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Relato “¿Los terroristas se confiesan?” Primer Premio I Certamen de Relatos de la revista Punto de Libro

¿Los terroristas se confiesan?

Permaneció quieto, lívido, estático, sumido en un nubarrón de interrogaciones diversas y temblores, y dudas, muchas dudas que surgieron repentinas arropadas en briznas de cábalas, misterios y preguntas, preguntas enmarañadas, persiguiéndose, fustigándose, amontonándose, especialmente una que estalló sin quererlo en el fondo de su cerebro obnubilado repentinamente transformado en una amalgama de oscuridades. Y así hubiera permanecido durante nadie sabía cuánto tiempo de no ser por la chispa que prendió en su piel y le llevó a levantarse para solventar la duda sobrecogedora de saber quién era aquel hombre que acababa de descargar su alma.

Mientras sus piernas iniciaban el movimiento, la pregunta borboteaba incesante en el puchero de las incógnitas.

Álvaro abrió la puerta del confesionario, uno de los dos existentes en la pequeña iglesia de aquel pueblo verde de pinos y azul de olas, echó una mirada al crucifijo situado sobre el altar como pidiendo ayuda, y salió del recinto. Una metralla de frío le abofeteó el cuerpo.

Tengo que saber quién es, se dijo mientras iniciaba la persecución de una silueta ya lejana, tengo que saber quién es.

Y la pregunta se abrió paso por sus venas, y rascó y rascó en su alma hasta casi hacer daño, y reventó formando flecos desparramados:

¿Los terroristas se confiesan?

Los terroristas se confiesan

Y tras ésta surgieron otras, cúmulos, manadas de preguntas, un aluvión avasallador, como miríadas de pedruscos taladrando su cerebro. Pero no tenía respuestas por el momento porque lo que debía hacer en ese instante era olvidar todo aquello que no fuera la persecución de aquel hombre que se difuminaba para descubrir su identidad.

El pueblo, abrazado entre montañas de picos infinitos por el norte y abierto al mar en escarpados acantilados por el sur, contaba con unos mil o mil quinientos habitantes. A lo largo de los cinco o seis años que llevaba allí a cargo de su iglesia, Álvaro había llegado a conocer más o menos a gran parte de ellos, a unos más que a otros, y no podía imaginar quién sería el hombre que en ese instante se escurría entre las esquinas. El hombre que había aparecido aquella tarde por su iglesia con el rostro semioculto. El hombre que hacía unos minutos se había confesado acusándose de ser uno de los terroristas más sanguinarios y más buscados de la historia.

¿Los terroristas se confiesan?

La silueta no corría porque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. No podría ni siquiera imaginar que iba a ser perseguido en un lugar tan tranquilo y seguro como aquel, y mucho menos que su perseguidor sería el cura del pueblo. Tal vez se dirigiera a su hogar, o a una fonda, o a un hotel, o a un automóvil, algo en lo que Álvaro ni siquiera pensó, limitándose a no perder de vista la figura borrosa que caminaba y caminaba serpenteando a través de unas callejuelas tintadas de malva por el atardecer.

La tarde había rebozado sus pinceles de brisa en un arsenal de tubos pastosos y, con una delicadeza especial, casi sin percatarse, empezaba a maquillar la noche de oscuridades profundas.

¿Los terroristas se confiesan?

Álvaro Uriante, ya cerca de la cincuentena, alto, un poco grueso, el rostro agitanado, los ojos del color de la tierra que le rodeaba, como si la hubiera ido succionando a lo largo del tiempo, el cabello salpicado de canas, se sentía feliz en su entorno. Vivía en un mundo inundado de paz. Sus feligreses, al igual que el resto de los vecinos, eran personas tranquilas. La iglesia presentaba algunos problemas y le daba algún que otro quebradero de cabeza, pero nada que no pudiese solucionar con relativa facilidad. Habitaba en una pequeña casita de piedra, siendo atendido por la vieja Teófila, cascarrabias y gruñona, quien le preparaba la comida y lavaba y planchaba su ropa. Álvaro se encontraba inmerso en un semiparaíso de costumbres y candores al que se había habituado y no deseaba abandonar. Celebraba misa todos los días a las siete de la tarde y, a partir de esa hora hasta el anochecer, permanecía en la sacristía o en el confesionario para recibir a cualquier alma descarriada o solucionar cualquier asunto que requiriera su atención. Y aquella tarde de hielo y carámbanos colgados de la bruma había aparecido ese hombre, la cabeza gacha, el rostro hundido en el cuello levantado de un grueso chaquetón, entreverado de sombras, y se había arrodillado en el lateral del confesionario, en el lugar donde lo hacen las mujeres, y había empezado a hablar en susurros, y había continuado hablando a chorros, como arrancándose la miseria y la mugre del alma a pedazos inmensos. Yo soy Niho Galiano, el terrorista, el jefe supremo del Frente Salvador de la Patria. Al oír esas primeras palabras, Álvaro percibió un temblor terrorífico caracoleando por su cuerpo. Yo soy Niho Galiano, el responsable directo de todos los crímenes del FRESP. Álvaro se vio sumergido en una laguna de terrores. Yo soy Niho Galiano. Y no sé por qué estoy aquí, pero estoy, y no sé si me arrepiento, supongo que no, o sí, qué más da, pero sé que debo hacerlo, que debo volcar mi alma y sacar todo eso que llevo dentro porque me quema, me come, me abrasa. Álvaro sintió el vello de la nuca erizado, y relámpagos de terror trastabillando por sus venas, y un grito estrangulado que debía morder suavemente. Yo soy Niho Galiano, el terrorista más buscado del mundo, y vengo… qué quiere que le diga, no sé por qué vengo, tal vez un exceso de soledad que acaba comiendo por dentro hasta dejarte reducido a migajas, o ansias de volcarme, qué sé yo, y no puedo hablar con nadie, ¿sabe lo que eso significa?, no, no lo podría saber jamás, eso hay que vivirlo, sólo con usted, con usted sí, porque usted no puede decir nada, ni una palabra, está obligado a ello, y yo necesito gritarlo porque son demasiados años, y demasiados agobios, y demasiado silencio guardado… Aquel hombre continuó hablando y hablando ?parecía impregnado de ahogo?, y la cabeza de Álvaro se transformó en un barro pastoso que engullía sílabas, y temblaba como si fuera una estrella, una tiritera descomunal, la cabeza en forma de tiovivo, de un lado a otro, sin poder pensar, sólo escuchar palabras manchadas de sangre, mucha sangre, y miseria, toneladas de miseria resbalando por las laderas de la nada sombría a su alrededor. Finalmente, arropado en aquel rumor inconcebible que trazaba un pentagrama de furia retorcida en el viento, le fue imposible decir nada, ni siquiera una frase de consuelo, o de reproche, o una pregunta, y se limitó a trazar la señal de la cruz mientras musitaba: Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, sin siquiera haberle impuesto una penitencia, o saber si el hombre oscuro mostraba verdadero arrepentimiento, o si pensaba repetir sus espeluznantes hazañas, o…

¿Los terroristas se confiesan?

Decidió seguirle. No pensó por qué pero decidió hacerlo. Necesitaba imperiosamente saber quién era el dueño de aquella sombra.

La silueta continuó su marcha por las calles empedradas de suspiros y noche. Álvaro se cruzó con algunas personas conocidas a las que saludó, sin perder de vista al hombre oscuro que decía ser Niho Galiano, el terrorista más sanguinario y perseguido de la historia. No habían transcurrido más de cinco minutos cuando la figura se detuvo ante una casita de piedra con un simulacro de jardín en la parte delantera, sacó unas llaves del bolsillo de su chaquetón y empezó a abrir la verja de color verde. Álvaro observó sus movimientos desde la esquina. Muy quieto, hecho estatua de hielo y silencio, pensó en la persona que habitaba en aquel lugar. Y supo quién era. La oscuridad engulló su sorpresa y su furia con tragos diminutos.

No pudo dormir en toda la noche. Los susurros del confesionario retumbaban en su cabeza como chirridos incesantes, como lobos aullando a la luna. Niho Galiano, el mayor terrorista de la historia, el responsable de miles de muertes, el hombre cuyo rostro nadie conocía y del que todo el mundo hablaba, el cerebro del terror, el paradigma del espanto, allí, en su pueblo, en su propio pueblo, un lugar olvidado, le parecía imposible, le parecía una broma de mal gusto, no podía ser cierto, pero él lo había confesado. ¿Los terroristas se confiesan? A su modo de entender, los terroristas eran seres sin alma insensibles al dolor humano, y no creía que se confesasen. Y Niho Galiano, cuya identidad nadie conocía, tenía fama de implacable por el rastro de sangre que, a lo largo de muchos años, había dejado y seguía dejando tras de sí. La conciencia, tal vez la conciencia había gritado y aullado, pero los terroristas no tienen conciencia. Por su mente divagaba la imagen de una sombra entrando en casa de Lucas, el escultor, y el farol de la calle iluminando su rostro. Álvaro no daba crédito a lo que había contemplado. Lucas, con su calva incipiente, sus ojos penetrantes, su media sonrisa en forma de línea torcida y dedicado a sus pequeñas esculturas, vecino del pueblo desde hacía algunos años, taciturno, serio, callado, compañero ocasional de dominó, el que se mantenía un poco apartado de todos, el que desaparecía de cuando en cuando supuestamente para asistir a exposiciones, el que conversaba suavemente con él en la taberna, el que parecía un hombre tranquilo y afable, el que jamás pisaba la iglesia, no era realmente Lucas, el escultor. Era Niho Galiano, el terrorista.

La noche se transformó en un nido de eternidad.

Álvaro se levantó varias veces de la cama. ¿Por qué? ¿Por qué allí, en su pueblo, cuando existían miles y millones de lugares donde podía ocultarse? ¿Por qué tenía que confesarse si los terroristas supuestamente no se confiesan ya que supuestamente no se arrepienten de sus actos? ¿Qué había devanado la mente de aquel hombre hasta llegar al confesionario? ¿Por qué precisamente a él que era un sencillo cura rural? ¿Por qué le había cargado con tanto dolor? Porque era dolor lo que sentía brincando a manadas por dentro. Y no podía hablar. Y no podía decir nada. Y no podía denunciarlo. Y no podía acusarlo. Estaba obligado a callar por el secreto de confesión. ¿Por qué a él habiendo tantos sacerdotes en el mundo? ¿Por qué a él que llevaba una vida sencilla y sin problemas mayores? ¿Por qué a él? ¿Por qué? Las preguntas rebotaban contra las paredes de su mente formando un monte de amargura inquieta.

La mañana llamó a su puerta como un candil recién encendido. El sacerdote permaneció largo rato bajo la ducha caliente, se afeitó y vistió, entró en la cocina y preparó café. No había dormido en toda la noche.

Álvaro se mantuvo el día entero en un extraño estado entre la divagación y la ausencia, con miles de pensamientos arañando su cerebro, pensando y dando vueltas, y volviendo a pensar, y pensando de nuevo, para nada, simplemente para nada, pues nada era lo que podía decir, el silencio era y sería su eterno acompañante, pero el dolor de saberlo, el dolor de conocer al asesino más sanguinario del universo y tener que callar, callar, callar, tragarse la furia, la rabia, el odio, tener que ahuyentar, desterrar y olvidar la acusación, era algo que le reconcomía el alma una y otra vez. El susurro se repetía en su mente. Y la persecución. Y el descubrimiento de la identidad del terrorista. Las ideas se transformaban en mariposas negras revoloteando a su alrededor.

Esa misma noche, mientras la televisión le arrullaba con su sonido de cantos moribundos, una voz más temblorosa que el resto informó a los televidentes sobre el riesgo inminente de un brutal atentado por parte del FRESP, probablemente en la capital. Las entrañas de Álvaro quedaron reducidas a escombros de angustia, como gusanos royendo su furia con dientes muy chiquitos. La figura de Niho Galiano reventó en su cabeza, además de cuerpos destrozados, ayes de dolor, arroyos de sangre, bombas, gritos, explosiones, un inmenso aguacero de pesares. Él sabía quién era el responsable de tantas y tantas muertes, él conocía la identidad del cerebro de multitud de masacres, él había descubierto sin desearlo uno de los secretos mejor guardados del mundo. Tal vez en sus manos estuviera la posibilidad de detener aquel horror. Pero debía callar. En sus manos, en sus manos, la frase se repetía incesante, en sus manos, imposible, no podía, en sus manos atadas por una cuerda de silencio, tal vez debiera consultar con alguna autoridad eclesiástica superior, o enfrentarse directamente al terrorista, o tomar ignoraba qué tipo de medidas, o actuar de alguna manera, pero ¿qué podía hacer? Se pasó los dedos por el rostro como queriendo amasar y aplastar mil pensamientos.

Tras un tiempo indefinido que no supo calcular, decidió salir a dar una vuelta porque necesitaba que el frío de la noche se perfilase en su piel. Se acercaría a los acantilados, el lugar donde tantas veces se refugiaba para rezar o para meditar. Posiblemente no encontraría a nadie porque el frío había hecho que las casas engulleran a sus habitantes, pero en ese momento no importaban las presencias o las ausencias, lo que le resultaba imprescindible era salir de su hogar, no quedarse allí acumulando pensamientos porque le avasallaban, le arrasaban, le inundaban, le acribillaban de tal manera que se le hacía imposible mantenerse quieto.

Álvaro salió al resplandor de los faroles, atravesó el pueblo, solitario a esas horas, y se dirigió directamente hacia el sonido de unas olas que bramaban y bramaban sin cesar. Sus pasos sonaban tibios. Los acantilados se abrían a un mar que se confundía con la noche y repartía un soliloquio de espumas entre el aire y la oscuridad.

Una horda de variopintos pensamientos martilleaba el cerebro del sacerdote.

Las piedras del camino arrullaban nanas nocturnas en voz baja. Al fondo, sobre el horizonte iluminado por las estrellas y una luna perezosa en cuarto menguante, se delineaba una silueta. Álvaro se detuvo unos instantes con la duda apretada de desandar el camino, pero continuó adelante. Pese a necesitar de la soledad, tal vez en ese momento le viniera bien un poco de conversación. La silueta, enfundada en un grueso abrigo, con el cuello levantado y las manos en los bolsillos, permaneció impertérrita al borde mismo de uno de los acantilados.

El mar rugía desmadejado y ausente repitiendo incansable su continuo lamento de soledades.

Álvaro se aproximó despacio. Al llegar al mismo lugar donde se encontraba la silueta, el rostro del hombre allí presente se giró, y al sacerdote le pareció que dos brasas atravesaban sus pupilas agotadas.

-Buenas noches, padre Álvaro- musitó la sombra que tenía delante.

-Buenas noches, Lucas- respondió el sacerdote con el alma columpiándose en un hilo de terror.

Álvaro quedó atrapado entre el rugido infinito de las olas y el bramido incesante de sus pensamientos. Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, a su lado, junto a él, tricotando ideas dispersas en el inacabable tapiz de las miserias, y el mundo del silencio absorbiendo poco a poco tanto dolor desplegado que harían falta varios universos para abarcarlo. Niho Galiano se encuentra a unos centímetros de mi cuerpo, y no puedo decir nada, y no puedo hacer nada. No hablaron. No cruzaron ni una sola palabra. Niho Galiano, nadie sabe quién eres salvo yo. Y tú no sabes que yo lo sé. Se limitaron a contemplar la oscuridad herida casi de muerte por las estrellas y una luna triste en cuarto menguante. Niho Galiano, eres el responsable de demasiadas desgracias, eres lo peor del ser humano, lo más bajo, lo más abyecto, eres un asesino, asesino, asesino, asesino… Y a mí no me queda más remedio que perdonarte en nombre de Dios. Las ideas de Álvaro retumbaban en las piedras y quedaban suspendidas entre los dedos inmensos y pálidos de la noche.

Después de no supo cuántos minutos u horas de silencios compartidos, Álvaro dio media vuelta, se despidió de la sombra que lo había acompañado hasta el fin de un día casi eterno, y tomó el camino de su casa. Llevaba en el alma un racimo mustio de tristeza y soledad.

Días de lluvia y niebla empezaron a galopar junto a los habitantes del pueblo que permanecieron resguardados al calor de sus hogares, pero Álvaro, sumido en un nubarrón ofuscado de dudas y con el eterno deseo de liberar sus pensamientos, se acercaba diariamente a los acantilados a reposar cuerpo y alma. Unas veces se encontraba con Lucas y otras no. Hola y adiós, nada más entre ellos. Siempre se limitaban a compartir silencios. Por sus venas corría y saltaba el potro indomable de la furia contenida.

Fue una noche de principios de diciembre en la que pedacitos de niebla empezaron a adherirse lentamente a las calles y las piedras del pueblo, cuando el sacerdote encendió la televisión y se dispuso a cenar. El rostro de una joven rubia y bella apareció en la pantalla. La noticia reventó en el cerebro de Álvaro y lo pobló de asco y miseria: a las ocho y diez de la tarde, un vehículo cargado con varios kilos de explosivos había estallado en una importante plaza de la capital, muy concurrida a esas horas, dejando un saldo de cinco muertos y cuarenta y seis heridos, además de numerosas pérdidas materiales. El FRESP se había atribuido el atentado mediante una llamada telefónica.

El tenedor quedó suspendido entre el plato y la boca del sacerdote mientras una inmensa náusea le cercenaba el estómago y ascendía en espiral hasta su garganta. Las escenas de la plaza, ambulancias, policía, médicos, enfermeros, heridos, testigos, ataques de pánico, llantos, público, lamentos, gritos, una gran mancha de sangre repartida por el asfalto y las aceras, se repetían incesantemente. Niho Galiano, tú eres culpable, fue su primer pensamiento, eres culpable de todo, no sé por qué te confesaste si te da igual, absolutamente igual, llevas la muerte en las venas y la maldad, no en el alma que no posees, sino en la piel y en los huesos, porque tu piel y tus huesos están construidos de maldad, no sé por qué te confesaste, los terroristas no se confiesan, por supuesto que no se confiesan, los terroristas únicamente vomitan su podredumbre, podías haberte ahorrado el esfuerzo, y a mí el dolor de saberlo, y así seguiremos eternamente mientras haya seres como tú, y como tú habrá siempre alguien pero…

Una furia y una rabia de color amarillo limón le hicieron levantarse de la silla. Necesitaba aire, necesitaba pasear su odio, necesitaba gritar al viento todo lo que llevaba soportando a lo largo de días y días. No puedes hacer nada, Álvaro, nada en absoluto, decía una voz en su interior más profundo. Sí puedo, sí puedo, sí puedo, claro que puedo, respondía un susurro similar al silbido de la brisa, iré a buscarlo, hablaré con él, le diré, le convenceré, le haré ver, tal vez, quién sabe…

Descolgó el chaquetón del perchero situado junto a la puerta, se calzó unos gruesos guantes, abrió la puerta de su pequeña vivienda y salió.

Unos cachitos de niebla lo recibieron sonrientes y le golpearon en las mejillas.

En su cerebro se repetían las imágenes del atentado como una persecución sin principio ni fin. Tanta muerte inútil, tanta pena inútil, tanta orfandad inútil, tanta viudedad inútil, tantas tumbas inútiles, tanta y tanta pena inútil. Un latido descomunal rebosaba en su pecho plagado de rabia, o furia, o desesperación, o dolor, un gran dolor arrasando por dentro, como jamás había experimentado.

El camino hasta los acantilados transportaba más oscuridad que de costumbre mientras la noche se columpiaba en el hilo de las incoherencias. Los pasos de Álvaro parecían barrenadoras aplastando la niebla.

Una silueta se perfiló contra el cielo. Allí estaba. Allí estaba Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, quieto, impasible, al borde del acantilado como siempre, de cara a unas olas furiosas que reventaban, respirando la misma brisa que el mundo que se dedicaba a destrozar. Tendría que escucharle, tendría que atenderle, tendría que razonar, era imprescindible, tendría que hacerle renegar de sus creencias, o al menos intentarlo, tendría que atender a razones, no podía seguir en esa línea, porque Álvaro emplearía todo su poder de convicción y le haría comprender la inutilidad del camino que había emprendido hacía años, y Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, le escucharía, y hablarían y hablarían durante horas mecidos en el rumor del agua, el sacerdote quizás conseguiría lo que nadie había logrado porque el terrorista se había confesado, y los terroristas no se confiesan.

Lucas escuchó pasos en el camino, pero ni siquiera giró la cabeza. Sabía quién era porque allí se encontraban casi todas las noches y se dedicaban a compartir sonidos, fragores, estrellas y el mundo a sus pies sin palabras.

Álvaro se aproximó despacio. Un rayo de tinieblas atravesó su alma desolada en tanto que los cuerpos destrozados de las víctimas reventaban en su cabeza. Ésas y otras víctimas. Tantas a lo largo del tiempo. Llegó al borde del acantilado, se situó detrás de Lucas, el escultor, o de Niho Galiano, el terrorista. Hablaría con él. Procuraría, debía intentarlo, y él le escucharía, estaba seguro, porque se había confesado… Gritos, pena, impotencia, fuego, llamas, interrogantes, odio. El sacerdote quiso decir algo, pero le fue imposible, no pudo pronunciar ni una palabra de saludo porque sería una incongruencia, porque debería ser un adiós, porque ahora sabía lo que tenía que hacer en nombre de tantas víctimas inocentes. Sangre, aullidos, dolor, demasiado dolor desperdigado.

En una fracción de segundo menor a lo que dura el aleteo de una sombra, Álvaro dejó la mente en blanco, miles de excusas quisieron pasar por su cerebro pero las ahuyentó, cerró los ojos, tembló un instante, estiró los brazos y empujó a Lucas, el escultor, o a Niho Galiano, el terrorista. Miles de lamentos retumbaban sobre las olas. Gritos, ayes, pena, miseria dolor… Las manos del sacerdote quedaron crispadas en el aire mientras el cuerpo del terrorista, tras recibir el inesperado impacto, caía, caía y caía al vacío absoluto envuelto en un grito que permaneció colgando gélido entre la bruma.

Una noche disfrazada de terror abrazó al mundo.

Álvaro ni siquiera oyó el sonido del cuerpo contra las rocas del fondo. Permaneció quieto, muy quieto, sin un mínimo movimiento, sin un solo pensamiento, con la mente totalmente obstruida a cualquier sensación que no fuera un grandioso alivio y una terrorífica pena.

Jamás llegó a saber cuánto tiempo transcurrió, tal vez horas o segundos. Los gritos de las víctimas no dejaban de apuñalar su mente. En un momento específico de la noche, el sacerdote despertó de un letargo agrio y pertinaz, abrió los ojos y se miró las manos como si jamás las hubiera contemplado. El cielo se acurrucaba en un abanico de incógnitas. Y empezó a comprender. Eran las manos de un verdugo, de un asesino, como aquel hombre, Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, igual, era lo mismo, y ahora se parecían más que nunca. En su cerebro desquiciado empezaron a encajar las piezas una a una. ¿Qué había hecho? Él había librado al mundo de una alimaña inmunda, lo que le hacía ingresar en el club de los indeseables. Él era un sacerdote, no un asesino, pero había quitado la vida a un ser humano, aunque aquello no era un ser humano sino un monstruo, pero él era un sacerdote atado por el silencio, nadie podría haber impartido justicia, sólo él, sólo él, sólo él… Dios mío, perdón, ¿qué he hecho?, perdón, perdón, una vida, era una vida, igual que aquellas que Niho Galiano cercenaba con su particular guadaña.

La oscuridad tragó el cuerpo agotado del sacerdote mientras caminaba hacia el pueblo. Le pareció escuchar el crujido de los remordimientos tras de sí. Con el alma apretada entre fardos de dolor, se dirigió hacia la iglesia, abrió la puerta y cayó de rodillas ante el altar. ¿Qué he hecho? Perdón, perdón, perdón, Dios mío, perdón. El cuenco callado de la noche lo acogió entre sus brazos y le infundió serenidad. La mañana le sobresaltó entre lágrimas.

Cuando la luz atravesó las vidrieras impregnando el suelo de distintos arcos iris, Álvaro se puso en pie, permaneció unos instantes quieto, como queriendo grabar en sus pupilas cada rincón del recinto, miró a la figura del Cristo crucificado y se despidió de Él para siempre.

Las calles del pueblo estaban vacías a esas horas de la mañana. Sólo se oían los pasos del sacerdote mezclados con los latidos de su corazón.

Llegó a la Plaza Mayor, acarició la piel del mundo, respiró la vida, agradeció todos y cada uno de los minutos de los que había disfrutado a lo largo de su existencia y entró en el cuartel de la Guardia Civil.

-Buenos días, padre Álvaro- saludó Fulgencio, el guardia del puesto, simpático y bonachón?. ¡Qué madrugador está usted hoy!

Álvaro no respondió. Ni siquiera pudo sonreír.

-Dígame qué desea.

Su corazón fue un bombardeo de pesares que caían formando surcos agrietados. Le embargó tanta amargura que a punto estuvo de desfallecer. Repentinamente sintió y supo con absoluta certeza que el mundo iba a derrumbarse a su alrededor y nada podía hacer para evitarlo.

Un soplo de brisa entró por la ventana y le besó en la frente.

-Vengo a entregarme. Acabo de matar a Lucas, el escultor.

El rostro de Fulgencio, boca y ojos muy abiertos, se transformó en una máscara de duda, estupor e incredulidad.

Nadie supo jamás las razones que llevaron al sacerdote a cometer tan deleznable acto. El silencio fue su eterno compañero de condena.

 

Relato “Una tarde de domingo” incluido en el libro El hombre que leía a Dumas, Ediciones Rubeo

Una tarde de Domingo

Fue una tarde de domingo, una tarde que quedaría por siempre incrustada en su memoria, como un clavo en la carne, como un relámpago en la oscuridad, como un estilete en el alma.

Hacía frío, recordaba que hacía demasiado frío para ser abril, y unos panzudos nubarrones se balanceaban de un lado a otro del cielo formando una especie de monstruosa hamaca mullida y silenciosa. Nacho tenía quince años, casi dieciséis, el rostro plagado de molestos granos, la vida burbujeando ante los ojos y el corazón muy apretado de sueños. Aquella tarde de domingo, después de una agradable comida con sus abuelos, se encontraba en el primer piso de la fastuosa mansión familiar esperando la llegada de su padre. Su abuelo dormía la siesta y su abuela bordaba una interminable mantelería mientras él, hijo y nieto único, contemplaba la calle plagada de sombras ocres a través de los gruesos cortinajes de la sala de estar y aguardaba la aparición del magnífico automóvil en el que llegaría su padre. Don Ignacio, el gran hombre de negocios y futuro diputado, descendería del vehículo, miraría hacia la ventana, sonreiría a modo de saludo, subiría los escalones, llamaría a la puerta y, tras entregar su abrigo a la criada, se presentaría en la salita de estar, saludaría a sus suegros, hablaría un rato con ellos, tomaría café y recogería a su hijo para dirigirse a su hogar. La mayoría de los fines de semana se repetía el mismo rito sin variaciones.

Aquella tarde de domingo, como todas desde hacía ya demasiado tiempo, ni siquiera recordaba cuánto, Nacho observaba la vida a través de unos cristales cuajados de silencios. La luz opalina del atardecer hacía juegos malabares entre la calzada, las aceras y los parterres de flores.

El coche oscuro de Don Ignacio apareció en la lejanía. No había nadie en la calle. Nacho contempló el lento avance del vehículo a la vez que observaba cómo un hombre surgido de la nada daba la vuelta a la esquina y se dirigía con paso rápido hacia la casa de sus abuelos. Era un hombre joven, de unos veinte años, alto y delgado. Nacho pudo distinguir perfectamente sus facciones –el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado, negro y un poco largo y el andar desgarbado- salvo los ojos, que mantenía bajos. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de una gabardina siniestra, tan siniestra como la tarde. El hombre joven y el vehículo alcanzaron casi al mismo tiempo la puerta de la casa de sus abuelos.

A partir de ese momento, los hechos se sucedieron como a ráfagas, como si los instantes fueran relámpagos rasgando el aire. Don Ignacio salió del vehículo, cerró la puerta y se encaminó hacia la verja de entrada al jardín, a la vez que el hombre joven se detuvo ante él, sacó una pistola con silenciador, levantó el brazo y disparó varios tiros sobre el gran hombre de negocios y futuro diputado. La tarde, girando sobre sí misma, quedó inundada de rojo sangre. El joven moreno sonrió, introdujo de nuevo la mano en el bolsillo de la gabardina oscura, continuó caminando pausadamente por la acera y acabó colándose por entre las sombras de un atardecer pintado de rojo. Rojo sangre. La operación no duró más de diez segundos.

Nacho, único testigo de los hechos, se llevó las manos a los labios al tiempo que una palidez mortal inundaba su rostro.

Los días posteriores al asesinato se sucedieron transformados en un campo inagotable de terror, soledad y silencio, manadas de silencio interno. La policía, el dolor, los interrogatorios, la tristeza, el entierro, las investigaciones, el miedo, las pesquisas, los funerales, las lágrimas, los pésames, todo ello inmerso en grandes pozos de interrogantes e infinitas capas de incomprensión. Nacho dio a los investigadores una detallada descripción del joven moreno y alto, cuya imagen le perseguiría toda la vida. Y supieron de inmediato que se trataba de un sanguinario terrorista implacablemente perseguido por la justicia.

Se inició la búsqueda, la ciudad quedó paralizada, los investigadores trabajaron incesantemente, se realizaron diversas detenciones, se llevaron a cabo numerosos interrogatorios, no se escatimaron medios para poder capturar al asesino, pero el joven moreno, autor del atentado contra un gran hombre de negocios, jamás fue encontrado.

Nacho, ahora huérfano de padre y madre, hijo y nieto único de aquella familia de rancio abolengo, se trasladó a vivir con sus abuelos maternos. En la mente de aquel niño triste quedó para siempre incrustada la imagen de un joven de unos veinte años, alto y delgado, con el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado, negro y un poco largo, de andares un tanto desgarbados, del que recordaba perfectamente todas sus facciones salvo los ojos.

Los años marcaron la vida de Nacho con borbotones de luces y alegrías y lo transportaron por el mundo de las fiestas, los amores, los estudios y los sueños. Cuando recibió el título de Doctor en Medicina, su primer pensamiento fue para su padre. Y el trabajo le condujo al hospital de una ciudad extranjera situada a varios cientos de kilómetros de su villa natal, donde aprendió y desempeñó sus labores durante un tiempo que le pareció un suspiro.

Aquellos años le depararon ternuras tibias en forma de una mujer rubia y dulce y dos hijos preciosos. La vida le miraba con sonrisas mágicas.

Fue allí, en uno de los pasillos del hospital en el que prestaba sus servicios, donde una mañana de otoño adornada de colores muy tenues, Nacho se cruzó con un hombre alto y delgado, con el rostro enjuto y moreno, la nariz aguileña, la frente estrecha, el cabello rizado y negro, y los andares un tanto desgarbados. El joven incrustado a fuego en los pliegues de un ayer lejano ya no tenía veinte años y llevaba el pelo más corto, pero era él. Jamás lo olvidaría. Un instante sobrecogedor, un segundo terrorífico, miles de recuerdos agolpados en el cerebro y manchados de sangre. Nacho quedó petrificado. Permaneció parado en el pasillo durante unos segundos eternos, con miles de imágenes revoloteando a su alrededor, dio media vuelta y, sin pensárselo dos veces, siguió los pasos del asesino de su padre que paseaba impunemente por aquellos sus dominios. El hombre alto y delgado se encaminó hacia una de las consultas y tomó asiento. Nacho esperó a que le tocara el turno para saber cuál era su nombre y, una vez enterado, consultó su ficha para conocer sus datos.

Aquel fue el inicio de una persecución sin tregua. Nacho ignoraba por qué o para qué, pero empezó a perseguir por todas partes a quien, años atrás, asesinó a su padre y quedó impune. A lo largo de muchas horas, escrutó detenidamente todos sus rasgos para asegurarse de que la memoria no le engañaba. Lo siguió a pie y en automóvil de la manera más discreta posible. Supo dónde vivía, qué hacía, a quién veía, qué lugares frecuentaba, cuándo salía y entraba, cuáles eran sus horarios. Comió en los mismos restaurantes, bebió en los mismos bares y visitó las mismas discotecas que su perseguido. Supo que estaba solo. Supo de su vida y de sus movimientos. Y algo que no supo, porque no quiso saberlo, fue si aquel hombre alto y moreno continuaba perteneciendo a la banda terrorista a la que sirvió en el pasado. Ese factor carecía de importancia. Lo único realmente importante era el hecho de que, arrepentido o no, era el asesino de su padre.

Y el joven médico acumulaba información sin saber por qué ni para qué. Cientos de incógnitas se agolpaban en su cerebro como ramilletes secos o como flores marchitas. ¿De qué le servirían los datos tan detalladamente recopilados si no podía hacer nada con ellos? Resultaría inviable acudir a la policía por un delito ya prescrito. Resultaría impensable atacar a aquel hombre ya que la misión de un médico es ayudar a salvar vidas, no a destruirlas. Resultaría absurdo compartir con nadie una obsesión negra por un hecho olvidado hacía ya miles de años. El padre clamaba incesantemente desde todas las venas del hijo. Y el alma de Nacho se partía diariamente en cachos muy pequeños.

Pero el destino jugó magistralmente a los dados y esbozó una sonrisa similar a una mueca terrorífica.

Aquella tarde de luces sombrías y nubarrones a punto de estallar, el médico salió del hospital antes de lo previsto y se dirigió en coche a la calle donde habitaba su perseguido. Lo vio salir del portal con una maleta en la mano, introducirla en la parte posterior del vehículo, arrancar y dirigirse hacia la carretera interior de la playa. Le pareció extraño que no tomara la autopista. Nacho supuso que su intención sería pasar el fin de semana en algún pueblo costero y decidió saber dónde y, sobre todo, con quién. La persecución estaba adquiriendo tintes de paranoia.

Las nubes, rajadas de arriba abajo por un viento helado, empezaron a destilar sombras en forma de lluvia.

La solitaria carretera subía y bajaba entre las montañas. A lo largo del camino no se cruzaron más que con un par de coches. Nacho se preguntó por qué razón no habría tomado la autopista, mucho más rápida y mucho menos peligrosa, pero no supo responderse. Tal vez aquel hombre oscuro tenía una cita en la cima de algún monte oculto.

La lluvia empezó a taladrar la noche de la mano de un viento silbante y pertinaz.

El joven médico se mantenía a una prudente distancia de su perseguido para evitar cualquier tipo de sospecha. Un rayo arañó el cielo. Fue al introducirse en una curva muy cerrada cuando el vehículo que tenía delante derrapó y Nacho pudo ver, a medida que se acercaba, cómo el coche de su enemigo, envuelto en una oscuridad casi demente, daba varias vueltas de campana y trastabillaba, rebotaba, retumbaba, se retorcía, entre ruidos y chispas, hasta quedar detenido en el mismo borde de uno de los acantilados que se asomaba al mar.

El corazón de Nacho empezó a latir a velocidades astronómicas. Se aproximó muy despacio al lugar del accidente, escrutó la oscuridad, bajó de su vehículo y caminó lentamente hasta quedar situado a escasos metros de una manada de hierros retorcidos. El espectáculo era desolador. No creía que su ocupante se hubiera salvado.

Por su mente, tan empapada como su cuerpo de gotas y soledades, cruzó el pensamiento de que todo había terminado por fin, de que podría descansar para siempre, de que su obsesión había muerto y su padre –y él mismo- reposarían eternamente. Pero su sonrisa de felicidad y sosiego quedó partida por una voz lejana, tan lejana que parecía el murmullo del mar, y escuchó, escuchó atentamente, y comprendió que era una voz pidiendo socorro, que decía, por favor, ayuda, ayuda, ayuda, por favor, ayuda…

No era posible. Sí lo era. Socorro, musitaba el viento, o la brisa, o la lluvia, socorro…

Comprendió que su enemigo todavía estaba vivo. Y en su interior empezaron a luchar desesperadamente los pensamientos, él era médico, debía salvarlo, no podía, aquel ser despreciable debía morir, no podía matarlo, sí debía matarlo, no podía, sí debía, no podía, sí podía, su padre gritaba venganza, él gritaba reposo, su enemigo gritaba auxilio, y la lluvia, y el viento, y el mar, y las olas, gritaban furia, una furia arrolladora, la de dentro, la de fuera, y los truenos clamando.

Nunca llegó a saber si transcurrieron segundos, minutos u horas.

Quiso acercarse para saber por fin cómo eran los ojos de aquel hombre alto y delgado que, allá en un tiempo muy lejano, cambió su vida y su esencia, pero comprendió que, en el caso de que sus miradas llegaran cruzarse, jamás podría hacer lo que ahora sabía que debía hacer.

Un rayo reventó el aire.

Caminó unos pasos. Tenía mojado el rostro, y el cuerpo, y las manos. Todo era negro a su alrededor.

Se situó detrás del vehículo. Sonó un trueno terrorífico. La lluvia, el viento, los relámpagos, un aquelarre de angustia. Colocó sus manos en el guardabarros trasero. Las gotas resbalaban por sus mejillas. Parecían lágrimas.

Y empujó.

El coche, colgado de un hilo silencioso de esperanza, se precipitó al vacío dando vueltas, y vueltas, y vueltas…

Nacho permaneció allí observando la nada incolora durante lo que le parecieron siglos. Una voz en su interior repetía la palabra Justicia, mientras otra machacaba diciendo asesino, asesino, asesino… justicia… asesino… justicia… asesino… justicia, justicia, justicia…

Un vacío sin proporciones se apoderó de su alma.

De pie al borde del precipicio, contemplando sin contemplar el negro pastoso que tenía ante sí, el joven médico permaneció muy quieto, una estatua de sal y dolor, y empezó a llorar como no lo había hecho nunca.

Relato “Unos ojos siempre ocultos” incluido en el libro Ese amor que nos lleva, Ediciones Rubeo

Unos ojos siempre ocultos

La vio pasar. Fue como un chorro de luna que se clavase ingrávido en la tierra seca. La vio pasar, al igual que sucediera en tantas ocasiones a lo largo de los meses, o quizás de los años, quién podría saberlo, ya había perdido la cuenta. No la contempló como otras veces desde la ventana del inmenso castillo construido de nieblas y silencios, sino que lo hizo al salir atravesando el portón de hierro montado en aquel carro repleto de desesperanza.

La tierra se desperezaba con el chirrido de las ruedas.

Ella pasó por su lado camino de la plaza y, por primera vez en su existencia, pudo observarla de cerca, tan solo a unos quince pasos, no como hiciera día tras día desde la distancia, a lo lejos. Caminaba y su mirada permanecía clavada en el suelo, como siempre. El joven Marcelo hizo amago de levantar una mano para seguir la estela de su amor pero, tras pensar en la inutilidad de aquel intento, dejó los dedos quietos acariciando el aire.

Daría lo que le quedaba de vida por contemplar aquellos ojos siempre ocultos, como envueltos en brumas siniestras. Lo que le quedaba de vida… ¡Qué ironía!

Jornada tras jornada, sin faltar ni siquiera los domingos ni los días festivos, ella pasaba por delante de su ventana, la frente limpia, los labios semiabiertos a besos y esperanzas, la sonrisa quieta, el paso suave y la mirada rozando el suelo de tierra agrietada. Llevaba un sencillo vestido de campesina, una blusa tosca, un pañuelo al cuello y una falda color verde hoja revuelta entre las piernas. Quisiera ser falda, pensaba el joven Marcelo contemplando el camino por el que ella se perdía, eternamente a tu alrededor, y enredarme en tu madrugada oscura. El cabello, inmensamente negro, se le escapaba en hilos rebeldes rociando sus hombros y su espalda.

Y el joven Marcelo salía día tras día del castillo y empezaba a perseguir un sueño con el amor chorreando tras de sí, a la búsqueda de un espíritu, a la búsqueda de una sombra.

No era demasiado alta. Parecía delgada, pero no podría decirlo con precisión debido a los ropajes que cubrían su cuerpo. Será de porcelana, pensaba Marcelo, de porcelana fina construida por las manos de un hada.

Yo creo que debe llamarse Sol, se decía en voz baja, porque es sol lo que rezuma su cuerpo, o tal vez Luna, o Estrella, o Luz, porque brilla con una intensidad única. Puede que su nombre sea Esperanza, Alegría, Arpegio o Poema, simplemente Poema, quién sabe.

El joven Marcelo caminaba deprisa tras los pasos que se alejaban. Se dirige hacia el bosque, conjeturaba, hacia el lago, vivirá por esa zona, la seguiré, allí la detendré, y le expondré mi amor, único, profundo, verdadero, como jamás lo habrá conocido, y podré contemplar sus ojos que serán como luciérnagas, porque nunca los he visto, sólo los he imaginado, dos libélulas sobre el potro indomable de mi deseo. Y sus ojos siempre ocultos me succionarán para siempre, porque quiero que me engullan, que me introduzcan en la cueva clamorosa de mis ansias y sus ansias, en la sima de sus labios abiertos a mis labios, en la gruta infinita de nuestros latidos que formarán un lecho de sonidos inaudibles para el resto del mundo sobre el que reposaremos y nos amaremos hasta que se agote la eternidad.

La sombra vestida de campesina se confundía con el verde de la hierba y continuaba alejándose entre los árboles.

No puedo perderla, se decía el joven Marcelo, no puedo perderla ahora, aunque seguro que su hogar se encuentra en las casas al pie de la colina, cerca de donde discurre el río. Su familia trabajará para el duque, como casi todos los habitantes del lugar, y ella será una de las hijas de una pareja con una numerosa prole, como casi todas las parejas del entorno. Mis padres también tenían una numerosa prole, niños y más niños, pero ya ni siquiera me acuerdo de aquellos tiempos probablemente felices. Los he olvidado en la caverna tenebrosa de un ayer que prefiero no recordar para no hacerme daño. Pasaron como pasa casi todo en esta vida. Pero no importa. Nada de lo que pueda suceder importa con tal de amarla, de desearla, de estrujarla lentamente en mi pensamiento, de verla pasar día tras día por delante de mi ventana, sus ojos, sus labios, su piel de lucero incandescente. Me acercaría a su pueblo, a su casa, y hablaría con sus padres pidiendo a su hija en matrimonio, como debe ser, y sus padres sonreirían porque comprenderían que soy pobre pero honrado, me concederían su mano y viviríamos hartos de amor y besos, hundidos en el pozo de la dicha de poseernos, el ansia de gozarnos y el placer de sonreírnos. Y después… después sería mía para siempre, siempre, siempre, una palabra con sabor a canela.

Pasaba frente a su ventana todos los días, tan iguales, mañana y tarde, y todos los días la seguía en silencio.

Se perderían en el bosque, entre los millones de árboles, y se llenarían de ellos mismos, tumbados uno junto al otro, y podría paladear su carne y hundirse lentamente en su piel de gacela silenciosa, y finalmente conseguiría contemplar sus ojos, al fin sus ojos ocultos dejarían de serlo.

Su cuerpo, su cuerpo ingrávido muy pegado al suyo, chorreando sueños uno tras otro, escribiendo con sus labios la palabra Amor una y otra vez en la piel, bajo un marco de estrellas que se limitarían a cerrar los párpados y a permanecer en silencio para no perturbar el arsenal de caricias que se acumulaba frente a ellas.

Necesitaba ver sus ojos, saber cómo eran, agazaparse en ellos, acurrucarse despacio en su interior, muy despacio, con la lentitud de los luceros haciendo guardia sobre las montañas, necesitaba contemplarse en sus pupilas y sentirse para siempre espejo.

Y sus almas destilando abrazos.

El clamor de la multitud le despertó de su ensueño. Todo un mundo de posibilidades celosamente guardadas se transformó en una cruel realidad. Ya habían llegado. El carro se detuvo en el centro de la plaza principal de la villa. Los gritos de los cientos de hombres y mujeres allí reunidos parecían fauces abiertas a la búsqueda de alguna víctima, como él, como el resto de sus compañeros que permanecían en el castillo esperando que les llegara su turno. Todo el mundo le observaba, sentía millones de ojos hurgando en su piel.

Levantó la cabeza y observó. Su amor, su amor de los ojos ocultos, se encontraba cerca, a unos veinte metros, de pie, apoyada en un muro, con la cabeza agachada y un clamor de tinieblas a su alrededor. Era la primera vez que la veía sin que los barrotes de la mazmorra le impidieran una visión completa.

Allí estaba, con el silencio revoloteando a su alrededor.

El joven Marcelo bajó del carro y subió por las escaleras de madera del patíbulo. El mundo entero crujía bajo sus pies.

Allí estaba, tranquila, pequeña, un nido de silencio en las entrañas, su amor, su eterno amor de madrugada.

El verdugo, la cabeza cubierta con una capucha, se aproximó a él para hacerle la pregunta de rigor:

— ¿Cuál es tu último deseo?

Por la cabeza del joven Marcelo pasaron de repente miríadas de escenas de su corta vida, tan corta que le pareció un soplo de brisa momentánea, como el aleteo de una mariposa. Miró hacia el muro donde estaba apoyado su amor de los ojos ocultos, la niña que pasaba día tras día ante la ventana de su celda, y respondió señalando con el dedo:

— Quiero ver los ojos de aquella mujer.

A lo largo de su dilatada existencia el verdugo había escuchado muchas peticiones, infinidad de últimas voluntades, pero aquella le pareció la más estrambótica de todas.

— ¿Los ojos? ¿Quieres verle los ojos? —Preguntó extrañado a modo de respuesta—. ¡A estas alturas no te la puedes tirar, malandrín! —añadió con una carcajada.

El joven Marcelo no escuchó las palabras del verdugo ni apartó la mirada del muro sobre el que se apoyaba su amor, su amor del que había imaginado el cuerpo poro a poro, salvo los ojos. Si aquellos hombres que le custodiaban accedían, iba a verla, iba a sentirla, iba a tenerla a su lado, tan cerca y tan lejos a la vez. Era su último deseo, lo último que iba a hacer en su breve y desquiciada vida.

Uno de los guardias que se encontraba cerca, el más alto y desaliñado, bajó del patíbulo y, sorteando los cientos de cuerpos que se apiñaban a su alrededor, se aproximó a la zona en la que permanecía la campesina vestida de bosque verde. La agarró por los brazos y, sin pronunciar una palabra, la llevó consigo hasta el cadalso. Ella no opuso resistencia porque de nada le hubiera valido, pero temblaba. Subió los peldaños y la empujaron hasta dejarla frente al joven Marcelo. Sus ojos estaban clavados en la tierra, como siempre.

Poco a poco levantó la cabeza.

El joven Marcelo se vio invadido por un pozo negro formado de pupilas profundas que agarraron su alma como tenazas. La noche de aquella mirada infinita se extendió sobre su cuerpo llenándolo todo y succionándolo hasta dejarlo hueco.

El verdugo colocó la soga en torno al cuello del condenado.

Tus ojos, esos ojos de color pozo profundo, ya los he visto, ya los conozco por fin, esos ojos que jamás serán míos.

Marcelo cerró los párpados guardando para sí una mirada infinita de soles apretujados.

No importa, amor, ya nada importa, a estas alturas, qué va a importar, lo que más siento es que jamás será cierto lo que soñaba día tras día y noche tras noche en mi celda, jamás te perseguiré por los caminos, ni me acercaré a tu casa, ni nos tragará el bosque, ni te pediré en matrimonio, ni viviremos nuestras ilusiones juntos, ni acariciaré tu cuerpo de seda entre los árboles, ni introduciré mi alma en tu alma para siempre, ni contemplaremos el mundo mientras chorreamos estrellas. Lo que más siento es que nada será verdad a tu lado.

La mano del verdugo accionó la palanca.

No importa, amor, no te preocupes, de verdad, te juro que lo único que importa es que por fin he podido contemplar tus ojos.

A partir de ese instante, todo se transformó en oscuridad.

 

Relato “El corazón abandonado” incluido en el libro Llámame Olvido, Ayuntamiento de Moralzarzal

El corazón abandonado

Se miraron a los ojos —pupilas mendigando sueños— y se vieron en el espejo del alma —hambre y sed de caricias—, se cruzaron, se reconocieron, se sintieron, se palparon la vida a lo lejos, se enredaron repentinamente el uno en el otro, se absorbieron mutuamente, y todo cambió a partir de ese instante. Llevaban toda una eternidad conviviendo y jamás se habían percatado de sus propios anhelos. ¿Dónde estabas hasta hoy?, pensaron ambos al mismo tiempo. La vida dejó de latir y ellos, tras un cruce de miradas tan rápido como un destello lívido, adivinaron más que supieron que sus destinos quedarían unidos para siempre en un futuro muy lejano, allá donde se encuentran los deseos y las irrealidades con visos de realidad. Lo adivinaron porque sería imposible no adivinarlo. Lo intuyeron con el ansia de los destinos marcados. Lo imaginaron de mil maneras. Fue un roce cansino de ojos y alientos, y un suave batir de párpados, el aire en forma de torbellino alrededor de sus cuerpos, la brisa temblando a lomos de dos silencios tibios, la luz absorbiendo uno a uno todos sus instantes pasados y dejándolos en el reino de los olvidos eternos.

A partir del día cuajado de soles y sombras en el que sus cuerpos se cruzaron, Héctor y Miriam quedaron para siempre unidos por una sola mirada.

Y los ojos de Héctor buscaban a Miriam entre las calles y las plazas de Moralzarzal, el pueblo en el que habitaban. Y los ojos de Miriam buscaban a Héctor tras las verjas cansadas de tanto encierro, en los pasillos de la escuela, en las esquinas arrebatadas de sombras, desde los balcones repletos de macetas y flores, en los bancos de la iglesia, en los recovecos escondidos a cualquier mirada. Se buscaban ansiosos. Un duelo de pupilas ocultas. Se buscaban a todas horas, sin que nadie se apercibiera, deseosos de ellos mismos, pero únicamente se encontraban en el campo, en el centro de un pinar engalanado de verdes, pinos y más pinos, donde aprendieron a amarse con un amor que reventó creando soles y lunas y estrellas a sus pies. Somos muy jóvenes, se decían, ya verás más adelante, cuando tenga un trabajo, tú vivirás conmigo eternamente y serás mi reina, y tú vivirás conmigo para siempre y serás mi rey, ya verás, sólo hay que esperar, no quiero esperar, yo tampoco, pero debemos hacerlo. Caricias, besos y alguna lágrima.

El pinar verde, del mismo color que sus deseos, donde se reunían a diario, era el marco donde se amaban hasta la saciedad, hasta el delirio, hasta decir basta, que jamás decían. Serás siempre mía, aseguraba él, serás siempre mío, aseguraba ella. Estaremos juntos hasta la eternidad. Y masticaban mil veces la palabra siempre. El amor sonreía y destilaba sobre ellos. Así un día y otro día, acurrucados uno en los brazos del otro, brazos como lianas, hartazgo de deseos, delirio de sensaciones. Dejaremos aquí nuestro amor eterno, dijo él, para tenerlo siempre presente, y si algún día nos separamos, vendremos a este bosque a recogerlo. Y si lo olvidamos, a recordarlo. Y si lo perdemos, a recuperarlo. Permanecerá aquí si nosotros faltamos. Un temblor recorrió el cuerpo de Miriam. No hables de separaciones, dijo ella, estaremos juntos hasta… No podría soportarlo. No podría soportar estar sin ti. Sería la muerte en vida. Y escogieron un árbol pequeño y apartado para grabar un corazón con sus nombres. Héctor extrajo una navaja de un bolsillo y empezó a horadar la piel del pino. Tú siempre estarás aquí, decía él mientras se llevaba la mano al pecho y a continuación al tronco. Tú siempre estarás aquí, repetía ella haciendo el mismo gesto. Las dos letras quedaron grabadas dentro de los corazones, el del árbol, el del interior de cada uno. Y sellaron su pacto de amor eterno con un beso ante el tronco recién grabado con sus iniciales.

Pero la vida es frágil y veleidosa, irrumpe de forma brutal en las ilusiones de los seres humanos y no siempre camina conforme a los deseos que han amasado los hombres.

Poco tiempo después, por imperativos del destino ajenos a sus voluntades, Héctor y sus padres, la pequeña y vivaracha Candelas y el gigantesco y sonriente Fortunato, tuvieron que emigrar a una ciudad extranjera, un lugar enorme en comparación con su pueblo cargado de dulzuras, un sitio plagado de humos y coches, de ruidos y sombras, sin la paz de los pinos, ni la calidez de las montañas, ni el susurro de los prados.

Miriam y Héctor recibieron la noticia de su separación como un trallazo. Y surgió una fuente inagotable de ayes y lamentos.

El día de la despedida cayó como una losa sobre los dos amantes que sintieron como si se estuvieran rompiendo, como si la vida se hubiera detenido para siempre en aquel preciso instante. Regados por una lluvia imparable de lágrimas que dejó empapados hasta sus suspiros, se dijeron adiós ante el pino grabado, ante el corazón con sus iniciales, testigo inconfundible de sus amores, buscándose desaforadamente por todos los rincones de sus cuerpos a punto de partirse. Volveré, no temas, volveré. Te esperaré, no lo dudes, te esperaré. Te encontraré aquí. Me encontrarás aquí. Este corazón es testigo. Júralo, lo juro, lo juro, lo juro… Unas palabras que el viento tragó despacio.

Héctor partió a la mañana siguiente envuelto en una madrugada seca, ahogado en un caleidoscopio de sombras. No hubo adioses, sólo el rumor de dos corazones palpitando cuyo sonido rebotaba en todas las paredes de las casas. Miriam permaneció en el pueblo, encerrada en un silencio pastoso y lúgubre que transformó sus días —y especialmente sus noches— en una cadena de luces marchitas en la que se apretujaban los minutos, las horas y los meses deslizándose suavemente por el tobogán de la desesperación. Y allí se encerró de por vida, en la frustración inútil de un amor lejano.

La gran ciudad, torbellino de luces, un ente hasta entonces desconocido, se abrió ante Héctor con una furia arrolladora. Coches, tiendas, multitudes, autobuses, asfalto, tráfico, mucha gente, mucho ruido, mucho humo, y bailes, cines, restaurantes, bares, mujeres, cientos de mujeres hermosas y atractivas.

Su amor estaba allí lejos, en el pueblo, seguro y tranquilo, bajo el juramento de un corazón, y él lo recordaba con dulzura, y lo añoraba.

Los ojos del joven absorbían el espacio. Se sintió realmente subyugado. La gran urbe fue un verdadero descubrimiento, algo totalmente distinto a lo que había dejado atrás, un tipo de vida nuevo y sugerente. La ciudad atrapó a Héctor entre sus garras poco tiempo después de su llegada y empezó a convertirlo en una marioneta de sí mismo.

El corazón en el árbol, testigo de un amor grandioso, paseaba suavemente por su cabeza, lo veía, lo palpaba, Miriam, repetía, juré que volvería a buscarte, y lo haré, por supuesto, mi promesa está allí, claro que lo haré, no sé cuándo, pero…

Poco a poco, con la lentitud que caracteriza al tiempo que transcurre casi sin transcurrir, Héctor se vio inundado de proyectos nuevos, de amistades nuevas, de actividades nuevas, de lugares nuevos… y de mujeres nuevas. Ellas, las mujeres, se asemejaban a búcaros de porcelana con flores recién abiertas que pronunciaban palabras invisibles y pedían a gritos su presencia. Y Héctor, en un principio, rechazó cualquier tipo de aproximación, pero ellas, tan distintas, tan sofisticadas, tan bellas, insistían, y sus labios, y sus ojos, y sus cuerpos… Héctor sonreía y lentamente olvidaba.

La imagen de Miriam, el pueblo, aquellos campos inmensos y, en el fondo, aburridos, las gentes de allí, tan simples y sencillas, tan diferentes a lo que tenía ahora, el corazón grabado en el pino con sus iniciales, algo tan tierno pero tan manido, incluso absurdo, añagazas femeninas al fin y al cabo que nada significaban en realidad. Ante los ojos del joven se perfilaban las grandes diferencias existentes entre su vida anterior ?un tanto insulsa, ahora lo comprendía? y su existencia actual.

En sus cartas, cada vez más espaciadas, Héctor había prometido a Miriam ir a verla, visitarla, cubrirla de mimos, rodearla de cuando en cuando entre sus brazos, pero jamás lo hizo. Las fauces de la ciudad eran demasiado poderosas, como tentáculos invisibles que absorbían y absorbían cada día un poco más.

Con el correr del tiempo, Héctor inició sus estudios universitarios decantándose por la carrera de Derecho. La universidad donde estudiaba, las personas con las que se codeaba, los amigos, las comidas, las fiestas, las diversiones, las noches en agradable compañía, las bellas mujeres a su alrededor, todo ello constituyó para él el trampolín definitivo por el que saltó hacia el olvido casi absoluto de su vida anterior. Lentamente, muy lentamente, el joven fue instaurando lejanías, no de distancias que eran evidentes, sino de sentimientos.

Pero en su cabeza, en su mente obnubilada y casi totalmente atrapada por otros menesteres mucho más sugerentes, mucho más atractivos que un recuerdo lejano, surgía sin quererlo un corazón grabado, testigo de una promesa. Sin desearlo, aquel corazón estallaba ante él. No quería, Héctor no quería, pero allí estaba siempre constante, el corazón explotaba, brotaba, burbujeaba, se debatía, luchaba por sobrevivir, gritaba con aullidos suaves. Una suerte de conciencia en madera. Y el joven intentaba apartarlo. Y el corazón insistía en seguir instaurado en su cerebro. Ahora comprendía que no podía hacer caso a una tontería juvenil. Aquello había sucedido hacía años, casi siglos. Probablemente, la chica de la que estuvo enamorado ya habría olvidado todo, viviría en aquel pueblo tierno y revestido de verdes, tan bello pero tan poca cosa en comparación con lo que ahora poseía, Miriam, sí, se llamaba Miriam, casi no lo recordaba, y Miriam estaría ahora felizmente casada después de tantos años y de tantas vivencias, tendría un par de hijos, ya le habría olvidado, había transcurrido tanto tiempo…

Pocos meses después de que Héctor finalizara sus estudios y del inicio de su trabajo en un importante bufete, sus padres le comunicaron la terminación del contrato laboral que les había llevado hasta aquel lugar y la decisión de volver a su país, a su querido pueblo, a su Moralzarzal del alma. Héctor no tuvo que pensárselo demasiado y les indicó que prefería permanecer en la gran ciudad donde se sentía plenamente a gusto, donde tenía su vida y el mundo le sonreía. En realidad, la principal razón oculta de su permanencia era una mujer llamada Mónica a quien había conocido durante una de las múltiples fiestas a las que asistía. Morena y dulce, dieciocho años, no excesivamente alta, con el cabello largo y los ojos oscuros, muy similares a otros casi olvidados entre las brumas de la sinrazón. Mónica pertenecía a una familia de la alta sociedad, un buen partido, decían los entendidos en los entresijos de los amores y los desamores, y mucho dinero, susurraban otros. Mónica tenía sonrisa de sirena varada, piel de azucena y labios tan rojos como el ocaso. Mónica le rodeó con sus brazos y el mundo entero dejó de existir. ¿Dónde has estado hasta ahora? parecía decir Héctor repitiendo la misma pregunta que en cierta ocasión se hiciera con Miriam. La vida se transformó en un cúmulo de sueños de algodón con una única y exclusiva protagonista: Mónica.

Pero el árbol, aquel árbol perdido con un corazón grabado y dos iniciales entrelazadas, continuaba su incesante labor de conciencia, y le acosaba por las noches, entre sueños, brumas y pesadillas, como una daga profunda que perforase y barrenase hasta el fondo del alma. Tengo que apartarlo, pensaba, tengo que quitármelo de encima, hacer que desaparezca, no puedo seguir así con esa figura acosándome, he de actuar de algún modo, aquello dejó de existir hace tiempo, ahora todo es distinto, soy un hombre, tengo un amor, un amor verdadero, no infantil como aquél otro, porque aquél ya pasó, y si ya pasó ¿por qué me persigue? Las noches de Héctor acabaron transformándose en agujeros negros agarrotados entre fantasmas y soledades. No puede ser, repetía, no puede ser, esto ha de terminar de algún modo, es insufrible tanta desazón por una tontería infantil. El corazón estallaba ante sus ojos como una pompa de jabón continua, como un martillo aporreando su realidad palpable, como un estilete horadando sus entrañas. Héctor no llegó ni siquiera a percatarse de que aquel runruneo incesante únicamente se resumía en el clamor de su propia conciencia. Y una noche de insomnio y dolor de alma, una más entre sus noches de ardores infinitos, decidió que la mejor forma de finalizar con aquella persecución absurda y sin sentido sería destruir el corazón para siempre. La idea surgió de repente estallando en el borde de su cerebro. En el mismo instante en que reventó, Héctor se sentó en la cama guardándose una sonrisa bajo la almohada, se detuvo a meditar seriamente tal pensamiento y consideró que había tenido una magnífica idea, una idea realmente brillante. Por supuesto, era lo mejor que podía hacer: destruir el corazón que le acosaba. Y así se libraría por siempre de dicha tortura. Supuso y creyó firmemente que la destrucción del árbol supondría el fin de su condena.

Unos días después, con el pretexto de un importante viaje de negocios, Héctor emprendió camino hacia su país y hacia su pueblo. Sentía arañazos en el alma, como una especie de sinsabor oscuro que trasegaba lentamente por su interior, voces entrecruzadas que le decían que iba a hacer bien, que iba a actuar de la manera adecuada, que terminando con aquel corazón grabado finalizarían sus problemas. Jamás pasó por su cabeza la idea de que la conciencia nunca desaparece, nunca se borra, siempre permanece intacta, un latido descomunal y continuo.

Llegó a Moralzarzal a media tarde, entre una cuna de sol a medio desaparecer y un manto de sombras a punto de tragar al mundo. El viento interpretaba una musiquilla impregnada de sensaciones diversas. La gran mayoría de los habitantes del pueblo, conocidos de la familia desde tiempos inmemoriales, habían sido informados por Candelas y Fortunato de la inminente llegada de su hijo y salieron a recibirle. El alcalde, todo sonrisas y elegancia, constituyó un comité de recepción y organizó una pequeña fiesta de bienvenida en la taberna de la Plaza del Ayuntamiento en honor a aquel muchacho que había salido de allí siendo casi un niño y volvía transformado en un hombre de bien, culto, rico y elegante.

Héctor quedó gratamente sorprendido por el recibimiento. Muchos amigos, todos ellos tan cambiados como él mismo, y muchos más conocidos y curiosos, acudieron alegres a la taberna. El alcalde pronunció un breve discurso de bienvenida, los presentes agasajaron al anfitrión, hombres, mujeres y niños, rieron, comieron, bebieron y cantaron a lo largo de una tarde turbia de grises y ocres, como ahogada en un pozo de angustia. Todo fueron sonrisas, reencuentros y parabienes. En el fondo de su alma alborotada, Héctor guardaba la esperanza de no tropezarse con su antiguo amor, porque había vuelto para eso, para eliminarlo de su mente, para suprimirlo y ahogarlo en la piel de un árbol, y siempre es preferible no mirar a los ojos a quien uno desea destruir pues, en caso de hacerlo, no estaba seguro de que pudiera llegar a cumplir su misión. Él no preguntó por Miriam y nadie habló de ella. Tal vez hubiera salido del pueblo hacía tiempo. Probablemente estaría casada, atendiendo a un marido y con dos o tres niños a los que cuidar. Más tarde, amparado en el ahogo negro de la noche, sin testigos y sin ruidos, haría lo que debía de hacer. Nadie lo sabría. Todo quedaría oculto en el secreto de la oscuridad. Y finalmente se marcharía liberado.

Las sombras empezaron a revolotear alrededor de los hombres en forma de mariposas negras.

Una vez en su casa, y cuando Candelas y Fortunato se acostaron tras un día agotador de algarabía y sorpresas, Héctor salió arropado en la capa de la noche para dirigirse al pinar. Entró en el cobertizo situado a la izquierda de la casa, agarró una linterna y un hacha, y salió con un arsenal de silencios a sus espaldas. Sus pasos marcaban recuerdos, un paso, un recuerdo, que él apartaba con la mano como si fueran libélulas a su alrededor, un paso, un recuerdo, y la imagen de Miriam surgía, y se preguntaba sin quererlo por qué la había abandonado, un paso, un recuerdo, imaginando sin llegar a saberlo que ella estaría esperando, y contestándose que no, que no era posible, y se decía que no era así, que no la había abandonado, aunque en el fondo sabía que sí, sabía que había dejado morir su amor, que había dejado de escribir, que había aplastado su pasión, que jamás la había visitado, promesas rotas, juramentos vanos, e intentaba convencerse de que habían sido cosas de chiquillos, pero sabía que no porque, una vez secuestrado por su nueva vida en la lejanía, jamás se había interesado por ella, por Miriam, jamás se había preguntado dónde estaba, qué hacía, que había ocurrido con su vida. Jamás se había preocupado en saber si había herido su alma. La abandonó allí, muy lejos de todo, en una soledad ilimitada. La dejó sola, desgajada, angustiada, rota, a la espera de la nada infinita. Los pensamientos se abalanzaban sobre él en forma de aludes imparables. Voy a destruirlo, sí, voy a destruir el corazón del árbol para que me deje en paz No es cierto, no es cierto que la abandoné, simplemente seguí mi vida, no podía continuar atado a una promesa, las promesas no son nada, se decía, aunque sabía que en cuestión de amores las promesas lo son todo. Podía haber vuelto, y haberle explicado, pero no lo hice, no pude hacerlo, o no quise hacerlo, el amor es tan frágil…

Héctor llegó al pinar con una herida de luna en la frente y buscó con desesperación el árbol pequeño y un poco apartado donde estaban grabadas las iniciales de los nombres de sus amores juveniles. Lo encontró. El pino había crecido transformándose en un árbol grandioso, pero allí estaba el corazón testigo de su infortunio. Al pasar la mano por la corteza, un temblor de tinieblas le recorrió el cuerpo entero, pero no se dejó avasallar por las manadas de pensamientos que surgían arrollando su cerebro, tan tumultuosos que parecían cataratas arrasándole. Depositó la linterna en el suelo. Inmerso en una locura ilimitada y sin otra idea en la mente más que la destrucción, agarró el hacha con las dos manos y empezó a descargar golpes uno tras otro, convirtiendo furiosamente en trozos lo que en su tiempo había sido el gran homenaje a sus amores. Al compás de los hachazos, cada vez más cargados de furia y desesperación, su cerebro repetía: “Ya no me perseguirás, ya no me perseguirás más”. Enceguecido por tan vandálica acción, Héctor no sintió ni escuchó el sonido de unos pasos acercándose. Continuó su labor como un acto de desesperanza absoluta, con una sensación de liberación total. Ahora dejarás de perseguirme. Mientras tanto, el cielo sumiso desplegó un silencio sobrecogedor que encerró al mundo en una especie de campana infinita carente de ruidos. El único sonido del universo parecía ser el del hacha cayendo una y otra vez sobre el árbol que, a medida que transcurría el tiempo, iba quedando reducido a trozos informes de madera. Y Héctor continuó su fatídica labor durante horas hasta que, bañado en un sudor pegajoso, con el cuerpo destrozado y las manos llenas de heridas, acabó por hacer astillas el tronco y las ramas de aquel árbol convertido en obsesión. Héctor no vio, porque no podía ver nada a su alrededor, que unos ojos oscuros vigilaban todos sus movimientos. Una vez finalizada su misión, en el momento en que acabó por completo con el tronco y las ramas del pino, tomó asiento junto a la pila de madera a la que había quedado reducido el árbol y cerró los ojos. En ese preciso instante, recibió un fuerte golpe en la cabeza y perdió el sentido.

Un pedacito de madrugada se filtró con suavidad por sus pestañas. Sentía los párpados como losas calientes. Quiso moverse y no pudo. Quiso hablar y no pudo. Comprendió que tenía las manos y los pies atados con unas bridas de nylon o algo similar, y un trozo de cinta americana le cubría la boca. Le dolía el cuerpo entero. No entendía lo que había sucedido, dónde se encontraba, por qué le habían inmovilizado en el suelo, qué estaba pasando y, sobre todo, quién era el causante de aquel terror. Abrió los ojos.

El cielo se iba transformando paulatinamente en claridades fugaces.

Ante él se delineó una silueta grisácea que aparecía envuelta en los vidriosos colores del amanecer. Parecía un espectro, o un fantasma, o tal vez algo peor. La silueta vestida de negro le miraba fijamente con unos ojos turbios que encerraban un rastro de locura incierta. El cabello enmarañado, la sonrisa torcida, los labios agrietados, la cabeza bamboleante y unas manos huesudas y secas que se asemejaban a garfios atenazados.

-Hola, amor mío, murmuró la figura-. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Un terror sin fronteras ni esquinas quedó reflejado en los ojos de Héctor. Tenía ante sí a un ser extraño, lívido, una especie de sombra surgida de lo insondable. Lo que veía era el esqueje de un recuerdo. Sin retirar la mirada de su cuerpo, la figura alargó una mano para acariciarle el rostro.

-Te he echado tanto de menos… tanto… No lo podrías imaginar jamás.

De aquellos ojos turbios empezaron a brotar lágrimas, un torrente imparable de tristeza.

-Y ahora ya te tengo a mi lado, por fin juntos, amor mío, por fin, ahora, cuando ya nada es posible, qué pena, amor mío, qué pena, cuando ya nada es posible. Porque tú lo estropeaste. Lo estropeaste todo, sí, lo estropeaste con el olvido más absoluto, y me dejaste aquí, sola, con nuestro corazón grabado.

Aquella mujer, aquella silueta delgadísima, como un suspiro, con los ojos perdidos, los cabellos enmarañados, las mejillas prominentes, la voz temblorosa, el cuerpo encogido, aquella mujer era Miriam. Tan distinta a lo que él recordaba.

-Nuestro corazón grabado, ¿recuerdas?, donde juramos ser uno del otro por siempre. Te estuve esperando ¿sabes? Te esperé durante mucho, muchísimo tiempo, porque lo juramos, ¿recuerdas?, teníamos un juramento, tu amor, mi amor, nuestro amor único en el mundo, y un juramento es inviolable. ¿Sabes que un juramento es inviolable, amor mío?

¿Qué había sucedido con Miriam? Héctor intentó gritar pero la cinta que cubría su boca le impedía cualquier palabra limitándolas a una serie de sonidos incoherentes. ¿Dónde estaba la muchacha a la que tanto había amado? Héctor intentó levantarse pero se encontraba inmovilizado de pies y manos, y atado a un árbol. ¿Qué había ocurrido? Aquel espectro que tenía delante era la encarnación de la locura. Sus ojos, sus labios, su cuerpo hablaban de una absoluta demencia.

-Y ahora te tengo aquí. Por fin a mi lado, cuando ya todo es imposible. Tú lo hiciste imposible.

Nadie le había dicho una palabra de aquel horror, nadie le había informado de la locura de Miriam, todo había permanecido en secreto. ¿Por qué ese silencio? ¿Cómo era posible? ¿Sería él el culpable? No, por supuesto que no, o sí, Dios mío… ¿Dónde estaba la niña que arrullaron sus brazos? ¿Por qué la olvidó? ¿Por qué la abandonó? Unos dedos huesudos acariciaron el aire.

-Quería tenerte a mi lado- continuó la voz como hablando a la nada?. A mi lado por última vez.

El espectro que encerraba el cuerpo de Miriam permaneció mirando al infinito. Los ojos de Héctor proclamaban su deseo de hablar, de defenderse, de explicar sus razones.

-Junto a nuestro pino, junto a mí, a mi lado, porque nos vamos a marchar ?sus labios sonrieron en una mueca espantosa?. Nos vamos a marchar para siempre. Juntos tú y yo. Tal y como juramos un día ¿recuerdas?

Héctor pensó: “¿Dónde nos vamos a marchar? Déjame darte una explicación. Déjame hablar. Déjame decirte lo que pienso, lo que siento, lo que ha sucedido, lo que sucedió.” Pero ella parecía ajena a su presencia, a su sufrimiento, a cualquier elemento alrededor que no fuera ella misma y su locura.

-Me gusta el pinar, ¿sabes? He venido todos los días desde que te marchaste. Todos sin faltar uno. Y he acariciado nuestro corazón, el corazón que nosotros grabamos, ¿recuerdas?, y que tú abandonaste. No yo. Yo no lo abandoné. Venía a besarlo, a besarte a ti en él. Por eso me gusta tanto el pinar, o me gustaba, porque sin nuestro corazón ya no me gusta. Tú te fuiste, tú te llevaste nuestro amor, y ahora has venido a destruirlo.

Miriam plegó los labios y se lamió una lágrima.

-¿Por qué lo has destruido, amor mío? ¿Por qué? Nuestro corazón era tan bello, lo había besado tantas veces, tantas, amor mío, no podrías imaginar cuánto esperé tu vuelta ?la locura reventaba en los labios de aquella mujer que hablaba y hablaba sin coherencia?, pero tu amor estaba aquí dentro ?se tocaba el pecho con el índice de la mano derecha? y nadie me lo podía arrebatar, nadie salvo tú mismo. ?Los ojos de Miriam deliraban entre los pinos y los montes absorbiendo la esencia de la madrugada?. Ha sido una pena… Estoy muy triste. Yo te hubiera seguido esperando eternamente, con tu deliciosa imagen en el fondo de mis entrañas, las que tú dejaste secas con tu adiós. ?La mujer se balanceaba de un lado a otro con la mente perdida y el alma ensangrentada?. No comprendo por qué acabaste con nuestro maravilloso amor, no comprendo por qué. ?Un rayo de luz pareció atravesar su cerebro obnubilado?. Y como tú acabaste con nuestro amor, y con nuestro árbol, y con nuestro corazón, yo también voy a acabar con nuestro árbol, con nuestro corazón y con nosotros para siempre porque el mundo, ahora ha dejado de existir, y ya no merece la pena.

Héctor miró a Miriam aterrorizado sin llegar a comprender sus palabras.

-Voy a hacerlo, amor mío.

La mujer permaneció largo rato mirando al infinito, a la tierra que reventaba de verdes, al amanecer que se colaba difuso por las nubes. Héctor gesticulaba pero ella parecía ignorar todo lo que tenía alrededor. Parecía estar sola. Como siempre.

-Voy a hacerlo porque lo tengo que hacer ¿sabes? Es mi último deseo y mi última voluntad al igual que fue tu deseo y tu voluntad acabar conmigo.

No, no es cierto, no es cierto, no quise acabar contigo, ni conmigo, ni con nuestro amor, no es cierto, escúchame, déjame hablar, pensó Héctor moviéndose desesperadamente.

Miriam se levantó indiferente, sin dirigir ni siquiera una mirada a su antiguo amor, y empezó a caminar hacia la cima de la montaña. Sus pasos crujían. Héctor se preguntó qué haría. ¿Iba a dejarlo allí, atado, en medio del monte? Quiso gritar y gritar, quiso desatarse, salir corriendo, abalanzarse sobre ella, pero nada pudo hacer porque las ligaduras se lo impedían. Miriam se volvió hacia él.

-Te he echado tanto de menos… tanto… como no te podrías imaginar.

La mujer caminó unos pasos, crujido de desesperación.

-Adiós, amor mío ?susurró con suavidad, pero él no oyó su última frase.

Miriam sonrió con una tristeza infinita a la vez que introducía la mano derecha en el bolsillo de su falda negra y sacaba un puñado de papeles y un mechero. Se agachó, y con movimientos pausados ?no tenía ninguna prisa? depositó su carga en el suelo seco por el otoño, formó un montículo de hojarasca y lo encendió. Sus ojos siguieron la estela de chispas hasta que prendieron y empezaron a extenderse sin control.

Héctor gritó y gritó y gritó sin voz. Las llamas fueron besando lentamente las hojas, y las ramas, y los troncos, y formaron un amasijo de locura a la vez que tragaban sus palabras, las de él, las de ella, mientras los pasos de Miriam se alejaban muy despacio monte arriba tarareando una canción de madrugada.

El pinar se vio enredado en una brasa inmensa que devoró su propia esencia a lo largo de varios días y varias noches. Todo tembló alrededor en una tiritera inigualable y monstruosa, un soneto recién inventado por una mente desquiciada, un soneto de muerte, humo y destrucción. Y allí quedaron enterrados para siempre cientos de pinos y gritos, los cuerpos de dos amantes y un corazón abandonado.

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