Relatos

Relato Corto – La última librería

Tenía una piel áspera que rezumaba sueños, el cabello ralo formado de fibras blancas y grises, la voz un poco carcomida y temblona, como si en su interior fuesen anidando los años sin sentirlo, y unos ojos chiquitos por los que trasegaban estrellas ocultas del color de las bengalas. Su rostro reflejaba un chorro inagotable de pasado que paseaba adherido a sus venas y del que ya no podría desprenderse jamás. Lo sabía pero no le importaba. Cojeaba un poco al caminar a causa de una caída muy tonta —como todas las caídas? en la escalera de su casa, por lo que se apoyaba disimuladamente en las estanterías para desplazarse de un lado a otro de la tienda. Sentía un ligero dolor pero se negaba a llevar bastón, al menos en el interior, en lo que él denominaba “sus dominios” porque era lo único realmente suyo. No importa que me duela, se decía, lo que importa es estar aquí, permanecer, no cejar, mantenerme en mi sitio hasta… no sabía hasta cuándo.

El aire desprendía ligero sin olor a lluvia y a orquídeas a medio deshojar.

Cruzó la calle con la lentitud de las tinieblas que engalanaban una tarde hecha de puntillas y encaje, abrió la puerta del local, volteó el letrero en el que se indicaba CERRADO y ABIERTO, y entró con pasos suaves. Las tablas del suelo chirriaron. Se aproximó al pequeño mostrador de madera, sobre el que había una caja registradora de antigüedad indefinida, y encendió las luces. La vida chisporroteó y desaparecieron las sombras.

La extensión del local era de unos cien metros cuadrados. Todas las paredes estaban cubiertas de librerías de techo a suelo, librerías y más librerías, estantes y más estantes, y en la zona central se extendían varias mesas de madera, cubiertas con una tela grisácea, con una separación de dos metros entre ellas. Tanto las estanterías como las mesas estaban plagadas de libros, decenas, cientos, miles de libros de todos los tamaños, grosores, colores y formas. La mayoría de ellos eran antiguos, muy antiguos, e incluso poseía algunos incunables. Nadie conocía la cantidad exacta salvo él, que llevaba una exhaustiva contabilidad de la entrada y salida de la totalidad de los volúmenes.

La boca de Matías se dilató en una sonrisa. El olor de los libros le hacía sonreír. Y su tacto. Y su visión.

Por los hilos de su memoria se perdía la primera vez que entró en la librería con su padre, le parecía miles de años atrás, cuando la vida se mecía en unos brazos muy distintos a los actuales, cuando las calles rebosaban de gente deseosa de conocer una de las librerías mejor surtidas de la ciudad, cuando la puerta se abría y cerraba sin cesar, los estudiantes, los intelectuales, los eruditos, los jóvenes, los no tan jóvenes, los niños acompañados de sus padres, el público en general, entraban y salían, llenaban el local, pedían, buscaban, preguntaban, miraban, compraban y plantaban besos de felicidad por los muros mientras las páginas entonaban cánticos y aleluyas por sí solas. Porque lo hacían. Él lo sabía e incluso escuchaba el murmullo de las letras.

Encendio el letrero de neón Que proclamaba: LIBRERÍA MATÍAS HERALDO.

Sospechaba que aquella tarde gris de lluvia y viento no tendría mucha más suerte que las anteriores. Sucedería lo de casi siempre. Pero no importaba. Lo verdaderamente importante era mantener y mantenerse en su rincón de silencios y soledades.

Con los ojos ardientes de añoranzas, se aproximó a una de las librerías para acariciar los libros, para limpiarlos una y otra vez con un plumero y una bayeta, para colocarlos de nuevo de manera que quedasen perfectamente alineados, para sentirlos, palparlos y disfrutarlos. Todos los días repetía la misma operación. Mis libros, mis queridos libros, pensaba, y los miraba y contemplaba con un filamento de pasado en las pupilas.

Reventó un trueno en el exterior al tiempo que sonaba una campanilla y se abría la puerta.

Lo primero que apareció fue un enorme paraguas negro chorreando agua, seguido de una figura alta y casi esquelética envuelta en una gabardina de color pardo un tanto raída.

– ¡Buenas tardes, Matías!- Exclamó la figura mientras entraba.

Matías reconoció de inmediato un su amigo Genaro.

– ¡No tan buenas, Genaro!- Respondio.

– Y Que lo digas. No veas la que se ha desatado.

Genaro depósito el paraguas en un paragüero y sí despojo de la gabardina. Le acompañaba una sinfonía de gotas un tanto desafinada.

Nunca faltaba a su cita. Todas las tardes, el bueno de Genaro aparecía por la librería a charlar con Matías, y de tanto en tanto adquiría algún libro que leía pausadamente en su hogar. Genaro, delgado como un junco a punto de partirse, casi completamente calvo y con unos lentes que le hacían los ojos inmensos, arrastraba una soledad en la que se amontonaban los años como racimos, ya ni siquiera recordaba cuántos.

Colgó la gabardina en un perchero y ambos se encaminaron despacio hacia una de las estanterías, la que se encontraba a la izquierda de la puerta, para examinar unos libros de aventuras, los favoritos de Genaro.

– Ya que terminado De la tierra a la luna. ¿Qué me recomiendas ahora?

– ¿Te gusta Julio Verne?

– Ya sabes que me apasiona la fantasía.

– Podemos probar con otro autor. ¿Has leído La isla del tesoro ?

– Por supuesto.

– ¿Capitanes Intrépidos? ¿ Moby Dick ? ¿ El Doctor Jekyll  y Mister Hide ?

Los dos amigos fueron recorriendo estanterías al tiempo que se zambullían en una deliciosa conversación sobre libros, autores y temas, mientras examinaban volúmenes y acariciaban letras.

La campanilla de la puerta sonó de nuevo. Un vendaval de sombras sí coló por la abertura. Dos figuras oscuras sí adentraron en el local.

– Buenas tardes, Matías. -Saludo una mujer bastante gruesa, mientras sacudía sin sinfín de gotas.

– Buenas tardes- repitió su acompañante.

– Buenas tardes, señor y señora Perlado. -Respondio Matías acercándose a la puerta-. Pasen, por favor.

El señor y la señora Perlado, gruesos orondos, el rostro enrojecido, con un saco de años, silencios y arrugas a sus espaldas, sí encaminaron hacia donde se encontraba Genaro, al que también saludaron.

– Nos alegramos de encontrarte aquí, Genaro.

– Yo también, Mercedes. Te veo muy bien. ¿Cómo estás, Adolfo?

– Hecho polvo- Respondió la mujer sin dejar hablar un su marido. A estas alturas de la vida,todo son achaques, si no es de un lado es de otro, si no es por aquí es por allá, pero siempre achaques.

– Ni que lo digas.

– Estába recomendando a Genaro unos libros que creo que también a ustedes podrían interesarles – interrumpió Matías-. Veamos …

Y los cuatro se enfrascaron en una conversación cargada de sueños, los de las historias allí encerradas, los de la fantasía que volaba de un lado a otro del local mezclándose desacompasadamente, los de un ayer que luchó y luchó y luchó a brazo partido, como jamás lo había hecho anteriormente, y acabó perdiendo hasta desaparecer por completo.

Las gotas de lluvia tintineaban a lo lejos creando una sinfonía de cascabeles.

La pantalla quedó en negro, se transformó de nuevo en una pared y las luces se encendieron repentinamente. Varios focos iluminaron la inmensa sala. Los ojos de las personas allí presentes, un centenar más o menos de niños entre doce y trece años, parpadearon para deshacerse de la oscuridad y reflejaron una suerte de duda reconcentrada mezclada con grandes dosis de asombro, intriga e interrogantes diversos.

Marcus Strand-Webber, insigne Profesor de Ciencias del Pasado en el prestigioso Colegio Estructural y Multicultural Yarmania, uno de los más importantes y afamados del país, sonrió para sí. Siempre sucedía lo mismo, algo realmente curioso y digno de estudio, siempre percibía idénticas vibraciones, siempre quedaba en el aire la misma sensación de misterio sin resolver, las mismas preguntas que se sentían, se filtraban y se palpaban sin que nadie las plantease. A lo largo de sus veinte años de docencia había llegado a la conclusión de que las reacciones del ser humano, fuera cual fuese su estado o condición, eran el único elemento que no variaba con el tiempo.

Esperó unos segundos antes de ponerse en pie y dirigirse a la concurrencia, los que necesitaban sus alumnos para digerir plenamente aquello que acababan de contemplar. Sabía que con unos instantes sería suficiente. Evidentemente, todo el mundo habría visto algo similar en Internet, lo habrían comentado en las redes sociales o lo habrían estudiado con anterioridad en cualquiera de las asignaturas relacionadas con la Historia del Universo, pero estaba seguro de que nadie había contemplado con tanta nitidez, exactitud y precisión lo que acababa de proyectar. La película era muy antigua, exclusivamente de su propiedad y jamás la había difundido en ningún medio. La guardaba como un tesoro y le gustaba asombrar con ella a sus alumnos.

Finalmente el Profesor Marcus Strand-Webber se levantó de la silla, agitó su melena blanca en un gesto característico, y empezó a hablar acariciando a la sala con una mirada donde se amontonaban silencios y ausencias:

– La proyección que ustedes acaban de contemplar, mis estimados alumnos, corresponde a un elemento del pasado. —Escrutó los ojos de los jóvenes, casi niños, situados en las primeras filas?. Lo que han visto han sido las escenas de unos hechos acaecidos hace aproximadamente un siglo, unos ciento veinte años más o menos, en un local de la antigüedad llamado librería. Era en este tipo de tienda donde se vendían, despachaban y adquirían unos elementos ya inexistentes llamados libros, con los que todo el mundo estudiaba y aprendía, además de deleitarse con la lectura en numerosas ocasiones.

Una mano en se levanto a lo lejos.

– Les ruego ?aclaró el profesor— dejen las preguntas para otro momento. Ni siquiera para hoy, pues hoy me voy a limitar a darles unas someras explicaciones, pues lo que realmente quiero es que, a lo largo de esta semana, preparen un comentario de texto relacionado con los elementos denominados libros, librerías y libreros. Será entonces cuando podrán plantearme todo tipo de cuestiones al respecto. Gracias.

La mano desaparecio.

– Como les decía, la tienda que hemos visto se llamaba Librería Matías Heraldo, es decir, el nombre de su propietario, siendo ésta la última librería que existió en el Universo, cuya desaparición tuvo lugar aproximadamente un año después de la proyección, con motivo del fallecimiento de su dueño. Es evidente que nadie continuó con tal tipo de negocio, ya por aquel entonces obsoleto y en vías de extinción, lo cual habría significado una pérdida de tiempo, de energías y, por supuesto, de dinero, los tres elementos principales que rigen nuestro mundo en la actualidad.

Los ojos de los chavales parecían carbones encendidos. En su mentalidad de seres adelantados era difícil concebir algo tan inusual, que había desaparecido hacía tantos años y tan sumamente inútil en los tiempos que corrían, pero que ellos incluían en el apartado de Curiosidades, junto con otros elementos igualmente desaparecidos como podían ser los dinosaurios, las flores, las mariposas o las gaviotas.

– No les voy a revelar cómo, por qué y en qué circunstancias fueron tomadas las escenas que acaban de ver, —continuó el Profesor Marcus Strand-Webber? ya que eso no viene al caso, pero sí les voy a pedir que, para la clase de la semana próxima, preparen una detallada composición del significado de las librerías en el Universo hasta su completa desaparición. En la proyección habrán visto la composición de este tipo de tiendas, cómo estaban concebidas y la clase de clientes que aparecían por ellas, además del trato que recibían. Quisiera que investigaran lo que era un libro, el papel del librero en la sociedad de aquella época y la evolución experimentada por este tipo de elementos hasta llegar a nuestros días.

El Profesor Strand-Webber disfrutaba con aquellos instantes en que los muchachos empezaban a pensar en el ímprobo trabajo que supondría sumergirse hasta tal punto en el pasado, pero nadie decía una palabra. Todos acataban las órdenes en silencio. En los tiempos que corrían, todo el mundo obedecía: nadie protestaba.

– Y deseo que finalicen el comentario de texto con una valoración personal sobre esta clase de elementos en estudio, lo que ustedes opinan, piensan y consideran. —Extendió su mirada hacia el final del aula. Todos los alumnos escuchaban atentamente. Ni un ruido. Ni una risa?. ¿Han comprendido perfectamente?

Las cabezas asintieron.

– Quiero que expresen lo que, bajo su punto de vista, se fraguó a lo largo del pasado hasta llegar a lo que hoy conocemos, qué baremos se siguieron y qué conductas se desarrollaron.

El Profesor Strand-Webber habló sobre comportamientos, normas y leyes, formas de actuación, prohibiciones, legalidad, normativas y penalizaciones, habló sobre derechos, deberes y concienciación, pero nada dijo de sensaciones, impresiones y sentimientos, el temblor y el llanto de los corazones de los seres humanos de un pasado olvidado, el grito de las almas, el aullido de millones de voces, la desesperación, la incongruencia, el crujido en las gargantas, las manos tendidas hacia la nada y, sobre todo, la incomprensión que se adueñó del mundo muchos, muchísimos años atrás. Eso, a la postre, carecía de importancia.

El sonido de un timbre indicativo de la finalización de las clases se extendió por los pasillos del colegio durante quince segundos. Tanto los estudiantes como los profesores empezaron a recoger sus pertenencias, siempre en silencio, siempre sin ruido, se levantaron de sus asientos y salieron de sus respectivas aulas.

En el aire runruneaba un ligero aroma a jazmines, que se extendía en forma de inmensidad, como si quisiera abrazar a los presentes pero no le dieran permiso.

El Profesor Marcus Strand-Webber se despidió de sus alumnos hasta la semana siguiente y quedó rezagado mientras esperaba que todos abandonaran la clase. Cuando ya no quedaba nadie en la sala, apagó las luces, salió al exterior y cerró la puerta.

Relato corto: El Futuro Presidente

Mesa de caoba larga y majestuosa, sillas muy cómodas recién tapizadas en tonos verdes para el descanso de la vista, una grandiosa alfombra persa en el suelo, dos espejos venecianos, cuadros de cotizados pintores en todas las paredes del gran Salón de Juntas, lujo y señorío pululando alrededor de los cuerpos, y en al aire, un perfume indefinido a flores, jazmines, tal vez rosas, o quizás una mezcla de ambos. Ante cada uno de los componentes del Gran Consejo de la Nación, una copa de cristal de Bohemia con un exquisito vino de cosecha casi exclusiva y varias fuentes repletas de canapés de salmón noruego y caviar Beluga.

Algo muy tenue, como un bisbiseo de sombras oscuras, se colaba por los resquicios de las ventanas cerradas.

— Creo que ya tengo a nuestro candidato —exclamó repentinamente Don Ginés Navalbuena, Vicepresidente del actual Partido en el Gobierno de aquel pequeño país rodeado de montañas.

Todos volvieron la cabeza y lo miraron expectantes.

Don Ginés era un hombre triste, de ojos oscuros y pequeños y mirada algo estrábica. Al igual que sucedía con todos los asistentes a la reunión, llevaba desde tiempos inmemoriales militando en el Partido, el PAPYLLA, Partido del Pueblo y la Llaneza, establecido en el poder, evidentemente mediante elecciones democráticas, desde hacía treinta y dos años. Don Ginés se sentía agotado tras tanto tiempo de entrega absoluta a su nación pues, como él decía con harta frecuencia: “El poder no corrompe, solamente cansa”.

A ellos, los allí presentes —los componentes de la cúpula del Partido, exceptuando al Presidente—, casi todos en las mismas circunstancias que Don Ginés, se les había presentado un pequeño problema, pequeño pero importante: carecían de candidato para las próximas elecciones. Lo cierto es que no carecían de candidato propiamente dicho, ya que había donde escoger, sino de un candidato manejable.

— ¿Podemos saber quién es? —Preguntó Doña Bonifacia Salmida, a quien todos llamaban cariñosamente Boni.

Doña Bonifacia Salmida, el pelo rubio teñido y la mirada clara, estaba al frente de uno de los tres nuevos ministerios creados por el anterior Presidente del Gobierno, el MAMI, Ministerio de Asuntos de Máxima Importancia que, al igual que sucedía con el MUSLITO, Ministerio de Urgencias y Servicios de Libertad y Tolerancia, y el MEMO, Ministerio de Enseñanza de Memorias Olvidadas, desempeñaba un papel fundamental en el bienestar de los ciudadanos.

Don Ginés observó a sus compañeros con los ojos entornados. La idea del candidato había surgido realmente de su hijo menor, un chaval de diez años, rubio y alegre, aunque no demasiado inteligente a causa de una meningitis mal curada, pero al que mimaba y adoraba. Fue él quien, en el transcurso de un paseo por el parque zoológico, le inspiró dicha idea con una serie de, a su modo de ver, acertados comentarios sobre lo que iba observando.

Y Don Ginés pensó: “¿Por qué no?”, mientras que, a lo largo del fin de semana, maduraba aquella posibilidad incrustada en su cerebro, llegando a la conclusión de que ocurrencias tan brillantes sólo podían albergarse en una mente como la suya. Al fin y al cabo, llevaba más de treinta años liderando el país en la sombra y casi todas las grandes ideas habían surgido de su privilegiada cabeza. No importaba que no tuviera estudios, ya que ni siquiera había terminado su carrera de Empresariales, una nimiedad que carecía de interés. Él era la encarnación del poder y lo demostraría.

– Creo que nuestro mejor candidato podría ser…

La frase quedó temblando en el aire arropada por los ojos de los presentes.

Aquellos hombres y mujeres eran su propia obra, estaban de su parte y aceptarían todo lo que sugiriese. Lo sabía y se enorgullecía de ello. El electorado, los votantes, los afiliados a su partido, no representarían ningún problema. Él los manejaría, como había hecho desde los tiempos en que, escalando paso a paso los peldaños de la jerarquía, se había instaurado en lo más alto: el poder en la sombra, lo cual significaba el verdadero poder ya que, en caso de problemas, las culpas siempre recaerían sobre el Presidente.

Don Ginés se sentía rebosante de orgullo.

El único elemento un tanto problemático de los allí presentes tal vez fuera el Secretario del Ayuntamiento, Don Horacio San Silvestre, pequeño y regordete, demasiado honrado y cabal para desempeñar el puesto que se le había encomendado. Pero no le cabía ninguna duda de que él, Don Ginés, se las ingeniaría para solventar cualquier dificultad, como siempre había hecho a lo largo de tantos y tantos años de impecables servicios.

La tibieza de la tarde acariciaba los cuerpos tiñéndolos con un manto malva de suavidad y dulzura.

— Creo que nuestro mejor candidato podría ser —continuó bajo la atenta mirada de todos— podría ser… Eleuterio.

Al escuchar aquel nombre, en los rostros de casi todos los presentes se dibujó una sonrisa, sin duda de aceptación o complicidad. Algunos, los menos, permanecieron expectantes, como si no creyeran las palabras que habían escuchado, ausentes de gestos o de reacciones. Parpadearon asombrados y la posible duda que pudiera recorrer sus entrañas no duró más que un segundo. Entre ellos, tan sólo una persona, Don Horacio San Silvestre, abrió mucho los ojos y la boca, se aferró fuertemente a los reposabrazos del sillón hasta sentir dolor en las manos, y permaneció mudo, anonadado, obnubilado, pensando que no era cierto lo que había oído de labios del Vicepresidente.

Una sombra oscura, en forma de diablo retorcido, acarició la piel de los participantes en la reunión, desapareciendo poco después tal y como había llegado.

Transcurrieron varios minutos de silencio absoluto. Unas cuantas gotas de quietud cayeron lentamente sobre los hombres y mujeres reunidos en la gran Sala de Juntas del edificio de la Presidencia, y un suave aroma a jazmines y rosas impregnó sus cuerpos cansados, agotados por el insigne trabajo que desempeñaban.

Fue Doña Bonifacia Salmida, Ministra del MAMI, quien interrumpió la catarata de pensamientos:

— ¿Te refieres a…? —Preguntó con un hilillo de voz—. ¿Te refieres a… Eleuterio? ¿Nuestro Eleuterio?

— Por supuesto. ¿A quién iba a referirme? –Respondió Don Ginés muy orgulloso.

— ¿Hablas de… Eleuterio, nuestra mascota?

— ¡Pues claro que sí! ¿Tenemos algún otro Eleuterio?

Por los rostros de casi todos los presentes se esparció una sonrisa callada y socarrona.

Los pensamientos, hasta ese instante desbaratados, se unieron y reunieron, como siempre, y empezaron a formar una masa compacta de acuerdo, aceptación y servilismo. También como siempre. Entre ellos no podía existir la posibilidad del pensamiento individual ya que supondría una verdadera catástrofe. Nadie imaginaba a nadie pensando por sí mismo. Una vez tejidas y aunadas, las ideas incrustadas en sus cabezas formaban un tapiz uniforme imposible de descomponer.

Fue una vez más Don Horacio San Silvestre, con su voz aflautada y su cuerpo rechoncho, quien dio la nota discordante.

— ¡¿Pero cómo es posible?! —Exclamó levantándose furioso del sillón y dando un golpe con ambas manos sobre la mesa.

Todos le miraron con los ojos cargados de pena, o quizás de compasión. Siempre él. Siempre se oponía al consenso de los demás. Siempre protestaba. Siempre estaba allí para contrariarlos. No era la primera vez, pero tal vez sí la última, pensó Don Ginés, porque estaba un poco harto de aquella molesta oposición. ¿Por qué no se marchaba del Partido si tan en contra se mostraba? ¿Por qué permanecía con ellos? ¿Por qué no se limitaba a pensar como todos? Sería tan sencillo…

— ¿Cuál es el problema, Horacio? –Preguntó el Vicepresidente impregnando su voz de matices solapados de cadencias.

— ¿Cómo que cuál es el problema?

— Explícate, por favor, porque ya estamos un poco cansados y me gustaría ir a comer.

— ¿Pretendes decir que vamos a presentar a Eleuterio, nuestra mascota?

— No pretendo decirlo. Lo he dicho.

— No… no lo puedo creer.

— Pues créelo.

— ¿¡A un chimpancé!? ¿Un chimpancé como candidato a la Presidencia del Gobierno?

— Claro.

— Pero… ¿cómo que claro?

— ¿No te parece una idea absolutamente genial?

El rostro de Don Horacio San Silvestre se había tornado rojo como las amapolas. No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Tal vez aquellos hombres y mujeres que le rodeaban se habían vuelto locos de repente, habían sido acorralados por una alucinación mental transitoria o un ataque de demencia general.

— Pero… pero… ¿Cómo es posible que pienses así? ¿Y los afiliados? ¿Qué dirán nuestros afiliados?

Don Ginés Navalbuena, Vicepresidente del PAPYLLA y del país, respondió sin abandonar la sonrisa:

— Nuestros afiliados dirán lo que nosotros queramos que digan.

— Pero… pero… —La incredulidad y la indignación atascaban las palabras en la garganta de Don Horacio.

— Siempre ha sido así y siempre lo será. —Continuó tranquilamente Don Ginés.— ¿Acaso alguien lo ha dudado un momento? Bueno, parece que sí, parece que tú, Horacio, siempre estás dudando de nuestras grandes ideas y de nuestras correctas decisiones. Parece que tú, Horacio, te apartas del consenso general. Y esto, te recuerdo, es una democracia completa y absoluta, y tú debes pensar como la mayoría.

— ¿Qué tiene que ver la democracia con lo que acabas de exponer? La democracia es algo mucho más serio que…

— La democracia tiene que ver con todo lo que hacemos y la labor que desempeñamos.

— Ginés, una cosa es pensar como la mayoría y otra…

— ¿Qué ocurre, Horacio? ¿Otra vez en contra?

— Pero, Ginés… ¡un chimpancé! ¿Qué pensarán más allá de nuestras fronteras? ¿Y la oposición? ¿Y el mundo? ¿Y el resto de los países?

Sin perder nunca la sonrisa, y encogiéndose de hombros, el Vicepresidente respondió:

— Eso, en realidad, carece de importancia.

Don Horacio San Silvestre llegó instantáneamente a la conclusión de que resultaría inútil cualquier intento de insuflar una gota de cordura en aquellos seres. Con la ira y la indignación reptando por sus venas, plegó los labios, apretó los puños, recogió sus papeles, echó atrás el sillón en el que había estado sentado y empezó a caminar hacia la salida a pequeñas zancadas, pues siendo piernicorto no podía darlas más grandes, mientras murmuraba bajito: “¡Dios mío! Un chimpancé… un chimpancé…”

Todos los allí presentes le siguieron con ojos turbios, pensando colectivamente que aquel hombre era y sería una cruz que deberían soportar hasta el mes de octubre en que tendrían lugar las próximas elecciones momento en el cual, sin lugar a dudas, sería destituido por disidente.

Una vez cerró la puerta, con la poca furia que podía desplegar un ser tan insignificante como Don Horacio, Don Ginés esperó a que el eco de aquella presencia fuera desapareciendo en la lejanía, se acercó suavemente a Doña Bonifacia y le susurró al oído:

— Recuérdame, Boni, que mañana nos deshagamos de ese individuo.

El sonido ya imperceptible de los pasos quedó quebrado en el aire entre un suave aroma de jazmines y rosas.

Don Ginés se llevó un canapé de caviar a la boca, apuró su copa de vino y mirando detenidamente a todos los que conformaban el Gran Consejo de la Nación, preguntó despacio.

— ¿Alguna otra objeción a la propuesta?

El silencio se adueñó de los cuerpos y de las almas de aquellos seres tristes, mientras un temblor seco atravesaba el espacio.

— Está bien –dijo Don Ginés tras esperar unos segundos. —Queda acordado por unanimidad que el próximo candidato a la Presidencia del Gobierno será Eleuterio.

Se detuvo unos instantes escudriñando el entorno, pero continuó de inmediato para que nadie pudiera interrumpirle con ningún tipo de comentario.

— Es evidente que hay que trabajar de firme pues tenemos mucho que hacer al respecto. En primer lugar, necesitamos un apellido para Eleuterio, ya que no podría presentarse sólo con su nombre. ¿Estamos de acuerdo?

Todos asintieron.

El aire, suave y etéreo hasta el momento, se iba cargando de miseria y humo.

— Yo había pensado —siguió el Vicepresidente— en un apellido sonoro y majestuoso. Algo así como… Rovirosa de los Madrigales, Rodrigal de las Altas Torres, o similar, y algún que otro añadido, que suene bien y tenga fuerza.

— Me gusta —apuntó Don Diego Colentes, Ministro del MUSLITO, quien no había abierto la boca durante toda la reunión—. Me gusta Rovirosa de los Madrigales y algo más.

— A mí también —corroboró Doña Juana Delado, adjunta y mano derecha de Doña Bonifacia, quien hacía las veces de Secretaria de la Junta.

— ¿Estamos de acuerdo entonces?

Todos asintieron.

A partir del momento en que fue decidido por unanimidad el próximo candidato a la Presidencia del Gobierno, el Consejo de la Nación en pleno se lanzó a estudiar los detalles relacionados con la presentación de Eleuterio, así como a trabajar en las múltiples facetas, cuestiones, asuntos y elementos que tan grandiosa labor conllevaba.

Durante semanas, e incluso meses, los insignes miembros del Consejo de la Nación, en un perfecto e inalterable consenso jamás cuestionado ni puesto en tela de juicio, fueron perfilando todos y cada uno de los cientos de aspectos que conllevaba el delicado trabajo destinado a preparar, aleccionar, entrenar y enseñar a Eleuterio. Y Eleuterio, simpático y nervioso, fue sometido a múltiples pruebas entre las cuales se incluían protocolo, vestuario, maquillaje, peluquería, recepciones, saludos, besamanos, y un largo etcétera imposible de enumerar al completo.

Eleuterio, un simio despierto e inteligente, aprendió a comer en una mesa, a utilizar perfectamente los cubiertos, a comportarse con rectitud, a permanecer quieto y en silencio, a obedecer las órdenes que se le impartían, a saludar moviendo la cabeza, a dar la mano, a simular que escuchaba y entendía las palabras pronunciadas por otros, en resumen, Eleuterio fue cuidadosamente aleccionado para comportarse con total rectitud. El Vicepresidente se sentía realmente orgulloso de los progresos realizados. El único problema existente era que, pese a la inteligencia del chimpancé y pese a cualquier esfuerzo humano, Eleuterio, por muchas lecciones que recibiera, desafortunadamente no podía hablar, siendo ésta una cuestión a la postre poco problemática ya que, según la idea de Don Ginés y sus allegados, siempre habría alguien que lo haría por él.

A medida que transcurrían las semanas y el candidato aprendía diligentemente en manos de sus entrenadores, la euforia de Don Ginés crecía a pasos agigantados.

Una vez solventada la cuestión del aprendizaje de Eleuterio, otro asunto a tener en cuenta –aunque sin ser de máxima importancia— era el electorado. Tanto Don Ginés como sus secuaces estaban absolutamente convencidos de la inexistencia de problemas con sus afiliados. Los afiliados del PAPYLLA, la práctica mayoría del país, estaban unidos por un pensamiento colectivo que, evidentemente, era el del Partido. Y ellos pensarían siempre lo que el Partido deseara. Ocurriera lo que ocurriera –y mucho había sucedido durante aquellos años— estarían a su lado. En las épocas de crisis –no por culpa del Gobierno, evidentemente, sino de factores externos—, en las épocas de bonanza –en este caso gracias a la gestión del Partido—, en las épocas intermedias, en las épocas claras, en las épocas oscuras, cuando habían surgido problemas, ellos, sus afiliados, se habían mantenido firmes, incólumes, fieles, leales hasta la saciedad y, fuera cual fuera el comportamiento del PAPYLLA, se mostraron conformes y a su favor. Nadie concebiría que ocurriese de otra manera.

El arrullo de la primavera empezó a dar paso al calor pegajoso de un incipiente verano que amenazaba con desgajar los cuerpos, como siempre sucedía en aquel pequeño país rodeado de montañas.

Transcurrieron los días y las semanas rebosantes de trabajo. Se acercaba el día de la presentación del candidato. Don Ginés y su camarilla, un poco nerviosos, un poco desbordados, se sentían pletóricos de emociones.

Y las horas ingratas, excesivamente veloces, tragaron con ansias la vida, hasta que llegó el gran momento.

Aquella tarde de flores suaves y luces silenciosas cayendo lentamente desde la cima de los montes cercanos, el Partido había convocado una concentración de sus afiliados y simpatizantes en el Parque Nacional José María Himerosa, así llamado en honor a uno de los mejores alcaldes habidos en la Capital. Desde primeras horas de la mañana, miles de personas empezaron a ocupar los bancos, sillas, parterres y senderos del parque. Cientos de autocares, llegados desde los más recónditos rincones del país, y fletados expresamente para la ocasión —evidentemente, con coste a las arcas del Estado— atestaban las calles circundantes. A las tres de la tarde, pese a que ya no cabía un alfiler en el recinto, seguía aflorando gente, debido a lo cual fue necesario habilitar los alrededores de la zona, más allá de las altas verjas que rodeaban el parque, para que todo el mundo pudiese participar en el gran evento. La multitud se apiñaba ansiosa. Fueron repartidos bocadillos y bebidas —evidentemente, con coste a las arcas del Estado—, además de banderas, enseñas, panfletos y octavillas. La tensión y la emoción, guardadas en el fondo de las almas a lo largo de meses, se palpaban en el ambiente.

A las siete de la tarde, momento en el cual tendría lugar la presentación del candidato del PAPYLLA, el parque y sus alrededores se asemejaban a una marea informe de cuerpos y almas desbaratados. Hombres, mujeres y niños de todas las edades, estados y condiciones, se apretaban unos junto a otros a la espera de una ilusión excesivamente bien guardada. Una orquesta formada por quince o veinte músicos –evidentemente, con coste a las arcas del Estado— deleitaba a los participantes interpretando alegres melodías que nadie escuchaba. Los corazones de todos latían rápidos, especialmente los de Don Ginés Navalbuena y sus secuaces a quienes los nervios empezaban a traicionar con tantos y tantos elementos bajo su atenta revisión.

El candidato a la Presidencia del Gobierno, siempre de la mano de alguno de sus entrenadores, fue elegantemente vestido con un traje gris marengo, una camisa blanca y una corbata a azul, todo ello a juego con el fin de causar la mejor impresión a las almas que allí esperaban.

Nubes de colores paseaban indolentes por el cielo.

Miles y miles de personas esperaban ansiosas la aparición del candidato, que se había mantenido hasta entonces en riguroso secreto.

Eleuterio fue cuidadosamente peinado, perfumado y aleccionado.

Había llegado el momento.

Un temblor sereno y casi palpable recorría los cuerpos de todos y cada uno de los presentes en el acto, como un trallazo compuesto de soledades compactas.

El grupo de músicos interpretó el himno nacional, lo que hizo que la multitud apiñada redujera el sonido de sus voces.

Don Ginés Navalbuena, correctamente vestido con traje azul oscuro, camisa clara y corbata roja, apareció en el escenario, subió a la tarima dispuesta para los oradores, colocó sus papeles sobre el atril y se dirigió a los ciudadanos.

— Compañeros y compañeras —comenzó diciendo tras comprobar sonriente que su poder de convocatoria no había quedado mermado en absoluto, sino al contrario, que su fuerza seguía firme, que ellos, sus súbditos, estaban donde él quería que estuviesen. No había más que extender la vista y comprobarlo.

Los ojos de la multitud gritaban adoración.

— Apreciados compañeros y apreciadas compañeras, queridos amigos y queridas amigas —continuó diciendo—, estimados afiliados y estimadas afiliadas de nuestro gran Partido. —El silencio empezó a aposentarse entre la masa—. Nos hemos reunido aquí, por fin, después de tanto misterio y de tanto secreto —no por culpa nuestra, evidentemente, sino de las circunstancias—, para daros a conocer a nuestro próximo candidato a la Presidencia del Gobierno.

Los miles y miles de personas allí presentes comenzaron a beber las palabras de Don Ginés.

— Como podéis comprender, y no os quepa ninguna duda de ello, hemos procurado elegir lo mejor y lo más adecuado para el pueblo, para vosotros, que sois los que realmente formáis la verdadera realidad del país, los que trabajáis firmemente por su bienestar y los que hacéis que todos juntos estemos a la cabeza del mundo.

La multitud estalló enfervorizada en millones de aplausos y vítores mientras que en la mente Don Ginés, sin perder nunca la sonrisa, reposaba un pensamiento: “Ya están en mis manos. Siempre ha sido sencillo lograrlo”.

— Sois vosotros, y únicamente vosotros, los que ocupáis nuestras vidas y nuestros corazones, los que nos hacéis luchar por ser los mejores y avanzar firmemente hasta la cima, los que movéis la vida de este gran país, los que insufláis en nuestras almas el deseo de seguir adelante. —Se detuvo unos instantes para dar un mayor énfasis a sus palabras—. Porque, sin vosotros ¿qué seríamos nosotros?

El Vicepresidente se vio en ese instante interrumpido por muchos más aplausos que la vez anterior, ahora acompañados de gritos y vivas. Las gargantas rugían.

— Por eso, por vosotros y pensando exclusivamente en vosotros, es por lo que hemos elegido al candidato que vamos a presentaros a continuación. Por vosotros, por vuestro bien general y particular, por el bien de vuestros hijos y de vuestros nietos, por el bien de vuestras familias, por el bien de vuestra economía, por vuestro bienestar que es y será siempre el nuestro.

“¡Viva Don Ginés!”, “¡Viva el pueblo!”, “¡Viva el Gobierno!”, ¡Viva el Partido!”. Millones de voces reventaban en el aire. Los brazos levantados, los cuerpos rebosantes de orgullo, las manos buscando otras manos, los ojos brillantes de emociones sublimes.

Don Ginés Navalbuena, siempre con la sonrisa en los labios, contemplaba aquello que consideraba su obra y sentía el corazón desbordado. Tenía sus almas en el bolsillo. Había llegado el gran momento.

— ¡Compañeros y compañeras, amigos y amigas, afiliados y afiliadas! ¡Os presento a nuestro futuro Presidente del Gobierno, Don Eleuterio Rovirosa de los Madrigales y Valsantos!

Por el fondo del escenario apareció el simio perfectamente trajeado, de la mano de dos de sus entrenadores, instante en el cual, la orquesta empezó a interpretar un simulacro del Himno de la Alegría, mientras hacia el cielo se elevaban millones de globos de colores a la vez que cientos de palomas de la paz, y el aire de todo el recinto se plagaba de confetis y serpentinas.

La multitud rugía y chillaba.

Don Eleuterio caminó despacio, tal vez un poco asustado por la presencia de tantas y tantas personas observando sus movimientos, aunque firme y decidido entre sus dos entrenadores. Era lo que se esperaba de él y no iba a defraudar a nadie.

Una vez instalado junto al Vicepresidente, sobre una tarima especial de madera para aumentar su corta estatura, Don Eleuterio, tal y como había aprendido a lo largo de muchos meses de entrenamiento, levantó ambos brazos y saludó a la masa informe que le coreaba, emitiendo al mismo tiempo una serie de sonidos guturales.

Los aullidos de la multitud rompían el aire.

Don Ginés observó lo que estaba ocurriendo y suspiró aliviado sin abandonar su siniestra sonrisa.

Con el fin de evitar la más pequeña posibilidad de que cualquier dudoso pensamiento cruzase repentinamente por los cerebros de aquellos, sus leales allegados, Don Ginés no esperó a que se instaurase un silencio que, ante cualquier auditorio normal, hubiese producido la presencia de un chimpancé, sino que continuó con su arenga, como si toda aquella farsa fuese un acto perfectamente natural.

— ¡Ciudadanos y ciudadanas! ¡Compañeros y compañeras! ¡Amigos y amigas! ¡Os presento a Don Eleuterio, el futuro Presidente del Gobierno de nuestra gloriosa nación! ¡El mejor, el único, el insigne, Don Eleuterio! Él será el más honrado y veraz de los mandatarios, el que nos llevará por los caminos de la gloria, el que velará con seguridad por los intereses del país, los vuestros y los nuestros, el que continuará con la paz que tanto deseamos y que tanto nos ha costado conseguir, el que nos conducirá implacablemente y sin la menor vacilación a la cima del mundo. No dudéis jamás que él es el mejor y el único, no lo dudéis.

La multitud se desgañitaba profiriendo gritos ininteligibles.

— ¡Él nos dará la gloria! ¡Él conseguirá lo que nadie ha conseguido! ¡Con él derrotaremos a la malvada oposición que tanto daño hace a nuestro glorioso país y seguiremos avanzando!

Miles, millones de gargantas chillaban sin cesar “¡Viva Don Eleuterio!”, “¡Viva Don Ginés!”, “¡Viva el Partido!”

— ¡Con Don Eleuterio lograremos la verdad y la felicidad! ¡Con Don Eleuterio continuaremos en la cumbre! ¡Con Don Eleuterio lucharemos juntos contra todo y contra todos!

La multitud deliraba.

— ¡Yo os insto a votar a Don Eleuterio en las próximas elecciones de octubre! ¡Vuestro voto decisivo nos dará la victoria! ¡Vuestro voto es y será de máxima importancia! ¡No dudéis en las urnas! ¡No dudéis ni un instante, pues un instante puede significar el todo o la nada! ¡Sed siempre fieles a vuestro Partido! Porque yo sé que, con vuestra libertad y vuestra preclara inteligencia, estaréis siempre a nuestro lado y a nuestro favor, que es el favor del pueblo.

Don Ginés extendió la mirada sobre aquellos seres vociferantes que lo adoraban. Su orgullo, su vanidad, su ego, alcanzaron en ese momento cotas máximas de felicidad.

— ¡Sois maravillosos! —Terminó diciendo verdaderamente emocionado—. ¡Muchas gracias, de verdad, muchas gracias por vuestra presencia!

Los gritos, los cánticos, los vítores, las aclamaciones, rodearon durante largo tiempo a la totalidad de la cúpula del PAPYLLA, que salió a saludar al escenario, cogidos por la cintura, formando una cadena humana de solidaridad con su pueblo y con su futuro Presidente del Gobierno.

Don Ginés se sentía exultante de orgullo. Todo había salido conforme a sus intenciones y a sus deseos. Los afiliados se habían comportado como era de esperar. Nada había fallado. Una gran sonrisa se extendía por sus labios y por su corazón.

¿Qué importaba lo que hubiera sucedido en el pasado? ¿Qué importaban las penas, los dolores, las crisis, los momentos terribles, los sufrimientos? ¿Qué importaba cualquier otro tipo de nimiedades?

Don Ginés sabía que había triunfado.

La fiesta en el parque se prolongó hasta altas horas de la madrugada y todos los allí presentes se sintieron realmente felices.

La luna y las estrellas, con un brillo especial en sus miradas huecas, fueron testigos de la alegría de un pueblo.

Unos meses más tarde, a mediados de un mes de octubre tibio y envuelto en los colores ocres de un otoño resplandeciente, tuvieron lugar las elecciones generales en las que Don Eleuterio Rovirosa de los Madrigales y Valsantos, fue elegido por mayoría absoluta Presidente del Gobierno de aquel pequeño país rodeado de montañas.

 

Una cita a las seis de la tarde

Tenía una cita a las seis de la tarde, una cita con sabor a amapolas y lirios frescos, un encuentro plagado de magia, algo que se venía produciendo desde no recordaba cuándo, tal vez hacía semanas o tal vez meses, no podría precisarlo, porque el tiempo se le iba de las manos sin sentirlo y se escurría como polvo ceniciento entre los dedos aposentándose en láminas muy delgadas sobre la vida, su vida, un poco tibia y un poco seca. A lo largo del día, su mente y su corazón se devanaban en sueños profundos y apretados, ríos de arena que se estiraban en flecos de nostalgia, deseando que llegara la hora mágica, la hora maravillosa en que saldría al jardín y se encontraría con su amado.

Empezó a arreglarse despacio, con cuidado y esmero, un puntito de ternura, mientras en su alma se formaba una madeja de somnolencias prietas, similares a puños muy pequeños en los que recogía inmensos ramos de ilusiones desparramadas.

Dado que la habitación carecía de espejo, le fue imposible contemplar su rostro y su cuerpo, pero se imaginó bella porque se sentía bella, como nunca antes se había sentido. La luz del atardecer le hizo arrumacos en la piel llenándola de chispitas tenues. Se vio peinada de soles y lunas, y vestida de estrellas. Se vio radiante, esplendorosa, espectacular, única.

Todo había empezado sin saber cómo, una tarde de lirios y azucenas en la que una brocha guiada por manos invisibles pintaba el cielo de colores malvas un tanto descabalados. Y aquel día salió al jardín, como siempre, y paseó, como siempre, recorrió senderos, pateó veredas, acarició flores, y allá en la lejanía, medio oculto por unos pinos frondosos en forma de sueños, apareció él. Lo vio allí, allí lo encontró, callado, quieto, tan dulce y sereno, sumido en un silencio infinito, y a ella le pareció que sonreía, le pareció que le hacía señas y la llamaba. Y ella se acercó, se miraron con ojos ardientes de somnolencias, se saludaron un poco tímidos, y empezaron a charlar, primero del tiempo, tan esplendoroso a esas alturas del año, y después de otros temas diversos, de sus vidas, de sus pesares, de sus recuerdos. Parecía un hombre serio y educado. Parecía… distinto. Y tenía nombre de flor.

Era una pena no tener perfume, porque un toque de perfume hubiera impregnado con chorros de alegría su piel, pero lo supliría con el aroma de las rosas, los jazmines y los nenúfares recién nacidos en el jardín. Era una pena no tener un vestido más elegante o unos zapatos más sofisticados, o incluso alguna joya, aunque fuera pequeña. Desde su conocimiento, desde sus encuentros, desde la primera vez que se vieron y se hablaron, hubiera deseado poseer un sinfín de objetos para engalanar su cuerpo y mostrarse más bella a los ojos de su amado. Hubiera querido adornarse de lunas nuevas y vestirse de bruma callada para, en silencio, acercarse a aquel hombre y desplegar sus encantos. Pero carecía de todo aquello con lo que se adornan las mujeres para resaltar su hermosura. Porque ella era hermosa, estaba segura, y ahora más que nunca, con el amor saltando y brincando por todas sus venas.

Se arregló como pudo, dada la escasez de elementos con los que contaba.

Él era dulce. Y sonreía como nadie. Y le contaba historias. Le hablaba de su vida y de su alma, y él escuchaba, también como nadie la había escuchado hasta ese momento. Y las horas pasaban sin sentir, porque el tiempo a su lado parecía humo. Por eso ansiaba la llegada de la tarde, para verse, para encontrarse de nuevo, para compartir cientos de secretos y de añoranzas.

Se acercó a la ventana de su habitación y contempló el jardín. Los parterres reventaban henchidos de flores.

Debía faltar muy poco tiempo para las seis.

Se pasó los dedos por el cabello para componerlo, porque tampoco tenía peine. Una serie de ruidos confusos taladraron sus oídos.

Había llegado la hora, por fin, las seis de la tarde, el momento de la reunión con su amado. Y suavemente, como transportada por los hilos calientes de la pasión, se acercó a la puerta ahora abierta y salió al pasillo. Bajó las escaleras hasta la planta baja, junto con algunas de sus compañeras, y el jardín la recibió con una cascada de soles ocultos tras las ramas de los árboles.

Su corazón rebosaba. Iba a verlo de nuevo, iban a hablar, a contarse nimiedades, las pequeñas cosas de la vida, secretos, confidencias, y allí estaría él, tan gallardo, tan firme, tan elegante, con sus ojos oscuros y su barba poblada, y una sonrisa tierna rebosando en sus labios. El día merecía la pena tan sólo por esos momentos.

Su alma era un cúmulo de sensaciones subiendo y bajando, como una noria fabricada de nostalgias, alegrías y sueños. Muchos, muchísimos sueños.

Anduvo directamente, sin necesidad de nadie a su lado, y se dirigió hacia la zona trasera del jardín, donde se elevaban los pinos. El resto de sus compañeras permaneció en la parte delantera dispersándose hasta la verja de color verde. Estaba cerca, a unos minutos, a unos pasos. El aire parecía más tierno, como si estuviera plagado de caricias, como si unos dedos suaves acariciaran su piel y la cubrieran de primavera, y el viento más limpio, y la luz más nítida, y sus sienes… sus sienes se asemejaban a un timbal de sentimientos desorbitados.

Tras los pinos, una rotonda.

Su corazón empezó a palpitar con más fuerza y por unos instantes pensó que iba a salir corriendo por las veredas y tendría que correr para alcanzarlo. Allí estaría él, su adorado, a unos segundos, esperando, queriéndola, escuchándola, amándola como jamás nadie la había amado.

En la rotonda, un parterre plagado de flores, especialmente petunias que albergaban toda la gama de colores del universo.

Sí, allí estaba, aguardando, aguardándola.

Una inmensa sonrisa iluminó el rostro de aquella mujer delgada y triste, construida de soledades y silencios.

En el centro de la rotonda, sobre un pedestal de piedra, se erigía una estatua de mármol negro.

La mujer avanzó unos pasos y se detuvo en seco. Sus labios se abrieron repletos de luceros y sombras.

La estatua se levantaba majestuosa. Representaba a un hombre de unos cincuenta y muchos años, tal vez sesenta, alto, serio, cabal, firme, los ojos perdidos, la nariz recta, los labios finos, la barba poblada. Tenía el cabello ondulado y un poco largo. En sus manos sostenía lo que podría ser un legajo o un documento.

Ella, ahora parada ante aquel ser inerte, lo contempló arrobada, como transportada por un millón de estrellas hacia alturas infinitas.

En el centro del pedestal había una placa dorada en la que podía leerse: Don Jacinto Santoña Prados.

La mujer formada de tristezas permaneció quieta, como queriendo disfrutar de aquel instante mágico.

La estatua de Don Jacinto Santoña Prados, el fundador y promotor del Centro, tenía los ojos perdidos en el infinito.

Y a ella le pareció que el entorno se hacía luminoso, una especie de paraíso terrenal para los amantes, para los enamorados, para ellos dos solos porque, en ese momento, estaban solos. Todo había desaparecido a su alrededor. Y allí permaneció hablando y hablando con Don Jacinto, y explicando sus cuitas, sus dolores y sus pesares a su amado, a su silencioso y querido admirador con el cuerpo erguido y con nombre de flor. Y el tiempo se derritió como niebla entre sus dedos.

La tarde se desgajaba lentamente en el cielo.

Sonó una sirena. La mujer miró a Don Jacinto y, guardándose una sonrisa en el borde de los labios, se despidió de él hasta el día siguiente a las seis. Dio media vuelta y dirigió sus pasos hacia la gran casa blanca, con el alma henchida de sensaciones y deseos.

Las puertas del Centro Psiquiátrico se cerraron a sus espaldas mientas una aguja grandiosa e invisible hilvanaba los bordes del cielo con puntadas muy pequeñas.

Relato “La mujer suave” incluido en el libro La mujer suave, Ediciones Rubeo

La mujer suave

La vio. Allí estaba, perdida entre otros labios, y otras bocas, y otros cuerpos de quienes supuestamente serían sus amigas. La vio a lo lejos, sentada con las demás mujeres, formando un corro de susurros que hablaba continuamente y del que se escapaba alguna que otra sonrisa. La vio como si fuera la primera vez que la viera, que debía serlo, aunque no estaba plenamente seguro, sumida en un cuajarón de sombras y encerrada en una suerte de halo luminoso que se le antojó un camino de estrellas hacia la perfección absoluta. Tenía la sonrisa color primavera.

Alejandro sintió un cosquilleo casi olvidado.

La contempló desde la lejanía, un poco aturullado por el descubrimiento repentino, y en ese mismo instante sintió que un borbotón de sensaciones formaba un remolino caprichoso por sus piernas, y subía y subía a través del estómago y el pecho, y se comprimía en su garganta, una especie de muro infranqueable, donde se aposentó impidiéndole respirar por habérsele atascado el alma en un charco de suspiros.

No era posible. Un montículo de recuerdos inundó repentinamente su memoria.

La mujer suave

La primera y única vez en su vida que había sentido algo similar, algunos años atrás, fue al conocer a Elvira. También la vio, a lo lejos, siempre a lo lejos. ¿Por qué la historia tenía que repetirse? Elvira, piel de caramelo, ojos de niebla inquieta y unas caderas repletas de ansias que invitaban a cabalgar. La vida se le escapó de repente al verla en aquel otoño de soles escondidos tras unas nubes un poco mustias, y a partir de ese momento todo se cumplió como debía de cumplirse, hasta en los más mínimos detalles. Pero ahora nada se parecía al ayer, la existencia había variado, las cosas eran muy diferentes. Elvira había sido tragada por la bruma hacía algún tiempo, las sombras se habían aposentado al lado de Alejandro como si fueran espectros amigos y él llevaba una existencia de la mano de la soledad, el silencio y las sonrisas, que también pasaban junto a él aunque con menos frecuencia que antaño.

Por eso no podía creerlo. Porque hay determinados asuntos que suceden una vez en la vida y jamás se repiten.

Aquella mujer suave, pues debía de ser muy suave, no le cabía ninguna duda, envuelta en un delirio de murmullos que se mecían de un lado a otro -los de ella misma, los de sus amigas-, tenía una voz que hacía temblar el aire, y una sonrisa que llovía densa sobre el resto, y un movimiento de las manos que le recordaba a un pentagrama de música invisible, y un cabello rubio ceniza, corto y perfectamente peinado, que gritaba ternuras, aunque fuera teñido, eso carecía de importancia, y un perfil tranquilo del que se escapaba la luna callada de su interior, y unos ojos… no podía verle los ojos desde aquella distancia, debía acercarse un poco más, serían ojos de sirena, estaba casi seguro, o de estrellas muy apretadas, o de hada buena, pero no quería abordarla con las amigas alrededor, esperaría a que se quedara sola, y entonces se aproximaría y hablaría con ella, tal vez no sería ese mismo día, tal vez tendría que esperar al siguiente o al otro, pero no quería ningún tipo de compañía a la hora de conocerla.

La suerte sonrió a Alejandro. Un rato después de haber descubierto aquel corro de risas del que formaba parte la mujer suave, las tres amigas que rodeaban al motivo de sus desvelos se levantaron, se despidieron de ella preguntando antes si deseaba acompañarlas y, ante su negativa, se encaminaron hacia otro lugar, momento en el que Alejandro aprovechó para acercarse al banco junto al que ella permanecía sentada. Podía haber esperado un par de días o tres para actuar, pero hubiera sido absurdo desaprovechar aquella oportunidad. No quería perder un tiempo que no tenía.

Se compuso su abundante cabello, se estiró las mangas de la camisa, se sacudió de los brazos unas motas de polvo inexistentes y se acercó al banco. La mujer suave, sentada en su propia silla, se había quedado momentáneamente contemplando a sus amigas mientras se alejaban por el camino. Alejandro se acercó y carraspeó.

-Buenos días- dijo a modo de saludo-. ¿Puedo sentarme aquí?

Ella levantó los ojos.

-Por supuesto- respondió.

Y de sus pupilas brotó una manada de soles que a Alejandro se le antojaron cánticos de bienvenida. Aquella mujer suave era más bella de lo que podía apreciar en la lejanía pese a que… bueno, aquello que comprobaba en ese instante tampoco tenía demasiada importancia para él. Lo importante era lo que había sentido al verla. Sonrieron.

-Hola. Soy Alejandro- dijo tendiéndole la mano.

-Yo soy Victoria- respondió ella.

Tiene nombre de sortilegio, de batalla y de triunfo. Tiene nombre de reina poderosa, pensó mientras tomaba asiento en el banco de color verde, el resto no importa, y unos ojos tan dulces que destilan luceros a chorros, porque estoy seguro de que sus lágrimas no serán tales sino luceros o estrellas, aunque espero no verlas nunca, porque sólo pienso entregarle felicidad para que jamás llore, así no sabré cómo son sus lágrimas, y esa sonrisa de agua y viento, parecida a un huracán quieto que invita a paladear lentamente sus labios.

Todo en ella parecía hecho de porcelana.

La imagen de Elvira quedó relegada al olvido absoluto y sólo permaneció el jardín, un banco de color verde y aquella mujer suave de la que emanaban múltiples sensaciones que le hacían sentirse renovado.

Alejandro tomó asiento frente a Victoria y empezaron a hablar y a hablar, a abrir sus almas poso a poso, a desgranar sus vidas sobre la mesa, y allí estuvieron juntos hasta no sabrían decir cuándo, arrullados por las olas del viento, gastando minutos y horas en indagarse, en bucear el uno en el otro y en conocerse, y cuando llegó la hora del adiós, Alejandro acompañó a Victoria hasta la puerta y allí se despidió de ella esperando poder verla al día siguiente, y al otro y al otro, pensó, aunque sin expresarlo pues, aunque su alma burbujeaba en un mar de emociones ilimitadas, su cabeza le decía que no debía precipitarse, que un dulce debe comerse lentamente, no engullirse, pues, de lo contrario, se aturulla y se atraganta, pero otra voz muy chiquita le susurraba por dentro que el tiempo es una espiral loca, una estrella fugaz, un cometa que nunca vuelve, y que él tenía muy poco y no debía desaprovecharlo.

Al día siguiente volvió a verla en el mismo lugar, bajo los mismos árboles y junto al mismo banco, acompañada de sus amigas. Volvió a esperar a que quedara sola, estando esta vez unidos en una doble complicidad, pues ella lo contemplaba a lo lejos mirando sin mirar su figura alta y elegante, como queriendo disimular pero sin poder hacerlo porque no hay ninguna posibilidad de disimular el amor cuando se escapa corriendo y saltando por los ojos. Alejandro, vestido con un pantalón gris, una camisa a cuadros azules y blancos, y un jersey negro, muy bien peinado y afeitado, oliendo a colonia y destilando ansias por todos los poros de la piel, esperó pacientemente.

Las amigas de Victoria se marcharon y Alejandro se acercó de nuevo al lugar donde se encontraba Victoria, con muchos más bríos y muchos más deseos que el día anterior. Saludó y, sin pedir previamente permiso, tomó asiento junto a ella. Sus palabras fueron nuevas, sus miradas especiales y sus deseos repetidos, y así pasaron la tarde compartiendo preciosos segundos en un ir y venir de anécdotas y tarareando por dentro canciones de alegría.

A medida que transcurría el tiempo la soledad empezó a huir de su piel. Alejandro era otro hombre.

La escena de la espera, el encuentro, la conversación, las miradas, las palabras y los deseos se repitió día tras día a lo largo de los meses, mientras el sol de la primavera y del verano mecía los cuerpos de un lado a otro en una especie de vaivén inagotable. Alejandro sentía en su interior el rebullir de una nueva era, una época en la cual no habría más que lunas brillantes a su alrededor. La soledad se había desintegrado como una brizna de aire, y todo vestigio de amargura había desaparecido al igual que su ayer desesperado. Ya sólo tenía un hoy plagado de ternura, ilusión y deseo. Pero, ya a la vuelta de la esquina, el invierno se acercaba paso a paso, y sabía que en la época del frío no podría encontrarse con Victoria en el jardín, lo cual suponía una complicación. Y la posibilidad de dejar de verla a solas, de no poder arrullar su alma entre palabras y conversaciones y de no compartir horas hasta el caer de la tarde, se le antojó como una suerte de tortura inhumana que sería incapaz de soportar.

Algo tenía que hacer, algo para evitar perderla, algo para no dejar de tenerla a su lado, algo drástico y definitivo.

Alejandro pensó y pensó en una solución inmediata con la que solventar el problema que se le presentaría en breve y, tras unos días de pensamientos y cábalas, consideró que no tenía más remedio que abordar a Victoria y pedirle… pedirle que fuera su esposa. Un temblor indecible le recorrió el cuerpo. La palabra esposa se esponjó en su boca y le hizo sentir una manada de sensaciones casi olvidadas, al tiempo que la idea del matrimonio explotó en su interior como una bomba de fuegos artificiales. Permaneció pensativo, casi sin movimiento, sopesando los pros y los contras, dando vueltas y más vueltas a tal posibilidad y llegando a la conclusión de que era lo mejor que podía hacer. Además ¿por qué no? Era la manera más adecuada de continuar con ella y tenerla siempre a su lado, pero de una forma más íntima y más personal, sin interferencias y sin intermediarios. Yo te cuidaré, se dijo, y permaneceré contigo, y podremos estar juntos a todas horas.

Definitivamente, debía decírselo de inmediato, cuanto antes.

La tarde empezaba a derretirse por los rincones cuando Alejandro, perfectamente vestido y peinado, oliendo a colonia cara y a sueños desparramados, se aproximó a la zona del jardín donde, como siempre, se encontraba Victoria. Sintió un nudo prieto en la garganta y cosquillas en la piel. Ni siquiera había pensado en la posibilidad de una negativa por parte de su amor.

Compartieron sonrisas, como siempre, aunque aquel día parecían especiales, como recién nacidas de un manantial socavado en el fondo de su pecho.

Alejandro tomó asiento en el banco verde y empezó a hablar.

Los ojos de Victoria destilaron relámpagos al escuchar la inesperada declaración y la posterior propuesta matrimonial de Alejandro. Bajó la vista, se mordió el labio inferior, parpadeó varias veces, posó las pupilas en un infinito desconocido y, acto seguido, le miró con ternura para preguntar:

-¿A pesar de todo?

-A pesar de todo- respondió-. Lo que verdaderamente me importa eres tú, no tus circunstancias.

-Pero son unas circunstancias…

-No hay pero. Lo que sé es que te amo y el resto no me preocupa.

-¿Ni siquiera,,,?

-Ni siquiera.

La tarde permaneció muy quieta, como si hubiera sufrido un repentino calambre, mientras dos almas se fundían en dos sonrisas.

A partir del día en que ambos tomaron la decisión de unir sus destinos para siempre, la vida transcurrió en un ajetreo continuo de preparaciones, movimiento y papeleo, especialmente por parte de Alejandro. Se buscaban con los ojos, se acariciaban con los labios y se decían palabras inventadas por ellos mismos que nadie escuchaba. Continuaban viéndose a diario en el jardín, pero el frío empezaba a colarse por las rendijas del cielo y tuvieron que cambiar los árboles por los salones, mucho menos románticos y mucho menos adecuados, donde no gozaban de ninguna intimidad.

Los días se hicieron lentos pero transcurrieron y por fin llegó el día de la boda, un sábado oscuro a finales de noviembre.

La capilla rebosaba de flores, los bancos estaban ocupados por todos sus compañeros, bien trajeados ellos, muy arregladas y pintadas ellas, con las sonrisas estallando en sus rostros ajados pero felices. Todo el mundo se sentía un poco nervioso, incluso el padre Pascual, quien oficiaría la ceremonia. Acontecimientos así no sucedían con frecuencia.

El órgano empezó a desparramar las notas de la célebre marcha nupcial de Mendelssohn mientras todos los presentes dirigían sus miradas hacia la puerta de la capilla. Vestido con un impecable traje gris marengo, con chaleco a juego, corbata azul oscuro y zapatos negros y brillantes, Alejandro entró majestuoso, empujando la silla de ruedas de Victoria, que llevaba un elegante vestido color guinda y un tocado del mismo color. El padre Pascual celebró la ceremonia con una emoción especial. La totalidad de los internos y del personal del centro participaron en la cena y en el baile.

Aquella noche de luna en cuarto menguante, que se asomaba un poco temblorosa tras una manada de nubes, las luces de la Residencia Geriátrica Los Sauces, situada en la carretera de Cantones a Atalaya de los Cerros, permanecieron encendidas hasta altas horas de la madrugada.

 

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