Relatos

Alejandro

ALEJANDRO

A mi sobrino Alejandro, que murió una tarde de abril en un accidente de moto. Sólo tenía 26 años.

 

Los tres llegaron al barrio una tarde de sombras en la que nadie sabía si se iban a quedar quietas o acabarían devorando las calles. Finalmente, esas sombras tercas y anaranjadas se acurrucaron junto a las aceras, como acababan haciendo siempre, y contemplaron el ir y venir de los hombres lo que, al fin y al cabo, era lo que más les gustaba.

Llegaron al barrio los tres juntos, porque siempre iban juntos aunque nadie lo supiera por aquel entonces, y se aposentaron en el bar de Curro, el que hacía esquina con la avenida principal y donde servían los mejores calamares de la ciudad. O eso decían.

Llegaron en silencio. Los tres eran jóvenes, en esa edad en la que ya has dejado de ser niño pero todavía te falta traspasar una línea invisible para ser un hombre hecho y derecho. Los tres eran altos, delgados, musculosos y bien parecidos. Los tres contemplaban al mundo con un cierto aire de suficiencia, con esa prepotencia un tanto inhumana que caracteriza a la juventud de todas las épocas.

Y allí los conoció Alejandro mientras degustaban unas cervezas.

A principios de marzo el sol empezaba a abrirse paso por entre las nubes todavía abundantes de la ciudad y el viento las barría y las volvía a traer, como si fuera un juego de piratas. La luz surgía demasiado tímida y acariciaba.

Alejandro también era alto, más que muchos de sus compañeros, y asimismo delgado, musculoso y bien parecido, igual que los recién llegados; tenía la piel clara, muy pálida, como su padre, el pelo corto, entre rubio y moreno, una gran labia, un desparpajo natural que le abría todas las puertas y, sobre todo, una media sonrisa que cautivaba. Tal vez por esas razones, tal vez por otras, se cayeron bien desde el primer momento. Los recién llegados se presentaron y le invitaron a sentarse con ellos. Rafael, el mayor de los tres, parecía llevar la voz cantante.

Entre sorbo y sorbo de cerveza, diversas sonrisas y un par de raciones de calamares, hablaron largo y tendido y se explicaron vagamente sus vidas, sus trabajos y sus sueños. Salieron del bar de Curro con una nueva melodía en la piel, casi a la hora de comer, y se encaminaron hacia un restaurante japonés en el que degustaron los platos favoritos de Alejandro.

La charla continuó a lo largo de la tarde, durante la cual especialmente Miguel, el más simpático y abierto de los tres nuevos amigos, estuvo explicando más o menos su procedencia de un lugar lejano, sin concretar cuál, sus gustos y aficiones, la idea de establecer un negocio en su tierra y el aprendizaje al que debían hacer frente si querían cumplir el encargo que llevaban. Las explicaciones fueron someras y un tanto ambiguas pero no necesitaban más. Gabriel, el tercer componente del grupo, mucho más serio y callado que sus compañeros y con un poder de observación netamente superior, contemplaba los movimientos de los demás y sonreía ante los comentarios de Miguel y el interés cada vez mayor de Alejandro.

Tras la cena, a base de pinchos y vino como casi siempre, se dirigieron a jugar al casino.

La noche se diluyó lenta entre cartas, fichas, sonrisas, apuestas y envites. Tuvieron buena racha y ganaron una considerable cantidad con la que al día siguiente celebrarían el buen inicio de aquella amistad en un restaurante de lujo. Alejandro tenía la suerte entre los dedos, siempre había sido así y siempre lo sería. Salieron del majestuoso edificio con muchas sonrisas en los labios.

Cuando Alex se acostó esa madrugada un poco fría y un poco desangelada, pensó con agrado en sus nuevos amigos, y ni por un instante se le pasó por la cabeza cualquier otra idea que no fuera tal amistad. El cielo en ocasiones nos oculta sorpresas que ni siquiera llegamos a sospechar.

Al día siguiente, sábado y día de trabajo, ya que trabajaba los fines de semana, Alejandro comentó a Marta, la más especial de entre sus múltiples amigas, y a Carmen, su futura cuñada, la irrupción de aquellos tres jóvenes en su vida, las actividades que habían llevado a cabo la tarde anterior y el deseo de que llegasen a conocerlos en un futuro próximo.

Volvió a encontrarlos el lunes siguiente, y el martes y el miércoles, y así hasta el viernes y, después de una cena en distintos bares o restaurantes, siempre deseaban ir al casino o a cualquier lugar donde pudiesen aprender técnicas de juego, ya fuera póker, bacarrá, ruleta, dados o black jack. Y allí observaban y aprendían, y Gabriel, el más serio y el más concentrado, tomaba continuamente notas, y juntos planteaban variadas preguntas, algunas un tanto absurdas y otras perfectamente lógicas, porque, según confesaban, no acababan de comprender el mecanismo de los juegos en su totalidad. Son tantos, argumentaban, y algunos realmente complicados. Alex reía por lo que para él resultaba tan sencillo. ¿De dónde venís? ¿De alguna galaxia? Cuestionaba a sus amigos. Y ellos se miraban con una cierta complicidad y también reían porque las sonrisas son fáciles y cuestan muy poco esfuerzo. Tenemos que poner en marcha un garito similar cuanto antes, nos lo han encargado y no podemos volver con las manos vacías, decían ellos. Y Alex no dejaba de sonreír.

El mes de abril irrumpió de repente en la ciudad con un calor poco habitual. Las flores empezaban a serpentear por las praderas y a envolver al mundo con su característico aroma de campanillas.

El aprendizaje de los tres jóvenes continuó a marchas forzadas a lo largo de la primera semana de abril. Alejandro no acababa de comprender la razón por la cual tenían tanta prisa, pero no por eso dejaba de ayudarles. Y ellos continuaban intentándolo pero sin conseguirlo del todo. No sé qué pasa, se quejaban, no es tan fácil como pensábamos. Os falto yo, decía Alex pensando que aquellos chavales parecían un poco pasmados. Llevadme a vuestro país y yo os pongo en marcha un casino maravilloso. Eso no puede ser, es imposible, respondía Rafael. Pues no veo por qué, contestaba. Y ellos no hablaban, tal vez por vergüenza o por miedo, y se miraban un poco más serios que de costumbre, con unos gestos de complicidad imposibles de descifrar.

Y así continuaron, entre fichas, cartas y risas, pero los días pasaban y los jóvenes no terminaban de captar la esencia de los juegos que tan sencilla resultaba para Alex. Estos chicos no saben lo que quieren en realidad, pensaba. Bueno, sí, instalar un casino en su tierra, pero tampoco es tan difícil. Y comentaba con Marta y con Carmen y les explicaba lo curiosos que eran sus nuevos compañeros, su simpatía, su amabilidad, también su cerrazón, y hablaban del día en que serían presentados, algo que nunca llegaba nadie sabía por qué. Y Alejandro no pensó, porque no se le ocurrió pensarlo, que siempre estaba solo con sus tres nuevos amigos, que nunca coincidía con el resto de la pandilla, que habitualmente iban los cuatro a todas partes sin otra compañía, que si ahondaba en aquella relación un tanto peculiar comprobaría la existencia de una serie de puntos un tanto curiosos, o extraños, o incluso anómalos, pero Alejandro no pensaba en tal tipo de cuestiones porque disfrutaba hasta tal punto de la vida que no se detenía nunca a dilucidar si un asunto era mejor o peor, sino simplemente aceptaba las circunstancias tal como venían sin adentrarse excesivamente en determinados pormenores.

Y una tarde gris plomizo, con el calor temprano de abril remoloneando junto a los cuerpos, los tres amigos estuvieron hablando sobre la absoluta necesidad de terminar su estancia en la ciudad. Nos están llamando y ya tenemos que marcharnos, dijeron sin especificar quién, ni cuándo, ni dónde. Pero no habéis aprendido todavía, chicos, comentó Alejandro, os falta mucho camino por recorrer aún si queréis montar un buen garito en vuestra tierra. Venga, insistió, llevadme con vosotros y os enseñaré. Yo me hago cargo y os lo dejo listo. No, no puede ser, respondieron riendo, es demasiado pronto. Alejandro no comprendió sus palabras, pero no preguntó y continuó insistiendo. Sería maravilloso estar en tierras lejanas, porque a él le gustaba la aventura, visitar otros países, conocer mundos distintos, y pasar una buena temporada lejos de todo, aprender incluso otro idioma, aunque los tres amigos hablaban un perfecto español y supuso, aún sin saberlo a ciencia cierta, que procederían de algún país hispanoamericano. Por alguna desconocida razón, jamás habían hablado de su lugar de procedencia, ni de quién les enviaba, ni de otras cuestiones aparentemente importantes que tal vez ni siquiera se le pasaran por la cabeza.

Tenemos que partir, dijeron Rafael, Miguel y Gabriel una mañana de finales de abril, con los cerezos y los almendros reventando de flores a su alrededor y pintando de rosa la ciudad. Quiero ir con vosotros, insistió Alejandro, quiero ir porque lo cierto, no nos engañemos, es que no tenéis ni idea de lo que vais a hacer. No es posible iniciar una empresa de tal envergadura con vuestros escasos conocimientos; os habéis esforzado, no hay duda, pero os queda mucho por aprender. Yo voy, me quedo allí una temporada, os dejo todo preparado y vuelvo. En ese instante los tres amigos se pusieron muy serios y se miraron a hurtadillas, con los labios plegados y los suspiros contenidos. Alex se preguntó qué sucedía siempre que hablaba de su posible estancia en aquel país ignorado, pues ellos parecían ponerse nerviosos y siempre procuraban evitar el tema, pero no comentó una palabra y siguió insistiendo. Sería tan divertido… Finalmente, los tres amigos bajaron la cabeza y se dispusieron a salir. Fue Gabriel quien, mirando a Alex directamente a los ojos, le espetó: “Tal vez no vuelvas. ¿Lo has pensado?” Pero él sonrió, con esa mirada tierna que guardaba para los momentos más decisivos, y se dijo que de cualquier lugar se puede retornar siempre, ¿por qué no iba a volver? Mañana nos vemos, se despidió de ellos, y se diría que estaban tremendamente serios, más que de costumbre, y que un dolor extraño les corroía por dentro, y cuando salieron del restaurante en el que habían comido, parecía que habían tomado una decisión pero con excesivo esfuerzo, como si no desearan llevarla a cabo pero no tuvieran otra solución u otra alternativa. Está bien, dijeron al final, tú lo has querido. Por supuesto que lo he querido, y que lo quiero, respondió Alejandro, porque toda aventura es maravillosa. Unas más que otras, contestó Miguel, no lo olvides, Alex. Mañana nos vemos… allí.

Alejandro montó en su moto, arrancó el motor y se dirigió hacia la carretera.

Aquella tarde de finales de abril empezó sombría, como envuelta en mantos de algodón muy oscuros, que se la llevaron a pasitos lentos por las sendas de la tristeza y el dolor, pues fue en esa tarde borrosa y turbia cuando el cuerpo de Alejandro reventó para siempre al tomar una curva, en brazos de no se sabía qué desquiciado destino. No era una curva muy pronunciada, ni la velocidad excesiva, ni existió otro vehículo contra el que colisionara, ni hubo falta de prudencia, ni se dio ninguna circunstancia peligrosa. Simplemente ocurrió. Las hebras del fatalismo se trenzaron en aquel instante y el aire estalló en mil pedazos.

El cuerpo de Alejandro quedó desmadejado sobre el asfalto.

Todo un silencio de lágrimas y preguntas sin respuesta envolvió la vida de los que permanecieron, mientras un ahogo de color gris ceniza consumía lentamente las almas.

Tras el tanatorio, el entierro y todo el manto de dolor, rabia e incomprensión que rodea tales eventos, Marta y Carmen fueron las únicas que se percataron de que aquellos grandes amigos de los que tanto hablara Alex en el último mes, no habían aparecido. Entre la multitud de jóvenes que asistieron al último adiós, Rafael, Miguel y Gabriel no estuvieron presentes. Bien era cierto que ellas no llegaron a conocerlos, tampoco el resto, nadie sabía ni siquiera cómo eran o qué aspecto tenían, algo que resultaba un tanto curioso a la par que misterioso. Alejandro aseguró en diversas ocasiones que se iría con ellos a ayudarles a montar un garito de juego en su país, pero ellos… ni siquiera habían hecho acto de presencia. Todo aquello sonaba muy raro.

Marta y Carmen empezaron a investigar. Preguntaron a Curro, el dueño del bar donde supuestamente Alejandro los había conocido, pero Curro no supo de qué le hablaban. Es extraño, comentó Marta, esto es cada vez más extraño, supuestamente se conocieron en este lugar y estuvieron conversando varias veces. Curro tendría que saber quiénes eran. Asimismo interrogaron a Sunka, la encargada del restaurante japonés donde tan a menudo cenaban, y ella aseguró que Alejandro últimamente siempre había ido solo. No era posible, según las palabras de Alex. Indagaron asimismo en otros lugares a los que supuestamente acudían, pero la respuesta fue siempre la misma. No lo entiendo, se dijo Carmen, es como si esas tres personas de las que tanto hablaba Alejandro jamás hubieran existido. No comprendo nada, corroboró Marta. ¿Y si realmente no hubieran existido? Entonces, ¿por qué Alex tendría que inventarse unos personajes inexistentes? Y sobre todo ¿con qué fin? ¿Para qué?

Marta y Carmen continuaron sus pesquisas pero nadie, absolutamente nadie, sabía una palabra de aquellos tres hombres. Por mucho que preguntaron, por mucho que indagaron, por mucho que investigaron, nadie supo dar cuenta de ellos.

Rafael, Miguel y Gabriel…

¿Quiénes eran en realidad? ¿De dónde habían surgido? ¿Cuál era su procedencia? ¿Qué habían querido de Alejandro? ¿Qué habían buscado? ¿Por qué habían aparecido? ¿Por qué habían desaparecido con él? ¿Tendrían algo que ver con… su muerte?

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los tres surgieron una tarde sin saber cómo ni de dónde y buscaron a Alejandro en silencio, tan en silencio que nadie más supo de su existencia, y se hicieron amigos, le propusieron aprender las técnicas de los juegos para llevárselas a su país, o a su lugar de residencia, o a su morada, y él se ofreció a ir con ellos para ayudarles.

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los nombres de los tres principales arcángeles.

“Medicina de Dios”, “¿Quién como Dios?” y “Fortaleza de Dios”.

Aquello no podía ser posible.

Carmen y Marta se miraron aterrorizadas. No puedo creer lo que estamos pensando, se dijeron. ¿De verdad consideras que…? ¿De verdad? ¿Estás segura? No sé… ¿Cómo estar segura de algo así? Es de locos, no es real, parece un sueño, o una pesadilla. Alex se ha ido con ellos, claro que sí. Alex se ha ido con ellos para ayudarles en su misión. Ellos se lo han llevado. Le necesitaban. Nos lo han arrebatado.

Alejandro…

La noche hacía estragos en las almas. Y era demasiado oscura, como una cohorte de fantasmas al acecho.

Las dos jóvenes salieron de la casa con los pensamientos aturullados. Resultaban tan imposibles las conclusiones que habían sacado que necesitaban respirar aire cuanto antes, bocanadas de aire fresco, por lo que se dirigieron a un parque cercano a vaciarse de conjeturas, de irrealidades y de certezas. Las estrellas reventaban en el cielo. Y allí, entre petunias y violetas, lirios y nomeolvides, hablaron con él mirando al infinito.

Ya sabemos dónde estás, querido Alex, ya sabemos cuál era tu destino. Un destino cruel para nosotros pero quizás no tanto para ti. Aunque parezca increíble, aunque nos resulte imposible, aunque no entendamos el misterio que encierra, ya sabemos lo que ha sucedido. Ellos, los tres arcángeles, vinieron a buscarte porque querían aprender, porque les habían encomendado la misión de montar un garito de juegos allá arriba, sí, allá arriba ?parece increíble ¿no es cierto??, pues allá arriba también necesitan divertirse, y un casino es una gran diversión, que te lo digan a ti, y vinieron y buscaron al mejor, y tú eras el mejor. Por eso te fuiste, por eso te llevaron, por eso te arrebataron, en realidad te necesitaban, era una aventura grandiosa, y ahora estarás haciendo lo que más te gustaba, y te encontrarás bien, en tu propia salsa, no cabe ninguna duda.

Un casino de juegos y tú al mando. Quién lo iba a pensar… Enseñarás a todos, te moverás en tu terreno, te rodearás como siempre de amigos, tendrás cientos de alumnos, aplicarás y perfeccionarás tus técnicas, jamás perderás la sonrisa y estarás disfrutando realmente, con la eternidad a tus pies. Así, para siempre.

Alejandro…

Y aunque aquí nos hayas dejado llenos de vacío, por lo menos podemos conjeturar, y casi asegurar, que ahora eres feliz.

Relato “Livia” Primer Premio del I Certamen de Relatos en Papel

Tú, Livia, mi sueño azul de olas lánguidas y verde de praderas tibias. Tú, Livia, tierna y pequeña, arpegio de guitarra triste, cántico de mi alma desbordada, tan dulce y tan sencilla, tan lívida y tan frágil entre mis brazos. Tú, loca y serena, tierna y callada. Mi sueño y mi encanto. Mi camino. Mi amor, mi verdadero amor. Ha sido ahora, tras cientos de horas incrustado en tus ojos abarrotados y enredados de nostalgias, después de tantos y tantos sueños desbocados, de tantas y tantas miradas, de tantas y tantas palabras, de tantas y tantas fantasías a la búsqueda de un poema que esbozara tu persona, tu cuerpo y tu alma sin jamás hallarlo, ahora, cuando la luz empieza a derretirse a nuestro alrededor y una cordillera de recuerdos nos ata lentamente con trenzas apretadas de soledad, ahora, Livia, ha sido ahora cuando he tenido que decirte adiós. Cuando he tenido que abandonarte. Lo siento, Livia, lo siento.

Mis suspiros quedaron enredados entre tus labios de esponja caliente, y mis suspiros y tus labios, tus labios y mis suspiros, se trastocaron, se fundieron, se abarrotaron de nosotros mismos que, sin saberlo y sin sentirlo, dejamos de serlo.

Y aquí, entre el ahogo de una bruma callada pespunteada de blanco, sólo me acompaña tu recuerdo. Tu recuerdo… El recuerdo de nuestra primera vez, de nuestro primer encuentro, cuando percibí tu delicada silueta tras aquella ventana inmensa desde la que me observaste y tus ojos color de marea truncada absorbieron los míos al ritmo de un galope desbocado, y yo   —no lo olvidaré jamás, ¿cómo olvidarlo?— permanecí extasiado, partido en pedazos por el relámpago inquieto de tu sonrisa, y no pude moverme, quedé paralizado, porque me alcanzó el temblor de tu vida tras los cristales. Avancé unos pasos, me acerqué y crucé la puerta. El frío de la noche, como si no quisiera ser partícipe de nuestro recién iniciado sortilegio, permaneció acurrucado fuera.

El lugar en el que te encontrabas me pareció como una suerte de nubarrón desbocado donde se refugiaban los silencios, un poco triste, un pozo de libélulas, un abismo de melancolía. Cientos de cuerpos, cientos de ojos escrutándome, y tú, allá al fondo. Cerré la puerta, caminé unos pasos y me coloqué ante ti, transformado en una lluvia de deseo y esperanza. Me aproximé lentamente y nuestras miradas quedaron cosidas en un majestuoso bordado, una mazurca de pupilas y sortilegios, y agarré tu mano, tan pequeña junto a la mía, nos miramos, nos sentimos, nos comprendimos en un instante sobrecogedor, como suelen ser los instantes especiales, teñidos de fuegos artificiales, y fuiste para mí y yo para ti, nos miramos, nos vimos, nos sentimos, y ya nada fue igual. Salimos juntos a la cadencia de la noche, abrazados, camino de mi hogar, de nuestro hogar.

Yo nunca te dije mi nombre, pero tú lo adivinaste. Tú nunca me dijiste tu nombre, pero yo lo adiviné. Livia. Y ese nombre mágico borboteó por mis venas hasta hacerse catarata de abrazos y sombras. Tu mirada de gacela se posó sobre mi hombro, y así caminamos y caminamos inventando pasos para nosotros solos, inventando senderos, praderas alfombradas de maíz tibio por las que iniciamos nuestra andadura, inventando sueños, los nuestros que, a partir de ese día cargado de zozobras, se transformarían en música. En una sola noche nos hartamos de sonrisas.

Livia. Entraste en mi vida, así, como un terremoto de clamores, y tu sueño y mi sueño se unieron en un amor más allá de cualquier conjetura. Tu amor, mi amor, nuestro amor, es y será siempre único.

A partir de entonces los días se hicieron para nosotros un soneto inagotable, juntos a todas horas, hundidos en nuestra felicidad, encaramados al tiovivo de las ilusiones, paseábamos nuestro amor de un lado a otro, nuestro amor de luces de colores y arcos iris engalanados, nuestro amor fantástico, nuestro amor de vidrio transparente brillando a la luz de centenares de amaneceres. Porque a ti te gustaban los amaneceres, que contemplábamos día a día. ¿Recuerdas, Livia, nuestros amaneceres? Nuestros ojos se fundían con la noche y con el alba, se paseaban ingrávidos por las nubes y los cielos, apretados en el horizonte. ¿Y nuestros ocasos? ¿Recuerdas nuestros ocasos encandilados de luna? ¿Y nuestros atardeceres? ¿Los recuerdas?

Fue una época de felicidad absoluta con nuestro amor a cuestas y a rastras por todos y cada uno de los rincones de la existencia.

Fue una época en la que la fantasía llovía sin cesar pasando junto a nosotros en forma de redondilla inacabada.

Fue una época de lirios, azucenas y madreselvas cantando baladas jamás oídas.

Porque después… bueno… después… pese a todo, pese a tu presencia y a tu clamor, pese a tu eternidad a mi lado, debo confesar que después vinieron otras. Sí, no puedo negarlo, lo confieso con una cierta vergüenza, después vinieron otras, con sus ojos dulces, con sus manos blancas, con sus rostros de hadas buenas y comprensivas, arropándome, arrullándome, muy rubias o muy morenas o muy pelirrojas, deseando parecerse a ti. Y quisieron hacerme sentir tu locura. Y quisieron imitar tu sombra. Pero ellas, te lo aseguro, ellas… nunca fueron como tú. Y entonces tú me mirabas desde la eternidad solapada de tu rincón, sin un gesto, sin una palabra, sin un reproche, comprobando cómo me alejaba, me escapaba, me hacía cacho de luna silenciosa, pero, tú lo sabes, siempre volvía a ti, siempre me atraías con tus ojos encantados, mi deliciosa Livia, porque tú y yo seremos eternos, no lo dudes, no lo dudes jamás.

Pero ahora… ahora he tenido que abandonarte. Lo siento, Livia, lo siento. Nunca podrías imaginar cuánto. Y aquí, entre silencios y fantasías, entre enredaderas de soledad que me aprietan desesperadamente, sólo me queda tu recuerdo, tu recuerdo montado en el potro negro de los enigmas sin resolver.

Ahora te imagino allí, en nuestro hogar, sola con ellas, con las otras, rodeada de silencios lúgubres, mientras yo no puedo moverme de aquí, no me dejan, me tienen prisionero, encerrado en una habitación, no me permiten salir, ni ir a buscarte, ni tenerte conmigo, a mi lado. Lo único que puedo hacer es cantar a nuestro amor. Y recordar. Recordar tu vida y tu alma. Recordar tu infinito sesgado. Recordar tu recuerdo. La existencia se me va y se me viene en ello. Ellas, las otras, ya no tienen ninguna importancia.

Todo sucedió de repente un día de otoño. Aparecieron ellos. Vinieron a buscarme. Se presentaron una tarde en que la majestad de las sombras se encaramaba en forma de hiedra por las nubes, como si quisiera devorarlas, mientras nosotros contemplábamos extasiados el fenómeno a través de los cristales, casi muertos de aleluyas. Estábamos sentados en el salón rodeados del silencio que se aposenta entre nosotros cuando estamos juntos, un silencio verde y granate que nos arrulla como una nana. Sonó el timbre. Te miré extrañado buscando en tus ojos un punto de comprensión, me levanté, te dejé muy quieta en el sofá y acudí a abrir la puerta.

Eran cuatro hombres muy altos, muy fuertes que, tras pronunciar mi nombre para confirmar que era yo la persona a quien buscaban, se abalanzaron sobre mí sin decir una palabra. Tú, Livia, en ese momento ni siquiera me miraste porque tus ojos andaban perdidos por un horizonte deshilachado. El ataque fue tan repentino, tan inesperado, que casi no tuve ocasión de resistirme, a pesar de que luché desesperadamente contra ellos en la medida de mis escasas posibilidades. Patadas, puñetazos, codazos, aullidos. De inmediato comprendí que no tenía nada que hacer. Cuatro contra mí era demasiado. Me agarraron, me sujetaron, me inmovilizaron, me pusieron una camisa de fuerza y me depositaron en un rincón como si fuera un fardo inservible. Grité, claro que grité, pero de nada sirvió. Por mi cabeza pasó la idea de que los vecinos me habían denunciado, malditos, locos ellos, ellos sí, más que nadie, malditos, malditos… Aullé al vacío y a la nada mientras los cuatro hombres fornidos se dedicaban a explorar todos los rincones de nuestra vivienda, de nuestro nido de amor, a la búsqueda de no sé qué misterios, que no los hay, porque tú sabes, Livia, que en nuestro hogar de claroscuros difusos sólo tenemos un sofá donde ocultamos nuestras sonrisas.

Caminaron por toda la casa vacía de muebles y plagada del aroma de nuestras pieles, manchando con sus pisadas el blanco de nuestros sueños, entraron en la cocina y acto seguido se dirigieron hacia el interior. Al abrir las puertas de las habitaciones las vieron a ellas, a las otras, tus rivales, a las muñecas rubias, morenas y pelirrojas, con los ojos perdidos y la mirada turbia, cientos de muñecas repartidas por todos los rincones, encaramadas unas sobre otras, destripadas, absortas, cariacontecidas, desposeídas de luz, muñecas, montones de muñecas apiladas, desgajadas, rotas, muñecas grandes, medianas y pequeñas, muñecas de rostros cansados o mustios o cansinos, similares, parecidas a ti, pero nunca iguales, que fui seleccionando, recogiendo y desechando a lo largo del tiempo, mucho, muchísimo tiempo. Hasta encontrarte. Después vinieron ellas, las otras, ya lo sabes, te lo he confesado, no te lo he ocultado jamás, pero no eran tú, Livia, te lo juro por mi alma, no eran tú.

Y me trajeron aquí a esta habitación acolchada y con barrotes en las ventanas, teñida del blanco de las madrugadas que nosotros contemplábamos, donde dicen que me tratan, donde dicen que me curan y donde quieren cargarme de olvido. Pero eso no es posible, Livia, eso no es posible. Tú estarás siempre aquí dentro.

Te imagino allá, quieta, dulce, desesperada por mi ausencia, deseosa de mis brazos, tal y como yo me siento en estos momentos de amargura.

No te preocupes, Livia, porque volveré a tu lado. No importa lo que quieran hacerme. No importa este presente cruel que nos mantiene separados. No importa el tiempo. Volveré, no lo dudes, no lo dudes jamás, y entonces viviremos de nuevo nuestro amor de eternidades, y nuestros atardeceres, nuestros ocasos, nuestras madrugadas perdidas en caricias.

Te imagino allá, absorta, tranquila en nuestro sofá, gritando mi nombre sin palabras como yo grito el tuyo.

No te preocupes, Livia. Volveré un día, te lo aseguro. Y todo será como antes, ¿recuerdas? Continuaremos nuestra historia de amor sin fin y borraremos del mundo la tristeza y el lamento en el que nos han encerrado. Viviremos la eternidad. Sin nada. Sin nadie. Juntos. Las otras ya no existirán, las desterraré para siempre y sólo estarás tú. Porque tú, Livia, has sido, eres y serás por siempre mi muñeca favorita.

Relato Corto – La última librería

Tenía una piel áspera que rezumaba sueños, el cabello ralo formado de fibras blancas y grises, la voz un poco carcomida y temblona, como si en su interior fuesen anidando los años sin sentirlo, y unos ojos chiquitos por los que trasegaban estrellas ocultas del color de las bengalas. Su rostro reflejaba un chorro inagotable de pasado que paseaba adherido a sus venas y del que ya no podría desprenderse jamás. Lo sabía pero no le importaba. Cojeaba un poco al caminar a causa de una caída muy tonta —como todas las caídas? en la escalera de su casa, por lo que se apoyaba disimuladamente en las estanterías para desplazarse de un lado a otro de la tienda. Sentía un ligero dolor pero se negaba a llevar bastón, al menos en el interior, en lo que él denominaba “sus dominios” porque era lo único realmente suyo. No importa que me duela, se decía, lo que importa es estar aquí, permanecer, no cejar, mantenerme en mi sitio hasta… no sabía hasta cuándo.

El aire desprendía ligero sin olor a lluvia y a orquídeas a medio deshojar.

Cruzó la calle con la lentitud de las tinieblas que engalanaban una tarde hecha de puntillas y encaje, abrió la puerta del local, volteó el letrero en el que se indicaba CERRADO y ABIERTO, y entró con pasos suaves. Las tablas del suelo chirriaron. Se aproximó al pequeño mostrador de madera, sobre el que había una caja registradora de antigüedad indefinida, y encendió las luces. La vida chisporroteó y desaparecieron las sombras.

La extensión del local era de unos cien metros cuadrados. Todas las paredes estaban cubiertas de librerías de techo a suelo, librerías y más librerías, estantes y más estantes, y en la zona central se extendían varias mesas de madera, cubiertas con una tela grisácea, con una separación de dos metros entre ellas. Tanto las estanterías como las mesas estaban plagadas de libros, decenas, cientos, miles de libros de todos los tamaños, grosores, colores y formas. La mayoría de ellos eran antiguos, muy antiguos, e incluso poseía algunos incunables. Nadie conocía la cantidad exacta salvo él, que llevaba una exhaustiva contabilidad de la entrada y salida de la totalidad de los volúmenes.

La boca de Matías se dilató en una sonrisa. El olor de los libros le hacía sonreír. Y su tacto. Y su visión.

Por los hilos de su memoria se perdía la primera vez que entró en la librería con su padre, le parecía miles de años atrás, cuando la vida se mecía en unos brazos muy distintos a los actuales, cuando las calles rebosaban de gente deseosa de conocer una de las librerías mejor surtidas de la ciudad, cuando la puerta se abría y cerraba sin cesar, los estudiantes, los intelectuales, los eruditos, los jóvenes, los no tan jóvenes, los niños acompañados de sus padres, el público en general, entraban y salían, llenaban el local, pedían, buscaban, preguntaban, miraban, compraban y plantaban besos de felicidad por los muros mientras las páginas entonaban cánticos y aleluyas por sí solas. Porque lo hacían. Él lo sabía e incluso escuchaba el murmullo de las letras.

Encendio el letrero de neón Que proclamaba: LIBRERÍA MATÍAS HERALDO.

Sospechaba que aquella tarde gris de lluvia y viento no tendría mucha más suerte que las anteriores. Sucedería lo de casi siempre. Pero no importaba. Lo verdaderamente importante era mantener y mantenerse en su rincón de silencios y soledades.

Con los ojos ardientes de añoranzas, se aproximó a una de las librerías para acariciar los libros, para limpiarlos una y otra vez con un plumero y una bayeta, para colocarlos de nuevo de manera que quedasen perfectamente alineados, para sentirlos, palparlos y disfrutarlos. Todos los días repetía la misma operación. Mis libros, mis queridos libros, pensaba, y los miraba y contemplaba con un filamento de pasado en las pupilas.

Reventó un trueno en el exterior al tiempo que sonaba una campanilla y se abría la puerta.

Lo primero que apareció fue un enorme paraguas negro chorreando agua, seguido de una figura alta y casi esquelética envuelta en una gabardina de color pardo un tanto raída.

– ¡Buenas tardes, Matías!- Exclamó la figura mientras entraba.

Matías reconoció de inmediato un su amigo Genaro.

– ¡No tan buenas, Genaro!- Respondio.

– Y Que lo digas. No veas la que se ha desatado.

Genaro depósito el paraguas en un paragüero y sí despojo de la gabardina. Le acompañaba una sinfonía de gotas un tanto desafinada.

Nunca faltaba a su cita. Todas las tardes, el bueno de Genaro aparecía por la librería a charlar con Matías, y de tanto en tanto adquiría algún libro que leía pausadamente en su hogar. Genaro, delgado como un junco a punto de partirse, casi completamente calvo y con unos lentes que le hacían los ojos inmensos, arrastraba una soledad en la que se amontonaban los años como racimos, ya ni siquiera recordaba cuántos.

Colgó la gabardina en un perchero y ambos se encaminaron despacio hacia una de las estanterías, la que se encontraba a la izquierda de la puerta, para examinar unos libros de aventuras, los favoritos de Genaro.

– Ya que terminado De la tierra a la luna. ¿Qué me recomiendas ahora?

– ¿Te gusta Julio Verne?

– Ya sabes que me apasiona la fantasía.

– Podemos probar con otro autor. ¿Has leído La isla del tesoro ?

– Por supuesto.

– ¿Capitanes Intrépidos? ¿ Moby Dick ? ¿ El Doctor Jekyll  y Mister Hide ?

Los dos amigos fueron recorriendo estanterías al tiempo que se zambullían en una deliciosa conversación sobre libros, autores y temas, mientras examinaban volúmenes y acariciaban letras.

La campanilla de la puerta sonó de nuevo. Un vendaval de sombras sí coló por la abertura. Dos figuras oscuras sí adentraron en el local.

– Buenas tardes, Matías. -Saludo una mujer bastante gruesa, mientras sacudía sin sinfín de gotas.

– Buenas tardes- repitió su acompañante.

– Buenas tardes, señor y señora Perlado. -Respondio Matías acercándose a la puerta-. Pasen, por favor.

El señor y la señora Perlado, gruesos orondos, el rostro enrojecido, con un saco de años, silencios y arrugas a sus espaldas, sí encaminaron hacia donde se encontraba Genaro, al que también saludaron.

– Nos alegramos de encontrarte aquí, Genaro.

– Yo también, Mercedes. Te veo muy bien. ¿Cómo estás, Adolfo?

– Hecho polvo- Respondió la mujer sin dejar hablar un su marido. A estas alturas de la vida,todo son achaques, si no es de un lado es de otro, si no es por aquí es por allá, pero siempre achaques.

– Ni que lo digas.

– Estába recomendando a Genaro unos libros que creo que también a ustedes podrían interesarles – interrumpió Matías-. Veamos …

Y los cuatro se enfrascaron en una conversación cargada de sueños, los de las historias allí encerradas, los de la fantasía que volaba de un lado a otro del local mezclándose desacompasadamente, los de un ayer que luchó y luchó y luchó a brazo partido, como jamás lo había hecho anteriormente, y acabó perdiendo hasta desaparecer por completo.

Las gotas de lluvia tintineaban a lo lejos creando una sinfonía de cascabeles.

La pantalla quedó en negro, se transformó de nuevo en una pared y las luces se encendieron repentinamente. Varios focos iluminaron la inmensa sala. Los ojos de las personas allí presentes, un centenar más o menos de niños entre doce y trece años, parpadearon para deshacerse de la oscuridad y reflejaron una suerte de duda reconcentrada mezclada con grandes dosis de asombro, intriga e interrogantes diversos.

Marcus Strand-Webber, insigne Profesor de Ciencias del Pasado en el prestigioso Colegio Estructural y Multicultural Yarmania, uno de los más importantes y afamados del país, sonrió para sí. Siempre sucedía lo mismo, algo realmente curioso y digno de estudio, siempre percibía idénticas vibraciones, siempre quedaba en el aire la misma sensación de misterio sin resolver, las mismas preguntas que se sentían, se filtraban y se palpaban sin que nadie las plantease. A lo largo de sus veinte años de docencia había llegado a la conclusión de que las reacciones del ser humano, fuera cual fuese su estado o condición, eran el único elemento que no variaba con el tiempo.

Esperó unos segundos antes de ponerse en pie y dirigirse a la concurrencia, los que necesitaban sus alumnos para digerir plenamente aquello que acababan de contemplar. Sabía que con unos instantes sería suficiente. Evidentemente, todo el mundo habría visto algo similar en Internet, lo habrían comentado en las redes sociales o lo habrían estudiado con anterioridad en cualquiera de las asignaturas relacionadas con la Historia del Universo, pero estaba seguro de que nadie había contemplado con tanta nitidez, exactitud y precisión lo que acababa de proyectar. La película era muy antigua, exclusivamente de su propiedad y jamás la había difundido en ningún medio. La guardaba como un tesoro y le gustaba asombrar con ella a sus alumnos.

Finalmente el Profesor Marcus Strand-Webber se levantó de la silla, agitó su melena blanca en un gesto característico, y empezó a hablar acariciando a la sala con una mirada donde se amontonaban silencios y ausencias:

– La proyección que ustedes acaban de contemplar, mis estimados alumnos, corresponde a un elemento del pasado. —Escrutó los ojos de los jóvenes, casi niños, situados en las primeras filas?. Lo que han visto han sido las escenas de unos hechos acaecidos hace aproximadamente un siglo, unos ciento veinte años más o menos, en un local de la antigüedad llamado librería. Era en este tipo de tienda donde se vendían, despachaban y adquirían unos elementos ya inexistentes llamados libros, con los que todo el mundo estudiaba y aprendía, además de deleitarse con la lectura en numerosas ocasiones.

Una mano en se levanto a lo lejos.

– Les ruego ?aclaró el profesor— dejen las preguntas para otro momento. Ni siquiera para hoy, pues hoy me voy a limitar a darles unas someras explicaciones, pues lo que realmente quiero es que, a lo largo de esta semana, preparen un comentario de texto relacionado con los elementos denominados libros, librerías y libreros. Será entonces cuando podrán plantearme todo tipo de cuestiones al respecto. Gracias.

La mano desaparecio.

– Como les decía, la tienda que hemos visto se llamaba Librería Matías Heraldo, es decir, el nombre de su propietario, siendo ésta la última librería que existió en el Universo, cuya desaparición tuvo lugar aproximadamente un año después de la proyección, con motivo del fallecimiento de su dueño. Es evidente que nadie continuó con tal tipo de negocio, ya por aquel entonces obsoleto y en vías de extinción, lo cual habría significado una pérdida de tiempo, de energías y, por supuesto, de dinero, los tres elementos principales que rigen nuestro mundo en la actualidad.

Los ojos de los chavales parecían carbones encendidos. En su mentalidad de seres adelantados era difícil concebir algo tan inusual, que había desaparecido hacía tantos años y tan sumamente inútil en los tiempos que corrían, pero que ellos incluían en el apartado de Curiosidades, junto con otros elementos igualmente desaparecidos como podían ser los dinosaurios, las flores, las mariposas o las gaviotas.

– No les voy a revelar cómo, por qué y en qué circunstancias fueron tomadas las escenas que acaban de ver, —continuó el Profesor Marcus Strand-Webber? ya que eso no viene al caso, pero sí les voy a pedir que, para la clase de la semana próxima, preparen una detallada composición del significado de las librerías en el Universo hasta su completa desaparición. En la proyección habrán visto la composición de este tipo de tiendas, cómo estaban concebidas y la clase de clientes que aparecían por ellas, además del trato que recibían. Quisiera que investigaran lo que era un libro, el papel del librero en la sociedad de aquella época y la evolución experimentada por este tipo de elementos hasta llegar a nuestros días.

El Profesor Strand-Webber disfrutaba con aquellos instantes en que los muchachos empezaban a pensar en el ímprobo trabajo que supondría sumergirse hasta tal punto en el pasado, pero nadie decía una palabra. Todos acataban las órdenes en silencio. En los tiempos que corrían, todo el mundo obedecía: nadie protestaba.

– Y deseo que finalicen el comentario de texto con una valoración personal sobre esta clase de elementos en estudio, lo que ustedes opinan, piensan y consideran. —Extendió su mirada hacia el final del aula. Todos los alumnos escuchaban atentamente. Ni un ruido. Ni una risa?. ¿Han comprendido perfectamente?

Las cabezas asintieron.

– Quiero que expresen lo que, bajo su punto de vista, se fraguó a lo largo del pasado hasta llegar a lo que hoy conocemos, qué baremos se siguieron y qué conductas se desarrollaron.

El Profesor Strand-Webber habló sobre comportamientos, normas y leyes, formas de actuación, prohibiciones, legalidad, normativas y penalizaciones, habló sobre derechos, deberes y concienciación, pero nada dijo de sensaciones, impresiones y sentimientos, el temblor y el llanto de los corazones de los seres humanos de un pasado olvidado, el grito de las almas, el aullido de millones de voces, la desesperación, la incongruencia, el crujido en las gargantas, las manos tendidas hacia la nada y, sobre todo, la incomprensión que se adueñó del mundo muchos, muchísimos años atrás. Eso, a la postre, carecía de importancia.

El sonido de un timbre indicativo de la finalización de las clases se extendió por los pasillos del colegio durante quince segundos. Tanto los estudiantes como los profesores empezaron a recoger sus pertenencias, siempre en silencio, siempre sin ruido, se levantaron de sus asientos y salieron de sus respectivas aulas.

En el aire runruneaba un ligero aroma a jazmines, que se extendía en forma de inmensidad, como si quisiera abrazar a los presentes pero no le dieran permiso.

El Profesor Marcus Strand-Webber se despidió de sus alumnos hasta la semana siguiente y quedó rezagado mientras esperaba que todos abandonaran la clase. Cuando ya no quedaba nadie en la sala, apagó las luces, salió al exterior y cerró la puerta.

Relato corto: El Futuro Presidente

Mesa de caoba larga y majestuosa, sillas muy cómodas recién tapizadas en tonos verdes para el descanso de la vista, una grandiosa alfombra persa en el suelo, dos espejos venecianos, cuadros de cotizados pintores en todas las paredes del gran Salón de Juntas, lujo y señorío pululando alrededor de los cuerpos, y en al aire, un perfume indefinido a flores, jazmines, tal vez rosas, o quizás una mezcla de ambos. Ante cada uno de los componentes del Gran Consejo de la Nación, una copa de cristal de Bohemia con un exquisito vino de cosecha casi exclusiva y varias fuentes repletas de canapés de salmón noruego y caviar Beluga.

Algo muy tenue, como un bisbiseo de sombras oscuras, se colaba por los resquicios de las ventanas cerradas.

— Creo que ya tengo a nuestro candidato —exclamó repentinamente Don Ginés Navalbuena, Vicepresidente del actual Partido en el Gobierno de aquel pequeño país rodeado de montañas.

Todos volvieron la cabeza y lo miraron expectantes.

Don Ginés era un hombre triste, de ojos oscuros y pequeños y mirada algo estrábica. Al igual que sucedía con todos los asistentes a la reunión, llevaba desde tiempos inmemoriales militando en el Partido, el PAPYLLA, Partido del Pueblo y la Llaneza, establecido en el poder, evidentemente mediante elecciones democráticas, desde hacía treinta y dos años. Don Ginés se sentía agotado tras tanto tiempo de entrega absoluta a su nación pues, como él decía con harta frecuencia: “El poder no corrompe, solamente cansa”.

A ellos, los allí presentes —los componentes de la cúpula del Partido, exceptuando al Presidente—, casi todos en las mismas circunstancias que Don Ginés, se les había presentado un pequeño problema, pequeño pero importante: carecían de candidato para las próximas elecciones. Lo cierto es que no carecían de candidato propiamente dicho, ya que había donde escoger, sino de un candidato manejable.

— ¿Podemos saber quién es? —Preguntó Doña Bonifacia Salmida, a quien todos llamaban cariñosamente Boni.

Doña Bonifacia Salmida, el pelo rubio teñido y la mirada clara, estaba al frente de uno de los tres nuevos ministerios creados por el anterior Presidente del Gobierno, el MAMI, Ministerio de Asuntos de Máxima Importancia que, al igual que sucedía con el MUSLITO, Ministerio de Urgencias y Servicios de Libertad y Tolerancia, y el MEMO, Ministerio de Enseñanza de Memorias Olvidadas, desempeñaba un papel fundamental en el bienestar de los ciudadanos.

Don Ginés observó a sus compañeros con los ojos entornados. La idea del candidato había surgido realmente de su hijo menor, un chaval de diez años, rubio y alegre, aunque no demasiado inteligente a causa de una meningitis mal curada, pero al que mimaba y adoraba. Fue él quien, en el transcurso de un paseo por el parque zoológico, le inspiró dicha idea con una serie de, a su modo de ver, acertados comentarios sobre lo que iba observando.

Y Don Ginés pensó: “¿Por qué no?”, mientras que, a lo largo del fin de semana, maduraba aquella posibilidad incrustada en su cerebro, llegando a la conclusión de que ocurrencias tan brillantes sólo podían albergarse en una mente como la suya. Al fin y al cabo, llevaba más de treinta años liderando el país en la sombra y casi todas las grandes ideas habían surgido de su privilegiada cabeza. No importaba que no tuviera estudios, ya que ni siquiera había terminado su carrera de Empresariales, una nimiedad que carecía de interés. Él era la encarnación del poder y lo demostraría.

– Creo que nuestro mejor candidato podría ser…

La frase quedó temblando en el aire arropada por los ojos de los presentes.

Aquellos hombres y mujeres eran su propia obra, estaban de su parte y aceptarían todo lo que sugiriese. Lo sabía y se enorgullecía de ello. El electorado, los votantes, los afiliados a su partido, no representarían ningún problema. Él los manejaría, como había hecho desde los tiempos en que, escalando paso a paso los peldaños de la jerarquía, se había instaurado en lo más alto: el poder en la sombra, lo cual significaba el verdadero poder ya que, en caso de problemas, las culpas siempre recaerían sobre el Presidente.

Don Ginés se sentía rebosante de orgullo.

El único elemento un tanto problemático de los allí presentes tal vez fuera el Secretario del Ayuntamiento, Don Horacio San Silvestre, pequeño y regordete, demasiado honrado y cabal para desempeñar el puesto que se le había encomendado. Pero no le cabía ninguna duda de que él, Don Ginés, se las ingeniaría para solventar cualquier dificultad, como siempre había hecho a lo largo de tantos y tantos años de impecables servicios.

La tibieza de la tarde acariciaba los cuerpos tiñéndolos con un manto malva de suavidad y dulzura.

— Creo que nuestro mejor candidato podría ser —continuó bajo la atenta mirada de todos— podría ser… Eleuterio.

Al escuchar aquel nombre, en los rostros de casi todos los presentes se dibujó una sonrisa, sin duda de aceptación o complicidad. Algunos, los menos, permanecieron expectantes, como si no creyeran las palabras que habían escuchado, ausentes de gestos o de reacciones. Parpadearon asombrados y la posible duda que pudiera recorrer sus entrañas no duró más que un segundo. Entre ellos, tan sólo una persona, Don Horacio San Silvestre, abrió mucho los ojos y la boca, se aferró fuertemente a los reposabrazos del sillón hasta sentir dolor en las manos, y permaneció mudo, anonadado, obnubilado, pensando que no era cierto lo que había oído de labios del Vicepresidente.

Una sombra oscura, en forma de diablo retorcido, acarició la piel de los participantes en la reunión, desapareciendo poco después tal y como había llegado.

Transcurrieron varios minutos de silencio absoluto. Unas cuantas gotas de quietud cayeron lentamente sobre los hombres y mujeres reunidos en la gran Sala de Juntas del edificio de la Presidencia, y un suave aroma a jazmines y rosas impregnó sus cuerpos cansados, agotados por el insigne trabajo que desempeñaban.

Fue Doña Bonifacia Salmida, Ministra del MAMI, quien interrumpió la catarata de pensamientos:

— ¿Te refieres a…? —Preguntó con un hilillo de voz—. ¿Te refieres a… Eleuterio? ¿Nuestro Eleuterio?

— Por supuesto. ¿A quién iba a referirme? –Respondió Don Ginés muy orgulloso.

— ¿Hablas de… Eleuterio, nuestra mascota?

— ¡Pues claro que sí! ¿Tenemos algún otro Eleuterio?

Por los rostros de casi todos los presentes se esparció una sonrisa callada y socarrona.

Los pensamientos, hasta ese instante desbaratados, se unieron y reunieron, como siempre, y empezaron a formar una masa compacta de acuerdo, aceptación y servilismo. También como siempre. Entre ellos no podía existir la posibilidad del pensamiento individual ya que supondría una verdadera catástrofe. Nadie imaginaba a nadie pensando por sí mismo. Una vez tejidas y aunadas, las ideas incrustadas en sus cabezas formaban un tapiz uniforme imposible de descomponer.

Fue una vez más Don Horacio San Silvestre, con su voz aflautada y su cuerpo rechoncho, quien dio la nota discordante.

— ¡¿Pero cómo es posible?! —Exclamó levantándose furioso del sillón y dando un golpe con ambas manos sobre la mesa.

Todos le miraron con los ojos cargados de pena, o quizás de compasión. Siempre él. Siempre se oponía al consenso de los demás. Siempre protestaba. Siempre estaba allí para contrariarlos. No era la primera vez, pero tal vez sí la última, pensó Don Ginés, porque estaba un poco harto de aquella molesta oposición. ¿Por qué no se marchaba del Partido si tan en contra se mostraba? ¿Por qué permanecía con ellos? ¿Por qué no se limitaba a pensar como todos? Sería tan sencillo…

— ¿Cuál es el problema, Horacio? –Preguntó el Vicepresidente impregnando su voz de matices solapados de cadencias.

— ¿Cómo que cuál es el problema?

— Explícate, por favor, porque ya estamos un poco cansados y me gustaría ir a comer.

— ¿Pretendes decir que vamos a presentar a Eleuterio, nuestra mascota?

— No pretendo decirlo. Lo he dicho.

— No… no lo puedo creer.

— Pues créelo.

— ¿¡A un chimpancé!? ¿Un chimpancé como candidato a la Presidencia del Gobierno?

— Claro.

— Pero… ¿cómo que claro?

— ¿No te parece una idea absolutamente genial?

El rostro de Don Horacio San Silvestre se había tornado rojo como las amapolas. No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Tal vez aquellos hombres y mujeres que le rodeaban se habían vuelto locos de repente, habían sido acorralados por una alucinación mental transitoria o un ataque de demencia general.

— Pero… pero… ¿Cómo es posible que pienses así? ¿Y los afiliados? ¿Qué dirán nuestros afiliados?

Don Ginés Navalbuena, Vicepresidente del PAPYLLA y del país, respondió sin abandonar la sonrisa:

— Nuestros afiliados dirán lo que nosotros queramos que digan.

— Pero… pero… —La incredulidad y la indignación atascaban las palabras en la garganta de Don Horacio.

— Siempre ha sido así y siempre lo será. —Continuó tranquilamente Don Ginés.— ¿Acaso alguien lo ha dudado un momento? Bueno, parece que sí, parece que tú, Horacio, siempre estás dudando de nuestras grandes ideas y de nuestras correctas decisiones. Parece que tú, Horacio, te apartas del consenso general. Y esto, te recuerdo, es una democracia completa y absoluta, y tú debes pensar como la mayoría.

— ¿Qué tiene que ver la democracia con lo que acabas de exponer? La democracia es algo mucho más serio que…

— La democracia tiene que ver con todo lo que hacemos y la labor que desempeñamos.

— Ginés, una cosa es pensar como la mayoría y otra…

— ¿Qué ocurre, Horacio? ¿Otra vez en contra?

— Pero, Ginés… ¡un chimpancé! ¿Qué pensarán más allá de nuestras fronteras? ¿Y la oposición? ¿Y el mundo? ¿Y el resto de los países?

Sin perder nunca la sonrisa, y encogiéndose de hombros, el Vicepresidente respondió:

— Eso, en realidad, carece de importancia.

Don Horacio San Silvestre llegó instantáneamente a la conclusión de que resultaría inútil cualquier intento de insuflar una gota de cordura en aquellos seres. Con la ira y la indignación reptando por sus venas, plegó los labios, apretó los puños, recogió sus papeles, echó atrás el sillón en el que había estado sentado y empezó a caminar hacia la salida a pequeñas zancadas, pues siendo piernicorto no podía darlas más grandes, mientras murmuraba bajito: “¡Dios mío! Un chimpancé… un chimpancé…”

Todos los allí presentes le siguieron con ojos turbios, pensando colectivamente que aquel hombre era y sería una cruz que deberían soportar hasta el mes de octubre en que tendrían lugar las próximas elecciones momento en el cual, sin lugar a dudas, sería destituido por disidente.

Una vez cerró la puerta, con la poca furia que podía desplegar un ser tan insignificante como Don Horacio, Don Ginés esperó a que el eco de aquella presencia fuera desapareciendo en la lejanía, se acercó suavemente a Doña Bonifacia y le susurró al oído:

— Recuérdame, Boni, que mañana nos deshagamos de ese individuo.

El sonido ya imperceptible de los pasos quedó quebrado en el aire entre un suave aroma de jazmines y rosas.

Don Ginés se llevó un canapé de caviar a la boca, apuró su copa de vino y mirando detenidamente a todos los que conformaban el Gran Consejo de la Nación, preguntó despacio.

— ¿Alguna otra objeción a la propuesta?

El silencio se adueñó de los cuerpos y de las almas de aquellos seres tristes, mientras un temblor seco atravesaba el espacio.

— Está bien –dijo Don Ginés tras esperar unos segundos. —Queda acordado por unanimidad que el próximo candidato a la Presidencia del Gobierno será Eleuterio.

Se detuvo unos instantes escudriñando el entorno, pero continuó de inmediato para que nadie pudiera interrumpirle con ningún tipo de comentario.

— Es evidente que hay que trabajar de firme pues tenemos mucho que hacer al respecto. En primer lugar, necesitamos un apellido para Eleuterio, ya que no podría presentarse sólo con su nombre. ¿Estamos de acuerdo?

Todos asintieron.

El aire, suave y etéreo hasta el momento, se iba cargando de miseria y humo.

— Yo había pensado —siguió el Vicepresidente— en un apellido sonoro y majestuoso. Algo así como… Rovirosa de los Madrigales, Rodrigal de las Altas Torres, o similar, y algún que otro añadido, que suene bien y tenga fuerza.

— Me gusta —apuntó Don Diego Colentes, Ministro del MUSLITO, quien no había abierto la boca durante toda la reunión—. Me gusta Rovirosa de los Madrigales y algo más.

— A mí también —corroboró Doña Juana Delado, adjunta y mano derecha de Doña Bonifacia, quien hacía las veces de Secretaria de la Junta.

— ¿Estamos de acuerdo entonces?

Todos asintieron.

A partir del momento en que fue decidido por unanimidad el próximo candidato a la Presidencia del Gobierno, el Consejo de la Nación en pleno se lanzó a estudiar los detalles relacionados con la presentación de Eleuterio, así como a trabajar en las múltiples facetas, cuestiones, asuntos y elementos que tan grandiosa labor conllevaba.

Durante semanas, e incluso meses, los insignes miembros del Consejo de la Nación, en un perfecto e inalterable consenso jamás cuestionado ni puesto en tela de juicio, fueron perfilando todos y cada uno de los cientos de aspectos que conllevaba el delicado trabajo destinado a preparar, aleccionar, entrenar y enseñar a Eleuterio. Y Eleuterio, simpático y nervioso, fue sometido a múltiples pruebas entre las cuales se incluían protocolo, vestuario, maquillaje, peluquería, recepciones, saludos, besamanos, y un largo etcétera imposible de enumerar al completo.

Eleuterio, un simio despierto e inteligente, aprendió a comer en una mesa, a utilizar perfectamente los cubiertos, a comportarse con rectitud, a permanecer quieto y en silencio, a obedecer las órdenes que se le impartían, a saludar moviendo la cabeza, a dar la mano, a simular que escuchaba y entendía las palabras pronunciadas por otros, en resumen, Eleuterio fue cuidadosamente aleccionado para comportarse con total rectitud. El Vicepresidente se sentía realmente orgulloso de los progresos realizados. El único problema existente era que, pese a la inteligencia del chimpancé y pese a cualquier esfuerzo humano, Eleuterio, por muchas lecciones que recibiera, desafortunadamente no podía hablar, siendo ésta una cuestión a la postre poco problemática ya que, según la idea de Don Ginés y sus allegados, siempre habría alguien que lo haría por él.

A medida que transcurrían las semanas y el candidato aprendía diligentemente en manos de sus entrenadores, la euforia de Don Ginés crecía a pasos agigantados.

Una vez solventada la cuestión del aprendizaje de Eleuterio, otro asunto a tener en cuenta –aunque sin ser de máxima importancia— era el electorado. Tanto Don Ginés como sus secuaces estaban absolutamente convencidos de la inexistencia de problemas con sus afiliados. Los afiliados del PAPYLLA, la práctica mayoría del país, estaban unidos por un pensamiento colectivo que, evidentemente, era el del Partido. Y ellos pensarían siempre lo que el Partido deseara. Ocurriera lo que ocurriera –y mucho había sucedido durante aquellos años— estarían a su lado. En las épocas de crisis –no por culpa del Gobierno, evidentemente, sino de factores externos—, en las épocas de bonanza –en este caso gracias a la gestión del Partido—, en las épocas intermedias, en las épocas claras, en las épocas oscuras, cuando habían surgido problemas, ellos, sus afiliados, se habían mantenido firmes, incólumes, fieles, leales hasta la saciedad y, fuera cual fuera el comportamiento del PAPYLLA, se mostraron conformes y a su favor. Nadie concebiría que ocurriese de otra manera.

El arrullo de la primavera empezó a dar paso al calor pegajoso de un incipiente verano que amenazaba con desgajar los cuerpos, como siempre sucedía en aquel pequeño país rodeado de montañas.

Transcurrieron los días y las semanas rebosantes de trabajo. Se acercaba el día de la presentación del candidato. Don Ginés y su camarilla, un poco nerviosos, un poco desbordados, se sentían pletóricos de emociones.

Y las horas ingratas, excesivamente veloces, tragaron con ansias la vida, hasta que llegó el gran momento.

Aquella tarde de flores suaves y luces silenciosas cayendo lentamente desde la cima de los montes cercanos, el Partido había convocado una concentración de sus afiliados y simpatizantes en el Parque Nacional José María Himerosa, así llamado en honor a uno de los mejores alcaldes habidos en la Capital. Desde primeras horas de la mañana, miles de personas empezaron a ocupar los bancos, sillas, parterres y senderos del parque. Cientos de autocares, llegados desde los más recónditos rincones del país, y fletados expresamente para la ocasión —evidentemente, con coste a las arcas del Estado— atestaban las calles circundantes. A las tres de la tarde, pese a que ya no cabía un alfiler en el recinto, seguía aflorando gente, debido a lo cual fue necesario habilitar los alrededores de la zona, más allá de las altas verjas que rodeaban el parque, para que todo el mundo pudiese participar en el gran evento. La multitud se apiñaba ansiosa. Fueron repartidos bocadillos y bebidas —evidentemente, con coste a las arcas del Estado—, además de banderas, enseñas, panfletos y octavillas. La tensión y la emoción, guardadas en el fondo de las almas a lo largo de meses, se palpaban en el ambiente.

A las siete de la tarde, momento en el cual tendría lugar la presentación del candidato del PAPYLLA, el parque y sus alrededores se asemejaban a una marea informe de cuerpos y almas desbaratados. Hombres, mujeres y niños de todas las edades, estados y condiciones, se apretaban unos junto a otros a la espera de una ilusión excesivamente bien guardada. Una orquesta formada por quince o veinte músicos –evidentemente, con coste a las arcas del Estado— deleitaba a los participantes interpretando alegres melodías que nadie escuchaba. Los corazones de todos latían rápidos, especialmente los de Don Ginés Navalbuena y sus secuaces a quienes los nervios empezaban a traicionar con tantos y tantos elementos bajo su atenta revisión.

El candidato a la Presidencia del Gobierno, siempre de la mano de alguno de sus entrenadores, fue elegantemente vestido con un traje gris marengo, una camisa blanca y una corbata a azul, todo ello a juego con el fin de causar la mejor impresión a las almas que allí esperaban.

Nubes de colores paseaban indolentes por el cielo.

Miles y miles de personas esperaban ansiosas la aparición del candidato, que se había mantenido hasta entonces en riguroso secreto.

Eleuterio fue cuidadosamente peinado, perfumado y aleccionado.

Había llegado el momento.

Un temblor sereno y casi palpable recorría los cuerpos de todos y cada uno de los presentes en el acto, como un trallazo compuesto de soledades compactas.

El grupo de músicos interpretó el himno nacional, lo que hizo que la multitud apiñada redujera el sonido de sus voces.

Don Ginés Navalbuena, correctamente vestido con traje azul oscuro, camisa clara y corbata roja, apareció en el escenario, subió a la tarima dispuesta para los oradores, colocó sus papeles sobre el atril y se dirigió a los ciudadanos.

— Compañeros y compañeras —comenzó diciendo tras comprobar sonriente que su poder de convocatoria no había quedado mermado en absoluto, sino al contrario, que su fuerza seguía firme, que ellos, sus súbditos, estaban donde él quería que estuviesen. No había más que extender la vista y comprobarlo.

Los ojos de la multitud gritaban adoración.

— Apreciados compañeros y apreciadas compañeras, queridos amigos y queridas amigas —continuó diciendo—, estimados afiliados y estimadas afiliadas de nuestro gran Partido. —El silencio empezó a aposentarse entre la masa—. Nos hemos reunido aquí, por fin, después de tanto misterio y de tanto secreto —no por culpa nuestra, evidentemente, sino de las circunstancias—, para daros a conocer a nuestro próximo candidato a la Presidencia del Gobierno.

Los miles y miles de personas allí presentes comenzaron a beber las palabras de Don Ginés.

— Como podéis comprender, y no os quepa ninguna duda de ello, hemos procurado elegir lo mejor y lo más adecuado para el pueblo, para vosotros, que sois los que realmente formáis la verdadera realidad del país, los que trabajáis firmemente por su bienestar y los que hacéis que todos juntos estemos a la cabeza del mundo.

La multitud estalló enfervorizada en millones de aplausos y vítores mientras que en la mente Don Ginés, sin perder nunca la sonrisa, reposaba un pensamiento: “Ya están en mis manos. Siempre ha sido sencillo lograrlo”.

— Sois vosotros, y únicamente vosotros, los que ocupáis nuestras vidas y nuestros corazones, los que nos hacéis luchar por ser los mejores y avanzar firmemente hasta la cima, los que movéis la vida de este gran país, los que insufláis en nuestras almas el deseo de seguir adelante. —Se detuvo unos instantes para dar un mayor énfasis a sus palabras—. Porque, sin vosotros ¿qué seríamos nosotros?

El Vicepresidente se vio en ese instante interrumpido por muchos más aplausos que la vez anterior, ahora acompañados de gritos y vivas. Las gargantas rugían.

— Por eso, por vosotros y pensando exclusivamente en vosotros, es por lo que hemos elegido al candidato que vamos a presentaros a continuación. Por vosotros, por vuestro bien general y particular, por el bien de vuestros hijos y de vuestros nietos, por el bien de vuestras familias, por el bien de vuestra economía, por vuestro bienestar que es y será siempre el nuestro.

“¡Viva Don Ginés!”, “¡Viva el pueblo!”, “¡Viva el Gobierno!”, ¡Viva el Partido!”. Millones de voces reventaban en el aire. Los brazos levantados, los cuerpos rebosantes de orgullo, las manos buscando otras manos, los ojos brillantes de emociones sublimes.

Don Ginés Navalbuena, siempre con la sonrisa en los labios, contemplaba aquello que consideraba su obra y sentía el corazón desbordado. Tenía sus almas en el bolsillo. Había llegado el gran momento.

— ¡Compañeros y compañeras, amigos y amigas, afiliados y afiliadas! ¡Os presento a nuestro futuro Presidente del Gobierno, Don Eleuterio Rovirosa de los Madrigales y Valsantos!

Por el fondo del escenario apareció el simio perfectamente trajeado, de la mano de dos de sus entrenadores, instante en el cual, la orquesta empezó a interpretar un simulacro del Himno de la Alegría, mientras hacia el cielo se elevaban millones de globos de colores a la vez que cientos de palomas de la paz, y el aire de todo el recinto se plagaba de confetis y serpentinas.

La multitud rugía y chillaba.

Don Eleuterio caminó despacio, tal vez un poco asustado por la presencia de tantas y tantas personas observando sus movimientos, aunque firme y decidido entre sus dos entrenadores. Era lo que se esperaba de él y no iba a defraudar a nadie.

Una vez instalado junto al Vicepresidente, sobre una tarima especial de madera para aumentar su corta estatura, Don Eleuterio, tal y como había aprendido a lo largo de muchos meses de entrenamiento, levantó ambos brazos y saludó a la masa informe que le coreaba, emitiendo al mismo tiempo una serie de sonidos guturales.

Los aullidos de la multitud rompían el aire.

Don Ginés observó lo que estaba ocurriendo y suspiró aliviado sin abandonar su siniestra sonrisa.

Con el fin de evitar la más pequeña posibilidad de que cualquier dudoso pensamiento cruzase repentinamente por los cerebros de aquellos, sus leales allegados, Don Ginés no esperó a que se instaurase un silencio que, ante cualquier auditorio normal, hubiese producido la presencia de un chimpancé, sino que continuó con su arenga, como si toda aquella farsa fuese un acto perfectamente natural.

— ¡Ciudadanos y ciudadanas! ¡Compañeros y compañeras! ¡Amigos y amigas! ¡Os presento a Don Eleuterio, el futuro Presidente del Gobierno de nuestra gloriosa nación! ¡El mejor, el único, el insigne, Don Eleuterio! Él será el más honrado y veraz de los mandatarios, el que nos llevará por los caminos de la gloria, el que velará con seguridad por los intereses del país, los vuestros y los nuestros, el que continuará con la paz que tanto deseamos y que tanto nos ha costado conseguir, el que nos conducirá implacablemente y sin la menor vacilación a la cima del mundo. No dudéis jamás que él es el mejor y el único, no lo dudéis.

La multitud se desgañitaba profiriendo gritos ininteligibles.

— ¡Él nos dará la gloria! ¡Él conseguirá lo que nadie ha conseguido! ¡Con él derrotaremos a la malvada oposición que tanto daño hace a nuestro glorioso país y seguiremos avanzando!

Miles, millones de gargantas chillaban sin cesar “¡Viva Don Eleuterio!”, “¡Viva Don Ginés!”, “¡Viva el Partido!”

— ¡Con Don Eleuterio lograremos la verdad y la felicidad! ¡Con Don Eleuterio continuaremos en la cumbre! ¡Con Don Eleuterio lucharemos juntos contra todo y contra todos!

La multitud deliraba.

— ¡Yo os insto a votar a Don Eleuterio en las próximas elecciones de octubre! ¡Vuestro voto decisivo nos dará la victoria! ¡Vuestro voto es y será de máxima importancia! ¡No dudéis en las urnas! ¡No dudéis ni un instante, pues un instante puede significar el todo o la nada! ¡Sed siempre fieles a vuestro Partido! Porque yo sé que, con vuestra libertad y vuestra preclara inteligencia, estaréis siempre a nuestro lado y a nuestro favor, que es el favor del pueblo.

Don Ginés extendió la mirada sobre aquellos seres vociferantes que lo adoraban. Su orgullo, su vanidad, su ego, alcanzaron en ese momento cotas máximas de felicidad.

— ¡Sois maravillosos! —Terminó diciendo verdaderamente emocionado—. ¡Muchas gracias, de verdad, muchas gracias por vuestra presencia!

Los gritos, los cánticos, los vítores, las aclamaciones, rodearon durante largo tiempo a la totalidad de la cúpula del PAPYLLA, que salió a saludar al escenario, cogidos por la cintura, formando una cadena humana de solidaridad con su pueblo y con su futuro Presidente del Gobierno.

Don Ginés se sentía exultante de orgullo. Todo había salido conforme a sus intenciones y a sus deseos. Los afiliados se habían comportado como era de esperar. Nada había fallado. Una gran sonrisa se extendía por sus labios y por su corazón.

¿Qué importaba lo que hubiera sucedido en el pasado? ¿Qué importaban las penas, los dolores, las crisis, los momentos terribles, los sufrimientos? ¿Qué importaba cualquier otro tipo de nimiedades?

Don Ginés sabía que había triunfado.

La fiesta en el parque se prolongó hasta altas horas de la madrugada y todos los allí presentes se sintieron realmente felices.

La luna y las estrellas, con un brillo especial en sus miradas huecas, fueron testigos de la alegría de un pueblo.

Unos meses más tarde, a mediados de un mes de octubre tibio y envuelto en los colores ocres de un otoño resplandeciente, tuvieron lugar las elecciones generales en las que Don Eleuterio Rovirosa de los Madrigales y Valsantos, fue elegido por mayoría absoluta Presidente del Gobierno de aquel pequeño país rodeado de montañas.

 

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