• Autor: Blanca del Cerro
  • Género: Novela
  • ISBN: 978 84 946517 3
  • Nº Páginas: 408
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Editorial: Playa de Ákaba
  • Año: 2017

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Un sendero de claveles

Doble libro que presenta dos novelas, ganadoras del Primer y Segundo Premio respectivamente del I Certamen de Novela 2016, de la Editorial Editnovel:

TIEMPOS DE SAL, de Lola Fernández Estévez y  UN SENDERO DE CLAVELES, de Blanca del Cerro

SINOPSIS

            Jimena es una mujer madura y viuda que lleva una vida feliz e independiente, rodeada de sus hijos y sus nietos. Pero un día su existencia se ve truncada por el terrible mal de Alzheimer, lo que le lleva a tomar una serie de decisiones tan necesarias como difíciles.

PARTE DEL PRIMER CAPÍTULO 

Sus pupilas se habían quedado prendidas y agarrotadas en un puntito diminuto de la pared blanca, como si deseara exprimirlo o quisiera recoger fuerzas de algún lugar inexistente únicamente inventado por y para ella. Y era en aquel puntito casi invisible donde se habían licuado sus ojos, pequeños, sí, pero con unas irisaciones azules que parecían encerrar dos lagos serenos cuajados de olas minúsculas.

Las palabras de su doctora y amiga Flor Santillana todavía resonaban en su cabeza formando un monstruoso eco —buuum, buuum, buuum—, un tambor de roca, una orquesta de sinsentidos y sinsabores. Las palabras retumbaban y se estiraban, y parecían látigos azotando su corazón.

Flor Santillana, doctora en Medicina Interna, permanecía seria. Y triste. Sus ojos no bailaban tangos a la luz de una luna perezosa como sucedía casi siempre. Se habían quedado estancados en forma de laguna temblona, porque nunca resulta agradable comunicar malas noticias. Y mucho menos a los amigos. Y aquella mujer tan dulce y de apariencia tan frágil, cuyo interior en ese instante se retorcía minado por lúgubres pensamientos —casi podía palparlos—, era su amiga. Llevaba varios años visitándola en su consulta, no con excesiva frecuencia, eso sí, porque ella no pertenecía al grupo de solitarias un poco histéricas siempre a la sombra de algún dolor imaginario, pero sí de cuando en cuando, revisiones, recetas, pequeños dolores, cualquier síntoma anómalo, cuestiones, en realidad, de escasa importancia. Y tras las visitas, nació la amistad. Y ahora… En ocasiones se preguntaba, incluso en esa etapa de su vida impregnada de realidades y soliloquios, cómo a lo largo de los años había podido hacer frente a tanta amargura.

Un tiempo atrás, no recordaban exactamente cuánto, aquella tarde de otoño de cielos encapotados, con el sol pidiendo a gritos y sollozos una oportunidad, Jimena de Dávila Fonseca apareció por la consulta de la doctora. Siempre iba pulcramente vestida, esa tarde con un traje pantalón color marrón, un pañuelo beige al cuello y golondrinas de alegría revoloteando alrededor de la boca. Era la última paciente de la tarde. Flor pensaba en la posibilidad de, una vez finalizado su trabajo, dar un paseo por el parque cuajado de sonidos intensos, detenerse en cualquier restaurante a cenar un sándwich o un plato combinado, pasar por el video club a alquilar una película y finalizar el día tranquilamente en su casa arrullada al son de los murmullos de unas vidas —las de los personajes que desfilaban ante ella— tan distintas a la suya propia. Adoraba el cine, era su afición favorita, y disfrutaba con las variadas representaciones de los artistas.

Jimena de Dávila entró aquel día sonriente saludó a Flor, tomó asiento en una de las sillas situadas al lado opuesto de la mesa y entregó a la doctora un sobre que contenía el resultado de unos análisis de sangre y orina. Flor examinó detenidamente el documento.

— Tiene usted un poco alto el colesterol —dijo—, y hay que prestar atención al azúcar. Con el resto, no hay problemas. Está usted hecha una rosa —añadió sonriente—. Le voy a recetar unas pastillas que deberá tomar a diario.

Jimena era una mujer pequeña, vivaracha y alegre, la frente despejada, el pelo rizado en bucles, la voz cantarina, que siempre transportaba en la boca una sonrisa azul de olas bravías. La vida paseaba por sus labios pintados de rosa, ahora un tanto agrietados, como un puñado de amapolas, rozándola suavemente pero sin perturbarla demasiado. Hasta el momento.

— Ya sabrá usted que el colesterol aumenta con la edad. Y hay que tener mucho cuidado —comentó Flor Santillana mientras escribía las recetas.

— Con la edad aumenta casi todo. Especialmente los años —respondió Jimena sin abandonar la sonrisa.

La doctora se guardó una carcajada que disimuló con una ligera mueca. Y fue así como, con absoluta naturalidad, iniciaron una conversación que se prolongó durante un tiempo similar a un suspiro. En el transcurso de la misma, tras un intercambio de pensamientos, sonrisas e ideas, Flor indicó a Jimena su intención de salir a pasear para despejarse, invitando a su recién estrenada amiga a que la acompañara, y Jimena aceptó.

Aquel día caminaron entre parterres de flores hinchadas de colores y viento, hablaron, pasearon, rieron, compartieron soledades y acabaron la velada con una frugal cena en un bar, descubriendo con sorpresa y alegría que estaban unidas por una serie de puntos en común: ambas eran viudas, ambas tenían tres hijos y ambas estaban solas. No importaba la diferencia de edad que, al fin y al cabo, no era tanta. A Flor le faltaban un par de años para entrar en la cincuentena y Jimena superaba los sesenta. ¿Qué importancia pueden tener tales diferencias cuando los labios sonríen? ¿Acaso las sonrisas tienen edad?

A partir de aquel día de lirios y azucenas y un ejército de otras flores agazapadas, la amistad entre ambas mujeres fue afianzándose pasito a paso, con la lentitud de los actos bien estructurados y la dulzura de los hechos bien dirigidos. Se hablaban con frecuencia, se veían con frecuencia y salían con frecuencia. Se había creado entre ellas un lazo alegre que establecía una suave unión. Y ahora…

— Lo siento, Jimena. Te lo digo sinceramente. No sabes cuánto lo siento.