ¿Alguien tenía derecho a hacerme prescindir de la felicidad? Y yo me preguntaba si, en caso de negarnos a acatar tales órdenes, seríamos perseguidos, o castigados, o encarcelados. ¿También me iban a perseguir a mí por tener nombre de ángel? No comprendía una palabra de lo que estaba sucediendo. Mi madre me abrazó con ternura mientras musitaba:

-No pasa nada, Rafael, cariño, no pasa nada.

Mis padres bajaron la cabeza y me pareció sentir los latidos de sus corazones a galope tendido.

Un mundo de sombras cayó encima de los hombres y la vida en general se hizo triste, como pintada de gris melancolía. Me sentía encerrado en una nube oscura. Me faltaban los gritos y las risas, la alegría y las fiestas, las panderetas, las luces y las canciones y, sobre todo, me faltaban los sueños. No quería preguntar. Sería peor. Las dudas y las conjeturas se iban apoderando de mi cuerpo sin que nada pudiera hacer por evitarlo. ¿También iban a quedar prohibidos los Reyes Magos, o Papá Noel, o incluso el Niño Jesús? ¿Los Reyes Magos, o Papá Noel, o el Niño Jesús eran acaso seres a los que se podía hacer aparecer y desaparecer en función de los deseos de una mente desaprensiva?

El día de Nochebuena se acercaba poco a poco y el universo se había transformado en un maremoto de silencio.

No sé cómo sucedió, pero una mañana noté que algo pasaba en mi casa, como si un rayo nuevo de esperanza hubiera nacido en los rincones. La puerta de entrada se abría y cerraba con mayor frecuencia que de costumbre, personas desconocidas aparecían por allí, se recibían extrañas misivas -siempre en mano, no por teléfono ni por Internet ya que podían estar intervenidos—, se celebraban silenciosas reuniones en el comedor, las miradas empezaron a resplandecer, los ojos creaban chispitas nuevas de esperanza. Nadie me decía una palabra pero comprendí que algún cambio estaba a punto de producirse, tal vez una reacción, un grito o una respuesta, no podía saberlo.

Los días cabalgaron a lomos de un caballo desbocado. El veinticuatro de diciembre amaneció envuelto en capas de bruma y frío. Había llegado el momento mágico. Faltaban unas horas para Nochebuena y ni siquiera el aire se movía.

Sonaron las nueve en algún reloj. Fue entonces cuando mis padres me indicaron que teníamos que salir. No me extrañó demasiado pero no pregunté adónde íbamos. Nos pusimos los abrigos y los guantes en silencio. Hacía un frío tan intenso que acartonaba la piel. No imaginé en qué lugar cenaríamos aquella noche tan especial, tal vez en casa de los abuelos o de los tíos, lo único que sabía es que no habría panderetas ni villancicos. Aquello me resultaba tan triste que me producía un escalofrío desolador en todos los poros de la piel, arroyos de amargura desfilando por mis venas.

Salimos a la calle y nos dirigimos hacia algún lugar por mí ignorado, aparentemente a la Plaza Principal, situada en el centro de la ciudad. Me percaté de que las calles estaban más llenas que de costumbre y todo el mundo caminaba en la misma dirección, como un río infinito de sombras sin alma. Pensé que todo aquello era muy extraño pero no dije una palabra. Observé que los ojos de los seres que nos acompañaban en aquel curioso desfile de soledades cantaban por dentro y que sus labios se estiraban en pequeñas sonrisas algo escondidas.

Tras diez minutos de caminata, llegamos a la Plaza Principal y mi padre nos indicó que nos detuviéramos junto a una de las paredes, casi ante la puerta de un bar cerrado, ya que nos sería imposible avanzar más. Mi madre me entrego un bocadillo y una botella de agua. ¿Ésa iba a ser mi cena de Nochebuena? Observé que el lugar estaba a rebosar de gente, y que las diez o doce calles laterales que confluían en la plaza se iban llenando y llenando, cada vez más público, un público silencioso, con una sonrisa guardada en la boca que no supe cómo interpretar.

Permanecimos quietos, desempeñando el papel de centinelas estáticos de la noche. El frío y la bruma reventaban a nuestro alrededor.

Cuando en el reloj de la plaza sonaron los cuartos para las doce, todos los seres al unísono introdujeron las manos en los bolsillos de sus abrigos y extrajeron una serie de objetos que, en principio, no supe de qué se trataban. Mi madre me entregó uno de dichos objetos: era una vela de color blanco. Había una para cada uno de nosotros. Mi padre sacó un mechero y encendió nuestras velas, y las de otras personas, y empezaron a formarse puntos diminutos de luz, cientos, miles, millones de puntitos que se extendían cada vez más y formaban una especie de red brillante, una inmensa manta de chispas, un reguero de angustias y silencios en forma de llamas diminutas. Aquello parecía una gran antorcha, una inmensa antorcha con un alarido ansioso escondido en las entrañas.

En el mismo instante en que en el reloj de la Plaza Principal sonaron las doce en punto, en el momento del nacimiento de Dios, todas las gargantas de los miles de personas allí presentes empezaron a entonar aquel himno magistral de Giuseppe Verdi que un día aprendiera en mis clases de canto –Va, pensiero, sull’ali dorate, va, ti posa sui clivi, sui colli, ove olezzano tepide…? pero sin palabras, sólo murmurando millones de mmmmmmmmmmmmm con las bocas cerradas, unos mmmmmmmmmm que impregnaban el aire y formaban regueros de ilusiones, y las almas estallando en gritos silenciosos. Parecíamos un auténtico coro de esclavos en busca de nuestra libertad pisoteada. Las autoridades no podrían decir nada, no estábamos infringiendo las leyes, no había anuncios luminosos, no había belenes, ni rótulos, ni adornos, nada hacía alusión a la Navidad, no alabábamos a Dios, no cantábamos villancicos, ni siquiera cantábamos, sólo entonábamos un himno de gloria. Y las voces, millones de voces en nuestras gargantas, formaron un rugido que se asemejaba a una horda de libélulas. Y las luces, millones de luces en nuestras manos, nos hacían parecer espectros en lucha.

Nada se movía. Nada se oía salvo el zumbido de miles de susurros. Nada se veía salvo centenares de puntitos luminosos. El silencio nos acarició con dulzura y la oscuridad nos fue tragando a todos muy lentamente. Ésa era la respuesta sin palabras de nuestro pequeño mundo ante la miseria, el ahogo y la podredumbre.

Fue en ese momento de magia y paz, un gran abismo de paz, cuando miré al cielo y me pareció percibir que incluso las estrellas sonreían.

 

Relato “Aquel día de lluvia”. Segundo Premio IV Certamen de Relatos Ciudad de Huesca

Aquel día de lluvia

Tal vez, a partir de ese instante, la vida sería así, oscura, sombría, cenicienta, empapada de arpegios inaudibles y ahogada en sombras grises, tan grises que explotaban densas a mi alrededor y me las tenía que quitar de encima a manotazos. Lo cierto es que empecé a ahogarme en ellas, como si se tratara de un inmenso maremoto avanzando inquieto hasta mi soledad, esa soledad construida de distancias que él había dejado ahora entre nuestras almas y nuestros cuerpos.

El día en que me avisaron de su muerte empezó a llover.

Aquel día de lluvia

Me quedé con el auricular del teléfono helado entre las manos, escuchando la siniestra noticia, mientras por mis labios se escapaba la palabra Padre, una palabra que taladraba el aire y se hacía añicos en mi cerebro petrificado.

Las gotas de lluvia iniciaron una sinfonía de lunas tibias al compás de la mañana y se aposentaron entre los hombres como si estuvieran a punto de poseerlos, como si fueran a adueñarse para siempre de sus vidas, como si ya no quisieran abandonarlos jamás.

La voz al otro lado de la línea, casi un susurro, me informó de que aquel hombre de hierro y fuego que fue mi padre había sufrido un repentino ataque al corazón, había sido inmediatamente trasladado al hospital y ya no pudo hacerse nada por salvarlo. Murió enroscado en el silencio y abrazado a su soledad, dejándome a mí con la mía propia, la de su presencia, la de su recuerdo, la de su ausencia. Una vez despojado de su carga, el susurro me dio el pésame y colgó.

No lloré. No pude llorar porque mis ojos, sin saber las razones, se negaron.

La lluvia se había apoderado de los cristales y trazaba misteriosos caminos por los que bailaba minuetos y boleros tristes.

Los recuerdos de toda una vida aparecieron en forma de aluviones inmensos, como hordas a caballo del tiempo, e inundaron mi cerebro, abarcándolo hasta tal punto que no quedó en él ni un mínimo resquicio que no fuera el ayer. Surgieron los días de mi infancia en Huesca, nuestra ciudad, juntos los dos en aquel fastuoso jardín que rodeaba nuestra casa, consolándonos por la desaparición de mi madre, víctima de una embolia. Y vi cómo mi padre, de profesión jardinero vocacional, recogía cientos de flores y cubría por completo la tumba en la que había sido enterrada su mujer, convirtiendo aquel pedazo de tierra en un paraíso de pétalos multicolores.

La danza de la lluvia se iba transformando lentamente en una acalorada mazurca compuesta de suspiros y sombras.

Y surgió el pasado de nuestra vida conjunta y solitaria. Nos habíamos quedado solos los dos y teníamos que salir adelante, él con su trabajo a cuestas, yo con mis estudios a la espalda, y ambos con la vista al frente, rodeados de ramilletes de olvido y manojos de futuro.

Mientras tanto, mientras mi mente se trasladaba al mundo inamovible del pasado, las gotas de lluvia bebían el aire.

Él me enseñó todo lo que sabía sobre botánica y jardines, me enseñó a diferenciar las plantas, a distinguirlas, a clasificarlas, a ordenarlas, me enseñó los misterios del cuidado y el abono, me enseñó el infinito universo de las flores, sus aromas y colores, los árboles, los arbustos, las hojas, los esquejes, los pecíolos, las vainas, los pétalos, los sépalos, los tallos, los troncos, las cortezas, un mundo fabuloso en el que se movía a sus anchas y que le salvó del espectro oscuro de la desesperación.

El sonido de las gotas se filtraba por mis venas.

Mi padre adoraba su trabajo, amaba los jardines, todos los jardines, y me narraba historias, cientos de historias que yo escuchaba con la boca abierta a la luz del atardecer. Mi padre me explicaba que los árboles eran los pensamientos de los ángeles, que tomaban forma en la tierra para repartir bondad por el mundo. Mi padre me contaba que la luna se tragaba todas las noches el azul del mar, un azul que durante el día chocaba con el amarillo del sol, y posteriormente lo repartía por el mundo vistiendo a las plantas de matices verdes. Mi padre me decía que las flores nunca morían sino que, cuando se marchitaban, los pétalos se elevaban hasta el espacio, donde se iban acumulando y acumulando, y a lo largo de los siglos habían formado lo que nosotros llamamos arco iris el cual, en realidad, estaba compuesto por miles de millones de flores que, de tanto en tanto, al recibir la caricia de la lluvia y el sol, mostraban todo su esplendor para recordarnos que allí estaban y allí estarían hasta el fin de la eternidad. Y me aseguraba que algún día, por algún motivo especial, estallarían y el mundo quedaría inundado de flores y pétalos. A mí me gustaban sus historias y las escuchaba embelesada.

Tenía que ponerme en movimiento, tenía que salir y trasladarme hasta Huesca donde había vivido mi padre, tan alejado de mí, tenía que hacer frente a todos los trámites relacionados con su defunción, tenía que moverme, tenía que reaccionar, bajo aquella lluvia que machacaba incesantemente y no dejaba de machacar las almas.

El tiempo, revestido de nostalgias y sueños, nos llevó con sus alas transparentes por los senderos de la vida. Mi padre y yo continuamos con nuestras mutuas obligaciones, siempre juntos, siempre unidos por un hilo fino de sentimientos, siempre apoyándonos el uno en el otro. Una vez finalizados mis estudios, tuve que trasladarme a Barcelona para entrar en la universidad. Había decidido estudiar Botánica. Y él quedó allí, en su casa ahora casi totalmente solitaria, con sus plantas, sus flores y sus cordilleras de nostalgias y recuerdos, cada vez más altas y más pobladas.

Preparé un pequeño neceser con lo suficiente para pasar un día fuera y bajé al garaje a recoger el coche. En la calle me recibió un indisciplinado ejército de gotas que quiso avasallarme, pero no pudo. Bajo una manada inagotable de agua, y agua, y más agua, emprendí el camino hacia la ciudad que me había visto nacer.

Mi padre y yo, en aquel entonces, nos dijimos adiós hundidos en un pozo de tristezas y pesares. Sería la primera vez en muchos años que viviríamos separados, tan lejos el uno del otro, puesto que, bajo ningún concepto, él abandonaría su querido hogar, pese a la propuesta que le presenté de trasladarse a vivir conmigo a la ciudad que había elegido para cursar mis estudios. Su negativa fue rotunda.

La voz de la lluvia y los limpiaparabrisas barriendo el cristal me hicieron compañía durante el recorrido.

Poco a poco el tiempo nos cubrió de sombras y lejanías. Siempre que encontraba un hueco —algunos fines de semana, algunos puentes, algunas vacaciones—, me acercaba a Huesca. Mi padre continuaba con su vida de silencios ahogados, cada vez más callado, cada vez más ausente, como si hubiera creado a su alrededor un universo de colores únicamente compuesto de flores y plantas: su mundo particular donde ya no tenía cabida más que él mismo y sus sueños.

Huesca se debatía entre torrentes de agua y dolores dispersos. El cielo crepitaba. Una parte de los habitantes del barrio, no muchos en realidad, se encontraban en la casa en la que yo había nacido y vivido hasta mi traslado a la gran ciudad. Los fantasmas de los objetos por allí diseminados me arañaron la piel del alma y me acosaron con sus sábanas blancas de recuerdos y olvidos. Hicimos los correspondientes preparativos para el entierro y el funeral, que se celebrarían ese mismo día, ya que yo no tenía más remedio que volver a Barcelona lo antes posible. El cuerpo de mi padre descansaba en el ataúd. Parecía como si estuviera rodeado de un halo de colores, como si las flores que tanto había amado quisieran acompañarle en su adiós eterno. Lo miré con una tristeza sobrecogedora, lo amé como siempre y como nunca, pero no pude llorar.

Y los años sembraron nuestros cuerpos de lejanías. Nos veíamos, pero menos, nos hablábamos, pero menos, nos recordábamos, pero menos. Mis estudios, mi trabajo, mis amigos, mi vida social, me introdujeron en un mundo totalmente distinto en el que el olvido iba aposentándose despacio a mi lado. Y no fue realmente olvido, pero sí alejamiento, él en Huesca, yo en Barcelona, la distancia, el silencio, el desapego. Siempre me decía que me echaba de menos, y yo siempre respondía que me ocurría lo mismo, pero la vida se interpuso entre nosotros y ya nada fue igual.

Las lápidas del cementerio brillaban destilando minúsculos arroyos bajo aquella lluvia incesante que me perseguía y me acosaba desde la mañana. Nos reunimos en torno a la tumba destinada a mi padre, todos muy serios bajo los paraguas. El sacerdote pronunció unas palabras que no escuché, pues lo único que pude hacer fue hablar con mi padre en voz baja, sin lágrimas, porque no podía llorar.

“Papá, lo siento, de verdad que lo siento. Te olvidé. Olvidé tu vida, olvidé tu existencia, olvidé tu amor, te dejé de lado. Lo siento, papá, lo siento ahora que no tiene solución. Dime que me perdonas. Dime que me quieres. Dime que sigues a mi lado. Dímelo de alguna manera. Aunque ahora sé que ya no puedes hacerlo. Lo siento. Perdona, papá, perdóname”.

Mis palabras sonaban por dentro como olas plagadas de añoranza.

Una vez finalizado el entierro y la ceremonia, con las paletadas de tierra resonando en mi cerebro empapado de lluvia y pesadumbre, nos dirigimos hacia la iglesia a celebrar el funeral.

Entré en casa de mi padre al atardecer.

Llevaba agarrada al corazón la zozobra violeta del dolor oculto, junto con un sentimiento rojo de culpabilidad reptando por mis venas por no haber podido o sabido ser mejor hija. La palabra Padre se derretía sin quererlo en mi boca, ahora que él ya no estaba.

Las nubes en el cielo continuaban destilando su macabra danza de incertidumbres.

Todo en el interior de la casa me hablaba de él. Pasé directamente al baño y permanecí bajo el chorro de la ducha durante mucho tiempo, como si quisiera quitarme la tristeza con otras gotas distintas a las que me habían acompañado durante aquel día de lluvia. Aquel día de lluvia en que mi corazón había quedado eternamente abierto y eternamente cerrado.

Me acosté sin cenar. No sentía hambre, sólo dolor, y pena, mucha pena, y culpa, mucha culpa. No sé si dormí. Abría y cerraba los ojos pero siempre encontraba oscuridad, en el exterior y en el interior. Un tumulto de sombras me acarició la piel tiñéndola de ceniza negra. La figura de mi padre me acosó en sueños, y el barrio, sus habitantes, el sacerdote, el ataúd, los pésames, muchos pañuelos blancos hastiados de lágrimas, el cementerio, la iglesia, el funeral, la casa que ahora me pertenecía, el jardín, el ayer, el pasado, los dos juntos, sus cuentos impregnados de dulzura. Mi padre. Las imágenes se apiñaban en un desfile interminable. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de duermevela, pero fue un extraño sonido el que me hizo abrir los ojos por completo. Me incorporé y escuché. El reloj marcaba las tres de la madrugada. En un principio pensé que sería la lluvia, pero aquello se asemejaba más a un siseo, un zumbido suave, alas de libélulas o de mariposas.

Me levanté, me puse una bata y unas zapatillas, subí la persiana y me asomé a la ventana del que había sido mi dormitorio a lo largo de muchos años.

Mi cuerpo quedó sacudido por un relámpago de terror y sorpresa, mientras un tropel de temblores en forma de burbujas se adueñaba de todos los rincones de mi piel y subía sin cesar hasta llegar a mi garganta. Mis pupilas reventaron de angustia.

Aquello no era posible. Lo que tenía delante no era posible. Lo estaba imaginando, lo estaba soñando, todavía no había despertado, mi imaginación, seguro que era mi imaginación, no podía ser cierto. Lo que veían mis ojos no era posible, no, no lo era.

Seguía lloviendo.

El cielo continuaba derramando sus aullidos sobre la tierra, pero ya no caían gotas, que seguramente se habrían agotado. Lo que el cielo estaba enviando, lo que las nubes lanzaban, lo que zumbaba suavemente con sonido de mariposas, lo que pululaba por el aire, no eran gotas, eran… pétalos, cientos, miles, millones de pétalos, de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños imaginables. La totalidad del espacio circundante estaba cuajada de pétalos.

Aquello no era posible.

Y los pétalos descendían suavemente, revoloteaban entre el viento, emitían un murmullo cálido, subían y bajaban al compás de un vals que nadie salvo ellos escuchaban, y se posaban sobre la tierra del jardín, sobre el asfalto, sobre las aceras, un tapiz infinito compuesto de millones de colores.

Permanecí quieta y muda, transformada en estatua de carne.

Miríadas de pétalos inundaban el césped del jardín, los balcones, los árboles, el alféizar de mi ventana, mientras el aire se encogía repleto de aromas. Extendí la mano y los pétalos de colores rozaron mis dedos. Eran suaves, muy suaves, y los sentí en la piel como un milagro.

Miré al cielo, tan negro como el espectro de un ahogo infinito.

Los pétalos continuaban bailando alrededor del viento mientras aquel arco iris iluminaba la noche.

Permanecí así mucho, muchísimo tiempo, contemplando aquella extraña lluvia de flores que no cesaba de caer y caer, plagándome de su esencia, respirando su aroma, desgranando mi vida, atiborrándome de recuerdos, y de ayeres, y de sueños.

– Papá… – dije.

Su nombre llenó mi boca.

El cielo, el aire, la tierra, todo lleno, todo cuajado de pétalos, millones de pétalos cayendo.

– Papá… – repetí -. Gracias. Gracias por responderme.

Ejércitos de pétalos.

Entonces supe que él me había perdonado y que estaríamos siempre juntos.

Lluvia de pétalos.

– Gracias por escucharme, gracias por no haberme olvidado, gracias por mandarme una respuesta. Gracias por estar conmigo, papá.

Pétalos y pétalos y pétalos…

Aquel día de lluvia se convirtió en el más triste y el más feliz de mi vida.

Fue en ese preciso instante cuando empecé a llorar.

© 2019 Blanca del Cerro