Relatos

Una cita a las seis de la tarde

Tenía una cita a las seis de la tarde, una cita con sabor a amapolas y lirios frescos, un encuentro plagado de magia, algo que se venía produciendo desde no recordaba cuándo, tal vez hacía semanas o tal vez meses, no podría precisarlo, porque el tiempo se le iba de las manos sin sentirlo y se escurría como polvo ceniciento entre los dedos aposentándose en láminas muy delgadas sobre la vida, su vida, un poco tibia y un poco seca. A lo largo del día, su mente y su corazón se devanaban en sueños profundos y apretados, ríos de arena que se estiraban en flecos de nostalgia, deseando que llegara la hora mágica, la hora maravillosa en que saldría al jardín y se encontraría con su amado.

Empezó a arreglarse despacio, con cuidado y esmero, un puntito de ternura, mientras en su alma se formaba una madeja de somnolencias prietas, similares a puños muy pequeños en los que recogía inmensos ramos de ilusiones desparramadas.

Dado que la habitación carecía de espejo, le fue imposible contemplar su rostro y su cuerpo, pero se imaginó bella porque se sentía bella, como nunca antes se había sentido. La luz del atardecer le hizo arrumacos en la piel llenándola de chispitas tenues. Se vio peinada de soles y lunas, y vestida de estrellas. Se vio radiante, esplendorosa, espectacular, única.

Todo había empezado sin saber cómo, una tarde de lirios y azucenas en la que una brocha guiada por manos invisibles pintaba el cielo de colores malvas un tanto descabalados. Y aquel día salió al jardín, como siempre, y paseó, como siempre, recorrió senderos, pateó veredas, acarició flores, y allá en la lejanía, medio oculto por unos pinos frondosos en forma de sueños, apareció él. Lo vio allí, allí lo encontró, callado, quieto, tan dulce y sereno, sumido en un silencio infinito, y a ella le pareció que sonreía, le pareció que le hacía señas y la llamaba. Y ella se acercó, se miraron con ojos ardientes de somnolencias, se saludaron un poco tímidos, y empezaron a charlar, primero del tiempo, tan esplendoroso a esas alturas del año, y después de otros temas diversos, de sus vidas, de sus pesares, de sus recuerdos. Parecía un hombre serio y educado. Parecía… distinto. Y tenía nombre de flor.

Era una pena no tener perfume, porque un toque de perfume hubiera impregnado con chorros de alegría su piel, pero lo supliría con el aroma de las rosas, los jazmines y los nenúfares recién nacidos en el jardín. Era una pena no tener un vestido más elegante o unos zapatos más sofisticados, o incluso alguna joya, aunque fuera pequeña. Desde su conocimiento, desde sus encuentros, desde la primera vez que se vieron y se hablaron, hubiera deseado poseer un sinfín de objetos para engalanar su cuerpo y mostrarse más bella a los ojos de su amado. Hubiera querido adornarse de lunas nuevas y vestirse de bruma callada para, en silencio, acercarse a aquel hombre y desplegar sus encantos. Pero carecía de todo aquello con lo que se adornan las mujeres para resaltar su hermosura. Porque ella era hermosa, estaba segura, y ahora más que nunca, con el amor saltando y brincando por todas sus venas.

Se arregló como pudo, dada la escasez de elementos con los que contaba.

Él era dulce. Y sonreía como nadie. Y le contaba historias. Le hablaba de su vida y de su alma, y él escuchaba, también como nadie la había escuchado hasta ese momento. Y las horas pasaban sin sentir, porque el tiempo a su lado parecía humo. Por eso ansiaba la llegada de la tarde, para verse, para encontrarse de nuevo, para compartir cientos de secretos y de añoranzas.

Se acercó a la ventana de su habitación y contempló el jardín. Los parterres reventaban henchidos de flores.

Debía faltar muy poco tiempo para las seis.

Se pasó los dedos por el cabello para componerlo, porque tampoco tenía peine. Una serie de ruidos confusos taladraron sus oídos.

Había llegado la hora, por fin, las seis de la tarde, el momento de la reunión con su amado. Y suavemente, como transportada por los hilos calientes de la pasión, se acercó a la puerta ahora abierta y salió al pasillo. Bajó las escaleras hasta la planta baja, junto con algunas de sus compañeras, y el jardín la recibió con una cascada de soles ocultos tras las ramas de los árboles.

Su corazón rebosaba. Iba a verlo de nuevo, iban a hablar, a contarse nimiedades, las pequeñas cosas de la vida, secretos, confidencias, y allí estaría él, tan gallardo, tan firme, tan elegante, con sus ojos oscuros y su barba poblada, y una sonrisa tierna rebosando en sus labios. El día merecía la pena tan sólo por esos momentos.

Su alma era un cúmulo de sensaciones subiendo y bajando, como una noria fabricada de nostalgias, alegrías y sueños. Muchos, muchísimos sueños.

Anduvo directamente, sin necesidad de nadie a su lado, y se dirigió hacia la zona trasera del jardín, donde se elevaban los pinos. El resto de sus compañeras permaneció en la parte delantera dispersándose hasta la verja de color verde. Estaba cerca, a unos minutos, a unos pasos. El aire parecía más tierno, como si estuviera plagado de caricias, como si unos dedos suaves acariciaran su piel y la cubrieran de primavera, y el viento más limpio, y la luz más nítida, y sus sienes… sus sienes se asemejaban a un timbal de sentimientos desorbitados.

Tras los pinos, una rotonda.

Su corazón empezó a palpitar con más fuerza y por unos instantes pensó que iba a salir corriendo por las veredas y tendría que correr para alcanzarlo. Allí estaría él, su adorado, a unos segundos, esperando, queriéndola, escuchándola, amándola como jamás nadie la había amado.

En la rotonda, un parterre plagado de flores, especialmente petunias que albergaban toda la gama de colores del universo.

Sí, allí estaba, aguardando, aguardándola.

Una inmensa sonrisa iluminó el rostro de aquella mujer delgada y triste, construida de soledades y silencios.

En el centro de la rotonda, sobre un pedestal de piedra, se erigía una estatua de mármol negro.

La mujer avanzó unos pasos y se detuvo en seco. Sus labios se abrieron repletos de luceros y sombras.

La estatua se levantaba majestuosa. Representaba a un hombre de unos cincuenta y muchos años, tal vez sesenta, alto, serio, cabal, firme, los ojos perdidos, la nariz recta, los labios finos, la barba poblada. Tenía el cabello ondulado y un poco largo. En sus manos sostenía lo que podría ser un legajo o un documento.

Ella, ahora parada ante aquel ser inerte, lo contempló arrobada, como transportada por un millón de estrellas hacia alturas infinitas.

En el centro del pedestal había una placa dorada en la que podía leerse: Don Jacinto Santoña Prados.

La mujer formada de tristezas permaneció quieta, como queriendo disfrutar de aquel instante mágico.

La estatua de Don Jacinto Santoña Prados, el fundador y promotor del Centro, tenía los ojos perdidos en el infinito.

Y a ella le pareció que el entorno se hacía luminoso, una especie de paraíso terrenal para los amantes, para los enamorados, para ellos dos solos porque, en ese momento, estaban solos. Todo había desaparecido a su alrededor. Y allí permaneció hablando y hablando con Don Jacinto, y explicando sus cuitas, sus dolores y sus pesares a su amado, a su silencioso y querido admirador con el cuerpo erguido y con nombre de flor. Y el tiempo se derritió como niebla entre sus dedos.

La tarde se desgajaba lentamente en el cielo.

Sonó una sirena. La mujer miró a Don Jacinto y, guardándose una sonrisa en el borde de los labios, se despidió de él hasta el día siguiente a las seis. Dio media vuelta y dirigió sus pasos hacia la gran casa blanca, con el alma henchida de sensaciones y deseos.

Las puertas del Centro Psiquiátrico se cerraron a sus espaldas mientas una aguja grandiosa e invisible hilvanaba los bordes del cielo con puntadas muy pequeñas.

Relato “La mujer suave” incluido en el libro La mujer suave, Ediciones Rubeo

La mujer suave

La vio. Allí estaba, perdida entre otros labios, y otras bocas, y otros cuerpos de quienes supuestamente serían sus amigas. La vio a lo lejos, sentada con las demás mujeres, formando un corro de susurros que hablaba continuamente y del que se escapaba alguna que otra sonrisa. La vio como si fuera la primera vez que la viera, que debía serlo, aunque no estaba plenamente seguro, sumida en un cuajarón de sombras y encerrada en una suerte de halo luminoso que se le antojó un camino de estrellas hacia la perfección absoluta. Tenía la sonrisa color primavera.

Alejandro sintió un cosquilleo casi olvidado.

La contempló desde la lejanía, un poco aturullado por el descubrimiento repentino, y en ese mismo instante sintió que un borbotón de sensaciones formaba un remolino caprichoso por sus piernas, y subía y subía a través del estómago y el pecho, y se comprimía en su garganta, una especie de muro infranqueable, donde se aposentó impidiéndole respirar por habérsele atascado el alma en un charco de suspiros.

No era posible. Un montículo de recuerdos inundó repentinamente su memoria.

La mujer suave

La primera y única vez en su vida que había sentido algo similar, algunos años atrás, fue al conocer a Elvira. También la vio, a lo lejos, siempre a lo lejos. ¿Por qué la historia tenía que repetirse? Elvira, piel de caramelo, ojos de niebla inquieta y unas caderas repletas de ansias que invitaban a cabalgar. La vida se le escapó de repente al verla en aquel otoño de soles escondidos tras unas nubes un poco mustias, y a partir de ese momento todo se cumplió como debía de cumplirse, hasta en los más mínimos detalles. Pero ahora nada se parecía al ayer, la existencia había variado, las cosas eran muy diferentes. Elvira había sido tragada por la bruma hacía algún tiempo, las sombras se habían aposentado al lado de Alejandro como si fueran espectros amigos y él llevaba una existencia de la mano de la soledad, el silencio y las sonrisas, que también pasaban junto a él aunque con menos frecuencia que antaño.

Por eso no podía creerlo. Porque hay determinados asuntos que suceden una vez en la vida y jamás se repiten.

Aquella mujer suave, pues debía de ser muy suave, no le cabía ninguna duda, envuelta en un delirio de murmullos que se mecían de un lado a otro -los de ella misma, los de sus amigas-, tenía una voz que hacía temblar el aire, y una sonrisa que llovía densa sobre el resto, y un movimiento de las manos que le recordaba a un pentagrama de música invisible, y un cabello rubio ceniza, corto y perfectamente peinado, que gritaba ternuras, aunque fuera teñido, eso carecía de importancia, y un perfil tranquilo del que se escapaba la luna callada de su interior, y unos ojos… no podía verle los ojos desde aquella distancia, debía acercarse un poco más, serían ojos de sirena, estaba casi seguro, o de estrellas muy apretadas, o de hada buena, pero no quería abordarla con las amigas alrededor, esperaría a que se quedara sola, y entonces se aproximaría y hablaría con ella, tal vez no sería ese mismo día, tal vez tendría que esperar al siguiente o al otro, pero no quería ningún tipo de compañía a la hora de conocerla.

La suerte sonrió a Alejandro. Un rato después de haber descubierto aquel corro de risas del que formaba parte la mujer suave, las tres amigas que rodeaban al motivo de sus desvelos se levantaron, se despidieron de ella preguntando antes si deseaba acompañarlas y, ante su negativa, se encaminaron hacia otro lugar, momento en el que Alejandro aprovechó para acercarse al banco junto al que ella permanecía sentada. Podía haber esperado un par de días o tres para actuar, pero hubiera sido absurdo desaprovechar aquella oportunidad. No quería perder un tiempo que no tenía.

Se compuso su abundante cabello, se estiró las mangas de la camisa, se sacudió de los brazos unas motas de polvo inexistentes y se acercó al banco. La mujer suave, sentada en su propia silla, se había quedado momentáneamente contemplando a sus amigas mientras se alejaban por el camino. Alejandro se acercó y carraspeó.

-Buenos días- dijo a modo de saludo-. ¿Puedo sentarme aquí?

Ella levantó los ojos.

-Por supuesto- respondió.

Y de sus pupilas brotó una manada de soles que a Alejandro se le antojaron cánticos de bienvenida. Aquella mujer suave era más bella de lo que podía apreciar en la lejanía pese a que… bueno, aquello que comprobaba en ese instante tampoco tenía demasiada importancia para él. Lo importante era lo que había sentido al verla. Sonrieron.

-Hola. Soy Alejandro- dijo tendiéndole la mano.

-Yo soy Victoria- respondió ella.

Tiene nombre de sortilegio, de batalla y de triunfo. Tiene nombre de reina poderosa, pensó mientras tomaba asiento en el banco de color verde, el resto no importa, y unos ojos tan dulces que destilan luceros a chorros, porque estoy seguro de que sus lágrimas no serán tales sino luceros o estrellas, aunque espero no verlas nunca, porque sólo pienso entregarle felicidad para que jamás llore, así no sabré cómo son sus lágrimas, y esa sonrisa de agua y viento, parecida a un huracán quieto que invita a paladear lentamente sus labios.

Todo en ella parecía hecho de porcelana.

La imagen de Elvira quedó relegada al olvido absoluto y sólo permaneció el jardín, un banco de color verde y aquella mujer suave de la que emanaban múltiples sensaciones que le hacían sentirse renovado.

Alejandro tomó asiento frente a Victoria y empezaron a hablar y a hablar, a abrir sus almas poso a poso, a desgranar sus vidas sobre la mesa, y allí estuvieron juntos hasta no sabrían decir cuándo, arrullados por las olas del viento, gastando minutos y horas en indagarse, en bucear el uno en el otro y en conocerse, y cuando llegó la hora del adiós, Alejandro acompañó a Victoria hasta la puerta y allí se despidió de ella esperando poder verla al día siguiente, y al otro y al otro, pensó, aunque sin expresarlo pues, aunque su alma burbujeaba en un mar de emociones ilimitadas, su cabeza le decía que no debía precipitarse, que un dulce debe comerse lentamente, no engullirse, pues, de lo contrario, se aturulla y se atraganta, pero otra voz muy chiquita le susurraba por dentro que el tiempo es una espiral loca, una estrella fugaz, un cometa que nunca vuelve, y que él tenía muy poco y no debía desaprovecharlo.

Al día siguiente volvió a verla en el mismo lugar, bajo los mismos árboles y junto al mismo banco, acompañada de sus amigas. Volvió a esperar a que quedara sola, estando esta vez unidos en una doble complicidad, pues ella lo contemplaba a lo lejos mirando sin mirar su figura alta y elegante, como queriendo disimular pero sin poder hacerlo porque no hay ninguna posibilidad de disimular el amor cuando se escapa corriendo y saltando por los ojos. Alejandro, vestido con un pantalón gris, una camisa a cuadros azules y blancos, y un jersey negro, muy bien peinado y afeitado, oliendo a colonia y destilando ansias por todos los poros de la piel, esperó pacientemente.

Las amigas de Victoria se marcharon y Alejandro se acercó de nuevo al lugar donde se encontraba Victoria, con muchos más bríos y muchos más deseos que el día anterior. Saludó y, sin pedir previamente permiso, tomó asiento junto a ella. Sus palabras fueron nuevas, sus miradas especiales y sus deseos repetidos, y así pasaron la tarde compartiendo preciosos segundos en un ir y venir de anécdotas y tarareando por dentro canciones de alegría.

A medida que transcurría el tiempo la soledad empezó a huir de su piel. Alejandro era otro hombre.

La escena de la espera, el encuentro, la conversación, las miradas, las palabras y los deseos se repitió día tras día a lo largo de los meses, mientras el sol de la primavera y del verano mecía los cuerpos de un lado a otro en una especie de vaivén inagotable. Alejandro sentía en su interior el rebullir de una nueva era, una época en la cual no habría más que lunas brillantes a su alrededor. La soledad se había desintegrado como una brizna de aire, y todo vestigio de amargura había desaparecido al igual que su ayer desesperado. Ya sólo tenía un hoy plagado de ternura, ilusión y deseo. Pero, ya a la vuelta de la esquina, el invierno se acercaba paso a paso, y sabía que en la época del frío no podría encontrarse con Victoria en el jardín, lo cual suponía una complicación. Y la posibilidad de dejar de verla a solas, de no poder arrullar su alma entre palabras y conversaciones y de no compartir horas hasta el caer de la tarde, se le antojó como una suerte de tortura inhumana que sería incapaz de soportar.

Algo tenía que hacer, algo para evitar perderla, algo para no dejar de tenerla a su lado, algo drástico y definitivo.

Alejandro pensó y pensó en una solución inmediata con la que solventar el problema que se le presentaría en breve y, tras unos días de pensamientos y cábalas, consideró que no tenía más remedio que abordar a Victoria y pedirle… pedirle que fuera su esposa. Un temblor indecible le recorrió el cuerpo. La palabra esposa se esponjó en su boca y le hizo sentir una manada de sensaciones casi olvidadas, al tiempo que la idea del matrimonio explotó en su interior como una bomba de fuegos artificiales. Permaneció pensativo, casi sin movimiento, sopesando los pros y los contras, dando vueltas y más vueltas a tal posibilidad y llegando a la conclusión de que era lo mejor que podía hacer. Además ¿por qué no? Era la manera más adecuada de continuar con ella y tenerla siempre a su lado, pero de una forma más íntima y más personal, sin interferencias y sin intermediarios. Yo te cuidaré, se dijo, y permaneceré contigo, y podremos estar juntos a todas horas.

Definitivamente, debía decírselo de inmediato, cuanto antes.

La tarde empezaba a derretirse por los rincones cuando Alejandro, perfectamente vestido y peinado, oliendo a colonia cara y a sueños desparramados, se aproximó a la zona del jardín donde, como siempre, se encontraba Victoria. Sintió un nudo prieto en la garganta y cosquillas en la piel. Ni siquiera había pensado en la posibilidad de una negativa por parte de su amor.

Compartieron sonrisas, como siempre, aunque aquel día parecían especiales, como recién nacidas de un manantial socavado en el fondo de su pecho.

Alejandro tomó asiento en el banco verde y empezó a hablar.

Los ojos de Victoria destilaron relámpagos al escuchar la inesperada declaración y la posterior propuesta matrimonial de Alejandro. Bajó la vista, se mordió el labio inferior, parpadeó varias veces, posó las pupilas en un infinito desconocido y, acto seguido, le miró con ternura para preguntar:

-¿A pesar de todo?

-A pesar de todo- respondió-. Lo que verdaderamente me importa eres tú, no tus circunstancias.

-Pero son unas circunstancias…

-No hay pero. Lo que sé es que te amo y el resto no me preocupa.

-¿Ni siquiera,,,?

-Ni siquiera.

La tarde permaneció muy quieta, como si hubiera sufrido un repentino calambre, mientras dos almas se fundían en dos sonrisas.

A partir del día en que ambos tomaron la decisión de unir sus destinos para siempre, la vida transcurrió en un ajetreo continuo de preparaciones, movimiento y papeleo, especialmente por parte de Alejandro. Se buscaban con los ojos, se acariciaban con los labios y se decían palabras inventadas por ellos mismos que nadie escuchaba. Continuaban viéndose a diario en el jardín, pero el frío empezaba a colarse por las rendijas del cielo y tuvieron que cambiar los árboles por los salones, mucho menos románticos y mucho menos adecuados, donde no gozaban de ninguna intimidad.

Los días se hicieron lentos pero transcurrieron y por fin llegó el día de la boda, un sábado oscuro a finales de noviembre.

La capilla rebosaba de flores, los bancos estaban ocupados por todos sus compañeros, bien trajeados ellos, muy arregladas y pintadas ellas, con las sonrisas estallando en sus rostros ajados pero felices. Todo el mundo se sentía un poco nervioso, incluso el padre Pascual, quien oficiaría la ceremonia. Acontecimientos así no sucedían con frecuencia.

El órgano empezó a desparramar las notas de la célebre marcha nupcial de Mendelssohn mientras todos los presentes dirigían sus miradas hacia la puerta de la capilla. Vestido con un impecable traje gris marengo, con chaleco a juego, corbata azul oscuro y zapatos negros y brillantes, Alejandro entró majestuoso, empujando la silla de ruedas de Victoria, que llevaba un elegante vestido color guinda y un tocado del mismo color. El padre Pascual celebró la ceremonia con una emoción especial. La totalidad de los internos y del personal del centro participaron en la cena y en el baile.

Aquella noche de luna en cuarto menguante, que se asomaba un poco temblorosa tras una manada de nubes, las luces de la Residencia Geriátrica Los Sauces, situada en la carretera de Cantones a Atalaya de los Cerros, permanecieron encendidas hasta altas horas de la madrugada.

 

Relato “¿Los terroristas se confiesan?” Primer Premio I Certamen de Relatos de la revista Punto de Libro

¿Los terroristas se confiesan?

Permaneció quieto, lívido, estático, sumido en un nubarrón de interrogaciones diversas y temblores, y dudas, muchas dudas que surgieron repentinas arropadas en briznas de cábalas, misterios y preguntas, preguntas enmarañadas, persiguiéndose, fustigándose, amontonándose, especialmente una que estalló sin quererlo en el fondo de su cerebro obnubilado repentinamente transformado en una amalgama de oscuridades. Y así hubiera permanecido durante nadie sabía cuánto tiempo de no ser por la chispa que prendió en su piel y le llevó a levantarse para solventar la duda sobrecogedora de saber quién era aquel hombre que acababa de descargar su alma.

Mientras sus piernas iniciaban el movimiento, la pregunta borboteaba incesante en el puchero de las incógnitas.

Álvaro abrió la puerta del confesionario, uno de los dos existentes en la pequeña iglesia de aquel pueblo verde de pinos y azul de olas, echó una mirada al crucifijo situado sobre el altar como pidiendo ayuda, y salió del recinto. Una metralla de frío le abofeteó el cuerpo.

Tengo que saber quién es, se dijo mientras iniciaba la persecución de una silueta ya lejana, tengo que saber quién es.

Y la pregunta se abrió paso por sus venas, y rascó y rascó en su alma hasta casi hacer daño, y reventó formando flecos desparramados:

¿Los terroristas se confiesan?

Los terroristas se confiesan

Y tras ésta surgieron otras, cúmulos, manadas de preguntas, un aluvión avasallador, como miríadas de pedruscos taladrando su cerebro. Pero no tenía respuestas por el momento porque lo que debía hacer en ese instante era olvidar todo aquello que no fuera la persecución de aquel hombre que se difuminaba para descubrir su identidad.

El pueblo, abrazado entre montañas de picos infinitos por el norte y abierto al mar en escarpados acantilados por el sur, contaba con unos mil o mil quinientos habitantes. A lo largo de los cinco o seis años que llevaba allí a cargo de su iglesia, Álvaro había llegado a conocer más o menos a gran parte de ellos, a unos más que a otros, y no podía imaginar quién sería el hombre que en ese instante se escurría entre las esquinas. El hombre que había aparecido aquella tarde por su iglesia con el rostro semioculto. El hombre que hacía unos minutos se había confesado acusándose de ser uno de los terroristas más sanguinarios y más buscados de la historia.

¿Los terroristas se confiesan?

La silueta no corría porque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. No podría ni siquiera imaginar que iba a ser perseguido en un lugar tan tranquilo y seguro como aquel, y mucho menos que su perseguidor sería el cura del pueblo. Tal vez se dirigiera a su hogar, o a una fonda, o a un hotel, o a un automóvil, algo en lo que Álvaro ni siquiera pensó, limitándose a no perder de vista la figura borrosa que caminaba y caminaba serpenteando a través de unas callejuelas tintadas de malva por el atardecer.

La tarde había rebozado sus pinceles de brisa en un arsenal de tubos pastosos y, con una delicadeza especial, casi sin percatarse, empezaba a maquillar la noche de oscuridades profundas.

¿Los terroristas se confiesan?

Álvaro Uriante, ya cerca de la cincuentena, alto, un poco grueso, el rostro agitanado, los ojos del color de la tierra que le rodeaba, como si la hubiera ido succionando a lo largo del tiempo, el cabello salpicado de canas, se sentía feliz en su entorno. Vivía en un mundo inundado de paz. Sus feligreses, al igual que el resto de los vecinos, eran personas tranquilas. La iglesia presentaba algunos problemas y le daba algún que otro quebradero de cabeza, pero nada que no pudiese solucionar con relativa facilidad. Habitaba en una pequeña casita de piedra, siendo atendido por la vieja Teófila, cascarrabias y gruñona, quien le preparaba la comida y lavaba y planchaba su ropa. Álvaro se encontraba inmerso en un semiparaíso de costumbres y candores al que se había habituado y no deseaba abandonar. Celebraba misa todos los días a las siete de la tarde y, a partir de esa hora hasta el anochecer, permanecía en la sacristía o en el confesionario para recibir a cualquier alma descarriada o solucionar cualquier asunto que requiriera su atención. Y aquella tarde de hielo y carámbanos colgados de la bruma había aparecido ese hombre, la cabeza gacha, el rostro hundido en el cuello levantado de un grueso chaquetón, entreverado de sombras, y se había arrodillado en el lateral del confesionario, en el lugar donde lo hacen las mujeres, y había empezado a hablar en susurros, y había continuado hablando a chorros, como arrancándose la miseria y la mugre del alma a pedazos inmensos. Yo soy Niho Galiano, el terrorista, el jefe supremo del Frente Salvador de la Patria. Al oír esas primeras palabras, Álvaro percibió un temblor terrorífico caracoleando por su cuerpo. Yo soy Niho Galiano, el responsable directo de todos los crímenes del FRESP. Álvaro se vio sumergido en una laguna de terrores. Yo soy Niho Galiano. Y no sé por qué estoy aquí, pero estoy, y no sé si me arrepiento, supongo que no, o sí, qué más da, pero sé que debo hacerlo, que debo volcar mi alma y sacar todo eso que llevo dentro porque me quema, me come, me abrasa. Álvaro sintió el vello de la nuca erizado, y relámpagos de terror trastabillando por sus venas, y un grito estrangulado que debía morder suavemente. Yo soy Niho Galiano, el terrorista más buscado del mundo, y vengo… qué quiere que le diga, no sé por qué vengo, tal vez un exceso de soledad que acaba comiendo por dentro hasta dejarte reducido a migajas, o ansias de volcarme, qué sé yo, y no puedo hablar con nadie, ¿sabe lo que eso significa?, no, no lo podría saber jamás, eso hay que vivirlo, sólo con usted, con usted sí, porque usted no puede decir nada, ni una palabra, está obligado a ello, y yo necesito gritarlo porque son demasiados años, y demasiados agobios, y demasiado silencio guardado… Aquel hombre continuó hablando y hablando ?parecía impregnado de ahogo?, y la cabeza de Álvaro se transformó en un barro pastoso que engullía sílabas, y temblaba como si fuera una estrella, una tiritera descomunal, la cabeza en forma de tiovivo, de un lado a otro, sin poder pensar, sólo escuchar palabras manchadas de sangre, mucha sangre, y miseria, toneladas de miseria resbalando por las laderas de la nada sombría a su alrededor. Finalmente, arropado en aquel rumor inconcebible que trazaba un pentagrama de furia retorcida en el viento, le fue imposible decir nada, ni siquiera una frase de consuelo, o de reproche, o una pregunta, y se limitó a trazar la señal de la cruz mientras musitaba: Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, sin siquiera haberle impuesto una penitencia, o saber si el hombre oscuro mostraba verdadero arrepentimiento, o si pensaba repetir sus espeluznantes hazañas, o…

¿Los terroristas se confiesan?

Decidió seguirle. No pensó por qué pero decidió hacerlo. Necesitaba imperiosamente saber quién era el dueño de aquella sombra.

La silueta continuó su marcha por las calles empedradas de suspiros y noche. Álvaro se cruzó con algunas personas conocidas a las que saludó, sin perder de vista al hombre oscuro que decía ser Niho Galiano, el terrorista más sanguinario y perseguido de la historia. No habían transcurrido más de cinco minutos cuando la figura se detuvo ante una casita de piedra con un simulacro de jardín en la parte delantera, sacó unas llaves del bolsillo de su chaquetón y empezó a abrir la verja de color verde. Álvaro observó sus movimientos desde la esquina. Muy quieto, hecho estatua de hielo y silencio, pensó en la persona que habitaba en aquel lugar. Y supo quién era. La oscuridad engulló su sorpresa y su furia con tragos diminutos.

No pudo dormir en toda la noche. Los susurros del confesionario retumbaban en su cabeza como chirridos incesantes, como lobos aullando a la luna. Niho Galiano, el mayor terrorista de la historia, el responsable de miles de muertes, el hombre cuyo rostro nadie conocía y del que todo el mundo hablaba, el cerebro del terror, el paradigma del espanto, allí, en su pueblo, en su propio pueblo, un lugar olvidado, le parecía imposible, le parecía una broma de mal gusto, no podía ser cierto, pero él lo había confesado. ¿Los terroristas se confiesan? A su modo de entender, los terroristas eran seres sin alma insensibles al dolor humano, y no creía que se confesasen. Y Niho Galiano, cuya identidad nadie conocía, tenía fama de implacable por el rastro de sangre que, a lo largo de muchos años, había dejado y seguía dejando tras de sí. La conciencia, tal vez la conciencia había gritado y aullado, pero los terroristas no tienen conciencia. Por su mente divagaba la imagen de una sombra entrando en casa de Lucas, el escultor, y el farol de la calle iluminando su rostro. Álvaro no daba crédito a lo que había contemplado. Lucas, con su calva incipiente, sus ojos penetrantes, su media sonrisa en forma de línea torcida y dedicado a sus pequeñas esculturas, vecino del pueblo desde hacía algunos años, taciturno, serio, callado, compañero ocasional de dominó, el que se mantenía un poco apartado de todos, el que desaparecía de cuando en cuando supuestamente para asistir a exposiciones, el que conversaba suavemente con él en la taberna, el que parecía un hombre tranquilo y afable, el que jamás pisaba la iglesia, no era realmente Lucas, el escultor. Era Niho Galiano, el terrorista.

La noche se transformó en un nido de eternidad.

Álvaro se levantó varias veces de la cama. ¿Por qué? ¿Por qué allí, en su pueblo, cuando existían miles y millones de lugares donde podía ocultarse? ¿Por qué tenía que confesarse si los terroristas supuestamente no se confiesan ya que supuestamente no se arrepienten de sus actos? ¿Qué había devanado la mente de aquel hombre hasta llegar al confesionario? ¿Por qué precisamente a él que era un sencillo cura rural? ¿Por qué le había cargado con tanto dolor? Porque era dolor lo que sentía brincando a manadas por dentro. Y no podía hablar. Y no podía decir nada. Y no podía denunciarlo. Y no podía acusarlo. Estaba obligado a callar por el secreto de confesión. ¿Por qué a él habiendo tantos sacerdotes en el mundo? ¿Por qué a él que llevaba una vida sencilla y sin problemas mayores? ¿Por qué a él? ¿Por qué? Las preguntas rebotaban contra las paredes de su mente formando un monte de amargura inquieta.

La mañana llamó a su puerta como un candil recién encendido. El sacerdote permaneció largo rato bajo la ducha caliente, se afeitó y vistió, entró en la cocina y preparó café. No había dormido en toda la noche.

Álvaro se mantuvo el día entero en un extraño estado entre la divagación y la ausencia, con miles de pensamientos arañando su cerebro, pensando y dando vueltas, y volviendo a pensar, y pensando de nuevo, para nada, simplemente para nada, pues nada era lo que podía decir, el silencio era y sería su eterno acompañante, pero el dolor de saberlo, el dolor de conocer al asesino más sanguinario del universo y tener que callar, callar, callar, tragarse la furia, la rabia, el odio, tener que ahuyentar, desterrar y olvidar la acusación, era algo que le reconcomía el alma una y otra vez. El susurro se repetía en su mente. Y la persecución. Y el descubrimiento de la identidad del terrorista. Las ideas se transformaban en mariposas negras revoloteando a su alrededor.

Esa misma noche, mientras la televisión le arrullaba con su sonido de cantos moribundos, una voz más temblorosa que el resto informó a los televidentes sobre el riesgo inminente de un brutal atentado por parte del FRESP, probablemente en la capital. Las entrañas de Álvaro quedaron reducidas a escombros de angustia, como gusanos royendo su furia con dientes muy chiquitos. La figura de Niho Galiano reventó en su cabeza, además de cuerpos destrozados, ayes de dolor, arroyos de sangre, bombas, gritos, explosiones, un inmenso aguacero de pesares. Él sabía quién era el responsable de tantas y tantas muertes, él conocía la identidad del cerebro de multitud de masacres, él había descubierto sin desearlo uno de los secretos mejor guardados del mundo. Tal vez en sus manos estuviera la posibilidad de detener aquel horror. Pero debía callar. En sus manos, en sus manos, la frase se repetía incesante, en sus manos, imposible, no podía, en sus manos atadas por una cuerda de silencio, tal vez debiera consultar con alguna autoridad eclesiástica superior, o enfrentarse directamente al terrorista, o tomar ignoraba qué tipo de medidas, o actuar de alguna manera, pero ¿qué podía hacer? Se pasó los dedos por el rostro como queriendo amasar y aplastar mil pensamientos.

Tras un tiempo indefinido que no supo calcular, decidió salir a dar una vuelta porque necesitaba que el frío de la noche se perfilase en su piel. Se acercaría a los acantilados, el lugar donde tantas veces se refugiaba para rezar o para meditar. Posiblemente no encontraría a nadie porque el frío había hecho que las casas engulleran a sus habitantes, pero en ese momento no importaban las presencias o las ausencias, lo que le resultaba imprescindible era salir de su hogar, no quedarse allí acumulando pensamientos porque le avasallaban, le arrasaban, le inundaban, le acribillaban de tal manera que se le hacía imposible mantenerse quieto.

Álvaro salió al resplandor de los faroles, atravesó el pueblo, solitario a esas horas, y se dirigió directamente hacia el sonido de unas olas que bramaban y bramaban sin cesar. Sus pasos sonaban tibios. Los acantilados se abrían a un mar que se confundía con la noche y repartía un soliloquio de espumas entre el aire y la oscuridad.

Una horda de variopintos pensamientos martilleaba el cerebro del sacerdote.

Las piedras del camino arrullaban nanas nocturnas en voz baja. Al fondo, sobre el horizonte iluminado por las estrellas y una luna perezosa en cuarto menguante, se delineaba una silueta. Álvaro se detuvo unos instantes con la duda apretada de desandar el camino, pero continuó adelante. Pese a necesitar de la soledad, tal vez en ese momento le viniera bien un poco de conversación. La silueta, enfundada en un grueso abrigo, con el cuello levantado y las manos en los bolsillos, permaneció impertérrita al borde mismo de uno de los acantilados.

El mar rugía desmadejado y ausente repitiendo incansable su continuo lamento de soledades.

Álvaro se aproximó despacio. Al llegar al mismo lugar donde se encontraba la silueta, el rostro del hombre allí presente se giró, y al sacerdote le pareció que dos brasas atravesaban sus pupilas agotadas.

-Buenas noches, padre Álvaro- musitó la sombra que tenía delante.

-Buenas noches, Lucas- respondió el sacerdote con el alma columpiándose en un hilo de terror.

Álvaro quedó atrapado entre el rugido infinito de las olas y el bramido incesante de sus pensamientos. Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, a su lado, junto a él, tricotando ideas dispersas en el inacabable tapiz de las miserias, y el mundo del silencio absorbiendo poco a poco tanto dolor desplegado que harían falta varios universos para abarcarlo. Niho Galiano se encuentra a unos centímetros de mi cuerpo, y no puedo decir nada, y no puedo hacer nada. No hablaron. No cruzaron ni una sola palabra. Niho Galiano, nadie sabe quién eres salvo yo. Y tú no sabes que yo lo sé. Se limitaron a contemplar la oscuridad herida casi de muerte por las estrellas y una luna triste en cuarto menguante. Niho Galiano, eres el responsable de demasiadas desgracias, eres lo peor del ser humano, lo más bajo, lo más abyecto, eres un asesino, asesino, asesino, asesino… Y a mí no me queda más remedio que perdonarte en nombre de Dios. Las ideas de Álvaro retumbaban en las piedras y quedaban suspendidas entre los dedos inmensos y pálidos de la noche.

Después de no supo cuántos minutos u horas de silencios compartidos, Álvaro dio media vuelta, se despidió de la sombra que lo había acompañado hasta el fin de un día casi eterno, y tomó el camino de su casa. Llevaba en el alma un racimo mustio de tristeza y soledad.

Días de lluvia y niebla empezaron a galopar junto a los habitantes del pueblo que permanecieron resguardados al calor de sus hogares, pero Álvaro, sumido en un nubarrón ofuscado de dudas y con el eterno deseo de liberar sus pensamientos, se acercaba diariamente a los acantilados a reposar cuerpo y alma. Unas veces se encontraba con Lucas y otras no. Hola y adiós, nada más entre ellos. Siempre se limitaban a compartir silencios. Por sus venas corría y saltaba el potro indomable de la furia contenida.

Fue una noche de principios de diciembre en la que pedacitos de niebla empezaron a adherirse lentamente a las calles y las piedras del pueblo, cuando el sacerdote encendió la televisión y se dispuso a cenar. El rostro de una joven rubia y bella apareció en la pantalla. La noticia reventó en el cerebro de Álvaro y lo pobló de asco y miseria: a las ocho y diez de la tarde, un vehículo cargado con varios kilos de explosivos había estallado en una importante plaza de la capital, muy concurrida a esas horas, dejando un saldo de cinco muertos y cuarenta y seis heridos, además de numerosas pérdidas materiales. El FRESP se había atribuido el atentado mediante una llamada telefónica.

El tenedor quedó suspendido entre el plato y la boca del sacerdote mientras una inmensa náusea le cercenaba el estómago y ascendía en espiral hasta su garganta. Las escenas de la plaza, ambulancias, policía, médicos, enfermeros, heridos, testigos, ataques de pánico, llantos, público, lamentos, gritos, una gran mancha de sangre repartida por el asfalto y las aceras, se repetían incesantemente. Niho Galiano, tú eres culpable, fue su primer pensamiento, eres culpable de todo, no sé por qué te confesaste si te da igual, absolutamente igual, llevas la muerte en las venas y la maldad, no en el alma que no posees, sino en la piel y en los huesos, porque tu piel y tus huesos están construidos de maldad, no sé por qué te confesaste, los terroristas no se confiesan, por supuesto que no se confiesan, los terroristas únicamente vomitan su podredumbre, podías haberte ahorrado el esfuerzo, y a mí el dolor de saberlo, y así seguiremos eternamente mientras haya seres como tú, y como tú habrá siempre alguien pero…

Una furia y una rabia de color amarillo limón le hicieron levantarse de la silla. Necesitaba aire, necesitaba pasear su odio, necesitaba gritar al viento todo lo que llevaba soportando a lo largo de días y días. No puedes hacer nada, Álvaro, nada en absoluto, decía una voz en su interior más profundo. Sí puedo, sí puedo, sí puedo, claro que puedo, respondía un susurro similar al silbido de la brisa, iré a buscarlo, hablaré con él, le diré, le convenceré, le haré ver, tal vez, quién sabe…

Descolgó el chaquetón del perchero situado junto a la puerta, se calzó unos gruesos guantes, abrió la puerta de su pequeña vivienda y salió.

Unos cachitos de niebla lo recibieron sonrientes y le golpearon en las mejillas.

En su cerebro se repetían las imágenes del atentado como una persecución sin principio ni fin. Tanta muerte inútil, tanta pena inútil, tanta orfandad inútil, tanta viudedad inútil, tantas tumbas inútiles, tanta y tanta pena inútil. Un latido descomunal rebosaba en su pecho plagado de rabia, o furia, o desesperación, o dolor, un gran dolor arrasando por dentro, como jamás había experimentado.

El camino hasta los acantilados transportaba más oscuridad que de costumbre mientras la noche se columpiaba en el hilo de las incoherencias. Los pasos de Álvaro parecían barrenadoras aplastando la niebla.

Una silueta se perfiló contra el cielo. Allí estaba. Allí estaba Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, quieto, impasible, al borde del acantilado como siempre, de cara a unas olas furiosas que reventaban, respirando la misma brisa que el mundo que se dedicaba a destrozar. Tendría que escucharle, tendría que atenderle, tendría que razonar, era imprescindible, tendría que hacerle renegar de sus creencias, o al menos intentarlo, tendría que atender a razones, no podía seguir en esa línea, porque Álvaro emplearía todo su poder de convicción y le haría comprender la inutilidad del camino que había emprendido hacía años, y Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, le escucharía, y hablarían y hablarían durante horas mecidos en el rumor del agua, el sacerdote quizás conseguiría lo que nadie había logrado porque el terrorista se había confesado, y los terroristas no se confiesan.

Lucas escuchó pasos en el camino, pero ni siquiera giró la cabeza. Sabía quién era porque allí se encontraban casi todas las noches y se dedicaban a compartir sonidos, fragores, estrellas y el mundo a sus pies sin palabras.

Álvaro se aproximó despacio. Un rayo de tinieblas atravesó su alma desolada en tanto que los cuerpos destrozados de las víctimas reventaban en su cabeza. Ésas y otras víctimas. Tantas a lo largo del tiempo. Llegó al borde del acantilado, se situó detrás de Lucas, el escultor, o de Niho Galiano, el terrorista. Hablaría con él. Procuraría, debía intentarlo, y él le escucharía, estaba seguro, porque se había confesado… Gritos, pena, impotencia, fuego, llamas, interrogantes, odio. El sacerdote quiso decir algo, pero le fue imposible, no pudo pronunciar ni una palabra de saludo porque sería una incongruencia, porque debería ser un adiós, porque ahora sabía lo que tenía que hacer en nombre de tantas víctimas inocentes. Sangre, aullidos, dolor, demasiado dolor desperdigado.

En una fracción de segundo menor a lo que dura el aleteo de una sombra, Álvaro dejó la mente en blanco, miles de excusas quisieron pasar por su cerebro pero las ahuyentó, cerró los ojos, tembló un instante, estiró los brazos y empujó a Lucas, el escultor, o a Niho Galiano, el terrorista. Miles de lamentos retumbaban sobre las olas. Gritos, ayes, pena, miseria dolor… Las manos del sacerdote quedaron crispadas en el aire mientras el cuerpo del terrorista, tras recibir el inesperado impacto, caía, caía y caía al vacío absoluto envuelto en un grito que permaneció colgando gélido entre la bruma.

Una noche disfrazada de terror abrazó al mundo.

Álvaro ni siquiera oyó el sonido del cuerpo contra las rocas del fondo. Permaneció quieto, muy quieto, sin un mínimo movimiento, sin un solo pensamiento, con la mente totalmente obstruida a cualquier sensación que no fuera un grandioso alivio y una terrorífica pena.

Jamás llegó a saber cuánto tiempo transcurrió, tal vez horas o segundos. Los gritos de las víctimas no dejaban de apuñalar su mente. En un momento específico de la noche, el sacerdote despertó de un letargo agrio y pertinaz, abrió los ojos y se miró las manos como si jamás las hubiera contemplado. El cielo se acurrucaba en un abanico de incógnitas. Y empezó a comprender. Eran las manos de un verdugo, de un asesino, como aquel hombre, Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, igual, era lo mismo, y ahora se parecían más que nunca. En su cerebro desquiciado empezaron a encajar las piezas una a una. ¿Qué había hecho? Él había librado al mundo de una alimaña inmunda, lo que le hacía ingresar en el club de los indeseables. Él era un sacerdote, no un asesino, pero había quitado la vida a un ser humano, aunque aquello no era un ser humano sino un monstruo, pero él era un sacerdote atado por el silencio, nadie podría haber impartido justicia, sólo él, sólo él, sólo él… Dios mío, perdón, ¿qué he hecho?, perdón, perdón, una vida, era una vida, igual que aquellas que Niho Galiano cercenaba con su particular guadaña.

La oscuridad tragó el cuerpo agotado del sacerdote mientras caminaba hacia el pueblo. Le pareció escuchar el crujido de los remordimientos tras de sí. Con el alma apretada entre fardos de dolor, se dirigió hacia la iglesia, abrió la puerta y cayó de rodillas ante el altar. ¿Qué he hecho? Perdón, perdón, perdón, Dios mío, perdón. El cuenco callado de la noche lo acogió entre sus brazos y le infundió serenidad. La mañana le sobresaltó entre lágrimas.

Cuando la luz atravesó las vidrieras impregnando el suelo de distintos arcos iris, Álvaro se puso en pie, permaneció unos instantes quieto, como queriendo grabar en sus pupilas cada rincón del recinto, miró a la figura del Cristo crucificado y se despidió de Él para siempre.

Las calles del pueblo estaban vacías a esas horas de la mañana. Sólo se oían los pasos del sacerdote mezclados con los latidos de su corazón.

Llegó a la Plaza Mayor, acarició la piel del mundo, respiró la vida, agradeció todos y cada uno de los minutos de los que había disfrutado a lo largo de su existencia y entró en el cuartel de la Guardia Civil.

-Buenos días, padre Álvaro- saludó Fulgencio, el guardia del puesto, simpático y bonachón?. ¡Qué madrugador está usted hoy!

Álvaro no respondió. Ni siquiera pudo sonreír.

-Dígame qué desea.

Su corazón fue un bombardeo de pesares que caían formando surcos agrietados. Le embargó tanta amargura que a punto estuvo de desfallecer. Repentinamente sintió y supo con absoluta certeza que el mundo iba a derrumbarse a su alrededor y nada podía hacer para evitarlo.

Un soplo de brisa entró por la ventana y le besó en la frente.

-Vengo a entregarme. Acabo de matar a Lucas, el escultor.

El rostro de Fulgencio, boca y ojos muy abiertos, se transformó en una máscara de duda, estupor e incredulidad.

Nadie supo jamás las razones que llevaron al sacerdote a cometer tan deleznable acto. El silencio fue su eterno compañero de condena.

 

Relato “Una tarde de domingo” incluido en el libro El hombre que leía a Dumas, Ediciones Rubeo

Una tarde de Domingo

Fue una tarde de domingo, una tarde que quedaría por siempre incrustada en su memoria, como un clavo en la carne, como un relámpago en la oscuridad, como un estilete en el alma.

Hacía frío, recordaba que hacía demasiado frío para ser abril, y unos panzudos nubarrones se balanceaban de un lado a otro del cielo formando una especie de monstruosa hamaca mullida y silenciosa. Nacho tenía quince años, casi dieciséis, el rostro plagado de molestos granos, la vida burbujeando ante los ojos y el corazón muy apretado de sueños. Aquella tarde de domingo, después de una agradable comida con sus abuelos, se encontraba en el primer piso de la fastuosa mansión familiar esperando la llegada de su padre. Su abuelo dormía la siesta y su abuela bordaba una interminable mantelería mientras él, hijo y nieto único, contemplaba la calle plagada de sombras ocres a través de los gruesos cortinajes de la sala de estar y aguardaba la aparición del magnífico automóvil en el que llegaría su padre. Don Ignacio, el gran hombre de negocios y futuro diputado, descendería del vehículo, miraría hacia la ventana, sonreiría a modo de saludo, subiría los escalones, llamaría a la puerta y, tras entregar su abrigo a la criada, se presentaría en la salita de estar, saludaría a sus suegros, hablaría un rato con ellos, tomaría café y recogería a su hijo para dirigirse a su hogar. La mayoría de los fines de semana se repetía el mismo rito sin variaciones.

Aquella tarde de domingo, como todas desde hacía ya demasiado tiempo, ni siquiera recordaba cuánto, Nacho observaba la vida a través de unos cristales cuajados de silencios. La luz opalina del atardecer hacía juegos malabares entre la calzada, las aceras y los parterres de flores.

El coche oscuro de Don Ignacio apareció en la lejanía. No había nadie en la calle. Nacho contempló el lento avance del vehículo a la vez que observaba cómo un hombre surgido de la nada daba la vuelta a la esquina y se dirigía con paso rápido hacia la casa de sus abuelos. Era un hombre joven, de unos veinte años, alto y delgado. Nacho pudo distinguir perfectamente sus facciones –el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado, negro y un poco largo y el andar desgarbado- salvo los ojos, que mantenía bajos. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de una gabardina siniestra, tan siniestra como la tarde. El hombre joven y el vehículo alcanzaron casi al mismo tiempo la puerta de la casa de sus abuelos.

A partir de ese momento, los hechos se sucedieron como a ráfagas, como si los instantes fueran relámpagos rasgando el aire. Don Ignacio salió del vehículo, cerró la puerta y se encaminó hacia la verja de entrada al jardín, a la vez que el hombre joven se detuvo ante él, sacó una pistola con silenciador, levantó el brazo y disparó varios tiros sobre el gran hombre de negocios y futuro diputado. La tarde, girando sobre sí misma, quedó inundada de rojo sangre. El joven moreno sonrió, introdujo de nuevo la mano en el bolsillo de la gabardina oscura, continuó caminando pausadamente por la acera y acabó colándose por entre las sombras de un atardecer pintado de rojo. Rojo sangre. La operación no duró más de diez segundos.

Nacho, único testigo de los hechos, se llevó las manos a los labios al tiempo que una palidez mortal inundaba su rostro.

Los días posteriores al asesinato se sucedieron transformados en un campo inagotable de terror, soledad y silencio, manadas de silencio interno. La policía, el dolor, los interrogatorios, la tristeza, el entierro, las investigaciones, el miedo, las pesquisas, los funerales, las lágrimas, los pésames, todo ello inmerso en grandes pozos de interrogantes e infinitas capas de incomprensión. Nacho dio a los investigadores una detallada descripción del joven moreno y alto, cuya imagen le perseguiría toda la vida. Y supieron de inmediato que se trataba de un sanguinario terrorista implacablemente perseguido por la justicia.

Se inició la búsqueda, la ciudad quedó paralizada, los investigadores trabajaron incesantemente, se realizaron diversas detenciones, se llevaron a cabo numerosos interrogatorios, no se escatimaron medios para poder capturar al asesino, pero el joven moreno, autor del atentado contra un gran hombre de negocios, jamás fue encontrado.

Nacho, ahora huérfano de padre y madre, hijo y nieto único de aquella familia de rancio abolengo, se trasladó a vivir con sus abuelos maternos. En la mente de aquel niño triste quedó para siempre incrustada la imagen de un joven de unos veinte años, alto y delgado, con el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado, negro y un poco largo, de andares un tanto desgarbados, del que recordaba perfectamente todas sus facciones salvo los ojos.

Los años marcaron la vida de Nacho con borbotones de luces y alegrías y lo transportaron por el mundo de las fiestas, los amores, los estudios y los sueños. Cuando recibió el título de Doctor en Medicina, su primer pensamiento fue para su padre. Y el trabajo le condujo al hospital de una ciudad extranjera situada a varios cientos de kilómetros de su villa natal, donde aprendió y desempeñó sus labores durante un tiempo que le pareció un suspiro.

Aquellos años le depararon ternuras tibias en forma de una mujer rubia y dulce y dos hijos preciosos. La vida le miraba con sonrisas mágicas.

Fue allí, en uno de los pasillos del hospital en el que prestaba sus servicios, donde una mañana de otoño adornada de colores muy tenues, Nacho se cruzó con un hombre alto y delgado, con el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado y negro, y los andares un tanto desgarbados. El joven incrustado a fuego en los pliegues de un ayer lejano ya no tenía veinte años y llevaba el pelo más corto, pero era él. Jamás lo olvidaría. Un instante sobrecogedor, un segundo terrorífico, miles de recuerdos agolpados en el cerebro y manchados de sangre. Nacho quedó petrificado. Permaneció parado en el pasillo durante unos segundos eternos, con miles de imágenes revoloteando a su alrededor, dio media vuelta y, sin pensárselo dos veces, siguió los pasos del asesino de su padre que paseaba impunemente por aquellos sus dominios. El hombre alto y delgado se encaminó hacia una de las consultas y tomó asiento. Nacho esperó a que le tocara el turno para saber cuál era su nombre y, una vez enterado, consultó su ficha para conocer sus datos.

Aquel fue el inicio de una persecución sin tregua. Nacho ignoraba por qué o para qué, pero empezó a perseguir por todas partes a quien, años atrás, asesinó a su padre y quedó impune. A lo largo de muchas horas, escrutó detenidamente todos sus rasgos para asegurarse de que la memoria no le engañaba. Lo siguió a pie y en automóvil de la manera más discreta posible. Supo dónde vivía, qué hacía, a quién veía, qué lugares frecuentaba, cuándo salía y entraba, cuáles eran sus horarios. Comió en los mismos restaurantes, bebió en los mismos bares y visitó las mismas discotecas que su perseguido. Supo que estaba solo. Supo de su vida y de sus movimientos. Y algo que no supo, porque no quiso saberlo, fue si aquel hombre alto y moreno continuaba perteneciendo a la banda terrorista a la que sirvió en el pasado. Ese factor carecía de importancia. Lo único realmente importante era el hecho de que, arrepentido o no, era el asesino de su padre.

Y el joven médico acumulaba información sin saber por qué ni para qué. Cientos de incógnitas se agolpaban en su cerebro como ramilletes secos o como flores marchitas. ¿De qué le servirían los datos tan detalladamente recopilados si no podía hacer nada con ellos? Resultaría inviable acudir a la policía por un delito ya prescrito. Resultaría impensable atacar a aquel hombre ya que la misión de un médico es ayudar a salvar vidas, no a destruirlas. Resultaría absurdo compartir con nadie una obsesión negra por un hecho olvidado hacía ya miles de años. El padre clamaba incesantemente desde todas las venas del hijo. Y el alma de Nacho se partía diariamente en cachos muy pequeños.

Pero el destino jugó magistralmente a los dados y esbozó una sonrisa similar a una mueca terrorífica.

Aquella tarde de luces sombrías y nubarrones a punto de estallar, el médico salió del hospital antes de lo previsto y se dirigió en coche a la calle donde habitaba su perseguido. Lo vio salir del portal con una maleta en la mano, introducirla en la parte posterior del vehículo, arrancar y dirigirse hacia la carretera interior de la playa. Le pareció extraño que no tomara la autopista. Nacho supuso que su intención sería pasar el fin de semana en algún pueblo costero y decidió saber dónde y, sobre todo, con quién. La persecución estaba adquiriendo tintes de paranoia.

Las nubes, rajadas de arriba abajo por un viento helado, empezaron a destilar sombras en forma de lluvia.

La solitaria carretera subía y bajaba entre las montañas. A lo largo del camino no se cruzaron más que con un par de coches. Nacho se preguntó por qué razón no habría tomado la autopista, mucho más rápida y mucho menos peligrosa, pero no supo responderse. Tal vez aquel hombre oscuro tenía una cita en la cima de algún monte oculto.

La lluvia empezó a taladrar la noche de la mano de un viento silbante y pertinaz.

El joven médico se mantenía a una prudente distancia de su perseguido para evitar cualquier tipo de sospecha. Un rayo arañó el cielo. Fue al introducirse en una curva muy cerrada cuando el vehículo que tenía delante derrapó y Nacho pudo ver, a medida que se acercaba, cómo el coche de su enemigo, envuelto en una oscuridad casi demente, daba varias vueltas de campana y trastabillaba, rebotaba, retumbaba, se retorcía, entre ruidos y chispas, hasta quedar detenido en el mismo borde de uno de los acantilados que se asomaba al mar.

El corazón de Nacho empezó a latir a velocidades astronómicas. Se aproximó muy despacio al lugar del accidente, escrutó la oscuridad, bajó de su vehículo y caminó lentamente hasta quedar situado a escasos metros de una manada de hierros retorcidos. El espectáculo era desolador. No creía que su ocupante se hubiera salvado.

Por su mente, tan empapada como su cuerpo de gotas y soledades, cruzó el pensamiento de que todo había terminado por fin, de que podría descansar para siempre, de que su obsesión había muerto y su padre –y él mismo- reposarían eternamente. Pero su sonrisa de felicidad y sosiego quedó partida por una voz lejana, tan lejana que parecía el murmullo del mar, y escuchó, escuchó atentamente, y comprendió que era una voz pidiendo socorro, que decía, por favor, ayuda, ayuda, ayuda, por favor, ayuda…

No era posible. Sí lo era. Socorro, musitaba el viento, o la brisa, o la lluvia, socorro…

Comprendió que su enemigo todavía estaba vivo. Y en su interior empezaron a luchar desesperadamente los pensamientos, él era médico, debía salvarlo, no podía, aquel ser despreciable debía morir, no podía matarlo, sí debía matarlo, no podía, sí debía, no podía, sí podía, su padre gritaba venganza, él gritaba reposo, su enemigo gritaba auxilio, y la lluvia, y el viento, y el mar, y las olas, gritaban furia, una furia arrolladora, la de dentro, la de fuera, y los truenos clamando.

Nunca llegó a saber si transcurrieron segundos, minutos u horas.

Quiso acercarse para saber por fin cómo eran los ojos de aquel hombre alto y delgado que, allá en un tiempo muy lejano, cambió su vida y su esencia, pero comprendió que, en el caso de que sus miradas llegaran cruzarse, jamás podría hacer lo que ahora sabía que debía hacer.

Un rayo reventó el aire.

Caminó unos pasos. Tenía mojado el rostro, y el cuerpo, y las manos. Todo era negro a su alrededor.

Se situó detrás del vehículo. Sonó un trueno terrorífico. La lluvia, el viento, los relámpagos, un aquelarre de angustia. Colocó sus manos en el guardabarros trasero. Las gotas resbalaban por sus mejillas. Parecían lágrimas.

Y empujó.

El coche, colgado de un hilo silencioso de esperanza, se precipitó al vacío dando vueltas, y vueltas, y vueltas…

Nacho permaneció allí observando la nada incolora durante lo que le parecieron siglos. Una voz en su interior repetía la palabra Justicia, mientras otra machacaba diciendo asesino, asesino, asesino… justicia… asesino… justicia… asesino… justicia, justicia, justicia…

Un vacío sin proporciones se apoderó de su alma.

De pie al borde del precipicio, contemplando sin contemplar el negro pastoso que tenía ante sí, el joven médico permaneció muy quieto, una estatua de sal y dolor, y empezó a llorar como no lo había hecho nunca.

© 2019 Blanca del Cerro