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  • Autor: Blanca del Cerro
  • Género: Literatura y Novela
  • ISBN: 978-84-940172-7-8
  • Nº Páginas: 222
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Año: 2012
  • Editorial: Hades

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Y le regaló un Jazmín. Blanca del Cerro

Sinopsis: 

Un gesto, una circunstancia, una casualidad ¿pueden cambiar tu vida? Las pequeñas cosas, la mayoría de las veces, son las más importantes. Detalles que marcan nuestras vidas y que su recuerdo nos acompaña en la senda que debemos seguir.

El orden y la planificación que nos marcamos en nuestra existencia no sirven de nada si en el camino nos encontramos a la Amistad y al Amor. Ellos serán, a partir de entonces, los que decidan en que dirección nos debemos mover.

Blanca del Cerro nos conmueve con una historia que se podría cruzar por delante de nosotros y cambiar nuestra vida. Con una narrativa excepcional, nos sumerge en la vida de los personajes convirtiéndola en parte de la nuestra.

Primer capítulo “Y le regaló un Jazmín”

Olía muy bien. Olía a tierra mojada y ése es un olor que me encanta. Era como un rastrillo que se introdujera en la nariz y me hiciera cosquillas, ris-ras, ris-ras, unas cosquillas muy suaves. En mi barrio, nunca huele así. Y a mí me gusta mucho ese olor que se mete hasta dentro y te inunda, porque es muy fresquito, y me dan ganas de colarme debajo de los aspersores para ver si se me queda algo entre los poros o debajo de la piel.

En mi barrio, el que llaman el Barrio del Candil, los olores son muy distintos, siempre huele a pucheros recalentados, a comida barata y a sombras. Porque yo creo que las sombras, sobre todo las oscuras, tienen un olor especial. Y mi barrio suele estar cubierto de sombras, no de las reales, de las que surgen de las personas cuando algo las ilumina, sino de las que nacen del alma y pasean sin que nadie las vea pero están siempre presentes, e incluso a veces te persiguen. Son las sombras que llevamos colgados nosotros, los pobres, y tal vez los no tan pobres.

Nadie sabe por qué razón el Barrio del Candil se llama así. Se supone que, en otros tiempos, habría muchos candiles iluminando las calles, me imagino que como un ejército de luciérnagas pequeñitas en lucha con la oscuridad, y de ahí vendría la denominación, pero sólo se supone. El Barrio del Candil es enorme, ocupa toda la zona sur de la ciudad y, dada su inmensidad, está dividido a su vez en sub-barrios —unos nueve o diez— a los que nosotros, tampoco sé por qué, les decimos corrales. Cuando se habla de corrales, todo el mundo entiende que te estás refiriendo al barrio sur.

A mí el que me gusta en realidad es el otro, me refiero al otro barrio, al que se extiende por la zona norte, que ya deja de llamarse barrio y toma el nombre de alameda —en este caso, la Alameda Carlomagno—, porque, al parecer, es más elegante. Y la Alameda Carlomagno también se subdivide en corrales, que igualmente pierden su nombre para denominarse colonias. Es decir, si perteneces a un lado, vives en un barrio y un corral, y si perteneces al otro, en una alameda y una colonia. La verdad es que, por muchas vueltas que le doy, no lo entiendo, no entiendo por qué motivo el hecho de tener o no dinero transforma las palabras y las hace más o menos distinguidas. Tal vez algún día alguien pueda aclarármelo pero, hasta ahora, nadie lo ha hecho. Lo cierto es que yo tampoco pido demasiadas explicaciones, sobre todo en lo referente a ciertos temas que, supongo, a nadie se le pasan por la cabeza como me sucede a mí. Y lo que ocurre es que tengo mucha imaginación y mucho tiempo libre, todas las tardes en realidad, y las horas me dan para pensar en eso y en muchas otras cosas.

El Barrio del Candil y la Alameda Carlomagno son las dos zonas principales de Larmiento, mi ciudad, aunque ahora se están levantando muchas edificaciones a ambos lados y no sé si seguirán considerándolas como tal barrio y tal alameda, o recibirán otros nombres. Tampoco es una cuestión que me importe demasiado.

Las dos zonas, la norte y la sur, están claramente separadas por un gran parque, llamado el Parque de la Loma, porque se eleva sobre un promontorio, que no llega a la categoría de loma pese a su nombre y, ni mucho menos a la de colina, sino que es como una especie de montículo por el que se extiende un área inmensa repleta de árboles, parterres, flores y estanques. Es lo que llaman el Parque de la Loma, bastante estrecho pero muy largo, y al que yo suelo ir prácticamente a diario. Me gustan mucho las flores y las plantas, los árboles y los esquejes, y allí puedo verlos, olerlos y tocarlos. Me parece algo asombroso que de un palo tieso, o de un tronco desnudo, pueda salir tanta belleza.

Al otro lado del parque, separada por una considerable distancia, no sé si a propósito o no, se levanta la fastuosa Alameda Carlomagno. Siendo otro barrio —pues aunque quieran llamarlo alameda, sigue siendo un barrio—, es totalmente distinto al que yo vivo. Allí las casas parecen sueños fabricados de piedra. No me canso de contemplarlas. En algunas de las diversas colonias existentes, las viviendas son exclusivamente chalets, de una, dos o tres plantas, algunos verdaderamente espectaculares, y en otras, los edificios se elevan majestuosos con pocas alturas, cinco como máximo, y albergan pisos fabulosos, por lo que cuentan las mujeres de mi barrio que van a limpiarlos, como es el caso de mi madre.

El cogollo de la ciudad propiamente dicha, donde están emplazados los negocios, las empresas, las multinacionales y los bancos, también se encuentra en la Alameda Carlomagno, pero es el único lugar que no recibe el nombre de colonia, sino que se llama Centro Uribe, creo, según he oído, que en memoria de un alcalde que estuvo hace tiempo al frente del ayuntamiento y que fue el promotor de ese conglomerado plagado de edificios altísimos, muy diferentes al resto. Me gusta mucho pasear por el Centro Uribe, recorrer sus calles y avenidas, pararme ante los escaparates de sus lujosas tiendas y observar a la gente que por allí deambula. Es curioso que siendo tan iguales a nosotros, resulten tan diferentes, algo que a veces me da qué pensar.

Yo nací en el Barrio del Candil, en el Corral de San Bruno, entre el Corral de Gertrudis, el Corral de Navaluenga y el corral de Los Remedios, y allí sigo viviendo en la actualidad. Mi casa es un edificio gris de cinco plantas, sin ascensor, y nosotros vivimos en la cuarta. La escalera es de madera vieja, y cruje al pisarla, y a mí me da la sensación de que los escalones lloran o gritan muy bajito cada vez que alguien sube o baja, como si se quejaran, como si escondieran alguna pena. Justo al lado de nuestra vivienda se levanta una iglesia antigua, la de San Bruno, nuestro patrón, con los muros de piedra oscura, casi negra, y un campanario con un reloj que se paró hace mil años en las once y once. Cuentan que fue un rayo el que detuvo el reloj para siempre y, a partir de entonces, nadie se ha preocupado por arreglarlo. Una vez al día suenan las campanas llamando a misa. A mi padre le molestan pero a mí me gusta su sonido porque me imagino que un coro de alondras se acerca y empieza a cantar, aunque en realidad es Don Fausto, el cura, quien las hace sonar, o a veces, Pepito o Desi, los monaguillos, que son amigos y compañeros del colegio, y a veces juego con ellos.

Dicen que el corral de San Bruno fue uno de los primeros establecidos, razón por la cual se encuentra en el centro. Cuando Larmiento empezó a crecer, las casas llegaron hasta la linde del Parque de la Loma y allí se detuvieron, pues a partir de ahí la zona fue declarada verde y no es posible edificar, y nosotros nos quedamos en medio. La expansión continuó pero no por ese lado.

La verdad es que mi barrio no me gusta demasiado, aunque me resigno, y qué remedio me queda. Todo es muy gris, muy oscuro y un poco pastoso, un poco triste, salvo la gente, que es simpática en general y te trata de una forma agradable. En el Barrio del Candil también hay tiendas, y empresas, y bancos, pero nada tienen que ver con los del Centro Uribe pues les falta el esplendor, el brillo y la solemnidad que otorga el dinero. Y no es que sea una cuestión de limpieza, porque mi madre es pobre, como todos los de aquí, pero muy limpia. Por las noches, cuando llegaba a casa manchado tras mis innumerables correrías por el bar de Carmelo y sus alrededores, ella me metía en la bañera y me restregaba bien, repitiéndome que dentro de la oscuridad siempre puede haber luz y si no la hay, es necesario buscarla, unas palabras que todavía no entiendo demasiado. Me he dado cuenta de que mi madre tiene una filosofía muy particular que se guarda dentro, y a veces la expresa conmigo, pero creo que sólo conmigo. Me habla pero mientras lo hace parece que estuviera soñando en voz alta. Ahora ya no me baña como antes, pues ya tengo doce años y puedo hacerlo solo, aunque algunas noches se me olvida porque estoy cansado y me meto en la cama, después de cenar, tal y como llego a casa. Ella a veces se da cuenta y me regaña, y a veces no, y se olvida de mí. Últimamente no se encuentra demasiado bien y todo aquello que debía recordar le inunda la memoria y la absorbe.

Mi madre se llama Fina, bueno, su verdadero nombre es Serafina pero, como no le gusta, se hace llamar Fina que es más bonito y, según ella, más elegante. Mi padre se llama Lorenzo, como yo, pero a mí, desde que llegué al mundo, me apodaron Lobo o Lobito, dicen que porque nací lleno de pelo oscuro por todo el cuerpo que después se me cayó, gracias a Dios—, y mi padre al contemplarme por vez primera exclamó:

— ¡Dios mío! ¡Si parece un lobo!

Y me quedé con el apodo. Ésa es la verdadera versión de los hechos porque más tarde, ya en la escuela, me di cuenta que LO es la primera sílaba de mi nombre —Lorenzo— y BO la primera de mi apellido —Bonardo— y cuando quiero, depende de quién me pregunte, explico que es de ahí de donde viene.