Relatos

RELATO – PODRÍA HABER SIDO…

Uno de los diez cuentos seleccionados en el I Certamen de relato corto de Editorial Rebelión de 2016 

La luz se filtraba por unas minúsculas rendijas practicadas en las paredes transformándose en polvo y esquirlas de aire, como diminutas puntillas volantes, lo que daba al lugar un aspecto un tanto sobrecogedor. En realidad la luz era escasa, casi inexistente, y el silencio se palpaba con la suavidad de los misterios difíciles de descifrar. Ni siquiera se oían los ruidos de la calle porque la sala quedaba totalmente oculta y aislada en el subsuelo de la mansión. Tendría unos cien metros cuadrados. El acceso se realizaba por dos emplazamientos magníficamente situados y perfectamente disimulados: una puerta difícil de distinguir tras una biblioteca del piso superior y a través de las alcantarillas de la ciudad.

La construcción del hogar de la familia Möller se llevó a cabo antes de la I Guerra Mundial, añadiendo una sala subterránea como bodega que posteriormente serviría a modo de protección contra los bombardeos. Era un magnífico refugio. Y allí les gustaba quedarse, respirando silencio y hablando de sus proyectos y de ese espectacular futuro que se presentaba nítido ante ellos. Entre los dos amigos se deslizaba un río de sueños, esos que tantas veces habían comentado y discutido en el colegio, en la universidad, en sus respectivas casas y, especialmente allí, en su particular morada al abrigo de miradas y palabras.

Hans Möller y Samuel Wechsler se sentían exultantes.

La sonrisa de las ilusiones se paseó junto a ellos a lo largo de dos décadas hasta que sin saber cómo ni por qué, la vida empezó a enrarecerse, a teñirse de gris y rojo, a gangrenarse lentamente. Algo extraño se palpaba en el aire, como el fragor de unas voces que habían sonado a murmullo y ahora se elevaban y elevaban cada vez más, una especie de río que comenzara a desbordarse y no hubiera dique ni muro que pudiera detenerlo.

La sinrazón empezó a tejerse en los telares del mundo.

Hans y Samuel intercambiaron opiniones, como siempre habían hecho desde que tenían uso de razón, jurándose eterna amistad sucediera lo que sucediera. Nosotros os ayudaremos, no os preocupéis, yo te ayudaré, aseguraba el primero, tú eres mi amigo y eso va por delante de todo.

Pero era excesivo el torrente que se avecinaba, una tormenta imparable, un caos inconmensurable, por lo que Samuel habló con sus padres y no lo pensó dos veces: decidieron marcharse antes de que el problema adquiriera tintes de desesperación.

La locura empezaba a devorar a Alemania.

La familia Wechsler gozaba de una buena posición y poseía dinero suficiente como para salir de allí cuanto antes y refugiarse en otro país, por lo que decidieron marchar a Estados Unidos, donde la infamia de aquellos seres infectos que ahora les rodeaban no pudiera rozarles. Primero saldrían ellos, sus padres y su hermana, y posteriormente Samuel se reuniría con el resto de la familia.

La vorágine definitiva se desató el 9 de noviembre de 1938 en la Noche de los Cristales Rotos.

El pavor se apoderó de las calles, de los hogares, de los comercios, de los rincones y, especialmente, de los seres humanos, cuya humanidad empezó a escurrirse por las cloacas de la villa. La casa de Samuel fue una de las cientos que quedaron destruidas en esa noche de penumbras y pesares.

No me voy a marchar, Hans, voy a quedarme a luchar contra esos indeseables, tengo que hacerlo, tengo que plantarles cara como sea, no puedo huir, no puedo, ya encontraré personas como yo que deseen lo mismo que yo, y que estén dispuestos a encararse con ellos. Y lucharemos, claro que lucharemos.

Hans y Samuel quedaron frente a frente envueltos en sonrisas tristes, pero sonrisas al fin y al cabo. No te preocupes, dijo Hans, aquí estoy yo para ayudarte, no importa lo que digan los demás, tú eres mi amigo, sea cual sea tu religión o tu raza, y jamás te abandonaré. Aunque te parezca imposible, no todos piensan como esos canallas. Permanecerás escondido en el sótano de casa hasta que todo pase. El refugio es totalmente seguro. Nadie podrá imaginar que en el hogar de unos alemanes de pro como la familia Möller se oculta un judío.

La luz se perdía por las esquinas a la búsqueda de una brizna de cordura y sensatez, y vagaba y vagaba por las junglas de la paranoia sin conseguir encontrarlas.

Hans pensó qué podría hacer un solo hombre contra aquella barbarie repleta de miseria e inhumanidad, terror e inclemencia, pero se guardó sus palabras ante las muestras de valor y coraje de su amigo.

Y el cielo se tornó muy gris, y el aire se cubrió de miseria y podredumbre, como una inmensa garra de angustia que apretara al mundo y no quisiera soltarlo.

En el refugio de la mansión de los Möller, Samuel se debatía entre pensamientos informes en los que no alcanzaba a comprender de donde había surgido tanto horror; pensaba que en realidad sus compatriotas no eran así, nunca habían sido así, y la frase “¿Por qué ahora?” quedaba colgada en el aire; se preguntaba qué había hecho su raza para despertar tanto odio, su padre había sido un honrado comerciante, su madre una persona amable y cariñosa con todos, su familia jamás había tenido problemas. Y en la época actual, con un tinte de espantosa negrura, afortunadamente todos estaban a salvo… excepto él. Hans ?ahora perteneciente a las SS? le visitaba con la mayor frecuencia posible, siempre por la noche para mayor seguridad, le mantenía informado de lo que sucedía en el exterior, le abastecía de alimentos y armas. Necesitas armas por si acaso, por si has de defenderte, aseguraba el joven, nunca sabemos qué puede suceder en el futuro. Y el cerebro de Samuel urdía posibilidades y pergeñaba unos planes en los que evidentemente sería impensable actuar solo. No quiero, no puedo quedarme aquí, se decía, mientras los míos están siendo masacrados, no puedo, he de hacer algo cuanto antes, ponerme en contacto con otros seres con las mismas inquietudes y los mismos deseos que yo, porque los hay, de eso estoy seguro, algunos eran mis amigos, tal vez los estén asesinando… No puedo permanecer oculto y con los brazos cruzados, no puedo, no puedo… Necesito un grupo de valientes dispuestos a matar o morir.

Un frío de sombras inertes y blancas se había hecho dueño hasta de los suspiros que saltaban y se escapaban envueltos en lágrimas.

Fue Hans quien, poniendo en peligro su integridad e incluso su vida, consiguió entrar en contacto con varios de los compañeros de Samuel y, en una operación magistral llevada a cabo de madrugada en el más absoluto de los secretos y los silencios, consiguieron reunirse todos en el refugio desplazándose a través del alcantarillado de la ciudad. Formaban un grupo de once personas, ocho hombres y tres mujeres, cuyo número aumentaría seguramente en el futuro. Todos jóvenes, todos judíos, todos sedientos de justicia, todos dispuestos a entregar su vida, a una lucha sin tregua. Y allí permanecerían ocultos hasta que finalizase el conflicto.

Reunidos en la gran sala subterránea, planificaban los pasos a seguir. Debemos parar los pies a tanta infamia, decía Samuel ante su selecto auditorio, no podemos quedarnos quietos, se están llevando a nuestras familias al completo, y nos odian, nos aborrecen, y acabarán con nosotros, esto no puede seguir así. Antes de que esos salvajes sigan adelante, hemos de detenerlos, no podemos permitir que esto continúe. Lo que era evidente es que alguien debía poner freno a aquel previsible desastre. Pero ¿qué hacer? ¿Cómo actuar? La sombra de mil dudas se paseaba entre ellos.

La decisión fue unánime: era necesario atacar cuanto antes. Atacar al enemigo, destrozarle, hundirle, aniquilarle, reducirle a miguitas. Aunque se dejaran la piel en el intento. Era preciso abatirlo. Pero ?la gran duda, el grandioso problema, el miedo arrasando los cuerpos? ¿cómo un grupo de once jóvenes podía enfrentarse a un monstruo de tal envergadura? David venció a Goliat y la tortuga a la liebre. Ellos lo intentarían, al menos debían intentarlo, poco a poco, lentamente, mediante una guerra de guerrillas, con ataques inesperados, apariciones y desapariciones relámpago, siempre en grupos reducidos, no más de tres, se esfumarían al instante llevándose por delante a todos aquellos que pudiesen ?criminales, malvados, infames? y desaparecerían de inmediato, y los diablos irían reduciéndose sin saber de dónde venía el enemigo y contra quién luchar, porque aquellos seres creían ser dueños del mundo y se vanagloriaban de estar en posesión del poder, de las vidas y de la verdad, y creían estar por encima de la ley, y miraban a los que no se plegaban a sus pensamientos como si fueran gusanos, sobre todo a ellos, los judíos. Y los porqués se perdían por las selvas de la incongruencia, la barbarie y la ignominia. Por esas razones, y por tantas otras que mordían sus entrañas, debían entrar en acción de inmediato.

Nadie sabía los motivos pero, desde el inicio de todo aquel maremágnum de miserias y terrores, las noches se habían transformado en una suerte de lodazal más viscoso y más negro que nunca.

Mediante notas escritas en clave y depositadas en lugares estratégicos, Hans comunicaba al grupo el lugar y la fecha de los siguientes ataques a hogares o comercios judíos en los que él no estaría presente. A primeras horas de la mañana ?puesto que ignoraban el momento exacto del ataque? tres de los componentes del grupo se apostaban en lugares invisibles en las proximidades de la zona prevista. Y allí esperaban. Cuando los coches negros a la caza de alguna familia judía hacían su aparición, las ametralladoras abrían fuego, muerte y sombras alrededor, y un fétido olor a miseria, no quedaba un solo testigo de los hechos, salvo charcos de sangre y terror, y cientos de hilos de angustia colgando de los árboles, y los tres valientes desaparecían como tragados por la tierra. La operación no duraba más que escasos minutos. Las alcantarillas recogían sus cuerpos con un único pensamiento en sus mentes desbaratadas: cinco, seis, siete o diez nazis menos sobre la faz de la Tierra. Jamás podrían abatir a todos pero los reducirían, los diezmarían, los irían aniquilando lentamente, como estaban haciendo ellos con su pueblo. Si alguien se levantara a su favor, si alguna potencia los ayudara, si todos se unieran contra los salvajes masacradores… pero el resto de la humanidad permanecía en silencio, bastante tenían con salvarse del horror que se estaba instaurando por el mundo, tal vez fuera esa la razón de tanta humillación, de tanta barbaridad y de tanto olvido. Ellos, los valientes vestidos de coraje, preferían no adentrarse en las mentes de aquella desolación: se limitaban a actuar.

Tras varias incursiones y unas decenas de bajas enemigas sin ser atrapados ni descubiertos, lo cual suponía un verdadero triunfo, decidieron extremar las precauciones ya que los nazis habrían actuado de igual manera, es decir, multiplicando sus fuerzas y sus alertas. Ahora los malvados sabían que unos misteriosos salvadores podían estar acechando en cualquier rincón, atacaban sin piedad y no dejaban testigos de sus actos. Ahora sabían que el pueblo judío no estaba solo. Ahora sabían que cualquier salida al exterior podría suponer la muerte. Lo que no sabían es con cuántos se enfrentaban, ni cómo obtenían información, ni cómo aparecían, ni cómo desaparecían, ni cuándo iban a atacar, ni cuál era su centro neurálgico, si es que existía alguno.

La furia se aposentaba en las filas del Tercer Reich porque alguien oculto y misterioso se resistía a su poder, y eso resultaba algo inaudito. Los dioses de barro y miseria siempre se creen invencibles.

Un día aciago que se desperezó más gris que de costumbre, como si el cielo fuera consciente de que no tenía más remedio que llorar, el comando formando por Aarón, Jacob y Akiba, la más joven de todos, fue atrapado en una emboscada. No consiguieron huir a tiempo. Tal vez fuera el viento, o la lluvia que rebotaba en los caminos, o la voz de sus hermanos que aquella tarde se hiciera murmullo, tal vez fuera el desconcierto o el cansancio o la angustia que se colaba a trozos por las venas, tantos días de lucha y tanta penuria por doquier, desconocían el qué pero algo falló. Y los ojos de aquellos malditos los miraron con una mezcla de odio y alegría en el momento de agarrarlos, por fin, por fin en sus manos, porque los torturarían y los harían hablar, como a todos, pues sabían cómo. Por supuesto que sabían cómo. Pero ellos, los valientes, no dudaban lo que debían hacer. Fue Akiba, la más joven, quien, camino del furgón que les conduciría a las dependencias policiales, se revolvió en un segundo ciego, sacó una pequeña pistola de su bota derecha y en un instante acabó con la vida de sus propios compañeros y con la suya propia. No podían ser atrapados. Lo sabían.

El cielo retumbó durante horas en una catarata de dolor y pena regando los cuerpos de los jóvenes tendidos y olvidados en medio de la calle.

Transcurrieron varios días de silencio. La voz del comando quedó aterida. La tristeza se había apoderado del refugio mientras el frío se colaba por las pieles hasta dejarlas apergaminadas. Pero lo peor era el sentimiento de fracaso y frustración, mezclado con un odio furibundo que retumbaba y retumbaba por todos los cuerpos.

No dejó de llover en toda la noche.

Los nazis buscaron incansablemente el paradero de los valientes, desplegaron sus patas de araña por todos los rincones y extendieron sus tentáculos con la fuerza de un gigante hambriento. Una de las zonas que peinaron fueron las alcantarillas, sin ningún éxito. Probablemente torturarían a centenares de judíos para obtener información de su paradero, pero no conseguirían hallar la más mínima pista porque nadie conocía su escondite salvo ellos mismos… y Hans.

No basta con lo que hacemos, decía Samuel, es bueno, por supuesto, es magnífico eliminar alimañas, pero tenemos que ir mucho más allá, tenemos que acabar con esta ignominia de raíz, y divagaba imaginando lo que en principio parecían imposibles. Al igual que, pese a nuestras precauciones, hemos sido descubiertos en una ocasión, si no actuamos mediante un golpe maestro, tarde o temprano acabarán no sólo con nosotros sino con la totalidad de nuestra raza. Somos excesivamente vulnerables y estamos solos. ¿Qué pretendes? preguntaban los demás con la rabia y la desesperanza subiendo y bajando por sus huesos. Terminemos con él, decía Samuel, con el monstruo, con el diablo personificado, con la hidra de la exterminación. Acabemos con su vida y todo habrá finalizado. ¿No lo entendéis? Por supuesto que lo entendemos, pero lo que estás insinuando es imposible. ¿Cómo vamos…? ¿Nosotros…? Nosotros somos… Nada es imposible cuando hay voluntad. Pero ellos… ellos son… Por mucha voluntad que le pongamos… estamos muy solos, Samuel. Sí, pero somos fuertes…

Todo era oscuridad tanto en el interior como en el exterior.

Durante varias semanas el comando permaneció quieto, aunque no inactivo. Los gritos y los aullidos de la barbarie se elevaban cada vez más altos revolviendo las entrañas de aquellos valientes, y les mordían las almas como si fueran pirañas a punto de ataque. Permanecían en su refugio  durante el día y vigilaban, vigilaban siempre, no dejaban de vigilar los movimientos de los indeseables. Tras la muerte de sus compañeros y la conversación mantenida sobre el posible atentado contra el führer, todo eran temblores e interrogantes a su alrededor, y sentían como si un ahogo similar a miles de patas de arañas les taponara los poros.

La piel se les erizaba ante el cúmulo de pensamientos y la ausencia de sentimientos.

Hitler había sido objeto de un único atentado hasta el momento, en noviembre de 1923. Ellos serían los primeros en actuar. No ignoraban que el monstruo se encontraba en constante custodia de las SS, que variaba continuamente su agenda, que cambiaba las rutas y las fechas así como los lugares que visitaba, que necesitaban una absoluta sangre fría para llevar a cabo su plan y que la posibilidad de fracaso implicaba la muerte de todos.

En aquella época de heladas y nieves casi perpetuas, el contacto con Hans era mínimo para evitarle cualquier tipo de problema, pero su amigo, de una u otra manera, les mantenía puntualmente informados sobre los principales movimientos de las fuerzas nazis.

Fue así, día tras día, semana tras semana, con la lentitud y la cautela de los susurros, como llevaron a cabo un seguimiento exhaustivo de sus enemigos, tarea que resultó harto complicada dada la escasez de medios de que disponían y la atención continua que debían imprimir a sus actos. Jamás debían olvidar que eran los seres más buscados de la época: por oponerse al régimen, por resistir, por aguantar firmes, por ser disidentes, por ser invisibles y por ser judíos. Y por hacer un daño que nadie, hasta el momento, había conseguido.

La furia de Hitler rebasaba todos los límites.

Y los días se embadurnaron de silencio mientras los valientes preparaban un plan maestro, el que salvaría a su pueblo de la humillación, la  tortura y la muerte. No podían precipitarse porque todo debía salir a la perfección.

La fecha llegó aleteando con la aparición de las golondrinas. La luz de la primavera empezaba a filtrarse por la vida, aunque nadie, dadas las circunstancias, se percatara del milagro. Decidieron que el día del atentado definitivo que pondría fin a la vida del fhürer y de su imperio de terror sería el 11 de junio de 1939, época en que Hitler se encontraría en la ciudad y pasaría allí al menos una semana entre reuniones, visitas y mítines. Cabía la posibilidad de que el líder cambiara sus planes, como tantas veces había sucedido, pero debían arriesgarse. Elegirían la calle principal por la que pasaría el fhürer camino de la cervecería Hofbräuhaus, donde daría un mitin y a la que acudiría acompañado de Goebbels, von Ribbentrop y Bouhler, más alimañas, más asesinos, más monstruos. La hora era habitualmente un misterio, ya que Hitler siempre retrasaba o adelantaba sus eventos, e incluso no aparecía o se ausentaba antes de que terminasen.

El plan consistía en un ataque a tres frentes: Samuel ?quería tener el honor y el placer de acabar él mismo con el depredador? se apostaría en un edificio cercano y lanzaría una primera granada contra el coche del fhürer. Judith, su principal colaboradora, y Sonia, estarían esperando en callejones cercanos y lanzarían asimismo sendas granadas además de, a continuación, disparar incontables ráfagas de ametralladora a la escolta, de manera que no quedase nadie vivo. Eligió a las mujeres como acompañantes porque despertarían menos sospechas.

Con el corazón rebosante y el alma guardada en un nicho de ansiedad, todos los componentes del comando empezaron a trabajar duro: prepararon armas y municiones, estudiaron las posibilidades existentes, recorrieron milímetro a milímetro las calles y plazas por las que pasaría el cortejo, repitieron exhaustivamente sus movimientos, examinaron los edificios, y se prepararon física y espiritualmente para lo que estaba a punto de suceder. Las probabilidades de muerte son muy altas, amigos, decía Samuel con la angustia palpitando en sus arterias, tanto si nos atrapan como si no, por lo que si alguien desea retirarse, puede hacerlo, lo comprenderé, lo comprenderemos todos. Se contemplaron acariciando unos las pupilas de los otros. Nadie dijo una palabra. Y continuaron con su preparación.

La persecución de judíos se iba convirtiendo en una caza negra y sombría a todos los niveles.

La semana transcurrió lenta.

El 11 de junio amaneció un poco nublado, rodeado de un manto de melancolía, como si la jornada no quisiera ser partícipe de los tejemanejes de los hombres. Samuel, Judith y Sonia llevaban un par de días ocultos en sus respectivos escondites. Se cubrieron de paciencia y silencio y allí permanecieron hora tras hora, expectantes, atentos, temblorosos para qué negarlo, vigilando todos los movimientos a su alrededor, aparentemente serenos, aparentemente tranquilos, pero con el alma en un traqueteo continuo. Los edificios en los que se refugiaron habían pertenecido a otros judíos y se encontraban en ruinas, por lo que nadie se acercaría. Toda seguridad, por muy alta que fuera, era una incógnita con los nazis.

El silencio se agarraba a sus cuerpos como un trozo de hiedra mientras los corazones agigantaban sus latidos a medida que transcurrían las horas. La Reindhardstrasse, la avenida por donde pasaría Hitler, tiritaba con ellos por lo que pudiera suceder, aunque nadie lo supiera a ciencia cierta.

Ellos, apostados en la quietud de un día que transcurría con una lentitud arrolladora, se sentían valientes, con el coraje y la furia recorriendo los cuerpos de lado a lado, aunque tenían miedo, mucho miedo. Tal vez, y sin siquiera saberlo, el destino del mundo estuviera en sus manos.

Las horas caían como espectros insonoros.

Teóricamente faltaban pocos minutos para el paso del convoy. Un aleteo de sombras era el único testigo de un terror que se colaba por todos los poros y casi les impedía respirar. Samuel pensaba que los latidos de su corazón descabalado se oirían por todas partes. Los segundos se hacían densos y se arrastraban como caracoles heridos. Transcurrió una hora lenta, y después otra, tal vez Hitler hubiera anulado su cita, como otras veces, o tal vez hubiera abandonado la ciudad, o tal vez había decidido presentarse en otro lugar. Samuel tenía los músculos agarrotados.

Al fondo de la calle casi desierta aparecieron tres coches negros difuminados entre una fina capa de niebla que se estiraba por el paseo. La tensión se percibía en cada sombra. Los coches avanzaron. Los tres componentes del comando agarraron al mismo tiempo las granadas. Los coches se detuvieron ante la cervecería Hofbräuhaus. El chófer salió a abrir la puerta del fhürer, y en el mismo instante en que Hitler salió del primer vehículo y puso un pie sobre la acera helada por el frío y por tan repulsiva presencia, los tres miembros del comando se levantaron, retiraron los detonadores de las granadas y las lanzaron casi al mismo tiempo contra los tres coches negros.

Los segundos que transcurrieron hasta las explosiones fueron una marea de silencios y pesares.

Los alemanes no se percataron de la emboscada hasta que fue demasiado tarde. No tuvieron tiempo de hacer absolutamente nada.

Una masa de llamas cubrió los coches y los cuerpos entre ayes, gritos y alaridos de furia y desesperación.

Habían sido engañados, ellos, los magníficos, los reyes de la tierra, los dioses del universo.

Las llamas subieron y subieron rodeando todo.

Samuel y sus compañeros agarraron las metralletas para lanzarse contra todos aquellos que quedaran vivos, pero no fue necesario porque la bola de fuego se elevó, se extendió y arrasó absolutamente todo mientras ellos, los salvadores, contemplaban con especial deleite  la desaparición del nazismo, del Tercer Reich, de las SS, de la Gestapo, del odio y la ignominia, y de su líder con un sentimiento confuso entre el estupor y la paz.

Un suspiro de alivio recorrió el universo hasta sus confines y una inmensa sonrisa se estiró hasta el horizonte.

Samuel, Judith y Sonia cerraron los ojos mientras las llamas y los cuerpos crepitaban y crujían cantando sonetos de libertad. El corazón invisible de la Tierra palpitaba y palpitaba sin cesar.

Hasta las sombras respiraron tranquilas.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían librado al mundo de algo terrorífico llamado deportaciones, trenes de la muerte, limpieza de raza, torturas, experimentos, violaciones y campos de concentración y de exterminio.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que habían liberado al planeta de una masacre y una destrucción sin precedentes en la historia de la humanidad.

Los componentes del comando jamás llegarían a saber que en ese momento habían salvado cincuenta millones de vidas y, entre ellas, las de más de seis millones de judíos.

En ese mismo instante el mundo se convirtió en un gran arsenal de silencio.

Relato finalista en el VII Certamen de Relatos y Poesía de la Asociación Caños Dorados – A través de la ventana

Fue un día de sombras grises, tan deslavazadas que parecían casi de terciopelo, cuando el joven Óscar vislumbró aquella figura a través de la ventana de un edificio también gris que hacía juego con la mañana. Aquella imagen se desdibujó entre los cristales semicubiertos con unas cortinas de flores anaranjadas y verdes, mientras una lluvia tranquila y remolona hacía tintinear su cántico suave por las aceras.

Era su camino habitual. Todos los días del año, Óscar se dirigía a su trabajo atravesando el barrio en el que vivía hacia la zona centro de la ciudad. Las calles eran estrechas, serpentinas multicolores, y el joven se encaminaba hacia las oficinas de los grandes almacenes donde prestaba sus servicios desde hacía ya varios años. Y fue allí, en una mañana gélida, al cruzar la Alameda de los Jilgueros, la avenida más ancha de la villa, donde tropezó con aquel edificio grandioso y elegante con sabor a vaivenes antiguos y a filigranas majestuosas.

Su mente, a aquellas horas de la mañana, siempre andaba enredada en los recovecos del trabajo que debería realizar a lo largo del día, por lo que nunca se percataba de lo que rondaba a su alrededor. Por eso nunca prestó atención al entorno. Por eso le había pasado desapercibido el edificio. Por eso le sorprendió tanto el hecho de que allí, en la luz difusa de una ciudad que despertaba entre bostezo y bostezo, surgiera la figura de una diosa a través de aquella ventana. Porque le pareció una verdadera diosa.

El aire se hizo trizas a su alrededor.

La figura que vislumbró a través de la ventana se asemejaba a un ángel extraído de un cuento recién inventado, como un arpegio, como un brocado, como un espejismo fantasmagórico. Era algo insólito e irreal, pero allí estaba ella, una mujer joven, casi una niña, contemplando el infinito, con su melena negra plagada de rizos, con sus ojos pardos, con sus pómulos arrebolados, su frente altiva, su rostro exquisito de luna perdida, tras la ventana. Y así, de repente, aquella niña observadora de la nada le pareció un sueño hecho carne.

Cruzó la calle despacio, pasó tembloroso junto a la ventana y posó brevemente sus ojos en los de la joven. Y ella levantó la mano y le regaló una sonrisa.

El corazón de Óscar empezó a dar saltos, un saltimbanqui enredado en una liana de ilusiones, en un bosque de silencios o en una maraña de conjeturas. Fue un instante muy breve, casi invisible, pero a Óscar le pareció que en ese momento se abrían las puertas del paraíso. Continuó caminando agarrándose el pecho para que el corazón no saliera desbordado y se perdió por los recovecos de las esquinas sintiendo que una mano invisible había pintado la vida de color azul.

La felicidad le arrasó y Óscar pasó la jornada patinando sobre mil pensamientos encerrados en uno.

Y así cada mañana a partir de aquel día bendito en que detuvo sus ojos en una ventana, porque todas las mañanas pasaba por allí, y todas las mañanas dirigía su mirada hacia aquella imagen de ensueño, y todas las mañanas la niña sonreía y saludaba con su mano blanca recorriendo el aire, y todas las mañanas repetían la misma aventura: una aventura maravillosa. Y él también sonreía haciendo que las dos sonrisas bailaran un vals en el aire. Todo se hacía nubes blancas a su alrededor porque Óscar sentía que estaba en el cielo.

Aquella niña morena con cara de luna radiante y belleza sobrecogedora se adueñó por completo de su corazón, de su cuerpo y de su alma entera.

En la soledad de su dormitorio, el joven Óscar imaginaba fantasías multicolores con su amor de la ventana, su amor para él eterno, como si extendiera un arco iris por su habitación y dedicara las pocas horas que tenía libres a deslizarse por el tobogán de sus ilusiones. Y así, un día tras otro, se le iba la vida en sueños que, en principio consideró irrealizables pero que, pasito a paso, empezaron a tomar forma y a cuajarse lentamente, porque pensó que en principio no se atrevería a entrar en aquella casa majestuosa con la que se tropezaba a diario, pensó que sería incapaz, que le resultaría inaudito, él era muy tímido para tanto atrevimiento, pero poco a poco, el pensamiento se fue abriendo paso por su mente, y arrasando y arrasando, y lo aceptó casi sin reservas, porque sería la única manera de calmar las ansias continuas que le brotaban del corazón y se agarraban a su piel a modo de garfios silenciosos. Eso haría, claro que sí, no le quedaba otra solución, llamaría a la casa, le recibirían los padres, explicaría sus deseos, conocería a su diosa, hablaría con ella, estaría a su lado, le confesaría todo el amor que le inundaba la vida hora tras hora y semana tras semana, no sabía desde cuánto tiempo atrás. Y sus padres lo entenderían. Y él podría ser feliz a su lado, y visitarla por las tardes, al salir de su trabajo, y empezar lentamente a trazar un futuro conjunto, porque no le cabía ninguna duda de que ella le amaría de igual manera que él la adoraba. Si no fuera así, no saludaría todos los días por la ventana, no sonreiría, no le brotaría el amor por los ojos.

Y empezó a preparar un plan de actuación para poder acercarse al motivo de sus ensueños. Todo sería sencillo. Sólo cabía elegir el día y actuar. Y a partir de entonces, su mundo sería un jardín para siempre. Se sentía tan feliz que no podía imaginar nada distinto a lo que suponía la felicidad de ambos.

Decidió actuar el viernes para poder contar con el fin de semana en caso de que sus planes dieran los frutos apetecidos. Los días transcurrieron muy lentos, como caracoles, y por fin llegó el ansiado viernes.

Óscar salió del trabajo a las seis de la tarde, como todos los días, y se encaminó hacia la Alameda de los Jilgueros, donde se encontraba la casa en la que pretendía introducirse. No sabía que diría para que le atendieran pero estaba seguro de que sabría salir del paso. El amor hacia aquella niña dulce sería el perfecto trampolín para entrar en el infinito. Su corazón saltaba y saltaba mientras se dirigía hacia el edificio de los sueños perdidos. Se había arreglado especialmente, prestando verdadera atención a su atuendo, y se diría que incluso estaba elegante, con olor a colonia de marca y a esperanzas lejanas. Cruzó la calle, se detuvo ante la puerta, llamó y contuvo el aliento.

La mujer que tenía ante sí rondaría la cincuentena. Era rubia, pequeña y delgada, con la elegancia de las damas medievales y el encanto de los ruiseñores tardíos. Le miró, ladeó la cabeza y observó a Óscar con una media sonrisa, a la vez que le preguntaba qué deseaba. Óscar suspiró, se presentó educadamente y, ante todo, pidió disculpas por su intromisión. Debía causar una buena impresión a aquella mujer pues, de lo contrario, cerraría la puerta, ya que al fin y al cabo era un perfecto desconocido, y de inmediato quedarían frustradas todas sus ilusiones. Le explicó, con las mejores palabras que supo escoger, que, ante todo, era una buena persona y no pretendía causar ningún perjuicio a los habitantes de aquella mansión sino todo lo contrario, que era un ser normal, que pasaba todos los días por delante de la casa camino de su trabajo y que… bueno, disculpe señora, explicó, pero… pero… aunque le parezca extraño… me he sentido profundamente atraído por la figura de una niña que veo día tras día detrás de la ventana y son esas, no otras, las razones de mi presencia aquí, y pidió a la dama que no pensase en excusas extrañas o lúgubres, ya que no había nada parecido, sólo deseaba conocer al motivo de sus sueños, que eran sueños muy dulces, y sus palabras brotaban como manantiales de su boca, sintiéndose algo avergonzado, pero tenía que hacerlo, tenía que calmar el resquemor y las ansias que le devoraban por dentro como carcoma. Óscar bajó la cabeza y se mordió los labios cuando se quedó sin palabras a las que asirse. Ya por fin, después de tanto tiempo, se había atrevido. Y mientras tanto, el rostro de la dama se ensombrecía y adquiría una palidez casi mortal, como si un gusano le hubiera absorbido la sangre, y cerró los ojos, y miró al joven con un carro de dolor sobresaliendo de los ojos, y se detuvo en las pupilas de Óscar. Parecía que le hubiera caído encima todo el sufrimiento del mundo. Sin decir una palabra, invitó al joven a entrar con un movimiento del brazo, y le indicó que caminara hasta la ventana donde, de espaldas a él, se encontraba la niña de sus sueños. Y Óscar sintió que su corazón reventaba de gozo. En unos instantes iba a conocer a la que, sin lugar a dudas, amaría durante toda la vida.

Anduvo unos pasos. Llegó hasta la silla donde se encontraba la niña. Se detuvo ante ella. Y ella le miró con los ojos repletos de vacío y sombras. Y levantó la mano saludándole como hacía todos los días cuando él pasaba. Repitió el gesto varias veces. La nada absoluta se coló entre los brazos del joven porque era la nada lo que tenía ante sí, la nada completa en forma de belleza singular. Óscar pidió auxilio con los ojos a la dama y ella le indicó que su hija, sin conocer los motivos porque nadie se los explicó en su día, había nacido así, totalmente privada de razón, cordura y entendimiento, que era como un bebé indefenso y que aquella enfermedad, o lo que fuera, no tenía solución ni la tendría jamás, que había permanecido y permanecería en el estado de letargo en que la veía hasta el fin de sus días, que lo único que poseía era una espectacular belleza y que, si lo deseaba, podría visitarla a diario, o verla, o hablarla, pero que ella no respondería jamás. Porque no podía. Porque no sabía.

Y Óscar quedó allí, petrificado, derrumbado y perdido, con un par de lágrimas al borde de los párpados y el dolor trepando y trepando por su cuerpo, contemplando su sueño destrozado y hecho añicos, mientras la niña de los rizos negros, belleza sobrecogedora, le saludaba una y otra vez con la mano, como una muñeca rota, y le sonreía, le sonreía, le sonreía sin cesar con su cara de ángel bueno.

Alejandro

ALEJANDRO

A mi sobrino Alejandro, que murió una tarde de abril en un accidente de moto. Sólo tenía 26 años.

 

Los tres llegaron al barrio una tarde de sombras en la que nadie sabía si se iban a quedar quietas o acabarían devorando las calles. Finalmente, esas sombras tercas y anaranjadas se acurrucaron junto a las aceras, como acababan haciendo siempre, y contemplaron el ir y venir de los hombres lo que, al fin y al cabo, era lo que más les gustaba.

Llegaron al barrio los tres juntos, porque siempre iban juntos aunque nadie lo supiera por aquel entonces, y se aposentaron en el bar de Curro, el que hacía esquina con la avenida principal y donde servían los mejores calamares de la ciudad. O eso decían.

Llegaron en silencio. Los tres eran jóvenes, en esa edad en la que ya has dejado de ser niño pero todavía te falta traspasar una línea invisible para ser un hombre hecho y derecho. Los tres eran altos, delgados, musculosos y bien parecidos. Los tres contemplaban al mundo con un cierto aire de suficiencia, con esa prepotencia un tanto inhumana que caracteriza a la juventud de todas las épocas.

Y allí los conoció Alejandro mientras degustaban unas cervezas.

A principios de marzo el sol empezaba a abrirse paso por entre las nubes todavía abundantes de la ciudad y el viento las barría y las volvía a traer, como si fuera un juego de piratas. La luz surgía demasiado tímida y acariciaba.

Alejandro también era alto, más que muchos de sus compañeros, y asimismo delgado, musculoso y bien parecido, igual que los recién llegados; tenía la piel clara, muy pálida, como su padre, el pelo corto, entre rubio y moreno, una gran labia, un desparpajo natural que le abría todas las puertas y, sobre todo, una media sonrisa que cautivaba. Tal vez por esas razones, tal vez por otras, se cayeron bien desde el primer momento. Los recién llegados se presentaron y le invitaron a sentarse con ellos. Rafael, el mayor de los tres, parecía llevar la voz cantante.

Entre sorbo y sorbo de cerveza, diversas sonrisas y un par de raciones de calamares, hablaron largo y tendido y se explicaron vagamente sus vidas, sus trabajos y sus sueños. Salieron del bar de Curro con una nueva melodía en la piel, casi a la hora de comer, y se encaminaron hacia un restaurante japonés en el que degustaron los platos favoritos de Alejandro.

La charla continuó a lo largo de la tarde, durante la cual especialmente Miguel, el más simpático y abierto de los tres nuevos amigos, estuvo explicando más o menos su procedencia de un lugar lejano, sin concretar cuál, sus gustos y aficiones, la idea de establecer un negocio en su tierra y el aprendizaje al que debían hacer frente si querían cumplir el encargo que llevaban. Las explicaciones fueron someras y un tanto ambiguas pero no necesitaban más. Gabriel, el tercer componente del grupo, mucho más serio y callado que sus compañeros y con un poder de observación netamente superior, contemplaba los movimientos de los demás y sonreía ante los comentarios de Miguel y el interés cada vez mayor de Alejandro.

Tras la cena, a base de pinchos y vino como casi siempre, se dirigieron a jugar al casino.

La noche se diluyó lenta entre cartas, fichas, sonrisas, apuestas y envites. Tuvieron buena racha y ganaron una considerable cantidad con la que al día siguiente celebrarían el buen inicio de aquella amistad en un restaurante de lujo. Alejandro tenía la suerte entre los dedos, siempre había sido así y siempre lo sería. Salieron del majestuoso edificio con muchas sonrisas en los labios.

Cuando Alex se acostó esa madrugada un poco fría y un poco desangelada, pensó con agrado en sus nuevos amigos, y ni por un instante se le pasó por la cabeza cualquier otra idea que no fuera tal amistad. El cielo en ocasiones nos oculta sorpresas que ni siquiera llegamos a sospechar.

Al día siguiente, sábado y día de trabajo, ya que trabajaba los fines de semana, Alejandro comentó a Marta, la más especial de entre sus múltiples amigas, y a Carmen, su futura cuñada, la irrupción de aquellos tres jóvenes en su vida, las actividades que habían llevado a cabo la tarde anterior y el deseo de que llegasen a conocerlos en un futuro próximo.

Volvió a encontrarlos el lunes siguiente, y el martes y el miércoles, y así hasta el viernes y, después de una cena en distintos bares o restaurantes, siempre deseaban ir al casino o a cualquier lugar donde pudiesen aprender técnicas de juego, ya fuera póker, bacarrá, ruleta, dados o black jack. Y allí observaban y aprendían, y Gabriel, el más serio y el más concentrado, tomaba continuamente notas, y juntos planteaban variadas preguntas, algunas un tanto absurdas y otras perfectamente lógicas, porque, según confesaban, no acababan de comprender el mecanismo de los juegos en su totalidad. Son tantos, argumentaban, y algunos realmente complicados. Alex reía por lo que para él resultaba tan sencillo. ¿De dónde venís? ¿De alguna galaxia? Cuestionaba a sus amigos. Y ellos se miraban con una cierta complicidad y también reían porque las sonrisas son fáciles y cuestan muy poco esfuerzo. Tenemos que poner en marcha un garito similar cuanto antes, nos lo han encargado y no podemos volver con las manos vacías, decían ellos. Y Alex no dejaba de sonreír.

El mes de abril irrumpió de repente en la ciudad con un calor poco habitual. Las flores empezaban a serpentear por las praderas y a envolver al mundo con su característico aroma de campanillas.

El aprendizaje de los tres jóvenes continuó a marchas forzadas a lo largo de la primera semana de abril. Alejandro no acababa de comprender la razón por la cual tenían tanta prisa, pero no por eso dejaba de ayudarles. Y ellos continuaban intentándolo pero sin conseguirlo del todo. No sé qué pasa, se quejaban, no es tan fácil como pensábamos. Os falto yo, decía Alex pensando que aquellos chavales parecían un poco pasmados. Llevadme a vuestro país y yo os pongo en marcha un casino maravilloso. Eso no puede ser, es imposible, respondía Rafael. Pues no veo por qué, contestaba. Y ellos no hablaban, tal vez por vergüenza o por miedo, y se miraban un poco más serios que de costumbre, con unos gestos de complicidad imposibles de descifrar.

Y así continuaron, entre fichas, cartas y risas, pero los días pasaban y los jóvenes no terminaban de captar la esencia de los juegos que tan sencilla resultaba para Alex. Estos chicos no saben lo que quieren en realidad, pensaba. Bueno, sí, instalar un casino en su tierra, pero tampoco es tan difícil. Y comentaba con Marta y con Carmen y les explicaba lo curiosos que eran sus nuevos compañeros, su simpatía, su amabilidad, también su cerrazón, y hablaban del día en que serían presentados, algo que nunca llegaba nadie sabía por qué. Y Alejandro no pensó, porque no se le ocurrió pensarlo, que siempre estaba solo con sus tres nuevos amigos, que nunca coincidía con el resto de la pandilla, que habitualmente iban los cuatro a todas partes sin otra compañía, que si ahondaba en aquella relación un tanto peculiar comprobaría la existencia de una serie de puntos un tanto curiosos, o extraños, o incluso anómalos, pero Alejandro no pensaba en tal tipo de cuestiones porque disfrutaba hasta tal punto de la vida que no se detenía nunca a dilucidar si un asunto era mejor o peor, sino simplemente aceptaba las circunstancias tal como venían sin adentrarse excesivamente en determinados pormenores.

Y una tarde gris plomizo, con el calor temprano de abril remoloneando junto a los cuerpos, los tres amigos estuvieron hablando sobre la absoluta necesidad de terminar su estancia en la ciudad. Nos están llamando y ya tenemos que marcharnos, dijeron sin especificar quién, ni cuándo, ni dónde. Pero no habéis aprendido todavía, chicos, comentó Alejandro, os falta mucho camino por recorrer aún si queréis montar un buen garito en vuestra tierra. Venga, insistió, llevadme con vosotros y os enseñaré. Yo me hago cargo y os lo dejo listo. No, no puede ser, respondieron riendo, es demasiado pronto. Alejandro no comprendió sus palabras, pero no preguntó y continuó insistiendo. Sería maravilloso estar en tierras lejanas, porque a él le gustaba la aventura, visitar otros países, conocer mundos distintos, y pasar una buena temporada lejos de todo, aprender incluso otro idioma, aunque los tres amigos hablaban un perfecto español y supuso, aún sin saberlo a ciencia cierta, que procederían de algún país hispanoamericano. Por alguna desconocida razón, jamás habían hablado de su lugar de procedencia, ni de quién les enviaba, ni de otras cuestiones aparentemente importantes que tal vez ni siquiera se le pasaran por la cabeza.

Tenemos que partir, dijeron Rafael, Miguel y Gabriel una mañana de finales de abril, con los cerezos y los almendros reventando de flores a su alrededor y pintando de rosa la ciudad. Quiero ir con vosotros, insistió Alejandro, quiero ir porque lo cierto, no nos engañemos, es que no tenéis ni idea de lo que vais a hacer. No es posible iniciar una empresa de tal envergadura con vuestros escasos conocimientos; os habéis esforzado, no hay duda, pero os queda mucho por aprender. Yo voy, me quedo allí una temporada, os dejo todo preparado y vuelvo. En ese instante los tres amigos se pusieron muy serios y se miraron a hurtadillas, con los labios plegados y los suspiros contenidos. Alex se preguntó qué sucedía siempre que hablaba de su posible estancia en aquel país ignorado, pues ellos parecían ponerse nerviosos y siempre procuraban evitar el tema, pero no comentó una palabra y siguió insistiendo. Sería tan divertido… Finalmente, los tres amigos bajaron la cabeza y se dispusieron a salir. Fue Gabriel quien, mirando a Alex directamente a los ojos, le espetó: “Tal vez no vuelvas. ¿Lo has pensado?” Pero él sonrió, con esa mirada tierna que guardaba para los momentos más decisivos, y se dijo que de cualquier lugar se puede retornar siempre, ¿por qué no iba a volver? Mañana nos vemos, se despidió de ellos, y se diría que estaban tremendamente serios, más que de costumbre, y que un dolor extraño les corroía por dentro, y cuando salieron del restaurante en el que habían comido, parecía que habían tomado una decisión pero con excesivo esfuerzo, como si no desearan llevarla a cabo pero no tuvieran otra solución u otra alternativa. Está bien, dijeron al final, tú lo has querido. Por supuesto que lo he querido, y que lo quiero, respondió Alejandro, porque toda aventura es maravillosa. Unas más que otras, contestó Miguel, no lo olvides, Alex. Mañana nos vemos… allí.

Alejandro montó en su moto, arrancó el motor y se dirigió hacia la carretera.

Aquella tarde de finales de abril empezó sombría, como envuelta en mantos de algodón muy oscuros, que se la llevaron a pasitos lentos por las sendas de la tristeza y el dolor, pues fue en esa tarde borrosa y turbia cuando el cuerpo de Alejandro reventó para siempre al tomar una curva, en brazos de no se sabía qué desquiciado destino. No era una curva muy pronunciada, ni la velocidad excesiva, ni existió otro vehículo contra el que colisionara, ni hubo falta de prudencia, ni se dio ninguna circunstancia peligrosa. Simplemente ocurrió. Las hebras del fatalismo se trenzaron en aquel instante y el aire estalló en mil pedazos.

El cuerpo de Alejandro quedó desmadejado sobre el asfalto.

Todo un silencio de lágrimas y preguntas sin respuesta envolvió la vida de los que permanecieron, mientras un ahogo de color gris ceniza consumía lentamente las almas.

Tras el tanatorio, el entierro y todo el manto de dolor, rabia e incomprensión que rodea tales eventos, Marta y Carmen fueron las únicas que se percataron de que aquellos grandes amigos de los que tanto hablara Alex en el último mes, no habían aparecido. Entre la multitud de jóvenes que asistieron al último adiós, Rafael, Miguel y Gabriel no estuvieron presentes. Bien era cierto que ellas no llegaron a conocerlos, tampoco el resto, nadie sabía ni siquiera cómo eran o qué aspecto tenían, algo que resultaba un tanto curioso a la par que misterioso. Alejandro aseguró en diversas ocasiones que se iría con ellos a ayudarles a montar un garito de juego en su país, pero ellos… ni siquiera habían hecho acto de presencia. Todo aquello sonaba muy raro.

Marta y Carmen empezaron a investigar. Preguntaron a Curro, el dueño del bar donde supuestamente Alejandro los había conocido, pero Curro no supo de qué le hablaban. Es extraño, comentó Marta, esto es cada vez más extraño, supuestamente se conocieron en este lugar y estuvieron conversando varias veces. Curro tendría que saber quiénes eran. Asimismo interrogaron a Sunka, la encargada del restaurante japonés donde tan a menudo cenaban, y ella aseguró que Alejandro últimamente siempre había ido solo. No era posible, según las palabras de Alex. Indagaron asimismo en otros lugares a los que supuestamente acudían, pero la respuesta fue siempre la misma. No lo entiendo, se dijo Carmen, es como si esas tres personas de las que tanto hablaba Alejandro jamás hubieran existido. No comprendo nada, corroboró Marta. ¿Y si realmente no hubieran existido? Entonces, ¿por qué Alex tendría que inventarse unos personajes inexistentes? Y sobre todo ¿con qué fin? ¿Para qué?

Marta y Carmen continuaron sus pesquisas pero nadie, absolutamente nadie, sabía una palabra de aquellos tres hombres. Por mucho que preguntaron, por mucho que indagaron, por mucho que investigaron, nadie supo dar cuenta de ellos.

Rafael, Miguel y Gabriel…

¿Quiénes eran en realidad? ¿De dónde habían surgido? ¿Cuál era su procedencia? ¿Qué habían querido de Alejandro? ¿Qué habían buscado? ¿Por qué habían aparecido? ¿Por qué habían desaparecido con él? ¿Tendrían algo que ver con… su muerte?

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los tres surgieron una tarde sin saber cómo ni de dónde y buscaron a Alejandro en silencio, tan en silencio que nadie más supo de su existencia, y se hicieron amigos, le propusieron aprender las técnicas de los juegos para llevárselas a su país, o a su lugar de residencia, o a su morada, y él se ofreció a ir con ellos para ayudarles.

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los nombres de los tres principales arcángeles.

“Medicina de Dios”, “¿Quién como Dios?” y “Fortaleza de Dios”.

Aquello no podía ser posible.

Carmen y Marta se miraron aterrorizadas. No puedo creer lo que estamos pensando, se dijeron. ¿De verdad consideras que…? ¿De verdad? ¿Estás segura? No sé… ¿Cómo estar segura de algo así? Es de locos, no es real, parece un sueño, o una pesadilla. Alex se ha ido con ellos, claro que sí. Alex se ha ido con ellos para ayudarles en su misión. Ellos se lo han llevado. Le necesitaban. Nos lo han arrebatado.

Alejandro…

La noche hacía estragos en las almas. Y era demasiado oscura, como una cohorte de fantasmas al acecho.

Las dos jóvenes salieron de la casa con los pensamientos aturullados. Resultaban tan imposibles las conclusiones que habían sacado que necesitaban respirar aire cuanto antes, bocanadas de aire fresco, por lo que se dirigieron a un parque cercano a vaciarse de conjeturas, de irrealidades y de certezas. Las estrellas reventaban en el cielo. Y allí, entre petunias y violetas, lirios y nomeolvides, hablaron con él mirando al infinito.

Ya sabemos dónde estás, querido Alex, ya sabemos cuál era tu destino. Un destino cruel para nosotros pero quizás no tanto para ti. Aunque parezca increíble, aunque nos resulte imposible, aunque no entendamos el misterio que encierra, ya sabemos lo que ha sucedido. Ellos, los tres arcángeles, vinieron a buscarte porque querían aprender, porque les habían encomendado la misión de montar un garito de juegos allá arriba, sí, allá arriba ?parece increíble ¿no es cierto??, pues allá arriba también necesitan divertirse, y un casino es una gran diversión, que te lo digan a ti, y vinieron y buscaron al mejor, y tú eras el mejor. Por eso te fuiste, por eso te llevaron, por eso te arrebataron, en realidad te necesitaban, era una aventura grandiosa, y ahora estarás haciendo lo que más te gustaba, y te encontrarás bien, en tu propia salsa, no cabe ninguna duda.

Un casino de juegos y tú al mando. Quién lo iba a pensar… Enseñarás a todos, te moverás en tu terreno, te rodearás como siempre de amigos, tendrás cientos de alumnos, aplicarás y perfeccionarás tus técnicas, jamás perderás la sonrisa y estarás disfrutando realmente, con la eternidad a tus pies. Así, para siempre.

Alejandro…

Y aunque aquí nos hayas dejado llenos de vacío, por lo menos podemos conjeturar, y casi asegurar, que ahora eres feliz.

Relato “Livia” Primer Premio del I Certamen de Relatos en Papel

Tú, Livia, mi sueño azul de olas lánguidas y verde de praderas tibias. Tú, Livia, tierna y pequeña, arpegio de guitarra triste, cántico de mi alma desbordada, tan dulce y tan sencilla, tan lívida y tan frágil entre mis brazos. Tú, loca y serena, tierna y callada. Mi sueño y mi encanto. Mi camino. Mi amor, mi verdadero amor. Ha sido ahora, tras cientos de horas incrustado en tus ojos abarrotados y enredados de nostalgias, después de tantos y tantos sueños desbocados, de tantas y tantas miradas, de tantas y tantas palabras, de tantas y tantas fantasías a la búsqueda de un poema que esbozara tu persona, tu cuerpo y tu alma sin jamás hallarlo, ahora, cuando la luz empieza a derretirse a nuestro alrededor y una cordillera de recuerdos nos ata lentamente con trenzas apretadas de soledad, ahora, Livia, ha sido ahora cuando he tenido que decirte adiós. Cuando he tenido que abandonarte. Lo siento, Livia, lo siento.

Mis suspiros quedaron enredados entre tus labios de esponja caliente, y mis suspiros y tus labios, tus labios y mis suspiros, se trastocaron, se fundieron, se abarrotaron de nosotros mismos que, sin saberlo y sin sentirlo, dejamos de serlo.

Y aquí, entre el ahogo de una bruma callada pespunteada de blanco, sólo me acompaña tu recuerdo. Tu recuerdo… El recuerdo de nuestra primera vez, de nuestro primer encuentro, cuando percibí tu delicada silueta tras aquella ventana inmensa desde la que me observaste y tus ojos color de marea truncada absorbieron los míos al ritmo de un galope desbocado, y yo   —no lo olvidaré jamás, ¿cómo olvidarlo?— permanecí extasiado, partido en pedazos por el relámpago inquieto de tu sonrisa, y no pude moverme, quedé paralizado, porque me alcanzó el temblor de tu vida tras los cristales. Avancé unos pasos, me acerqué y crucé la puerta. El frío de la noche, como si no quisiera ser partícipe de nuestro recién iniciado sortilegio, permaneció acurrucado fuera.

El lugar en el que te encontrabas me pareció como una suerte de nubarrón desbocado donde se refugiaban los silencios, un poco triste, un pozo de libélulas, un abismo de melancolía. Cientos de cuerpos, cientos de ojos escrutándome, y tú, allá al fondo. Cerré la puerta, caminé unos pasos y me coloqué ante ti, transformado en una lluvia de deseo y esperanza. Me aproximé lentamente y nuestras miradas quedaron cosidas en un majestuoso bordado, una mazurca de pupilas y sortilegios, y agarré tu mano, tan pequeña junto a la mía, nos miramos, nos sentimos, nos comprendimos en un instante sobrecogedor, como suelen ser los instantes especiales, teñidos de fuegos artificiales, y fuiste para mí y yo para ti, nos miramos, nos vimos, nos sentimos, y ya nada fue igual. Salimos juntos a la cadencia de la noche, abrazados, camino de mi hogar, de nuestro hogar.

Yo nunca te dije mi nombre, pero tú lo adivinaste. Tú nunca me dijiste tu nombre, pero yo lo adiviné. Livia. Y ese nombre mágico borboteó por mis venas hasta hacerse catarata de abrazos y sombras. Tu mirada de gacela se posó sobre mi hombro, y así caminamos y caminamos inventando pasos para nosotros solos, inventando senderos, praderas alfombradas de maíz tibio por las que iniciamos nuestra andadura, inventando sueños, los nuestros que, a partir de ese día cargado de zozobras, se transformarían en música. En una sola noche nos hartamos de sonrisas.

Livia. Entraste en mi vida, así, como un terremoto de clamores, y tu sueño y mi sueño se unieron en un amor más allá de cualquier conjetura. Tu amor, mi amor, nuestro amor, es y será siempre único.

A partir de entonces los días se hicieron para nosotros un soneto inagotable, juntos a todas horas, hundidos en nuestra felicidad, encaramados al tiovivo de las ilusiones, paseábamos nuestro amor de un lado a otro, nuestro amor de luces de colores y arcos iris engalanados, nuestro amor fantástico, nuestro amor de vidrio transparente brillando a la luz de centenares de amaneceres. Porque a ti te gustaban los amaneceres, que contemplábamos día a día. ¿Recuerdas, Livia, nuestros amaneceres? Nuestros ojos se fundían con la noche y con el alba, se paseaban ingrávidos por las nubes y los cielos, apretados en el horizonte. ¿Y nuestros ocasos? ¿Recuerdas nuestros ocasos encandilados de luna? ¿Y nuestros atardeceres? ¿Los recuerdas?

Fue una época de felicidad absoluta con nuestro amor a cuestas y a rastras por todos y cada uno de los rincones de la existencia.

Fue una época en la que la fantasía llovía sin cesar pasando junto a nosotros en forma de redondilla inacabada.

Fue una época de lirios, azucenas y madreselvas cantando baladas jamás oídas.

Porque después… bueno… después… pese a todo, pese a tu presencia y a tu clamor, pese a tu eternidad a mi lado, debo confesar que después vinieron otras. Sí, no puedo negarlo, lo confieso con una cierta vergüenza, después vinieron otras, con sus ojos dulces, con sus manos blancas, con sus rostros de hadas buenas y comprensivas, arropándome, arrullándome, muy rubias o muy morenas o muy pelirrojas, deseando parecerse a ti. Y quisieron hacerme sentir tu locura. Y quisieron imitar tu sombra. Pero ellas, te lo aseguro, ellas… nunca fueron como tú. Y entonces tú me mirabas desde la eternidad solapada de tu rincón, sin un gesto, sin una palabra, sin un reproche, comprobando cómo me alejaba, me escapaba, me hacía cacho de luna silenciosa, pero, tú lo sabes, siempre volvía a ti, siempre me atraías con tus ojos encantados, mi deliciosa Livia, porque tú y yo seremos eternos, no lo dudes, no lo dudes jamás.

Pero ahora… ahora he tenido que abandonarte. Lo siento, Livia, lo siento. Nunca podrías imaginar cuánto. Y aquí, entre silencios y fantasías, entre enredaderas de soledad que me aprietan desesperadamente, sólo me queda tu recuerdo, tu recuerdo montado en el potro negro de los enigmas sin resolver.

Ahora te imagino allí, en nuestro hogar, sola con ellas, con las otras, rodeada de silencios lúgubres, mientras yo no puedo moverme de aquí, no me dejan, me tienen prisionero, encerrado en una habitación, no me permiten salir, ni ir a buscarte, ni tenerte conmigo, a mi lado. Lo único que puedo hacer es cantar a nuestro amor. Y recordar. Recordar tu vida y tu alma. Recordar tu infinito sesgado. Recordar tu recuerdo. La existencia se me va y se me viene en ello. Ellas, las otras, ya no tienen ninguna importancia.

Todo sucedió de repente un día de otoño. Aparecieron ellos. Vinieron a buscarme. Se presentaron una tarde en que la majestad de las sombras se encaramaba en forma de hiedra por las nubes, como si quisiera devorarlas, mientras nosotros contemplábamos extasiados el fenómeno a través de los cristales, casi muertos de aleluyas. Estábamos sentados en el salón rodeados del silencio que se aposenta entre nosotros cuando estamos juntos, un silencio verde y granate que nos arrulla como una nana. Sonó el timbre. Te miré extrañado buscando en tus ojos un punto de comprensión, me levanté, te dejé muy quieta en el sofá y acudí a abrir la puerta.

Eran cuatro hombres muy altos, muy fuertes que, tras pronunciar mi nombre para confirmar que era yo la persona a quien buscaban, se abalanzaron sobre mí sin decir una palabra. Tú, Livia, en ese momento ni siquiera me miraste porque tus ojos andaban perdidos por un horizonte deshilachado. El ataque fue tan repentino, tan inesperado, que casi no tuve ocasión de resistirme, a pesar de que luché desesperadamente contra ellos en la medida de mis escasas posibilidades. Patadas, puñetazos, codazos, aullidos. De inmediato comprendí que no tenía nada que hacer. Cuatro contra mí era demasiado. Me agarraron, me sujetaron, me inmovilizaron, me pusieron una camisa de fuerza y me depositaron en un rincón como si fuera un fardo inservible. Grité, claro que grité, pero de nada sirvió. Por mi cabeza pasó la idea de que los vecinos me habían denunciado, malditos, locos ellos, ellos sí, más que nadie, malditos, malditos… Aullé al vacío y a la nada mientras los cuatro hombres fornidos se dedicaban a explorar todos los rincones de nuestra vivienda, de nuestro nido de amor, a la búsqueda de no sé qué misterios, que no los hay, porque tú sabes, Livia, que en nuestro hogar de claroscuros difusos sólo tenemos un sofá donde ocultamos nuestras sonrisas.

Caminaron por toda la casa vacía de muebles y plagada del aroma de nuestras pieles, manchando con sus pisadas el blanco de nuestros sueños, entraron en la cocina y acto seguido se dirigieron hacia el interior. Al abrir las puertas de las habitaciones las vieron a ellas, a las otras, tus rivales, a las muñecas rubias, morenas y pelirrojas, con los ojos perdidos y la mirada turbia, cientos de muñecas repartidas por todos los rincones, encaramadas unas sobre otras, destripadas, absortas, cariacontecidas, desposeídas de luz, muñecas, montones de muñecas apiladas, desgajadas, rotas, muñecas grandes, medianas y pequeñas, muñecas de rostros cansados o mustios o cansinos, similares, parecidas a ti, pero nunca iguales, que fui seleccionando, recogiendo y desechando a lo largo del tiempo, mucho, muchísimo tiempo. Hasta encontrarte. Después vinieron ellas, las otras, ya lo sabes, te lo he confesado, no te lo he ocultado jamás, pero no eran tú, Livia, te lo juro por mi alma, no eran tú.

Y me trajeron aquí a esta habitación acolchada y con barrotes en las ventanas, teñida del blanco de las madrugadas que nosotros contemplábamos, donde dicen que me tratan, donde dicen que me curan y donde quieren cargarme de olvido. Pero eso no es posible, Livia, eso no es posible. Tú estarás siempre aquí dentro.

Te imagino allá, quieta, dulce, desesperada por mi ausencia, deseosa de mis brazos, tal y como yo me siento en estos momentos de amargura.

No te preocupes, Livia, porque volveré a tu lado. No importa lo que quieran hacerme. No importa este presente cruel que nos mantiene separados. No importa el tiempo. Volveré, no lo dudes, no lo dudes jamás, y entonces viviremos de nuevo nuestro amor de eternidades, y nuestros atardeceres, nuestros ocasos, nuestras madrugadas perdidas en caricias.

Te imagino allá, absorta, tranquila en nuestro sofá, gritando mi nombre sin palabras como yo grito el tuyo.

No te preocupes, Livia. Volveré un día, te lo aseguro. Y todo será como antes, ¿recuerdas? Continuaremos nuestra historia de amor sin fin y borraremos del mundo la tristeza y el lamento en el que nos han encerrado. Viviremos la eternidad. Sin nada. Sin nadie. Juntos. Las otras ya no existirán, las desterraré para siempre y sólo estarás tú. Porque tú, Livia, has sido, eres y serás por siempre mi muñeca favorita.

© 2017 Blanca del Cerro