Relatos

Relato “La mar” – Primer finalista en el IV Certamen de Relatos Arsenio Escolar, de Torresandino (Burgos)

Ya no recuerdo cuándo fue la primera vez que percibí su cuerpo a mi lado, tan dulce y tan pequeño, y tan frágil, porque la soledad, la furia y la rabia atacan a la memoria como un ácido corrosivo y tergiversan el pasado transformándolo en hilos tenues de silencio infinito que desfiguran todo aquello que tocan.

Ya no recuerdo qué sucedió ni cómo, ni siquiera por qué, aunque el tiempo —ese ente poderoso que para mí siempre ha carecido de importancia— me ha hecho comprender que no existen razones para determinados hechos normalmente fabricados de sinrazones.

No recuerdo la primera vez, porque yo debía tener los ojos obnubilados en aquel momento, o heridos, o desterrados, pero sí muchas, muchísimas otras, tantas que sería imposible enumerarlas.

Lo que sí recuerdo es una tarde engalanada de malvas, enredada en la selva de un otoño tardío, en que él apareció a lo lejos, simplemente un niño como cualquier otro, y se aproximó lento a mi orilla, con su sonrisa blanca, con su mirada clara, con su piel dulce, y yo, abriendo mis ojos perdidos en otros encantos o en otras veleidades, contemplé su cuerpo delgado y su alma tibia que se me antojó ribeteada de ternura. Fue una suerte de visión o de encantamiento, no sé, fue una especie de ahogo en que mil suspiros quedaron suspendidos de mi boca blanca de olas. Creo que en ese instante hasta el aire dejó de respirar. Él iba cogido de la mano de una mujer delgada y morena a la que llamaba “Mamá” y ambos se acercaron hasta mí con pasos callados. Y yo, asombrada y extasiada por aquella contemplación inusual, por aquel extraño y desconocido sentimiento que aquel ser despertó en el centro de mi esencia, contuve el aliento, esbocé una sonrisa plagada de sueños ocultos y me limité a acariciar sus pies con suavidad, con esa dulzura que guardo únicamente para aquellos que no quieren o no saben hacerme daño.

Lo que sí recuerdo es que a partir de aquel día, nada fue igual, todo fue distinto, como teñido por un manto de melodías enloquecidas.

Él surgía todas las tardes del horizonte, a veces solo, a veces acompañado por aquella mujer delgada y morena, se acercaba hasta mí y contemplaba mi eternidad, sin otro deseo que respirar mi esencia y fundirla con la suya. Y yo esperaba con ansias ese instante mágico en que nos transformábamos en uno, cuando él, tan pequeño, se despojaba de sus ropas y se introducía en mí y yo en él, y detenía todo mi movimiento para acariciar su piel de canela y luna, y lamía sus poros uno a uno dejándolos impregnados de mi sabor salado y de mi olor a sirena enamorada.

Porque lo cierto es que aquel hombre me robó el alma. Y fue su presencia la que transformó mi esencia y revolucionó todo mi ser elevando mi espíritu —que no mi vida— a una categoría de sentimiento hasta entonces desconocida. Porque yo no tengo vida. La vida es un don privativo de los hombres. Pese a tener principio, y quizás algún día fin, yo soy eterna, y contemplo desde mi distancia cómo la vida y la muerte pasan a mi lado, y me rozan, y se diluyen, y se alejan, y me hacen cerrar un instante mis párpados de agua, y al abrirlos, todo vuelve a empezar, como si nada hubiera sucedido. Poseo el don de la vida en mi interior y de la muerte en mi totalidad: soy lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

Y recuerdo que yo lo llamaba todos los días con un canto de espuma blanca y él acudía a mi lado, y pasábamos juntos las horas inventando cadenas de caricias formadas por sus silencios y mis murmullos, una especie de juego inocente, un sortilegio de sombras que nos mecía hasta llegar la noche.

Lo cierto es que aquel hombre me robó el alma, algo que a lo largo de los siglos nadie había hecho anteriormente. Él fue el primero, el último y el único. Ningún ser humano había conseguido nunca robar el alma de la mar —no el mar—, pues yo soy la mar, una mujer en forma líquida, para los que habitan en mí, para los que me surcan, para los que me buscan, para todo aquel que me cuida, para todo aquel que me quiere y para todo aquel que ha alcanzado a comprender que entre las palabras mar y amar no existe más que una sola letra de diferencia.

Él habitaba en mí, me surcaba, me buscaba, me cuidaba, me quería y había alcanzado a comprender la loca verdad de mi sentimiento, y yo, ciega de pasión, le regalé lo más profundo de mi esencia: puse en su ser unos ojos tan azules como mi cuerpo, una piel tan blanca y suave como mis olas, un cabello tan rubio como la arena que ambos pisábamos y una voz tan dulce como el canto con el que le arrullaba todas las noches.

Él y yo éramos uno solo y nadie nos separaría jamás.

Me sentía tan feliz que no me percaté de que el tiempo, ese ente despiadado con la vida que tan poca importancia tiene para mí, fue tocando con sus dedos tibios el cuerpo de mi amado y lo transformó en hombre. Pero incluso en su faceta de hombre, nunca dejó de venir a mí. Día tras día, yo le veía, él me miraba, yo sonreía, él se acercaba, yo le recibía con los brazos abiertos, él me tocaba, yo acariciaba su cuerpo y su alma, y él en ocasiones hablaba conmigo sin palabras, hilvanando un rosario de pensamientos que yo recogía y guardaba en mi fondo como el tesoro de un barco escondido en mis entrañas al que nadie tendría acceso jamás.

Así todos los días, todas las tardes, todas las noches, un manto de eternidad cubriendo y tragando su realidad pura y mi loca irrealidad.

Pensaba que siempre estaríamos juntos. Creía que nada podría separarnos. Imaginaba el tiempo sin tiempo a su lado. No tuve en cuenta la veleidad del ser humano y su ausencia de eternidad.

Recuerdo que aquella mañana de verano me vestí de verdes y grises para recibirlo, pues había percibido su presencia a lo lejos, y esbocé una inmensa sonrisa en forma de gotas silenciosas. Detuve las olas y me transformé en una lámina de nácar a la espera de su cuerpo. Cuando él hacía acto de presencia, yo, tan coqueta, siempre detenía mi movimiento en su honor, exclusivamente en su honor. Fue entonces cuando divisé dos figuras que se acercaban, dos figuras, sí, como siempre, pero una de ellas no era la mujer delgada y morena a la que él llamaba “Mamá”, sino otra, mucho más bella, con la juventud bailando por toda su piel, el cabello rubio y largo, y la mirada serena. Se aproximaban a mi orilla cogidos de la mano, envueltos en la dulce sonrisa que presta el amor a quienes lo poseen y los ojos del uno acurrucados en los ojos del otro.

A medida que se acercaban, toda mi esencia tembló en un estertor descomunal.

Sonrisas, caricias, deseo, pasos por mi orilla, manos buscando manos, labios buscando labios. Él sólo tenía ojos para ella.

Y yo olvidada, despreciada, alejada de aquella mente que tanto adoraba y ansiaba.

Sus cuerpos tumbados entre la arena, rebozados de sueños, pidiendo cada vez más, caricias seguidas de otras caricias, besos hundidos en otros besos.

Y yo traicionada, herida, apartada de su ser.

Ante aquella visión inusitada, mi esencia se tiñó de negro profundo y empecé a encresparme, a inventar vaivenes, a crear olas de furia, a elevarme como nunca había hecho antes en su presencia, todo ello nacido de la rabia, la furia y la desesperación.

Y contemplé como él, sin despegar su cuerpo del cuerpo de la joven de cabello rubio, levantó la cabeza, me miró indiferente y dijo:

— Vámonos. Parece que la mar se ha vuelto loca.

Loca, sí, pero de celos. Loca, sí, pero de desesperación.

Y sin más palabras, me dieron la espalda y cogidos de la mano se alejaron entonando canciones que nunca había cantado para mí.

Fue entonces cuando toda mi esencia se desató en un vendaval de rabia y empecé a bramar, a rugir, a elevarme, gritando mi furia a los cuatro vientos. Me sentía herida. Me sentía débil. Me sentía perdida en mi propia desolación. Me sentía como jamás me había sentido hasta ese momento terrible y trágico de la aparición de mi amado acompañado de mi rival. Pero él, haciendo caso omiso de mi sentimiento, como si no existiera, como si nada hubiera ocurrido, continuó su camino tapizado de sueños ocultos entre la piel de aquella mujer que me había arrebatado sin piedad lo que yo más amaba.

Él me había traicionado.

Y me quedé sola, muy sola, con la única compañía de mi pesar a cuestas, pensando y soñando en otras épocas pasadas, cuando él se hundía en mi esencia, cuando nada se interponía entre nuestras almas y cuando nos bastábamos el uno al otro para alcanzar algo muy similar a lo que los hombres llaman felicidad. No tuve en cuenta que la felicidad de uno no siempre significa la felicidad de dos.

Los días pasaron y él no volvió a aparecer. Me había quedado sola ahogada en mis propios sueños, sueños abarrotados de su cuerpo y de su alma, de los ojos que llevaban mi color, de la piel que transportaba mi arena y de la voz que susurraba mis propios murmullos.

Tenía que hacer algo, no sabía qué pero algo. Lo que sí sabía es que sólo me quedaba esperar. Y esperar es fácil cuando no existe el tiempo y difícil cuando ese tiempo succiona las esperanzas a tragos lentos, muy lentos. Entonces supe que nada es más triste que la espera cuando se desconoce todo salvo esa misma espera que come y reconcome el alma.

Y los días adquirieron un tinte de eternidades grises.

Pero una tarde oscura y petrificada, en la que la luz había quedado prendida de diminutas hebras de esperanza en la cúspide de una nube, mis ojos se abrieron inmensos al contemplar a lo lejos una figura solitaria que se acercaba a mi orilla. No era él, mi amado. Era ella, mi rival. Y estaba sola.

No me pregunté entonces las razones de su aparición ni de su soledad, ni siquiera me importó su tristeza, porque sin duda estaba triste, muy triste, y deseaba refugiarse en mí como hacen los hombres cuando todo a su alrededor se derrumba y sólo les queda la mar como único consuelo.

Se aproximó con pasos muy suaves hasta tocarme. Su mirada melancólica, bordeada de lágrimas, recorrió mi superficie buscando frases inventadas, palabras de apoyo o tal vez ecos sin frases ni palabras.

Y en ese instante preciso supe lo que tenía que hacer.

Mi sonrisa se estiró formando olas, olas turbias y blancas nacidas del fondo callado del despecho y la desesperación, simulando caricias, simulando besos abandonados, simulando un cariño que no sentía sino al contrario, a la vez que llamaba a aquella mujer y la atraía hacia mí con un canto muy tenue, poco a poco, muy despacio, cubriendo su cuerpo de nuevas sensaciones en forma de gotas y espuma, lentamente, como si quisiera llenarla de sueños, como si quisiera introducir en su alma la daga mortal de una esperanza sin esperanza. Porque eso es lo que deseaba. Y así, con una precisión milimétrica, ella fue avanzando, llenándose de mí, obnubilada por mi melodía, presa de un encantamiento sin límites. Y en el momento en que sus pies dejaron de tocar mi fondo, inventé una ola monstruosa, de proporciones descomunales, que rodeó todo su ser con un abrazo mortal, y succioné su alma hasta dejarla desprovista de toda sustancia. Ni siquiera gritó. No tuvo tiempo. Únicamente abrió la boca y la poseí por completo en una fracción de segundo.

La misma ola que acabó con su vida depositó su cuerpo sobre la playa desierta. Su piel demasiado blanca llegaba casi a confundirse con la arena.

Al tiempo que cerraba los ojos, convertí mi superficie en una sombra de platino e iridio para no acercarme a ella.

Me sentía exultante de felicidad. Había resultado muy sencillo acabar con mi rival, siempre me resultaba sencillo enfrentarme a los hombres porque nunca podían conmigo, nunca pudieron y nunca podrían. Yo lo sabía. Lo supe desde el comienzo de los siglos.

Ahora todo sería distinto. Él volvería a mí, lo arroparía entre mis brazos, su piel de carne contra mi piel de agua, sus ojos tan azules como yo misma, sus manos silenciosas, sus cabellos sembrados de sol. Todo volvería a ser igual que al principio. Mi esencia se plagó de mis propias burbujas creando en mi interior una alegría arrolladora. Soñé en el instante en que volvería a ver a mi amado y a tenerlo para mí sola. Ella ya no estaba: por fin sólo existíamos él y yo, como antaño.

La quietud quedó perfilada en el cielo.

Y de repente vi su imagen desfigurada a lo lejos, se acercaba, primero despacio y después corriendo ilusionado hacia mí, y me dispuse a recibirlo entre mis brazos de espuma, como siempre, como habíamos hecho desde el inicio de su vida, entre carcajadas y sueños, sus carcajadas, mis sueños, nuestras carcajadas y nuestros sueños. Pero no llegó a tocarme. Contemplé con estupor que ni siquiera se aproximaba a mí, que ni siquiera me miraba, que ni siquiera me dedicaba un instante de atención, porque permaneció petrificado ante la figura descompuesta de la mujer rubia, y se agachó estupefacto, empezó a sollozar y se abrazó a ella, no a mí, a ella, como si fuera lo más grandioso que le había sucedido en su vida, convirtiendo mi majestuosa presencia en una ausencia absoluta. Y con los ojos entrecerrados contemplé cómo lloraba lágrimas que se confundían conmigo. Pero no sentí pena, ni lástima, ni piedad, sólo una furia grandiosa arremolinándose en mi interior mientras él, ajeno a mis sentimientos, recogía entre los brazos a la mujer rubia y, al levantarse con su carga mortal, quedó frente a mí, clavó sus ojos rabiosos en mi espesura y exclamó a gritos:

— ¡Te odio! ¡Me has quitado lo que más amaba! ¡Te odio! ¡Te odio!

Y se alejó tambaleándose con su deseo perdido a cuestas.

Todo mi ser quedó transformado en piedra, una piedra líquida que aullaba entre la nieve blanca de la impotencia y el frío azul de la soledad mientras él se alejaba, se iba, se marchaba, quizás para siempre, porque me odiaba, lo había dicho, lo había gritado. Ya no importaba la traición, no importaba la muerte, no importaba el pasado, no importaba nada de lo que había ocurrido entre nosotros desde su infancia, nuestros abrazos, nuestras quimeras, nuestros sueños —o tal vez mis abrazos, mis quimeras y mis  sueños—, ya sólo importaba el presente, mi presente, y mi odio, no el suyo, sino el mío que empezó a concentrarse en manadas inmensas, en estertores opacos de furia ciega, de rabia profunda, como jamás había sentido desde el comienzo de los siglos.

Y todo mi interior empezó a removerse a la vez.

La lisa superficie de mi esencia inició un movimiento convulsivo, como un espasmo loco y voraz que se transformó en un aullido ciego y sediento de venganza.

Ya no sentía amor: sólo odio.

Mis aguas se arremolinaron, subieron, bajaron, se elevaron a alturas inmensas, formaron remolinos imparables, crearon olas de magnitudes fantasmagóricas. Y esas aguas, esos remolinos, esas olas, se transformaron en monstruos sedientos del cuerpo de un hombre que había huido de mí abrazado a un fantasma.

Él me había abandonado. Él me había traicionado. Él sería el causante, el único causante de lo que estaba a punto de suceder. Yo lo buscaría. Iba a buscarlo y a destruirlo.

Durante días lloré mi rabia, mi furia y mi desesperación arrasando todo lo que encontré a mi paso. Mis olas inmensas devastaron, destruyeron y asolaron la totalidad de aquellos montes, aquellas playas y aquellas ciudades que me rodeaban y que tanto había amado, no quedando nada vivo, ni una brizna de hierba, ni un trino, ni un sonido, ni un solo movimiento, ni un pequeño latido. Nada.

Me comí la tierra a bocados lentos, disfrutando de aquella hazaña sin límites.

Me sacié de su dolor y su amargura.

Me harté de sus gritos y lamentos.

Dejé a mi paso un mundo de sombras inertes, un mundo plagado de miseria, tristeza y soledad.

Ante mí quedó un desierto preñado de silencio.

No sé si mi destrucción alcanzó a mi amado. Y jamás lo sabré. Mi odio me hizo ciega. Tal vez su cuerpo fuera uno de los miles que cayeron bajo mis fauces, o tal vez no. Quizás él no se encuentre en mi vientre, sino vagando por un bosque de recuerdos, o quizás no. Quién sabe.

Pero eso ya no importa.

Ya nada importa salvo mi presencia y mi esencia rodeada de mí misma y unidas y reunidas en el vacío absoluto de un ayer cuajado de sentimiento, un hoy ilimitado de soledades y un mañana exento de esperanzas.

En verdad, ya nada importa.

Ya nada importa porque yo soy la mar —no el mar—, una mujer en forma líquida que un día amó como si en verdad fuera mujer, una mujer de carne semejante a aquella joven de cabellos rubios que se agita en mi memoria agotada por el tiempo, ese ente que me acosa y que, en realidad, tan poca importancia tiene para mí. Pues yo, en mi soledad infinita de siglos y siglos a la espalda, he sido, soy y seguiré siendo la mar, lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

Amor entre cristales y raíles – Tercer premio del I Certamen de Relatos Espacio Ulises

Fernando llevaba en la boca una sonrisa de la que florecían estrellas, y un cántico tan dulce en la piel que parecía música de mazapán recién fabricado. No podía creerse que hubiera tenido tanta suerte. La sonrisa continuaba allí, prendida en el espejo, escondiendo y apretando manojos de esperanza. Mientras tomaba una ducha, se afeitaba y vestía —traje, camisa y corbata—, el corazón se le escapaba del cuerpo dando brincos por las paredes. Eran las siete menos cuarto de la mañana. No oía ni un ruido, pero sabía que su madre estaría en la cocina preparando el desayuno. Mamá, no es necesario que te levantes, le había dicho la noche anterior, pero ella era así, como un copo tierno de algodón, siempre a su lado, siempre atenta y silenciosa, siempre acunando soledades.

Sus hermanos, Ramiro y Elena, se habían casado hacía tiempo. Su padre había muerto años atrás. Quedaba él, el pequeño, que ahora, por fin, iba a empezar a trabajar. No podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Había diez o doce candidatos para el puesto y, tras realizar las pruebas pertinentes, lo habían elegido a él. Tras seis meses a prueba, tal vez se quedara en la empresa, tal vez llegara a labrarse un porvenir para siempre. Aquel sería el inicio de una lucha feroz, por eso, por esa magnífica razón, su sonrisa florecía y se estiraba creando mundos inescrutables para otros.

El beso de despedida de su madre le supo a miel de azahar. Matilde le miró con los ojos cuajados de neblina mientras pensaba que su hijo ya era un hombre pero nunca dejaría de ser su pequeño.

Salió de casa con el corazón apretado en un puño de ilusiones. El frío del invierno le arropó suavemente y le acompañó de puntillas en su camino hacia la estación. Tomaría el tren hasta el centro de la ciudad y posteriormente un autobús que le dejaría a escasos metros de la oficina.

Llegó a la estación, se acomodó en el segundo vagón y se dispuso a emprender un camino que, a partir de ese momento, haría a diario a lo largo de al menos seis largos y maravillosos meses. Ni siquiera abrió el libro que llevaba para leer durante el trayecto porque se vio inundado por un maremoto de sensaciones imposible de controlar. El tren emprendió la marcha. Aquel tra-ca-tra-chu-cu-chu pausado y monótono reventó en sus oídos como un manojo de ecos deshilachados. Empezó a recordar, unos meses atrás, no calculaba cuántos, la fiesta de fin de carrera, la entrega de títulos, su madre con las lágrimas temblando, la felicidad chorreando por la piel, la búsqueda de trabajo, el envío de numerosos curricula a distintas firmas, pruebas, entrevistas, un espinoso camino hasta llegar al momento actual. Cuatro estaciones le separaban del centro de la ciudad, apenas quince minutos de recorrido. Y lo había logrado, tenía un trabajo, un trabajo serio en una empresa solvente del mercado financiero. En principio desempeñaría las funciones de ayudante, adjunto decían ellos. No podía pedir más. Un cosquilleo de emociones diversas le subió por la garganta. Nueva vida, nuevos compañeros, nuevos lugares, nuevo, todo nuevo, hasta su alma parecía renovada dentro de un huracán imparable de sensaciones variopintas.

En ese momento el tren se detuvo en una de las estaciones intermedias. Las puertas se abrieron, ajetreo continuo. Otro tren paró en la vía contigua. Fernando miró por la ventanilla y fue entonces cuando dos miradas se cruzaron. Un relámpago gris acero atravesó su cuerpo y el mundo se difuminó, se hizo ceniza, se diluyó, dejó de existir. Dos ojos infinitos se posaron sobre los suyos a través de los cristales. Sin saber cómo, la vida, disfrazada de silencio, sufrió una parálisis repentina y todo lo que se movía abandonó su realidad para transformarse en éxtasis. En el vagón de enfrente había surgido un ángel que le había mirado. Los pasajeros se acomodaron en sus asientos, las puertas se cerraron y el tren arrancó.  Dos segundos y dos ojos. Fernando observó el cielo encapotado de un amanecer latente, como si en aquel azul grisáceo quisiera atrapar todo lo que había sentido. Dos segundos y dos ojos. Todo resumido en una mañana especial.

El joven quedó anonadado, obnubilado, hechizado por una mirada. La vida continuó su tranquila marcha pero Fernando ya no era él mismo. Dos segundos y dos ojos habían trastornado repentinamente su existencia. ¿Quién sería aquella muchacha de mirada serena y bruja que había surgido del fondo oscuro de la nada y se había evaporado en segundos? ¿Quién sería aquella con cara de azucena y labios como luceros? ¿Quién sería aquella aparición semejante a un sueño convertido en carne? Fernando continuó el trayecto con el alma desbocada.

El día transcurrió en una noria loca de actividades, la presentación de los compañeros, la explicación de sus funciones, la instalación en su despacho, el inicio de sus obligaciones, y un largo etcétera que llenó la jornada de inquietudes. Volvió a su casa a última hora de la tarde, cansado, un poco desmadejado, sin otro pensamiento que su primer día de trabajo y la felicidad bullendo como un puchero por su interior. Matilde tenía preparada una magnífica cena para su niño. Hablaron desflorando sonrisas e ilusiones sobre el mantel, sobre todo ilusiones. Fernando cayó rendido en la cama, sin otra idea en su cabeza más que dormir. Esa noche sus sueños estuvieron formados por brumas de azúcar y vainilla.

A la mañana siguiente, estando ya instalado en el cercanías, en el mismo vagón y casi en el mismo asiento que el día anterior, al detenerse en la tercera estación del recorrido, los ojos de Fernando se posaron de nuevo sobre una mirada tierna. Allí estaba, al otro lado del cristal, en un tren procedente de no sabía dónde —probablemente de las estrellas—, sí, allí estaba aquella niña, la sonrisa apretada, el cabello con tintes de amanecer, la piel de luna, taladrándole hasta su interior más profundo con dos pupilas extraídas de un cuento de hadas. Allí estaba de nuevo. No había vuelto a recordarla pero, estaba seguro, a partir de ese instante no podría olvidarla. Otra vez. Otra vez se habían cruzado. Otro segundo sobrecogedor entre ellos, dos desconocidos.

Fernando pasó la jornada subyugado entre sus múltiples obligaciones y dos ojos del color de una niebla inquieta.

Los días fueron deslizándose con la suavidad y la firmeza de la nieve en las laderas de un monte perdido, y la escena del cruce de miradas entre cristales empezó a repetirse a diario. El cuerpo de Fernando era un cúmulo de preguntas sin respuesta, y su imaginación se lanzaba al galope sin saber en realidad qué pensar. Dos ojos divinos le miraban cada mañana y luego él y ella continuaban su marcha, y allí quedaba el joven, absorto, anonadado, confundido, sin otra compañía más que sus cábalas y sus especulaciones. Seguro que va a estudiar, se decía, seguro que va a la facultad, yo diría que a Veterinaria, porque me apuesto cualquier cosa a que adora a los animales, con ese rostro bondadoso y esos labios de fuego y lluvia, y en su casa tendrá como mínimo un perro, un canario y una tortuga, y después de comer se queda a estudiar en la biblioteca, y vuelve a su casa sobre las cinco de la tarde. Fernando disfrutaba montado en el tiovivo de sus propias elucubraciones.

La mañana se despertó muy fría. Aquel mes el invierno se dedicaba a azotar a la ciudad con un látigo de varias puntas. Fernando montó en el tren deseando llegar a la tercera estación para gozar de unos efímeros segundos de gloria, sin saber en ese instante que aquel día iba a conseguir un poco más de lo que habitualmente recibía. El tren se detuvo, primera, segunda, tercera estación. Fernando miró a su derecha. El ferrocarril de la vía contigua paró al mismo tiempo que el suyo, como siempre. Buscó de inmediato un rostro y encontró la figura de una niña transformada en diosa. Dos ojos de acero le miraron tiernos con una leve sonrisa. Un dedo se posó en el cristal y escribió sobre el vaho que lo impregnaba: ANA. El muchacho abrió los ojos asombrado. Percatándose de inmediato de lo que acababa de suceder, y comprendiendo que contaba con breves instantes para reaccionar, se apresuró a escribir a su vez: FERNANDO. Las puertas se cerraron y el tren arrancó de nuevo.

El corazón de Fernando era un potro indómito galopando por la llanura de lo inconcebible. Sé cómo se llama, gritaba su corazón, sé su nombre, me lo ha dicho, Ana, un nombre maravilloso, Ana, lo sé, Ana. Y ella sabe el mío. Tengo algo más que una mirada, tengo un nombre. Los pensamientos relampagueaban. Y ahora… ahora… ¿qué? He de actuar, he de conocerla, es preciso que haga algo, algo más, un paso, eso es, debo dar un paso más allá que me lleve a ella, es necesario conocerla, y hablar con ella, y saber quién es, cómo es, Ana, Ana, Ana, dónde vive, y estar a su lado, y… Tras tomar la decisión de abordar definitivamente a la joven que poco a poco le estaba quitando el sentido, el corazón del muchacho pasó a ser un hervidero de sueños y esperanzas. Su imaginación se transformó en un águila real dotada de unas alas espectaculares.

Aquel viernes oscuro, con una lluvia fina pinchando en la piel, Fernando salió de su casa con el alma rebosante de quimeras. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar, no sabía cuál sería la mejor manera de acercarse. Era evidente que no le daría tiempo a bajar de su tren y subir en el contiguo. El día que decidiera hablar con ella, tendría que llegar antes a la tercera estación del recorrido y subir al vagón donde se encontraba la dueña de unos ojos tan profundos como un abismo de sombras.

A medida que se acercaba su estación favorita, sus latidos se ensanchaban formando una orquesta monocorde de violines. Ya llegaban, el tren empezaba a parar, quedaban pocos metros, despacio, despacio, y el tren contiguo apareció, ambos se detuvieron casi de forma simultánea, Fernando miró a la derecha y contempló con terror que en el asiento de la musa de sus sueños estaba sentado un caballero grueso y con bigote que leía atentamente un periódico. Permaneció petrificado. Ana ¿dónde estás? Las puertas se abrieron, cientos de pasajeros salieron y entraron, las puertas se cerraron y el tren arrancó. En un principio, no supo qué pensar. Aquella era una posibilidad que no había contemplado. Su cerebro fue un nido de conjeturas. Cabían muchas respuestas a la ausencia de su ninfa. Tal vez se hubiera sentado en otro sitio, o en otro vagón, o quizás estuviera enferma, o ese día no había clase, o estaba de viaje, o había preferido quedarse a estudiar en casa, o un familiar se encontraba en el hospital. Jamás habría imaginado no volver a verla. Aquello no era posible.

El fin de semana fue una cueva de clamores. Las preguntas sobre la ausencia de Ana le acosaban sin cesar bailando a su alrededor una polka de posibilidades. Salió con sus amigos, quedaron en el bar de Cástulo, fueron a bailar un día y a tomar una copa el siguiente, pero Fernando no pudo dejar de pensar en la niña de sus sueños. No dijo una palabra a nadie acerca de sus inquietudes. Aquello era demasiado profundo como para compartirlo. Por primera vez a lo largo de su existencia, estaba deseando que llegara el lunes.

Pero el lunes, que se acercó caminando con la lentitud de un ejército de caracoles aletargados, tampoco apareció Ana. Ni el martes. Fernando no sabía qué pensar. No, por favor… Su corazón quedó pintado con un pincel de amargura.

Y el miércoles la vio de nuevo. Ambos trenes se detuvieron simultáneamente en la tercera estación, las puertas se abrieron, el público se movía, Fernando miró a la derecha y allí estaba Ana. Sus ojos fueron cunas blandas mecidas por los hilos de palabras jamás pronunciadas. Era ella de nuevo, su musa, su delirio, su secreto, su deseo mejor guardado. Se vieron, se miraron, se absorbieron. Nacieron dos sonrisas. Ana colocó la palma de su mano sobre el cristal al tiempo que el dedo de Fernando dibujaba un corazón en el vaho. Los trenes arrancaron. Ana había vuelto, le esperaba, le deseaba igual que él a ella, no tenía ninguna duda de que sentían lo mismo. Lo haría, ahora sí que no lo dudaba después de creer que la había perdido, la conocería, irían juntos de la mano a cualquier parte porque ella era lo mejor que le había pasado. Al día siguiente tomaría el tren anterior al que le correspondía, bajaría en la tercera estación y esperaría la llegada de aquel en el que viajaba ella. Subiría y después… todo sería un cántico de aleluyas al viento.

El día transcurrió no tan despacio como había supuesto pues tuvo mucho trabajo que despachar y salió de la oficina casi a las ocho de la tarde. No se acostó muy tarde y soñó con un inmenso campo de amapolas en cuyo fondo se divisaba un arco iris. Se levantó media hora antes de lo acostumbrado. Había dormido bien, aunque un poco nervioso por los acontecimientos que tendrían lugar al día siguiente. Si todo salía tal y como había previsto, aquel jueves sería el día de su gloria, el día en que por fin conocería a Ana, el día de la luz, de las ilusiones recién estrenadas y de los sueños a punto de cumplirse. El desasosiego le comía por dentro. Seguro que Ana es dulce, lo ha de ser porque lo dicen sus ojos, y los ojos no engañan, y su sonrisa lo dice todo sin palabras, porque a mí me ha hablado sin pronunciarlas. Se duchó, se afeitó y se vistió. Podemos vernos cuando salga de trabajar, y hablar de nosotros, y conocernos, la llevaré a cenar a un buen restaurante, y después a bailar, le gustará bailar, creo que la besaré, o no, y no será por falta de ganas. Deseo tanto besarla… aunque tal vez sea demasiado pronto. Después la acompañaré hasta su casa.

Llegó a la cocina y se preparó un café con leche. Fernando salió de la casa y se encaminó a la estación. Llevaba el alma temblona y un nudo prieto en la garganta. Cuando tomó el tren, pensó que los latidos de su corazón debían de oírse en todas partes, y que formaban una especie de orquesta descabalada en la que se entremezclaban todos sus sentimientos.  Hablarían y descubriría todo su ser perfecto. Tenía tanto que contarle… Tomó asiento en el segundo vagón. Primera, segunda, tercera parada. Fernando bajo del cercanías, cruzó la pasarela y se situó en el andén en el que llegaría el tren de su adorada desconocida. Ana, pronto te tendré cerca, muy cerca. ¿Qué me has hecho sin hacerme nada? ¿Qué tienen tus ojos que me subyugan y me doblegan?

Tras esperar unos minutos, el tren apareció. Fernando subió en el segundo vagón. Su alma reventaba de emociones. La vida le pareció un columpio que le arrastraba sin poner ninguna voluntad por su parte. Allí estaba Ana, tan dulce, tan sencilla, vestida con unos pantalones vaqueros, un chaquetón grueso y una bufanda de color azul. Tenía el rostro de un ángel porque así debían ser los ángeles. Ana vio a Fernando entrar en el vagón. Su rostro desgranó una sonrisa de felicidad. Se levantó de su asiento y se encontraron en el pasillo, quedaron rodeados de una multitud totalmente ajena a lo que estaba sucediendo a su lado, se contemplaron, se absorbieron, se succionaron con las pupilas, unos ojos mucho más bellos de lo que veía a diario, se dijeron cien frases sin palabras, eres tú, sin cristales de por medio, eres tú, el mundo quedó reducido a dos miradas tan intensas como las llamas de una hoguera, sintieron sus corazones a punto de reventar, el tren fue avanzando hasta llegar a unos quinientos metros de la estación principal, el cielo era demasiado gris, casi sin pensarlo y sin proponérselo cayeron el uno en los brazos del otro, se paladearon, se sintieron con una profundidad ciega y cerraron los ojos, y a partir de ese instante todo fue oscuridad. Eran las 7:39 de la mañana del día 11 de marzo del año 2004.

RELATO – PODRÍA HABER SIDO…

Uno de los diez cuentos seleccionados en el I Certamen de relato corto de Editorial Rebelión de 2016 

La luz se filtraba por unas minúsculas rendijas practicadas en las paredes transformándose en polvo y esquirlas de aire, como diminutas puntillas volantes, lo que daba al lugar un aspecto un tanto sobrecogedor. En realidad la luz era escasa, casi inexistente, y el silencio se palpaba con la suavidad de los misterios difíciles de descifrar. Ni siquiera se oían los ruidos de la calle porque la sala quedaba totalmente oculta y aislada en el subsuelo de la mansión. Tendría unos cien metros cuadrados. El acceso se realizaba por dos emplazamientos magníficamente situados y perfectamente disimulados: una puerta difícil de distinguir tras una biblioteca del piso superior y a través de las alcantarillas de la ciudad.

La construcción del hogar de la familia Möller se llevó a cabo antes de la I Guerra Mundial, añadiendo una sala subterránea como bodega que posteriormente serviría a modo de protección contra los bombardeos. Era un magnífico refugio. Y allí les gustaba quedarse, respirando silencio y hablando de sus proyectos y de ese espectacular futuro que se presentaba nítido ante ellos. Entre los dos amigos se deslizaba un río de sueños, esos que tantas veces habían comentado y discutido en el colegio, en la universidad, en sus respectivas casas y, especialmente allí, en su particular morada al abrigo de miradas y palabras.

Hans Möller y Samuel Wechsler se sentían exultantes.

La sonrisa de las ilusiones se paseó junto a ellos a lo largo de dos décadas hasta que sin saber cómo ni por qué, la vida empezó a enrarecerse, a teñirse de gris y rojo, a gangrenarse lentamente. Algo extraño se palpaba en el aire, como el fragor de unas voces que habían sonado a murmullo y ahora se elevaban y elevaban cada vez más, una especie de río que comenzara a desbordarse y no hubiera dique ni muro que pudiera detenerlo.

La sinrazón empezó a tejerse en los telares del mundo.

Hans y Samuel intercambiaron opiniones, como siempre habían hecho desde que tenían uso de razón, jurándose eterna amistad sucediera lo que sucediera. Nosotros os ayudaremos, no os preocupéis, yo te ayudaré, aseguraba el primero, tú eres mi amigo y eso va por delante de todo.

Pero era excesivo el torrente que se avecinaba, una tormenta imparable, un caos inconmensurable, por lo que Samuel habló con sus padres y no lo pensó dos veces: decidieron marcharse antes de que el problema adquiriera tintes de desesperación.

La locura empezaba a devorar a Alemania.

La familia Wechsler gozaba de una buena posición y poseía dinero suficiente como para salir de allí cuanto antes y refugiarse en otro país, por lo que decidieron marchar a Estados Unidos, donde la infamia de aquellos seres infectos que ahora les rodeaban no pudiera rozarles. Primero saldrían ellos, sus padres y su hermana, y posteriormente Samuel se reuniría con el resto de la familia.

La vorágine definitiva se desató el 9 de noviembre de 1938 en la Noche de los Cristales Rotos.

El pavor se apoderó de las calles, de los hogares, de los comercios, de los rincones y, especialmente, de los seres humanos, cuya humanidad empezó a escurrirse por las cloacas de la villa. La casa de Samuel fue una de las cientos que quedaron destruidas en esa noche de penumbras y pesares.

No me voy a marchar, Hans, voy a quedarme a luchar contra esos indeseables, tengo que hacerlo, tengo que plantarles cara como sea, no puedo huir, no puedo, ya encontraré personas como yo que deseen lo mismo que yo, y que estén dispuestos a encararse con ellos. Y lucharemos, claro que lucharemos.

Hans y Samuel quedaron frente a frente envueltos en sonrisas tristes, pero sonrisas al fin y al cabo. No te preocupes, dijo Hans, aquí estoy yo para ayudarte, no importa lo que digan los demás, tú eres mi amigo, sea cual sea tu religión o tu raza, y jamás te abandonaré. Aunque te parezca imposible, no todos piensan como esos canallas. Permanecerás escondido en el sótano de casa hasta que todo pase. El refugio es totalmente seguro. Nadie podrá imaginar que en el hogar de unos alemanes de pro como la familia Möller se oculta un judío.

La luz se perdía por las esquinas a la búsqueda de una brizna de cordura y sensatez, y vagaba y vagaba por las junglas de la paranoia sin conseguir encontrarlas.

Hans pensó qué podría hacer un solo hombre contra aquella barbarie repleta de miseria e inhumanidad, terror e inclemencia, pero se guardó sus palabras ante las muestras de valor y coraje de su amigo.

Y el cielo se tornó muy gris, y el aire se cubrió de miseria y podredumbre, como una inmensa garra de angustia que apretara al mundo y no quisiera soltarlo.

En el refugio de la mansión de los Möller, Samuel se debatía entre pensamientos informes en los que no alcanzaba a comprender de donde había surgido tanto horror; pensaba que en realidad sus compatriotas no eran así, nunca habían sido así, y la frase “¿Por qué ahora?” quedaba colgada en el aire; se preguntaba qué había hecho su raza para despertar tanto odio, su padre había sido un honrado comerciante, su madre una persona amable y cariñosa con todos, su familia jamás había tenido problemas. Y en la época actual, con un tinte de espantosa negrura, afortunadamente todos estaban a salvo… excepto él. Hans ?ahora perteneciente a las SS? le visitaba con la mayor frecuencia posible, siempre por la noche para mayor seguridad, le mantenía informado de lo que sucedía en el exterior, le abastecía de alimentos y armas. Necesitas armas por si acaso, por si has de defenderte, aseguraba el joven, nunca sabemos qué puede suceder en el futuro. Y el cerebro de Samuel urdía posibilidades y pergeñaba unos planes en los que evidentemente sería impensable actuar solo. No quiero, no puedo quedarme aquí, se decía, mientras los míos están siendo masacrados, no puedo, he de hacer algo cuanto antes, ponerme en contacto con otros seres con las mismas inquietudes y los mismos deseos que yo, porque los hay, de eso estoy seguro, algunos eran mis amigos, tal vez los estén asesinando… No puedo permanecer oculto y con los brazos cruzados, no puedo, no puedo… Necesito un grupo de valientes dispuestos a matar o morir.

Un frío de sombras inertes y blancas se había hecho dueño hasta de los suspiros que saltaban y se escapaban envueltos en lágrimas.

Fue Hans quien, poniendo en peligro su integridad e incluso su vida, consiguió entrar en contacto con varios de los compañeros de Samuel y, en una operación magistral llevada a cabo de madrugada en el más absoluto de los secretos y los silencios, consiguieron reunirse todos en el refugio desplazándose a través del alcantarillado de la ciudad. Formaban un grupo de once personas, ocho hombres y tres mujeres, cuyo número aumentaría seguramente en el futuro. Todos jóvenes, todos judíos, todos sedientos de justicia, todos dispuestos a entregar su vida, a una lucha sin tregua. Y allí permanecerían ocultos hasta que finalizase el conflicto.

Reunidos en la gran sala subterránea, planificaban los pasos a seguir. Debemos parar los pies a tanta infamia, decía Samuel ante su selecto auditorio, no podemos quedarnos quietos, se están llevando a nuestras familias al completo, y nos odian, nos aborrecen, y acabarán con nosotros, esto no puede seguir así. Antes de que esos salvajes sigan adelante, hemos de detenerlos, no podemos permitir que esto continúe. Lo que era evidente es que alguien debía poner freno a aquel previsible desastre. Pero ¿qué hacer? ¿Cómo actuar? La sombra de mil dudas se paseaba entre ellos.

La decisión fue unánime: era necesario atacar cuanto antes. Atacar al enemigo, destrozarle, hundirle, aniquilarle, reducirle a miguitas. Aunque se dejaran la piel en el intento. Era preciso abatirlo. Pero ?la gran duda, el grandioso problema, el miedo arrasando los cuerpos? ¿cómo un grupo de once jóvenes podía enfrentarse a un monstruo de tal envergadura? David venció a Goliat y la tortuga a la liebre. Ellos lo intentarían, al menos debían intentarlo, poco a poco, lentamente, mediante una guerra de guerrillas, con ataques inesperados, apariciones y desapariciones relámpago, siempre en grupos reducidos, no más de tres, se esfumarían al instante llevándose por delante a todos aquellos que pudiesen ?criminales, malvados, infames? y desaparecerían de inmediato, y los diablos irían reduciéndose sin saber de dónde venía el enemigo y contra quién luchar, porque aquellos seres creían ser dueños del mundo y se vanagloriaban de estar en posesión del poder, de las vidas y de la verdad, y creían estar por encima de la ley, y miraban a los que no se plegaban a sus pensamientos como si fueran gusanos, sobre todo a ellos, los judíos. Y los porqués se perdían por las selvas de la incongruencia, la barbarie y la ignominia. Por esas razones, y por tantas otras que mordían sus entrañas, debían entrar en acción de inmediato.

Nadie sabía los motivos pero, desde el inicio de todo aquel maremágnum de miserias y terrores, las noches se habían transformado en una suerte de lodazal más viscoso y más negro que nunca.

Mediante notas escritas en clave y depositadas en lugares estratégicos, Hans comunicaba al grupo el lugar y la fecha de los siguientes ataques a hogares o comercios judíos en los que él no estaría presente. A primeras horas de la mañana ?puesto que ignoraban el momento exacto del ataque? tres de los componentes del grupo se apostaban en lugares invisibles en las proximidades de la zona prevista. Y allí esperaban. Cuando los coches negros a la caza de alguna familia judía hacían su aparición, las ametralladoras abrían fuego, muerte y sombras alrededor, y un fétido olor a miseria, no quedaba un solo testigo de los hechos, salvo charcos de sangre y terror, y cientos de hilos de angustia colgando de los árboles, y los tres valientes desaparecían como tragados por la tierra. La operación no duraba más que escasos minutos. Las alcantarillas recogían sus cuerpos con un único pensamiento en sus mentes desbaratadas: cinco, seis, siete o diez nazis menos sobre la faz de la Tierra. Jamás podrían abatir a todos pero los reducirían, los diezmarían, los irían aniquilando lentamente, como estaban haciendo ellos con su pueblo. Si alguien se levantara a su favor, si alguna potencia los ayudara, si todos se unieran contra los salvajes masacradores… pero el resto de la humanidad permanecía en silencio, bastante tenían con salvarse del horror que se estaba instaurando por el mundo, tal vez fuera esa la razón de tanta humillación, de tanta barbaridad y de tanto olvido. Ellos, los valientes vestidos de coraje, preferían no adentrarse en las mentes de aquella desolación: se limitaban a actuar.

Tras varias incursiones y unas decenas de bajas enemigas sin ser atrapados ni descubiertos, lo cual suponía un verdadero triunfo, decidieron extremar las precauciones ya que los nazis habrían actuado de igual manera, es decir, multiplicando sus fuerzas y sus alertas. Ahora los malvados sabían que unos misteriosos salvadores podían estar acechando en cualquier rincón, atacaban sin piedad y no dejaban testigos de sus actos. Ahora sabían que el pueblo judío no estaba solo. Ahora sabían que cualquier salida al exterior podría suponer la muerte. Lo que no sabían es con cuántos se enfrentaban, ni cómo obtenían información, ni cómo aparecían, ni cómo desaparecían, ni cuándo iban a atacar, ni cuál era su centro neurálgico, si es que existía alguno.

La furia se aposentaba en las filas del Tercer Reich porque alguien oculto y misterioso se resistía a su poder, y eso resultaba algo inaudito. Los dioses de barro y miseria siempre se creen invencibles.

Un día aciago que se desperezó más gris que de costumbre, como si el cielo fuera consciente de que no tenía más remedio que llorar, el comando formando por Aarón, Jacob y Akiba, la más joven de todos, fue atrapado en una emboscada. No consiguieron huir a tiempo. Tal vez fuera el viento, o la lluvia que rebotaba en los caminos, o la voz de sus hermanos que aquella tarde se hiciera murmullo, tal vez fuera el desconcierto o el cansancio o la angustia que se colaba a trozos por las venas, tantos días de lucha y tanta penuria por doquier, desconocían el qué pero algo falló. Y los ojos de aquellos malditos los miraron con una mezcla de odio y alegría en el momento de agarrarlos, por fin, por fin en sus manos, porque los torturarían y los harían hablar, como a todos, pues sabían cómo. Por supuesto que sabían cómo. Pero ellos, los valientes, no dudaban lo que debían hacer. Fue Akiba, la más joven, quien, camino del furgón que les conduciría a las dependencias policiales, se revolvió en un segundo ciego, sacó una pequeña pistola de su bota derecha y en un instante acabó con la vida de sus propios compañeros y con la suya propia. No podían ser atrapados. Lo sabían.

El cielo retumbó durante horas en una catarata de dolor y pena regando los cuerpos de los jóvenes tendidos y olvidados en medio de la calle.

Transcurrieron varios días de silencio. La voz del comando quedó aterida. La tristeza se había apoderado del refugio mientras el frío se colaba por las pieles hasta dejarlas apergaminadas. Pero lo peor era el sentimiento de fracaso y frustración, mezclado con un odio furibundo que retumbaba y retumbaba por todos los cuerpos.

No dejó de llover en toda la noche.

Los nazis buscaron incansablemente el paradero de los valientes, desplegaron sus patas de araña por todos los rincones y extendieron sus tentáculos con la fuerza de un gigante hambriento. Una de las zonas que peinaron fueron las alcantarillas, sin ningún éxito. Probablemente torturarían a centenares de judíos para obtener información de su paradero, pero no conseguirían hallar la más mínima pista porque nadie conocía su escondite salvo ellos mismos… y Hans.

No basta con lo que hacemos, decía Samuel, es bueno, por supuesto, es magnífico eliminar alimañas, pero tenemos que ir mucho más allá, tenemos que acabar con esta ignominia de raíz, y divagaba imaginando lo que en principio parecían imposibles. Al igual que, pese a nuestras precauciones, hemos sido descubiertos en una ocasión, si no actuamos mediante un golpe maestro, tarde o temprano acabarán no sólo con nosotros sino con la totalidad de nuestra raza. Somos excesivamente vulnerables y estamos solos. ¿Qué pretendes? preguntaban los demás con la rabia y la desesperanza subiendo y bajando por sus huesos. Terminemos con él, decía Samuel, con el monstruo, con el diablo personificado, con la hidra de la exterminación. Acabemos con su vida y todo habrá finalizado. ¿No lo entendéis? Por supuesto que lo entendemos, pero lo que estás insinuando es imposible. ¿Cómo vamos…? ¿Nosotros…? Nosotros somos… Nada es imposible cuando hay voluntad. Pero ellos… ellos son… Por mucha voluntad que le pongamos… estamos muy solos, Samuel. Sí, pero somos fuertes…

Todo era oscuridad tanto en el interior como en el exterior.

Durante varias semanas el comando permaneció quieto, aunque no inactivo. Los gritos y los aullidos de la barbarie se elevaban cada vez más altos revolviendo las entrañas de aquellos valientes, y les mordían las almas como si fueran pirañas a punto de ataque. Permanecían en su refugio  durante el día y vigilaban, vigilaban siempre, no dejaban de vigilar los movimientos de los indeseables. Tras la muerte de sus compañeros y la conversación mantenida sobre el posible atentado contra el führer, todo eran temblores e interrogantes a su alrededor, y sentían como si un ahogo similar a miles de patas de arañas les taponara los poros.

La piel se les erizaba ante el cúmulo de pensamientos y la ausencia de sentimientos.

Hitler había sido objeto de un único atentado hasta el momento, en noviembre de 1923. Ellos serían los primeros en actuar. No ignoraban que el monstruo se encontraba en constante custodia de las SS, que variaba continuamente su agenda, que cambiaba las rutas y las fechas así como los lugares que visitaba, que necesitaban una absoluta sangre fría para llevar a cabo su plan y que la posibilidad de fracaso implicaba la muerte de todos.

En aquella época de heladas y nieves casi perpetuas, el contacto con Hans era mínimo para evitarle cualquier tipo de problema, pero su amigo, de una u otra manera, les mantenía puntualmente informados sobre los principales movimientos de las fuerzas nazis.

Fue así, día tras día, semana tras semana, con la lentitud y la cautela de los susurros, como llevaron a cabo un seguimiento exhaustivo de sus enemigos, tarea que resultó harto complicada dada la escasez de medios de que disponían y la atención continua que debían imprimir a sus actos. Jamás debían olvidar que eran los seres más buscados de la época: por oponerse al régimen, por resistir, por aguantar firmes, por ser disidentes, por ser invisibles y por ser judíos. Y por hacer un daño que nadie, hasta el momento, había conseguido.

La furia de Hitler rebasaba todos los límites.

Y los días se embadurnaron de silencio mientras los valientes preparaban un plan maestro, el que salvaría a su pueblo de la humillación, la  tortura y la muerte. No podían precipitarse porque todo debía salir a la perfección.

La fecha llegó aleteando con la aparición de las golondrinas. La luz de la primavera empezaba a filtrarse por la vida, aunque nadie, dadas las circunstancias, se percatara del milagro. Decidieron que el día del atentado definitivo que pondría fin a la vida del fhürer y de su imperio de terror sería el 11 de junio de 1939, época en que Hitler se encontraría en la ciudad y pasaría allí al menos una semana entre reuniones, visitas y mítines. Cabía la posibilidad de que el líder cambiara sus planes, como tantas veces había sucedido, pero debían arriesgarse. Elegirían la calle principal por la que pasaría el fhürer camino de la cervecería Hofbräuhaus, donde daría un mitin y a la que acudiría acompañado de Goebbels, von Ribbentrop y Bouhler, más alimañas, más asesinos, más monstruos. La hora era habitualmente un misterio, ya que Hitler siempre retrasaba o adelantaba sus eventos, e incluso no aparecía o se ausentaba antes de que terminasen.

El plan consistía en un ataque a tres frentes: Samuel ?quería tener el honor y el placer de acabar él mismo con el depredador? se apostaría en un edificio cercano y lanzaría una primera granada contra el coche del fhürer. Judith, su principal colaboradora, y Sonia, estarían esperando en callejones cercanos y lanzarían asimismo sendas granadas además de, a continuación, disparar incontables ráfagas de ametralladora a la escolta, de manera que no quedase nadie vivo. Eligió a las mujeres como acompañantes porque despertarían menos sospechas.

Con el corazón rebosante y el alma guardada en un nicho de ansiedad, todos los componentes del comando empezaron a trabajar duro: prepararon armas y municiones, estudiaron las posibilidades existentes, recorrieron milímetro a milímetro las calles y plazas por las que pasaría el cortejo, repitieron exhaustivamente sus movimientos, examinaron los edificios, y se prepararon física y espiritualmente para lo que estaba a punto de suceder. Las probabilidades de muerte son muy altas, amigos, decía Samuel con la angustia palpitando en sus arterias, tanto si nos atrapan como si no, por lo que si alguien desea retirarse, puede hacerlo, lo comprenderé, lo comprenderemos todos. Se contemplaron acariciando unos las pupilas de los otros. Nadie dijo una palabra. Y continuaron con su preparación.

La persecución de judíos se iba convirtiendo en una caza negra y sombría a todos los niveles.

La semana transcurrió lenta.

El 11 de junio amaneció un poco nublado, rodeado de un manto de melancolía, como si la jornada no quisiera ser partícipe de los tejemanejes de los hombres. Samuel, Judith y Sonia llevaban un par de días ocultos en sus respectivos escondites. Se cubrieron de paciencia y silencio y allí permanecieron hora tras hora, expectantes, atentos, temblorosos para qué negarlo, vigilando todos los movimientos a su alrededor, aparentemente serenos, aparentemente tranquilos, pero con el alma en un traqueteo continuo. Los edificios en los que se refugiaron habían pertenecido a otros judíos y se encontraban en ruinas, por lo que nadie se acercaría. Toda seguridad, por muy alta que fuera, era una incógnita con los nazis.

El silencio se agarraba a sus cuerpos como un trozo de hiedra mientras los corazones agigantaban sus latidos a medida que transcurrían las horas. La Reindhardstrasse, la avenida por donde pasaría Hitler, tiritaba con ellos por lo que pudiera suceder, aunque nadie lo supiera a ciencia cierta.

Ellos, apostados en la quietud de un día que transcurría con una lentitud arrolladora, se sentían valientes, con el coraje y la furia recorriendo los cuerpos de lado a lado, aunque tenían miedo, mucho miedo. Tal vez, y sin siquiera saberlo, el destino del mundo estuviera en sus manos.

Las horas caían como espectros insonoros.

Teóricamente faltaban pocos minutos para el paso del convoy. Un aleteo de sombras era el único testigo de un terror que se colaba por todos los poros y casi les impedía respirar. Samuel pensaba que los latidos de su corazón descabalado se oirían por todas partes. Los segundos se hacían densos y se arrastraban como caracoles heridos. Transcurrió una hora lenta, y después otra, tal vez Hitler hubiera anulado su cita, como otras veces, o tal vez hubiera abandonado la ciudad, o tal vez había decidido presentarse en otro lugar. Samuel tenía los músculos agarrotados.

Al fondo de la calle casi desierta aparecieron tres coches negros difuminados entre una fina capa de niebla que se estiraba por el paseo. La tensión se percibía en cada sombra. Los coches avanzaron. Los tres componentes del comando agarraron al mismo tiempo las granadas. Los coches se detuvieron ante la cervecería Hofbräuhaus. El chófer salió a abrir la puerta del fhürer, y en el mismo instante en que Hitler salió del primer vehículo y puso un pie sobre la acera helada por el frío y por tan repulsiva presencia, los tres miembros del comando se levantaron, retiraron los detonadores de las granadas y las lanzaron casi al mismo tiempo contra los tres coches negros.

Los segundos que transcurrieron hasta las explosiones fueron una marea de silencios y pesares.

Los alemanes no se percataron de la emboscada hasta que fue demasiado tarde. No tuvieron tiempo de hacer absolutamente nada.

Una masa de llamas cubrió los coches y los cuerpos entre ayes, gritos y alaridos de furia y desesperación.

Habían sido engañados, ellos, los magníficos, los reyes de la tierra, los dioses del universo.

Las llamas subieron y subieron rodeando todo.

Samuel y sus compañeros agarraron las metralletas para lanzarse contra todos aquellos que quedaran vivos, pero no fue necesario porque la bola de fuego se elevó, se extendió y arrasó absolutamente todo mientras ellos, los salvadores, contemplaban con especial deleite  la desaparición del nazismo, del Tercer Reich, de las SS, de la Gestapo, del odio y la ignominia, y de su líder con un sentimiento confuso entre el estupor y la paz.

Un suspiro de alivio recorrió el universo hasta sus confines y una inmensa sonrisa se estiró hasta el horizonte.

Samuel, Judith y Sonia cerraron los ojos mientras las llamas y los cuerpos crepitaban y crujían cantando sonetos de libertad. El corazón invisible de la Tierra palpitaba y palpitaba sin cesar.

Hasta las sombras respiraron tranquilas.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían librado al mundo de algo terrorífico llamado deportaciones, trenes de la muerte, limpieza de raza, torturas, experimentos, violaciones y campos de concentración y de exterminio.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían liberado al planeta de una masacre y una destrucción sin precedentes en la historia de la humanidad.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que en ese momento habían salvado cincuenta millones de vidas y, entre ellas, las de más de seis millones de judíos.

En ese mismo instante el mundo se convirtió en un gran arsenal de silencio.

Relato finalista en el VII Certamen de Relatos y Poesía de la Asociación Caños Dorados – A través de la ventana

Fue un día de sombras grises, tan deslavazadas que parecían casi de terciopelo, cuando el joven Óscar vislumbró aquella figura a través de la ventana de un edificio también gris que hacía juego con la mañana. Aquella imagen se desdibujó entre los cristales semicubiertos con unas cortinas de flores anaranjadas y verdes, mientras una lluvia tranquila y remolona hacía tintinear su cántico suave por las aceras.

Era su camino habitual. Todos los días del año, Óscar se dirigía a su trabajo atravesando el barrio en el que vivía hacia la zona centro de la ciudad. Las calles eran estrechas, serpentinas multicolores, y el joven se encaminaba hacia las oficinas de los grandes almacenes donde prestaba sus servicios desde hacía ya varios años. Y fue allí, en una mañana gélida, al cruzar la Alameda de los Jilgueros, la avenida más ancha de la villa, donde tropezó con aquel edificio grandioso y elegante con sabor a vaivenes antiguos y a filigranas majestuosas.

Su mente, a aquellas horas de la mañana, siempre andaba enredada en los recovecos del trabajo que debería realizar a lo largo del día, por lo que nunca se percataba de lo que rondaba a su alrededor. Por eso nunca prestó atención al entorno. Por eso le había pasado desapercibido el edificio. Por eso le sorprendió tanto el hecho de que allí, en la luz difusa de una ciudad que despertaba entre bostezo y bostezo, surgiera la figura de una diosa a través de aquella ventana. Porque le pareció una verdadera diosa.

El aire se hizo trizas a su alrededor.

La figura que vislumbró a través de la ventana se asemejaba a un ángel extraído de un cuento recién inventado, como un arpegio, como un brocado, como un espejismo fantasmagórico. Era algo insólito e irreal, pero allí estaba ella, una mujer joven, casi una niña, contemplando el infinito, con su melena negra plagada de rizos, con sus ojos pardos, con sus pómulos arrebolados, su frente altiva, su rostro exquisito de luna perdida, tras la ventana. Y así, de repente, aquella niña observadora de la nada le pareció un sueño hecho carne.

Cruzó la calle despacio, pasó tembloroso junto a la ventana y posó brevemente sus ojos en los de la joven. Y ella levantó la mano y le regaló una sonrisa.

El corazón de Óscar empezó a dar saltos, un saltimbanqui enredado en una liana de ilusiones, en un bosque de silencios o en una maraña de conjeturas. Fue un instante muy breve, casi invisible, pero a Óscar le pareció que en ese momento se abrían las puertas del paraíso. Continuó caminando agarrándose el pecho para que el corazón no saliera desbordado y se perdió por los recovecos de las esquinas sintiendo que una mano invisible había pintado la vida de color azul.

La felicidad le arrasó y Óscar pasó la jornada patinando sobre mil pensamientos encerrados en uno.

Y así cada mañana a partir de aquel día bendito en que detuvo sus ojos en una ventana, porque todas las mañanas pasaba por allí, y todas las mañanas dirigía su mirada hacia aquella imagen de ensueño, y todas las mañanas la niña sonreía y saludaba con su mano blanca recorriendo el aire, y todas las mañanas repetían la misma aventura: una aventura maravillosa. Y él también sonreía haciendo que las dos sonrisas bailaran un vals en el aire. Todo se hacía nubes blancas a su alrededor porque Óscar sentía que estaba en el cielo.

Aquella niña morena con cara de luna radiante y belleza sobrecogedora se adueñó por completo de su corazón, de su cuerpo y de su alma entera.

En la soledad de su dormitorio, el joven Óscar imaginaba fantasías multicolores con su amor de la ventana, su amor para él eterno, como si extendiera un arco iris por su habitación y dedicara las pocas horas que tenía libres a deslizarse por el tobogán de sus ilusiones. Y así, un día tras otro, se le iba la vida en sueños que, en principio consideró irrealizables pero que, pasito a paso, empezaron a tomar forma y a cuajarse lentamente, porque pensó que en principio no se atrevería a entrar en aquella casa majestuosa con la que se tropezaba a diario, pensó que sería incapaz, que le resultaría inaudito, él era muy tímido para tanto atrevimiento, pero poco a poco, el pensamiento se fue abriendo paso por su mente, y arrasando y arrasando, y lo aceptó casi sin reservas, porque sería la única manera de calmar las ansias continuas que le brotaban del corazón y se agarraban a su piel a modo de garfios silenciosos. Eso haría, claro que sí, no le quedaba otra solución, llamaría a la casa, le recibirían los padres, explicaría sus deseos, conocería a su diosa, hablaría con ella, estaría a su lado, le confesaría todo el amor que le inundaba la vida hora tras hora y semana tras semana, no sabía desde cuánto tiempo atrás. Y sus padres lo entenderían. Y él podría ser feliz a su lado, y visitarla por las tardes, al salir de su trabajo, y empezar lentamente a trazar un futuro conjunto, porque no le cabía ninguna duda de que ella le amaría de igual manera que él la adoraba. Si no fuera así, no saludaría todos los días por la ventana, no sonreiría, no le brotaría el amor por los ojos.

Y empezó a preparar un plan de actuación para poder acercarse al motivo de sus ensueños. Todo sería sencillo. Sólo cabía elegir el día y actuar. Y a partir de entonces, su mundo sería un jardín para siempre. Se sentía tan feliz que no podía imaginar nada distinto a lo que suponía la felicidad de ambos.

Decidió actuar el viernes para poder contar con el fin de semana en caso de que sus planes dieran los frutos apetecidos. Los días transcurrieron muy lentos, como caracoles, y por fin llegó el ansiado viernes.

Óscar salió del trabajo a las seis de la tarde, como todos los días, y se encaminó hacia la Alameda de los Jilgueros, donde se encontraba la casa en la que pretendía introducirse. No sabía que diría para que le atendieran pero estaba seguro de que sabría salir del paso. El amor hacia aquella niña dulce sería el perfecto trampolín para entrar en el infinito. Su corazón saltaba y saltaba mientras se dirigía hacia el edificio de los sueños perdidos. Se había arreglado especialmente, prestando verdadera atención a su atuendo, y se diría que incluso estaba elegante, con olor a colonia de marca y a esperanzas lejanas. Cruzó la calle, se detuvo ante la puerta, llamó y contuvo el aliento.

La mujer que tenía ante sí rondaría la cincuentena. Era rubia, pequeña y delgada, con la elegancia de las damas medievales y el encanto de los ruiseñores tardíos. Le miró, ladeó la cabeza y observó a Óscar con una media sonrisa, a la vez que le preguntaba qué deseaba. Óscar suspiró, se presentó educadamente y, ante todo, pidió disculpas por su intromisión. Debía causar una buena impresión a aquella mujer pues, de lo contrario, cerraría la puerta, ya que al fin y al cabo era un perfecto desconocido, y de inmediato quedarían frustradas todas sus ilusiones. Le explicó, con las mejores palabras que supo escoger, que, ante todo, era una buena persona y no pretendía causar ningún perjuicio a los habitantes de aquella mansión sino todo lo contrario, que era un ser normal, que pasaba todos los días por delante de la casa camino de su trabajo y que… bueno, disculpe señora, explicó, pero… pero… aunque le parezca extraño… me he sentido profundamente atraído por la figura de una niña que veo día tras día detrás de la ventana y son esas, no otras, las razones de mi presencia aquí, y pidió a la dama que no pensase en excusas extrañas o lúgubres, ya que no había nada parecido, sólo deseaba conocer al motivo de sus sueños, que eran sueños muy dulces, y sus palabras brotaban como manantiales de su boca, sintiéndose algo avergonzado, pero tenía que hacerlo, tenía que calmar el resquemor y las ansias que le devoraban por dentro como carcoma. Óscar bajó la cabeza y se mordió los labios cuando se quedó sin palabras a las que asirse. Ya por fin, después de tanto tiempo, se había atrevido. Y mientras tanto, el rostro de la dama se ensombrecía y adquiría una palidez casi mortal, como si un gusano le hubiera absorbido la sangre, y cerró los ojos, y miró al joven con un carro de dolor sobresaliendo de los ojos, y se detuvo en las pupilas de Óscar. Parecía que le hubiera caído encima todo el sufrimiento del mundo. Sin decir una palabra, invitó al joven a entrar con un movimiento del brazo, y le indicó que caminara hasta la ventana donde, de espaldas a él, se encontraba la niña de sus sueños. Y Óscar sintió que su corazón reventaba de gozo. En unos instantes iba a conocer a la que, sin lugar a dudas, amaría durante toda la vida.

Anduvo unos pasos. Llegó hasta la silla donde se encontraba la niña. Se detuvo ante ella. Y ella le miró con los ojos repletos de vacío y sombras. Y levantó la mano saludándole como hacía todos los días cuando él pasaba. Repitió el gesto varias veces. La nada absoluta se coló entre los brazos del joven porque era la nada lo que tenía ante sí, la nada completa en forma de belleza singular. Óscar pidió auxilio con los ojos a la dama y ella le indicó que su hija, sin conocer los motivos porque nadie se los explicó en su día, había nacido así, totalmente privada de razón, cordura y entendimiento, que era como un bebé indefenso y que aquella enfermedad, o lo que fuera, no tenía solución ni la tendría jamás, que había permanecido y permanecería en el estado de letargo en que la veía hasta el fin de sus días, que lo único que poseía era una espectacular belleza y que, si lo deseaba, podría visitarla a diario, o verla, o hablarla, pero que ella no respondería jamás. Porque no podía. Porque no sabía.

Y Óscar quedó allí, petrificado, derrumbado y perdido, con un par de lágrimas al borde de los párpados y el dolor trepando y trepando por su cuerpo, contemplando su sueño destrozado y hecho añicos, mientras la niña de los rizos negros, belleza sobrecogedora, le saludaba una y otra vez con la mano, como una muñeca rota, y le sonreía, le sonreía, le sonreía sin cesar con su cara de ángel bueno.

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