Relatos

Amor estilo aceituna

Desde su improvisada atalaya dominaba todo sin ser visto. El campo infinito, el olivar inmenso, las montañas allá a lo lejos, la extensión salpicada de verde y verde y más verde que cabalgaba hasta que se perdía en un horizonte también verde de olivos. Desde aquel lugar dominaba el lago, el castillo y el pueblo, dominaba hasta el aire que apretaba los pulmones de tan puro. Y desde allí arriba, sobre una rama gruesa y retorcida —debía tener un infinito de años a su espalda—, su fortaleza particular, fue donde la vio por vez primera, en secreto, como si fuera un águila a la caza de su presa. La vio y el alma se le llenó de suspiros.

Sabía quién era, ¿cómo no saberlo?, la hija pequeña del dueño de todo aquello que tenía delante y probablemente más allá, la única niña después de cuatro varones, el tesoro privado de los Marqueses de Villaflora, los amos de tantos y tantos olivos que se extendían hasta que la vista ya no podía más y los ojos se achicaban formando rendijitas. Esa era ella, Manuela, así llamada en honor a su abuela paterna, una verdadera dama. Por aquellos tiempos lejanos, con motivo de su nacimiento se celebró una grandiosa fiesta —baile, comida y jolgorio —, tanto en el castillo como en el pueblo, todos los empleados de los marqueses recibieron un jornal extraordinario y las celebraciones se prolongaron a lo largo del fin de semana, unas jornadas fastuosas salpicadas de flores y sonrisas. Los trabajadores, sin faltar uno, acudieron en tropel a contemplar a la niña, blanca y rubia. Entre ellos, los propios padres de Hugo. Hugo no lo recordaba porque sólo tenía dos años en aquellos días de gloria, muy azules y muy verdes, porque el cielo y la tierra quedaron comprimidos en una algarabía desconocida de sonrisas para la conmemoración de aquel nacimiento.

El firmamento empezaba a deshacerse hacia el atardecer. Desde su atalaya Hugo pudo ver a Doña Fernanda, la madre de Manuela, la Marquesa de Villaflora en persona, acompañada por un par de damas, tan elegantes como ella misma, tintineo de pulseras y collares, paseando y charlando por el olivar, y a su hija Manuela, que las seguía unos cuantos metros detrás, se diría olvidada, tocando todos los árboles a medida que pasaba junto a ellos. También tocó aquel en el que estaba encaramado Hugo, quien la contempló desde las alturas y se preguntó que de dónde habría surgido tanta belleza y tanta dulzura, parecía un verdadero ángel, allí, en medio de una nada verde, en el centro de un olivar inmenso. Y la muchacha continuó su caminar tras las señoras sin percatarse de que dos ojos de color noche la perseguían y la habían grabado fascinados. Aquel día la vida del joven dio una voltereta en el aire.

Hugo, desde su atalaya oculta, ya no contemplaba el campo, ni el viento, ni el castillo, ni el olivar, ni el mundo verde que le rodeaba, porque todo aquello había dejado de interesarle. A partir del día en que divisó a Manuela, subía todas las tardes a esperarla por si su figura surgía tras el séquito de las damas elegantes, unas tardes aparecía, otras no, dependía del tiempo y del sol, y también de la época del año, o no dependía de nada en concreto sino de que simplemente apareciesen, y desde allí la observaba soñando con sus labios, imaginando locuras a su lado, desgranando las palabras que pronunciaría ante ella, cómo mirarían sus ojos, cómo sonaría su voz, cómo le acariciarían sus manos, suponiendo que algún día se atreviera a acercarse. Y así, un sueño detrás de otro, se le iban las tardes subido a la rama de un olivo centenario, a la búsqueda de una sombra y un alma. No sabía cómo comportarse ni cómo actuar pero sí sabía que no podía ni debía hacer mucho más de lo que estaba haciendo aunque lo deseara.

Manuela era la hija del dueño de aquel grandioso marquesado y él era el hijo de dos de sus sirvientes, su padre trabajaba en los campos y su madre en las cocinas del castillo. Manuela poseía grandes riquezas y él no tenía más que unas pocas monedas en los bolsillos, fruto de su trabajo, aunque casi todo lo entregaba a su madre, no había otro remedio, tenían que comer y vivir. Manuela habitaba en un castillo fastuoso y él en una humilde casita de un pueblo perdido. Manuela escalaría a lo largo de su vida las cumbres de las altas esferas y el sería por siempre un humilde empleado. Al fin y a la postre, Manuela tenía su destino escrito en las estrellas y él en los charcos.

Encaramado a su rama, se le escapó algo que podría confundirse con un sollozo.

El mes de mayo estallaba ingrávido entre mariposas y flores. Aquel día, por una u otra razón —porque llevaba mucho tiempo contemplándola, o porque las palabras se escapaban solas, o porque se le atragantaban los suspiros en el centro de la garganta, quién podría saberlo—, Hugo pensó que había llegado el momento de surgir de la nada, de aparecer en la vida de su adorada Manuela, de darse a conocer, de que ella por fin supiera de su existencia, ya que, de lo contario, acabaría muriendo de pena y silencio. No sucedería nada porque nada podía suceder tras su hazaña —tal vez una sonrisa o tal vez un rechazo—, pero llevaba demasiado tiempo acumulando tantos sinsabores que era totalmente necesario actuar de alguna manera.

Arrancó una rama de olivo con su flor correspondiente y esperó.

Aparecieron por el camino que llevaba al castillo y se adentraron en el olivar, la tarde cayendo a plomo, esta vez eran cuatro damas, una estela de perfume tras de ellas, y la joven a la zaga, tocando los árboles y deteniéndose de cuando en cuando a observar cualquier pequeño detalle que brindara la naturaleza. Hugo ni siquiera respiraba. Descendió hasta posarse en la rama más cercana al suelo, hasta que Manuela llegó al olivo donde él se encontraba agazapado y cuando la tuvo a dos pasos, chistó desde arriba. Manuela levantó la cabeza extrañada, vio a su enamorado —sin saber todavía que lo era—, y abrió la boca estupefacta mientras el joven se ponía un dedo sobre su boca fruncida para que ella no profiriese una palabra, algo que, en realidad, no podría haber hecho porque se lo impedía el asombro. Aprovechando el momento de desconcierto, Hugo alargó su brazo izquierdo, entregó a Manuela la rama de olivo con su flor correspondiente —rapa era el nombre de dicha flor—, y empezó a trepar hacia las alturas desapareciendo al instante.

La muchacha permaneció quieta, con la rama en la mano, pensando si aquello había sido un sueño o un engaño de su imaginación. Miró hacia arriba, hacia la copa del árbol, y no vio más que hojas, ramas, flores y muchas sombras entremedias.

Agazapado en lo alto de la copa, Hugo intentó agarrarse el corazón con las manos porque creyó que iba a salir dando saltos por la campiña. Era un valiente, se había atrevido a presentarse ante ella, había visto sus ojos casi transparentes, su boca formada de cerezas y sus manos hechas de rocío suave, y le había entregado la rama y la flor, lo único que poseía, y ella le había mirado asustada, sin saber qué hacer ni cómo actuar. No podía creer que se hubiera atrevido a tal hazaña. Aquella tarde llegó a su casa montado en el potro blanco de las ilusiones.

A partir de ese día grandioso, y normalmente tras una jornada de arduo trabajo junto a su padre, Hugo sacaba fuerzas de su interior desesperado y la mayoría de las tardes aguardaba a Manuela encaramado en su árbol. Y Manuela acudía siempre que le era posible, unas veces sola, otras en compañía de su madre y las damas, dejándolas caminar delante, a recibir los halagos, las sonrisas y las escasas palabras de aquel muchacho que le parecía el paradigma de la dulzura y el hijo del misterio. No sabía quién era pero no importaba. Se llamaba Hugo, eso sí lo sabía, porque se lo había dicho él, y el resto carecía de interés. Y ella también le había dicho su nombre, aunque no hiciera falta porque todo el mundo conocía a Manuela, la única hija de los Marqueses de Villaflora.

Durante aquellos encuentros secretos bañados de melancolía y secretismo, ojos y manos acariciando, los jóvenes hablaban poco pero sí lo suficiente para saber un pellizco de sus vidas y captar una chispa de sus almas, y al cabo del tiempo acabaron por comprender que se amaban y se amarían hasta el final de los siglos con ese amor estilo aceituna, tan amarga al principio y tan deliciosa a la postre, tal y como estaban seguros que finalizaría su sueño, porque aquel sueño debería acabar bien, y se confesaron pasión incondicional y eternidad sucediera lo que sucediese, como si la eternidad fuera un pedazo de arcilla que pudieran moldear a su antojo. Dadas sus extrañas circunstancias, no eran muchos los días que podían encontrarse, pero sí intensos, las pupilas prendidas en las pupilas, las manos buscando trocitos de piel y los corazones al galope, parecidos a potros desbocados.

Manuela escapaba y corría hacia su olivo favorito. Hugo observaba el camino. Ambos se encontraban y se amaban a base de silencios. Manuela sonreía. Hugo bebía a tragos lentos sus labios y sus palabras. Ambos se decían verdades que a la postre serían mentiras, pero eran felices, allí, en medio de un olivar que se diría infinito. Jamás hablaban del futuro porque solo tenían presente y lo vivían y lo disfrutaban como si no hubiera más allá.

Fue un amor secreto de ojos y labios del que nadie, salvo ellos, tuvo conocimiento.

Y así transcurrió casi un año de cariño y peripecias, un año vivido en un olivar plantado de sueños, hasta ese mes de marzo, época de floración de los olivos, en que casi no pudieron verse por las lluvias intensas que inundaron las tierras, los campos y el pueblo, y ya no se vieron de nuevo porque fue a partir de ese momento cuando Manuela dejó de acudir a sus encuentros con Hugo. Así, de repente, sin una palabra, sin una explicación, sin una razón aparente, Manuela desapareció. No volvió a dar señales de vida, no volvió a pisar el olivar, no volvió a unirse con el muchacho bajo su árbol-atalaya, como si hubiera sido un espectro que se volatilizara en el camino al castillo. El joven esperó un día tras otro ver surgir el cuerpo de su amada por el sendero, esperó oír sus pasos mientras se acercaba, esperó escuchar sus palabras cálidas y contemplar sus ojos buscando miradas y arrullos, pero nada de eso sucedió. Hugo, encaramado en su rama, permaneció a la espera de su adorada Manuela una tarde tras otra, un día tras otro, un suspiro tras otro, sin perder jamás las esperanzas, pero en sus manos solo quedó una nada profunda e incomprensible.

No entendía qué podía haber sucedido, quizás le hubiera ocurrido algo malo, o estuviera enferma y aparecería en cualquier momento, o su madre hubiera descubierto su aventura y la hubiese encerrado por siempre en sus aposentos, aunque no creía porque habían sido muy precavidos. No podía imaginar cuál sería el motivo de su repentina desaparición, pero sabía sin lugar a dudas que su amada no tendría forma de comunicarse con él para informarle de cualquier noticia, ni podría enviar a nadie a hacerlo, dado el secretismo en el que se movían, por lo que solo le cabía esperar y seguir esperando. Y eso es lo que hizo.

La mayoría de las tardes —no todas porque tal comportamiento hubiera resultado altamente sospechoso— llegaba ansioso al olivar cuando el cielo empezaba a teñirse de sombras y arrullos, la hora del paseo de Manuela, ascendía a su improvisada atalaya, perdía los ojos en el camino a la morada de su amor y esperaba impaciente verla aparecer, algo que no sucedió ni, aparentemente, volvería a suceder dado cariz que estaban tomando los acontecimientos.

Ignorante de los posibles motivos que habían llevado a Manuela a no volver a sus citas, el interior agotado de Hugo se reconcomía lentamente.

Transcurrieron los días y el mes de abril surgió oscuro por dentro y por fuera de su alma.

Manuela se había hecho humo.

Y la duda y la angustia quedaron prendidas en la oscuridad de los interrogantes hasta aquella noche. Fue su propia madre quien, sirviendo la cena, despejó el tétrico horizonte de su hijo con una frase que le hizo trizas el corazón:

— Todo anda muy revuelto en el castillo últimamente, no os lo podéis imaginar, aquello es un guirigay. Y es comprensible: al parecer se nos casa la niña.

No hizo falta preguntar de qué niña se trataba. Hugo lo comprendió al instante. Apretó los dientes y cerró los ojos. Se nos casa la niña, Manuela, su niña, su tesoro, Manuela se casaba, Manuela… pensó el joven, no es posible, no puede ser cierto, me estás engañando, madre, no me lo creo, no, no me lo creo, no, no, no, no, no…

Quiso preguntar pero no hizo ninguna falta, su madre le ofreció la realidad servida en una bandeja de terror: Don Justo y Doña Fernanda, Marqueses de Villaflora, habían pactado la unión de su única hija, a punto de cumplir los diecisiete abriles, con el hijo mayor de los Condes de Albalisia, los amos y señores de los territorios aledaños al marquesado, más filas y filas de olivos unas junto a otras, más extensiones inmensas, más verde inacabable. Todo había estallado en júbilo al conocerse la futura unión de Manuela que, según decían, estaba acordada desde hacía tiempo. La boda se celebraría casi de inmediato, en muy pocas semanas, a mediados o finales del mes de mayo, y el castillo se había convertido en un ir y venir continuo de actividades y preparativos diversos relacionados con el acontecimiento.

Tras el brutal golpe que supuso para su corazón aquella infausta nueva, Hugo dejó su plato casi intacto —el dolor se le hacía astillas en la garganta impidiéndole tragar—, y salió al exterior a aspirar un poco de aire. Se zambulló en el olivar más cercano y tomó asiento junto a un árbol, uno de tantos testigos de su desolación. Sentía el odio burbujeando por todo su cuerpo, la rabia, la pena, el dolor, todo un conglomerado de miserias paseando arriba y abajo, y los celos sin sentido hacia aquel desconocido que en muy poco tiempo tomaría posesión de su amor y que, sin saberlo ni sospecharlo, haría trizas su esperanza, su ilusión y su vida. Pero nada podía hacer y lo sabía, lo había sabido siempre y no había querido verlo nunca.

Pensó en presentarse ante ella, Manuela, y declararle lo que ambos ya sabían, que su verdadero amor era él, Hugo, no aquel con quien iba a desposarse, probablemente un rico heredero que nada sabía de sentimientos, ni de esperas, ni de amores brujos como el suyo propio; pensó toda la noche colgado de las estrellas que le acompañaban; pensó en una venganza, una firme y retorcida venganza para gritar su desesperación. No podía hacer nada… pero si podía.

Por su mente patinó una y otra vez la imagen de Manuela, a quien probablemente no volvería a ver jamás. Manuela a su lado, Manuela sonriendo, Manuela en el olivar, Manuela bajo el árbol, Manuela… Estaría encerrada en el hogar paterno y no tendría permitido salir hasta el mismo día de la boda que se celebraría en la capilla del castillo, y posteriormente presidiría un fastuoso banquete en la morada de los Condes de Albalisia, de donde ya posiblemente no saldría de nuevo, quedando para siempre a merced de su esposo. Se acabaron los paseos, se acabaron los encuentros, se acabaron las miradas, las sonrisas, los silencios a su lado.

Los pensamientos le atormentaban.

Su voz, su encanto, su calidez, su boca, sus dedos sobre la piel del atardecer, su dulzura, las ramas de los árboles, su ilusión, su secreto tan bien guardado, la dulce y repetida espera rodeada de olivos, su amor estilo aceituna…

Durante el día trabajaba hasta la extenuación y por las noches quedaba machacado de frustración y pensamientos.

No podía hacer nada y nada hizo salvo reconcomerse el alma rebozándose continuamente en los recuerdos. O sí podía… El odio se apoderaba de él. Y a medida que se acercaba la fecha del evento, de la boda de su amada, su alma se hundía más y más en las marismas oscuras de la incomprensión y el desaliento.

A primeros de mayo, cuando estaba a punto de producirse la aparición de las primeras flores en los olivos, Hugo decidió actuar, decirle a Manuela que él estaba allí y que estaría siempre, mandarle de alguna manera un mensaje en el que quedara encerrado todo su sentimiento, su inútil sentimiento que no serviría para nada, sin duda alguna. Otra cosa no podría hacer, o sí, pero no. Y posteriormente, ya vería su forma de actuación, o su forma de no actuación, lo ignoraba, pues no quería pensar porque los pensamientos se transformaban de inmediato en heridas y él ya estaba sufriendo demasiado con el horror de la tortura de su amada en los brazos de otro para siempre.

Salía noche tras noche a contemplar las estrellas y durante el día se hundía irremediablemente en un enorme saco de silencio y frustración, sabiendo de antemano que poco podía hacer para solucionar su dilema.

Dos días antes del casamiento, cuando el castillo y el pueblo bullían de sensaciones y actividades, Hugo salió de su casa encaminándose hacia el olivar, se detuvo bajo uno de los olivos, espléndido con sus flores blancas, y cerró los ojos guardando la imagen de Manuela bajo la piel. Suspiró profundamente y cortó una rama.

Aquella misma tarde, ya casi al anochecer, se dirigió al castillo de los Marqueses de Villaflora con su rama de olivo en la mano, entró por la puerta de las cocinas, la que traspasaba su madre a diario para ir al trabajo. Nadie se percató de su presencia confundido entre el ir y venir de los sirvientes. Y subió por las escaleras hacia la zona de los salones. Conocía bien los recovecos de aquella grandiosa vivienda, había corrido por allí muchas veces siendo muy pequeño, cuando su madre le llevaba consigo por no poder dejarle solo en la casa. Procuró esconderse tras las columnas y en las esquinas para no tener tropiezos inesperados. En una de las diversas salas existentes, aroma de luna y rosas, estaban depositados los regalos para los contrayentes. Efectivamente, allí se exhibían cientos y cientos de dádivas de las más variadas procedencias, quedando expuestas a la vista de cualquier visitante.

Hugo contempló los numerosos objetos que tenía delante, avanzó unos pasos y depositó la rama de olivo con sus flores blancas sobre una repisa. Junto a ella se dejó el alma.

Ella sabría de dónde procedía aquel delicado obsequio que tanto significaba para él.

Permaneció unos instantes pensativo, guardándose la rabia en algún lugar profundo, y salió de inmediato de la sala, procurando ocultarse de todo el que pasara por allí.

Ella comprendería el amor y el sentimiento que encerraba aquel mensaje.

Abandonó el castillo sin apenas haberse hecho notar, como una sombra más entre las sombras, como un espectro, dejando dentro el fantasma de su amor desgajado.

Ella, únicamente ella, entendería el significado.

Al salir del castillo, Hugo se hundió en una noche muy negra, acompañado de muchas nubes espesas y muchos olivos suaves que, a partir de aquel momento, podrían llegar a ser sus eternos compañeros, aunque sabía que en unos instantes dejarían de serlo porque él se encargaría de ello porque los haría desaparecer. La furia y la rabia se habían apoderado de todo su ser. Manuela, Manuela, Manuela… ¿por qué? Él era muy poco para ella, él no significaba nada, él era miseria.

Se acercó a su casa, tomó un tronco delgado, lo encendió en la chimenea formando una tea y empezó a caminar hacia los campos de los Condes de Albalisia. Sucumbirían todos bajo el fuego, todos los olivos, todo el olivar, la campiña al completo, él mismo se encargaría de ellos, los haría desaparecer, crearía un infierno de humo y llamas. Guiado por el odio se adentró en los olivares con la tea encendida en la mano. Cruzó los campos del marquesado cabalgando en el potro de la demencia absoluta hasta llegar a la cima del cerro que separaba los dominios. Contempló todo aquello que iba a destrozar en un instante. El odio lo consumía y su llama interior lo devoraba. Iba a terminar con todo, iba a arrasar todo, iba a destrozar todo. El fuego acabaría con su angustia.

Un espantoso trueno reventó la noche. Los nubarrones se arremolinaron y empezó a llover de forma inclemente, sin sentido, como un aullido inmenso que se prolongara hasta el horizonte y más allá.

Hugo extendió la mirada por la negrura del firmamento mientras el agua mojaba sin piedad su cuerpo y apagaba la tea que ardía en su mano.

Permaneció allí de rodillas, bajo la lluvia torrencial, durante un tiempo infinito, jamás supo cuánto, mucho, tal vez horas, tal vez siglos, no podría calcularlo, con la tea apagada, con el corazón supurando angustia y con el alma empapada de llanto.

Adiós, Manuela… Adiós para siempre…

Su interior profundo quedó inundado de tristeza de arriba abajo.

Estuvo lloviendo toda la noche.

Al amanecer contempló los campos que se perdían por el horizonte, los olivos ahora limpios, el cielo despejado, la luz que hería, la inmensa campiña que debía haber sucumbido bajo las llamas y que se extendía inmensa y, levantándose de aquel lecho de tierra, lanzó lejos la tea apagada y empezó a caminar dirigiéndose lentamente a su casa.

Yalía – Uno de los 12 relatos seleccionados en el I Certamen de Relatos de la Fundación Hermanos Pesquero

Mientras sus manos colocaban multitud de deliciosos y variados pasteles sobre distintas bandejas de plata, Ivenia entornó los ojos un instante para retirar un trozo de pensamiento que pretendía colarse hasta el centro de su abismo. Y ese cachito de pensamiento quiso enredarse y anidar en su cerebro al contemplar los pasteles de crema, aquellos que tanto gustaban a Yalía y que tantas veces habían compartido madre e hija en el pasado, un pasado con forma de herida abierta que no dejaba de supurar. Lo que flotaba en la cabeza de Ivenia continuó reptando y reptando, y empezó a transformarse en hiedra y a abrirse camino por entre los recovecos de una memoria que, siempre empeñada en resurgir del fango de sus propias cenizas, manoteaba inquieta y horadaba sin compasión las entrañas de aquella mujer cuyo único deseo en la extraña vida que le había tocado arrastrar a modo de cadena tintineante era el olvido absoluto.

El ruido de cientos de voces entrecortaba el aire a medida que la puerta de la cocina se abría y cerraba con la entrada y salida de camareros. Ivenia era uno de ellos en aquel gran hotel de lujo. Allí acudía y trabajaba a diario gracias a la intervención de su querido hermano Assad, siempre atento y cariñoso.

Las voces, las risas y los aplausos de la sala llegaban nítidos, como una catarata de cascabeles formando una espiral de confusiones que, para ella, ni siquiera tenían sentido. Su único deseo era la tranquilidad. La tranquilidad y, ante todo, el olvido. Aquella era una fiesta más de las muchas que celebraran esos vencedores los cuales, por fin, tras años de lucha, habían dejado en paz a su pueblo. Devastado, asolado, arruinado pero en paz. Que hicieran lo que desearan los triunfadores. Ya habían vencido. Bastante se habían llevado, sobre todo el alma de sus gentes. Y muchos de sus cuerpos. Y a Yalía.

Ivenia se mordió los labios y continuó su tarea. No pienses, trabaja, no pienses, convierte los pensamientos en senderos de nada, en puros rastrojos de susurros, trabaja, sigue trabajando, y agótate hasta no poder más, hasta que tu alma reviente en un estallido agónico, es la única manera de no sucumbir, de conseguir que los mordiscos del ayer no te devoren hasta convertirte en una llaga andante.

Las risas de los asistentes a la fiesta iban y venían por encima de las cabezas de todos formando un mar ingrávido de somnolencias. Ivenia no escuchaba aquellas voces porque su única misión consistía en mantenerse firme mientras servía. Le sobraban los gritos, las carcajadas y las sombras. Salió de la cocina portando dos bandejas de pasteles, entró en el gran salón iluminado con cientos de bombillas, sorteó varios cuerpos y depositó ambas bandejas sobre una de las numerosas mesas vestidas con manteles muy blancos. Los comensales reían, siempre reían. Al instante volvió a la cocina para seguir trabajando, para preparar más y más pasteles.

Y aquel trozo de pensamiento en forma de hiedra sinuosa se tornó grandioso, como cada día desde hacía lo que se le antojaba un siglo, y arañó su carne, y no quiso retirarse sino al contrario, porque Ivenia se veía camino de su casa, unos meses atrás, no sabría decir cuántos, aquella noche en que las sombras eran tan espesas que hacían daño y la oscuridad se había transformado en un manojo de algodón caliente. Caminaba firme y en el bolsillo, muy apretada, llevaba la pistola que le había entregado su hermano Assad, porque nadie sabía lo que podía suceder recién terminada una guerra, con el odio y la furia pegados al suelo, siempre a punto de reventar, más vale que vayas armada, le dijo, te pueden atacar, ellos siguen entre nosotros, no se irán fácilmente y cualquier acto, incluso cualquier fechoría, es factible. Ellos lo hacen factible. Tardaremos todavía mucho tiempo en alcanzar la paz, pues la paz no es una paloma como se dice siempre, ni mucho menos, sino una débil estrella fugaz eternamente a punto de extinguirse, a la que la mayoría perseguimos y siempre huye. Por eso agarraba el arma muy fuerte. Y tras recorrer las callejas que conducían a su barrio, divisó su casa a lo lejos, y en el portal lo vio, un bulto informe, tirado sobre la acera, y el corazón se le subió a la garganta hasta formar una bola de ahogo. Incluso su aliento se detuvo en aquel instante. Un bulto. No, no, no… Y empezó a correr. No es posible. Yalía, mi niña, Yalía…

Ellos, los vencedores, no dejaban de reír en aquel salón cuajado de bombillas y carcajadas.

Y corrió tanto que le trastabilló el alma, aunque de nada sirvió porque allí, en el mismo portal de su casa, yacía su única hija, Yalía, de quince años, toda blancura y esplendor, que jamás había hecho daño a nadie pero a quien la guerra había llamado esa tarde y se la había llevado en volandas, casi de puntillas, sin hacer ningún ruido, tampoco era necesario. Yalía… Dos balas en el corazón y poca sangre, apenas unas salpicaduras en la blusa y restos de piel roja entre las uñas. Y la nada alrededor desflecada en un arsenal de lágrimas.

No pienses, no pienses, no pienses, continúa trabajando, es tu única solución, es tu única salida.

Yalía… Mi niña… Abatida no sabía por quién ante el portal de su casa. Abatida, una cría de quince años, sólo quince años. El enemigo jamás tenía rostro, ni oídos, ni ojos: sólo manos para asesinar. ¿Por qué? ¿Por qué tú? ¿Quién ha sido capaz? ¿Quién ha sido capaz de cometer tal atropello? Yalía… La madre lloró tanto aquella noche que hasta el cielo se rompió en una lluvia atroz de gritos y relámpagos.

Ivenia continuó sirviendo interminables bandejas de pasteles. En aquel acto cargado de luces y lentejuelas los vencedores no cesaban de reír, de hablar y de felicitarse porque habían triunfado. Esa noche un poco desgastada, los vencedores,  prepotencia, elegancia y lujo, agasajaban el trabajo de una de sus mejores periodistas, de la que Ivenia ni siquiera sabía el nombre porque tampoco le importaba. Se trataba de una mujer gris y ocre, de mediana estatura y cabello rizado, vestida con un traje de fiesta que resaltaba su redondeada figura, con la treintena muy avanzada en sus carnes, los ojos inmensamente tristes y una boca que guardaba un manantial de fresas. Había sido corresponsal de guerra a lo largo de toda la contienda, y esa noche recibiría un premio por un documental en el que se mostraba su concienzudo trabajo de meses y meses testimoniando una masacre.

En el aire, las sonrisas competían con las felicitaciones y los pasteles.

La joven homenajeada paseaba su triunfo de una mesa a otra, besos y abrazos, oh, eres la mejor, querida, labios estirados y rojos, gracias, gracias de verdad, gracias por estar aquí, muchas preguntas sin respuesta e infinitas sensaciones por la piel, como cuando tomaba aquellas imágenes a punto de ser desveladas, en el centro de las balas, los tanques, los gritos y los misiles, una tiritera infinita paseando por los nervios y el sabor del miedo en la punta de la lengua. La ciudad masacrada y herida de muerte olía a temblor. Tantos cuerpos destrozados, tantos edificios caídos, tantos hombres perdidos, tantos niños olvidados, y ella, en medio de una vida que se agotaba, haciendo respirar aquel cuerpo de ladrillos y sangre que huía por las veredas de la sinrazón, sin dejar nunca de filmar, testimonio vivo de la locura, una más, de sus congéneres los hombres.

Ivenia no llevaba la cuenta de las bandejas de pasteles que había depositado sobre los manteles blancos de hilo, ni tampoco era de su incumbencia. La mujer gris y ocre, en medio de la multitud, reía con sus labios de flores y sus ojos cansados. Parecían muy tristes pues unos ojos jamás podrán volver a estar alegres tras contemplar la atrocidad de la guerra. El jefe de camareros ordenó a sus empleados que, en tanto durara la ceremonia, se mantuvieran quietos y permanecieran junto a las mesas, sin desplazarse pero atentos al mínimo deseo de los comensales. Alguien colocó una pantalla junto al estrado al que subió la homenajeada y empezó a hablar, y a agradecer la presencia de los invitados y su galardón, tan inmerecido, vanidad a chorros, y a enturbiar la noche con palabras huecas de las cuales Ivenia entendía pocas y no comprendía ninguna. Un premio por plasmar la muerte. Ivenia se mordió el labio superior con fuerza como si con ese acto pudiera aplastar su furia interna. No la escuches, no atiendas sus sílabas vacías, qué sabrá ella de dolor, del dolor de perder a una hija, Yalía, eso sí que es pena.

Se apagaron las luces y las imágenes empezaron a fluir sobre la pantalla.

Ivenia permanecía quieta junto a una de las mesas, tal y como le habían ordenado, procurando arrastrar los ojos por las paredes para evitar ?¡como si eso fuera posible!— la contemplación de lo que inevitablemente aparecería en unos instantes.

El cielo se veía demasiado azul para albergar tantos gritos, y los aviones sobrevolaban la ciudad lanzando sus mensajes incendiarios, al tiempo que la luz restallaba inquieta porque no la dejaban colarse entre el fuego, las sombras y los estallidos. Las gentes hundidas en un grito unánime, corriendo detrás de la vida hacia los refugios. Las mujeres abrazando a sus hijos, o a niños que no eran sus hijos pero que necesitaban, entonces más que nunca, abrazos, como nubes de hiedra enroscándose a su alrededor. No hay lugar para los abrazos en una contienda: sólo los gritos se abren paso por una selva de miserias y avanzan sin cesar devorando hombres, almas y sonrisas. Muchos soldados caminando por las calles de su ciudad, manchando los caminos con sus pasos bruscos y sus voces carrasposas. Las imágenes reflejadas en la pantalla eran una herida con vida propia clavándose muy dentro. Gran parte de los barrios de su ciudad calcinados, llamas alimentándose de llamas, bombas, fusiles, ametralladoras, soldados, pistolas, misiles, todo rodeado de gritos y lágrimas. Así habían sobrevivido varios meses, o tal vez años, ya ni siquiera lo recordaba, porque no lo quería recordar. Su única misión en la actualidad era trabajar, salir adelante y, sobre todo, cargarse a las espaldas sacos repletos de olvido.

Ivenia suspiró muy hondo, como si quisiera tragarse el mundo entero de una bocanada.

La cámara recorría calles, devoraba caminos, escrutaba casas. La cámara se había transformado en un ojo que socavaba cada rincón de su ciudad, aquella de la que poco había quedado y que, una vez firmada la paz, sus habitantes debían reconstruir piedra a piedra. Ivenia ignoraba por qué razón el hombre destruía para construir de nuevo. Sólo sabía que su corazón jamás tendría arreglo a partir de la noche tenebrosa que encontró a Yalía destrozada ante un portal.

Uno de los invitados le indicó que le escanciara otro vaso de vino e Ivenia le atendió solícita.

Pronto, tal vez en un par de horas podría volver a su hogar y a refugiarse entre los brazos del sueño. Tras la desaparición de Yalía, su hermano Assad, siempre tan cariñoso, se había trasladado con su esposa a casa de Ivenia, y así al menos no estaría sola porque la soledad ?especialmente la soledad— ahoga y hace delirar a los que acoge en su regazo víctimas de la pura miseria.

La cámara continuaba horadando aquellas calles en otro tiempo perfumadas de árboles. Ivenia rememoraba el viento acariciando sus cuerpos, y la luz limpia retozando, y sus miradas cruzando un infinito harto de soles, un ayer que se fundía y se derretía en la boca, pero prefería no recordar para no seguir ahondando en aquello que podía haber sido y jamás volvería a ser. Aquel ojo ingrato que seguía machacando la realidad se introducía y escarbaba por los barrios de una ciudad casi en ruinas, e Ivenia se percató de que aquel que aparecía en la pantalla era el suyo, su propio barrio, con sus casitas bajas, sus parques y sus avenidas, ahora vacías. Gran parte de la zona había sufrido el castigo de las bombas. Un grupo de soldados ?rostros secos y almas negras— ensuciaba el suelo con sus botas corriendo de un lado a otro, persiguiendo sombras, escupiendo fuego y destrozando sueños. Su barrio, su querido barrio… La cámara se introdujo por las callejuelas siguiendo a uno de los soldados. Allí, al fondo, se encontraba su casa. Ivenia abrió los labios espantada. El ojo feroz había captado su pequeña casa, todavía en pie. Hasta el aire se comprimió delineando el silencio de la tarde. Una puerta color verde se abrió y la joven madre pudo contemplar cómo Yalía, su hija, salía al exterior sin percatarse de la cercana presencia de un soldado. La cámara se detuvo intentando recrearse en la escena. Ivenia, la boca abierta y el alma retorcida, no creía lo que estaba viendo, o más bien soñando, porque aquello parecía un sueño irreal e incongruente, extraído de una mente ofuscada. Su barrio, su casa, su hija, Yalía… Era cierto: su hija estaba allí, frente a ella, con sus mejillas de alabastro y su cara de ángel bueno.

Ivenia se llevó la mano al pecho para evitar que su corazón reventase de angustia.

La cámara recogió el cuerpo del soldado, fusil en mano, que corría y corría por la calle tenebrosa, como si aquel fuera su único cometido en la vida, y avanzaba ansioso hacia la figura de una niña que había restallado en el fondo de su deseo. Y aquel soldado casi imberbe, a quien al parecer la palabra guerra le daba derecho a cualquier acto de cualquier naturaleza, recorrió en dos zancadas el corto trecho que le separaba del motivo de sus ansias, se detuvo ante la casa, ante la puerta verde, plegó los labios, rechinó los dientes y, en un arranque de prepotencia, se abalanzó sobre la joven.

El cuerpo de Ivenia se transformó en temblor sin lágrimas mientras los asistentes a la fiesta contenían subyugados el aliento.

¿Por qué saliste de casa? ¿Por qué abriste la puerta? ¿Por qué en ese instante? ¿Por qué, Yalía, por qué?

Y Yalía, con el terror supurando por los ojos y el corazón enfangado en un grito de agonía seca, contuvo como pudo el ataque de su enemigo, se revolvió sobre sí misma, levantó un brazo y arañó con todas sus fuerzas el rostro de aquel soldado casi imberbe. Entre asombrado y furioso ante tal acto de rebeldía, el soldado se llevó una mano a su mejilla ensangrentada y contempló con odio a aquella arpía que había osado rebelarse contra él, su futuro vencedor. Yalía tropezó y quedó arrodillada ante su enemigo. Y el soldado, vomitando asco, rabia y prepotencia por todos los poros de su piel, levantó el fusil, apuntó al gusano que tenía delante y le disparó dos tiros casi en el centro del pecho. En el corazón. Yalía se derrumbó desmadejada y rota. El soldado, sin ni siquiera detenerse a contemplar su obra, escupió sobre el cadáver allí tendido, se colgó su fusil al hombro, dio media vuelta y empezó a caminar despacio, perdiéndose en la maraña de su miseria.

El silencio en la sala era tan espeso que podía amasarse con las manos.

En la pantalla surgieron otras imágenes de muerte y destrucción a la par que de los ojos de Ivenia rezumaba un manantial de lágrimas incontenibles. Tambaleándose y apoyándose en las paredes para no caer, se dirigió a la cocina donde tomó asiento en una silla.

Yalía… mi pequeña Yalía… No debiste salir de casa aquella tarde. ¿Por qué lo hiciste? Quisiste defenderte y por eso te masacró aquel indeseable. Mi Yalía, tan dulce… Un soldado cargado de odio, como todo lo que atañe a la guerra. Un soldado, Yalía, y aquella mujer como testigo. Tres seres solitarios. Ivenia levantó la cabeza y plegó los labios a la vez que un hilo de luz iluminaba su cerebro. Aquella mujer había presenciado la escena. Aquella mujer gris y ocre filmando, observándolo todo desde su pedestal. Filmando, contemplando, consintiendo. Aquella mujer podía haber detenido al soldado. Podía haber surgido de la nada, desde el lugar donde se encontraba tomando las imágenes, olvidado su misión y suplicado por la vida de su hija. Era una mujer. Y las mujeres defienden a las mujeres. Ella también pertenecía a los vencedores y estaba segura de que el soldado hubiera atendido a su ruego. Podía haberlo hecho pero no lo hizo. Prefirió filmar. Una escena espectacular de aquella guerra, una gran escena, la muerte servida en primera fila para todos. Muerte aderezada con pasteles.

Ivenia cerró los ojos mientras el odio se concentraba en sus pupilas.

Podía haberlo hecho y no lo hizo. Podía haberla salvado y no la salvó. Podía haberle detenido y no le detuvo.

Apretó los puños y sintió cómo la furia, la rabia y la desesperación se arremolinaban a su alrededor.

Una salva de aplausos interrumpió sus pensamientos. El espectáculo había finalizado. El suyo. El de los vencedores.

Ivenia sintió un huracán de sensaciones arrasando sus entrañas. Aquella mujer gris y ocre, que recibía continuas felicitaciones rebozadas en sonrisas, sería galardonada por su maravillosa obra y marcharía a su casa rebosante de orgullo sin ni siquiera pensar que había podido salvar una vida y no lo había hecho. Por orgullo. Por vanidad. Por fama. Por dinero.

La vida de una niña. Yalía, la dulce Yalía…

Ivenia se enjugó las lágrimas ya que de nada le iban a servir. Ni un solo pensamiento cruzó en ese instante por su cerebro descabalado.

Se levantó, irguió la cabeza, cruzó la puerta y caminó unos pasos dirigiéndose hacia el salón. Le pareció que un inmenso latido se esparcía por el aire. Uno solo: el de su hija. Los aplausos continuaban con un frenesí despiadado. Y aquella mujer gris y ocre estaba llena de sonrisas. Alguien le entregó una estatuilla de reconocimiento que aceptó dando las gracias de nuevo al público asistente. Ivenia contempló el espectáculo, se colocó en un lateral de la tarima y clavó sus ojos en la homenajeada. Pudiste detenerlo. Pudiste hacerlo pero venció tu orgullo. Pudiste pero no lo hiciste.

Yalía…

Ivenia introdujo la mano derecha en el bolsillo lateral de su delantal, acarició la pistola que siempre llevaba encima, regalo de su hermano Assad, tan amable y cariñoso, alzó el brazo y apuntó a la periodista. El silencio quedó roto en cachos muy pequeños.

Y el arma empezó a vomitar muerte.

Relato “La mar” – Primer finalista en el IV Certamen de Relatos Arsenio Escolar, de Torresandino (Burgos)

Ya no recuerdo cuándo fue la primera vez que percibí su cuerpo a mi lado, tan dulce y tan pequeño, y tan frágil, porque la soledad, la furia y la rabia atacan a la memoria como un ácido corrosivo y tergiversan el pasado transformándolo en hilos tenues de silencio infinito que desfiguran todo aquello que tocan.

Ya no recuerdo qué sucedió ni cómo, ni siquiera por qué, aunque el tiempo —ese ente poderoso que para mí siempre ha carecido de importancia— me ha hecho comprender que no existen razones para determinados hechos normalmente fabricados de sinrazones.

No recuerdo la primera vez, porque yo debía tener los ojos obnubilados en aquel momento, o heridos, o desterrados, pero sí muchas, muchísimas otras, tantas que sería imposible enumerarlas.

Lo que sí recuerdo es una tarde engalanada de malvas, enredada en la selva de un otoño tardío, en que él apareció a lo lejos, simplemente un niño como cualquier otro, y se aproximó lento a mi orilla, con su sonrisa blanca, con su mirada clara, con su piel dulce, y yo, abriendo mis ojos perdidos en otros encantos o en otras veleidades, contemplé su cuerpo delgado y su alma tibia que se me antojó ribeteada de ternura. Fue una suerte de visión o de encantamiento, no sé, fue una especie de ahogo en que mil suspiros quedaron suspendidos de mi boca blanca de olas. Creo que en ese instante hasta el aire dejó de respirar. Él iba cogido de la mano de una mujer delgada y morena a la que llamaba “Mamá” y ambos se acercaron hasta mí con pasos callados. Y yo, asombrada y extasiada por aquella contemplación inusual, por aquel extraño y desconocido sentimiento que aquel ser despertó en el centro de mi esencia, contuve el aliento, esbocé una sonrisa plagada de sueños ocultos y me limité a acariciar sus pies con suavidad, con esa dulzura que guardo únicamente para aquellos que no quieren o no saben hacerme daño.

Lo que sí recuerdo es que a partir de aquel día, nada fue igual, todo fue distinto, como teñido por un manto de melodías enloquecidas.

Él surgía todas las tardes del horizonte, a veces solo, a veces acompañado por aquella mujer delgada y morena, se acercaba hasta mí y contemplaba mi eternidad, sin otro deseo que respirar mi esencia y fundirla con la suya. Y yo esperaba con ansias ese instante mágico en que nos transformábamos en uno, cuando él, tan pequeño, se despojaba de sus ropas y se introducía en mí y yo en él, y detenía todo mi movimiento para acariciar su piel de canela y luna, y lamía sus poros uno a uno dejándolos impregnados de mi sabor salado y de mi olor a sirena enamorada.

Porque lo cierto es que aquel hombre me robó el alma. Y fue su presencia la que transformó mi esencia y revolucionó todo mi ser elevando mi espíritu —que no mi vida— a una categoría de sentimiento hasta entonces desconocida. Porque yo no tengo vida. La vida es un don privativo de los hombres. Pese a tener principio, y quizás algún día fin, yo soy eterna, y contemplo desde mi distancia cómo la vida y la muerte pasan a mi lado, y me rozan, y se diluyen, y se alejan, y me hacen cerrar un instante mis párpados de agua, y al abrirlos, todo vuelve a empezar, como si nada hubiera sucedido. Poseo el don de la vida en mi interior y de la muerte en mi totalidad: soy lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

Y recuerdo que yo lo llamaba todos los días con un canto de espuma blanca y él acudía a mi lado, y pasábamos juntos las horas inventando cadenas de caricias formadas por sus silencios y mis murmullos, una especie de juego inocente, un sortilegio de sombras que nos mecía hasta llegar la noche.

Lo cierto es que aquel hombre me robó el alma, algo que a lo largo de los siglos nadie había hecho anteriormente. Él fue el primero, el último y el único. Ningún ser humano había conseguido nunca robar el alma de la mar —no el mar—, pues yo soy la mar, una mujer en forma líquida, para los que habitan en mí, para los que me surcan, para los que me buscan, para todo aquel que me cuida, para todo aquel que me quiere y para todo aquel que ha alcanzado a comprender que entre las palabras mar y amar no existe más que una sola letra de diferencia.

Él habitaba en mí, me surcaba, me buscaba, me cuidaba, me quería y había alcanzado a comprender la loca verdad de mi sentimiento, y yo, ciega de pasión, le regalé lo más profundo de mi esencia: puse en su ser unos ojos tan azules como mi cuerpo, una piel tan blanca y suave como mis olas, un cabello tan rubio como la arena que ambos pisábamos y una voz tan dulce como el canto con el que le arrullaba todas las noches.

Él y yo éramos uno solo y nadie nos separaría jamás.

Me sentía tan feliz que no me percaté de que el tiempo, ese ente despiadado con la vida que tan poca importancia tiene para mí, fue tocando con sus dedos tibios el cuerpo de mi amado y lo transformó en hombre. Pero incluso en su faceta de hombre, nunca dejó de venir a mí. Día tras día, yo le veía, él me miraba, yo sonreía, él se acercaba, yo le recibía con los brazos abiertos, él me tocaba, yo acariciaba su cuerpo y su alma, y él en ocasiones hablaba conmigo sin palabras, hilvanando un rosario de pensamientos que yo recogía y guardaba en mi fondo como el tesoro de un barco escondido en mis entrañas al que nadie tendría acceso jamás.

Así todos los días, todas las tardes, todas las noches, un manto de eternidad cubriendo y tragando su realidad pura y mi loca irrealidad.

Pensaba que siempre estaríamos juntos. Creía que nada podría separarnos. Imaginaba el tiempo sin tiempo a su lado. No tuve en cuenta la veleidad del ser humano y su ausencia de eternidad.

Recuerdo que aquella mañana de verano me vestí de verdes y grises para recibirlo, pues había percibido su presencia a lo lejos, y esbocé una inmensa sonrisa en forma de gotas silenciosas. Detuve las olas y me transformé en una lámina de nácar a la espera de su cuerpo. Cuando él hacía acto de presencia, yo, tan coqueta, siempre detenía mi movimiento en su honor, exclusivamente en su honor. Fue entonces cuando divisé dos figuras que se acercaban, dos figuras, sí, como siempre, pero una de ellas no era la mujer delgada y morena a la que él llamaba “Mamá”, sino otra, mucho más bella, con la juventud bailando por toda su piel, el cabello rubio y largo, y la mirada serena. Se aproximaban a mi orilla cogidos de la mano, envueltos en la dulce sonrisa que presta el amor a quienes lo poseen y los ojos del uno acurrucados en los ojos del otro.

A medida que se acercaban, toda mi esencia tembló en un estertor descomunal.

Sonrisas, caricias, deseo, pasos por mi orilla, manos buscando manos, labios buscando labios. Él sólo tenía ojos para ella.

Y yo olvidada, despreciada, alejada de aquella mente que tanto adoraba y ansiaba.

Sus cuerpos tumbados entre la arena, rebozados de sueños, pidiendo cada vez más, caricias seguidas de otras caricias, besos hundidos en otros besos.

Y yo traicionada, herida, apartada de su ser.

Ante aquella visión inusitada, mi esencia se tiñó de negro profundo y empecé a encresparme, a inventar vaivenes, a crear olas de furia, a elevarme como nunca había hecho antes en su presencia, todo ello nacido de la rabia, la furia y la desesperación.

Y contemplé como él, sin despegar su cuerpo del cuerpo de la joven de cabello rubio, levantó la cabeza, me miró indiferente y dijo:

— Vámonos. Parece que la mar se ha vuelto loca.

Loca, sí, pero de celos. Loca, sí, pero de desesperación.

Y sin más palabras, me dieron la espalda y cogidos de la mano se alejaron entonando canciones que nunca había cantado para mí.

Fue entonces cuando toda mi esencia se desató en un vendaval de rabia y empecé a bramar, a rugir, a elevarme, gritando mi furia a los cuatro vientos. Me sentía herida. Me sentía débil. Me sentía perdida en mi propia desolación. Me sentía como jamás me había sentido hasta ese momento terrible y trágico de la aparición de mi amado acompañado de mi rival. Pero él, haciendo caso omiso de mi sentimiento, como si no existiera, como si nada hubiera ocurrido, continuó su camino tapizado de sueños ocultos entre la piel de aquella mujer que me había arrebatado sin piedad lo que yo más amaba.

Él me había traicionado.

Y me quedé sola, muy sola, con la única compañía de mi pesar a cuestas, pensando y soñando en otras épocas pasadas, cuando él se hundía en mi esencia, cuando nada se interponía entre nuestras almas y cuando nos bastábamos el uno al otro para alcanzar algo muy similar a lo que los hombres llaman felicidad. No tuve en cuenta que la felicidad de uno no siempre significa la felicidad de dos.

Los días pasaron y él no volvió a aparecer. Me había quedado sola ahogada en mis propios sueños, sueños abarrotados de su cuerpo y de su alma, de los ojos que llevaban mi color, de la piel que transportaba mi arena y de la voz que susurraba mis propios murmullos.

Tenía que hacer algo, no sabía qué pero algo. Lo que sí sabía es que sólo me quedaba esperar. Y esperar es fácil cuando no existe el tiempo y difícil cuando ese tiempo succiona las esperanzas a tragos lentos, muy lentos. Entonces supe que nada es más triste que la espera cuando se desconoce todo salvo esa misma espera que come y reconcome el alma.

Y los días adquirieron un tinte de eternidades grises.

Pero una tarde oscura y petrificada, en la que la luz había quedado prendida de diminutas hebras de esperanza en la cúspide de una nube, mis ojos se abrieron inmensos al contemplar a lo lejos una figura solitaria que se acercaba a mi orilla. No era él, mi amado. Era ella, mi rival. Y estaba sola.

No me pregunté entonces las razones de su aparición ni de su soledad, ni siquiera me importó su tristeza, porque sin duda estaba triste, muy triste, y deseaba refugiarse en mí como hacen los hombres cuando todo a su alrededor se derrumba y sólo les queda la mar como único consuelo.

Se aproximó con pasos muy suaves hasta tocarme. Su mirada melancólica, bordeada de lágrimas, recorrió mi superficie buscando frases inventadas, palabras de apoyo o tal vez ecos sin frases ni palabras.

Y en ese instante preciso supe lo que tenía que hacer.

Mi sonrisa se estiró formando olas, olas turbias y blancas nacidas del fondo callado del despecho y la desesperación, simulando caricias, simulando besos abandonados, simulando un cariño que no sentía sino al contrario, a la vez que llamaba a aquella mujer y la atraía hacia mí con un canto muy tenue, poco a poco, muy despacio, cubriendo su cuerpo de nuevas sensaciones en forma de gotas y espuma, lentamente, como si quisiera llenarla de sueños, como si quisiera introducir en su alma la daga mortal de una esperanza sin esperanza. Porque eso es lo que deseaba. Y así, con una precisión milimétrica, ella fue avanzando, llenándose de mí, obnubilada por mi melodía, presa de un encantamiento sin límites. Y en el momento en que sus pies dejaron de tocar mi fondo, inventé una ola monstruosa, de proporciones descomunales, que rodeó todo su ser con un abrazo mortal, y succioné su alma hasta dejarla desprovista de toda sustancia. Ni siquiera gritó. No tuvo tiempo. Únicamente abrió la boca y la poseí por completo en una fracción de segundo.

La misma ola que acabó con su vida depositó su cuerpo sobre la playa desierta. Su piel demasiado blanca llegaba casi a confundirse con la arena.

Al tiempo que cerraba los ojos, convertí mi superficie en una sombra de platino e iridio para no acercarme a ella.

Me sentía exultante de felicidad. Había resultado muy sencillo acabar con mi rival, siempre me resultaba sencillo enfrentarme a los hombres porque nunca podían conmigo, nunca pudieron y nunca podrían. Yo lo sabía. Lo supe desde el comienzo de los siglos.

Ahora todo sería distinto. Él volvería a mí, lo arroparía entre mis brazos, su piel de carne contra mi piel de agua, sus ojos tan azules como yo misma, sus manos silenciosas, sus cabellos sembrados de sol. Todo volvería a ser igual que al principio. Mi esencia se plagó de mis propias burbujas creando en mi interior una alegría arrolladora. Soñé en el instante en que volvería a ver a mi amado y a tenerlo para mí sola. Ella ya no estaba: por fin sólo existíamos él y yo, como antaño.

La quietud quedó perfilada en el cielo.

Y de repente vi su imagen desfigurada a lo lejos, se acercaba, primero despacio y después corriendo ilusionado hacia mí, y me dispuse a recibirlo entre mis brazos de espuma, como siempre, como habíamos hecho desde el inicio de su vida, entre carcajadas y sueños, sus carcajadas, mis sueños, nuestras carcajadas y nuestros sueños. Pero no llegó a tocarme. Contemplé con estupor que ni siquiera se aproximaba a mí, que ni siquiera me miraba, que ni siquiera me dedicaba un instante de atención, porque permaneció petrificado ante la figura descompuesta de la mujer rubia, y se agachó estupefacto, empezó a sollozar y se abrazó a ella, no a mí, a ella, como si fuera lo más grandioso que le había sucedido en su vida, convirtiendo mi majestuosa presencia en una ausencia absoluta. Y con los ojos entrecerrados contemplé cómo lloraba lágrimas que se confundían conmigo. Pero no sentí pena, ni lástima, ni piedad, sólo una furia grandiosa arremolinándose en mi interior mientras él, ajeno a mis sentimientos, recogía entre los brazos a la mujer rubia y, al levantarse con su carga mortal, quedó frente a mí, clavó sus ojos rabiosos en mi espesura y exclamó a gritos:

— ¡Te odio! ¡Me has quitado lo que más amaba! ¡Te odio! ¡Te odio!

Y se alejó tambaleándose con su deseo perdido a cuestas.

Todo mi ser quedó transformado en piedra, una piedra líquida que aullaba entre la nieve blanca de la impotencia y el frío azul de la soledad mientras él se alejaba, se iba, se marchaba, quizás para siempre, porque me odiaba, lo había dicho, lo había gritado. Ya no importaba la traición, no importaba la muerte, no importaba el pasado, no importaba nada de lo que había ocurrido entre nosotros desde su infancia, nuestros abrazos, nuestras quimeras, nuestros sueños —o tal vez mis abrazos, mis quimeras y mis  sueños—, ya sólo importaba el presente, mi presente, y mi odio, no el suyo, sino el mío que empezó a concentrarse en manadas inmensas, en estertores opacos de furia ciega, de rabia profunda, como jamás había sentido desde el comienzo de los siglos.

Y todo mi interior empezó a removerse a la vez.

La lisa superficie de mi esencia inició un movimiento convulsivo, como un espasmo loco y voraz que se transformó en un aullido ciego y sediento de venganza.

Ya no sentía amor: sólo odio.

Mis aguas se arremolinaron, subieron, bajaron, se elevaron a alturas inmensas, formaron remolinos imparables, crearon olas de magnitudes fantasmagóricas. Y esas aguas, esos remolinos, esas olas, se transformaron en monstruos sedientos del cuerpo de un hombre que había huido de mí abrazado a un fantasma.

Él me había abandonado. Él me había traicionado. Él sería el causante, el único causante de lo que estaba a punto de suceder. Yo lo buscaría. Iba a buscarlo y a destruirlo.

Durante días lloré mi rabia, mi furia y mi desesperación arrasando todo lo que encontré a mi paso. Mis olas inmensas devastaron, destruyeron y asolaron la totalidad de aquellos montes, aquellas playas y aquellas ciudades que me rodeaban y que tanto había amado, no quedando nada vivo, ni una brizna de hierba, ni un trino, ni un sonido, ni un solo movimiento, ni un pequeño latido. Nada.

Me comí la tierra a bocados lentos, disfrutando de aquella hazaña sin límites.

Me sacié de su dolor y su amargura.

Me harté de sus gritos y lamentos.

Dejé a mi paso un mundo de sombras inertes, un mundo plagado de miseria, tristeza y soledad.

Ante mí quedó un desierto preñado de silencio.

No sé si mi destrucción alcanzó a mi amado. Y jamás lo sabré. Mi odio me hizo ciega. Tal vez su cuerpo fuera uno de los miles que cayeron bajo mis fauces, o tal vez no. Quizás él no se encuentre en mi vientre, sino vagando por un bosque de recuerdos, o quizás no. Quién sabe.

Pero eso ya no importa.

Ya nada importa salvo mi presencia y mi esencia rodeada de mí misma y unidas y reunidas en el vacío absoluto de un ayer cuajado de sentimiento, un hoy ilimitado de soledades y un mañana exento de esperanzas.

En verdad, ya nada importa.

Ya nada importa porque yo soy la mar —no el mar—, una mujer en forma líquida que un día amó como si en verdad fuera mujer, una mujer de carne semejante a aquella joven de cabellos rubios que se agita en mi memoria agotada por el tiempo, ese ente que me acosa y que, en realidad, tan poca importancia tiene para mí. Pues yo, en mi soledad infinita de siglos y siglos a la espalda, he sido, soy y seguiré siendo la mar, lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

© 2018 Blanca del Cerro