soy-la-tierra-book-Blanca-del-Cerro
  • Autor: Blanca del Cerro
  • Género: Literatura y Novela
  • ISBN: 978-84-937778-3-8
  • Nº Páginas: 175
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Año: 2010
  • Editorial: Grup Lobher Editorial

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Soy la Tierra. Blanca del Cerro

Sinopsis:

Silvia es una joven abogada que vive en un pueblo de la costa, donde ha instalado su bufete, dedicándose especialmente a todo tipo de delitos ecológicos. Tiene una excelente relación con su padre y sus hermanas.

Una tarde aparece en su bufete una curiosa y misteriosa mujer haciendo una extraña petición: desea poner una demanda contra la humanidad.

Primer capítulo de “Soy la Tierra”

Siempre escuchaba de fondo el rugido de las olas, a lo lejos, como una cadena eterna de sonidos ensortijados y partidos entre espumas, arena y gaviotas, ronroneo continuo, el beso del agua contra los labios sedientos de la playa en una pugna de encuentros y adioses efímeros que empezó muchos siglos atrás y jamás se había detenido, hasta el momento.

Mientras el mar reposaba tranquilo, la tarde bailaba el final de su eterna danza de soledades que finalizaba con la cabeza gacha recostada sobre las faldas de la noche.

Con los ojos perdidos entre las sombras de la tarde, unos ojos claros heredados de su madre, Silvia leía detenidamente los papeles que tenía entre las manos. El cabello rizado y pelirrojo le caía por los hombros y enmarcaba un rostro redondo y expresivo, con algunas pecas, de nariz chata, rasgos dulces, serenidad y carácter a la vez. Examinaba con atención el documento. Creía que aquel iba a ser un caso sencillo. Esbozó una media sonrisa. De cuando en cuando se detenía y miraba por la ventana sin ver nada, por el simple hecho de reposar instantáneamente y pensar en lo que estaba leyendo, o sencillamente no pensar. Y escuchar. Las olas estallaban a lo lejos. Necesitaba su sonido. Lo había necesitado durante tanto tiempo… Y ahora lo tenía. Por eso paraba, y al hacerlo sentía el crujido del agua rebotar contra su frente, como ráfagas de suspiros, de suspiros quietos que cerraban los ojos y acariciaban sin saberlo.

Consultó la hora en el reloj.

El sol se iba retirando pausadamente, el día iba desapareciendo suavemente, la luz decía adiós con lentitud, con tranquilidad, hasta con sonrisas que ocultaba entre las arrugas de su piel engarzada de siglos y desgastada de sueños, mucho más despacio que en la ciudad, porque en la ciudad todo era diferente, todo iba deprisa, todo sucedía a marchas forzadas, en medio de un caos absoluto y continuo, y en cambio, en aquel pueblecito playero, la vida se ralentizaba, las horas se estiraban, el día duraba más que de costumbre, como si los minutos fueran melodías lentas desgranadas a la luz de una luna perdida. Arpegios de guitarra con tintes de melancolía. Fue la primera sensación que tuvo al llegar allí e instalarse definitivamente en su casa frente al mar.

Las siete de la tarde. Debía marcharse. Se había impuesto la obligación de hacer ejercicio todos los días laborables, o de salir a caminar por la playa, lo importante era realizar cualquier actividad física. Aquellos paseos solitarios al borde del mar… De lo contrario, sabía que se quedaría en el despacho hasta las horas más intempestivas, olvidada del mundo, perdida en sus espacios repletos de libros, y escritos, y anotaciones.

Empezó a recoger los papeles desparramados encima de la mesa.

Sonó el teléfono. Cerró los ojos y se mordió los labios. Dudó unos instantes. Si lo cogía, corría el riesgo de entretenerse demasiado y no ir a hacer ejercicio, pero no quería dejar pasar ni siquiera una llamada, podía ser un asunto de trabajo, y lo necesitaba. No hacía demasiado tiempo que había abierto el bufete y debía aprovechar cualquier oportunidad que condujera a un posible cliente. Quedaba demasiado por hacer todavía.

— Castrosanto Abogados ¿dígame?

— Hola, hija.

— ¡Papá! ¡Qué alegría!

— ¿Qué haces trabajando a estas horas?

— ¿Y tú qué haces llamando al despacho a estas horas?

Una llamada de su padre era siempre motivo de felicidad. Adolfo Castrosanto, sentado en su sofá favorito, imaginaba a su hija sonriente, enredada en sus bucles pelirrojos, moviendo la cabeza con un gesto de escondida suficiencia, muy similar al de su madre. Adolfo Castrosanto mordisqueaba una pipa gastada y sonreía al oír la voz de Silvia, la segunda de sus hijas y la más parecida a él mismo.

— ¿Cómo va todo? —preguntó.

—  Bien, muy bien. Despacio, pero muy bien, con muchos cambios.

—  Es normal en una vida nueva.

— ¿Te he explicado ya las novedades que he introducido en el piso?

— No, Ratita.

— ¿No te he dicho que por fin me han llevado la librería y ya casi está totalmente arreglado el salón?

— No, no sabía nada.

— Claro, como no vienes.

— Hija, no puedo estar todos los días ahí, compréndelo.

Silvia hizo un puchero.

— La verdad es que todo va de maravilla.

— Me alegro mucho.

— Tienes que venir a ver la casa, papá. Ya está casi terminada y está quedando preciosa. Creo que te gustará.

— Seguro que sí.

— ¿Qué tal Sofía? ¿Y Sara?

— Sofía estuvo aquí el domingo, vino a comer con José María y los niños, y se encuentra estupendamente. Y Sara también, ya sabes, trabajando y con montones de historias, como siempre. Viene todos los fines de semana, o casi todos.

— A ver si mañana las llamo porque, entre el bufete y la casa, no tengo tiempo para nada.

— No te olvides de tus hermanas.

— No, papá, no las olvido.

— Ya sabes que ellas no son tan fuertes como tú.

Adolfo bebió un trago de su whisky con hielo y sin agua, mientras escuchaba las palabras de Silvia. Adolfo sonreía con los labios del alma, la verdadera sonrisa del mundo que por fin se incrustaba verdaderamente en sus venas y afloraba al exterior.

— ¿Estás contenta?

— Sí, papá.

— ¿Eres feliz?

— Sí, papá.

— ¿Necesitas algo?

— No, papá. De verdad que no necesito nada.

— Si necesitas algo, me llamas y me lo dices, ¿de acuerdo?

— Por supuesto, papá. ¿Y tú? ¿Estás bien?

— Muy bien.

— ¿No te sientes solo?

— No, no te preocupes por mí. Me encuentro muy a gusto, aunque te echo de menos. Os echo de menos a las tres.

— Yo a ti también. Cuídate, papá.

— Y tú, Ratita.

— Un beso.

Adolfo y Silvia Castrosanto colgaron el teléfono a la vez y ambos permanecieron absortos unos instantes pensando el uno en el otro, y en sus vidas, y en todos los sueños desparramados que quedaban poco a poco agazapados y transformados en realidades, y en el fantástico lazo que unía y apretaba sus almas, y en la soledad de tantos sueños y tantas ausencias. Sólo faltaba Inés, ellos lo sabían pero no lo expresaban.

Silvia recogió los papeles de su mesa y los metió en sus correspondientes carpetas. Debía dejar todo muy ordenado, se lo había propuesto desde el principio. Todavía no contaba con nadie que la ayudase en sus tareas, era demasiado pronto, no podía permitirse el lujo de contratar a otra persona. Sonrió al pensar en el nombre con el que había bautizado a su empresa, “Castrosanto Abogados”, porque la realidad era que no había ningún otro abogado, estaba ella sola, aunque eso no tenía porqué saberlo nadie. Ya llegarían tiempos mejores. Al fin y al cabo, acababa de empezar, no llevaba más que unos meses allí, viviendo en un espacioso piso frente al mar, rodeada de playa, con un horizonte ilimitado de color azul, e infinidad de olas reventando en un sonido eterno y subyugador.

Salió del despacho, cerró la puerta con llave, bajó las escaleras y desembocó en la calle principal del pueblo. El gimnasio se encontraba cerca, a unos escasos cien metros. Estaría allí hasta las ocho o las ocho y media.

Lo primero que hizo nada más llegar al pueblo alicantino de El Campello fue comprar un espacioso piso en pleno Paseo Marítimo, frente al mar, en un edificio de cuatro plantas recién construido, con la fachada pintada de amarillo y ocre. Eligió el ático porque la terraza era inmensa. Contaba con un salón, tres dormitorios, dos baños y una cocina. La elección de El Campello fue debida a tres razones fundamentales: por el maravilloso clima existente en esa costa, por la tranquilidad del lugar y por encontrarse muy próximo a una urbe relativamente grande como Alicante. Pero el punto fundamental era que tenía que salir de Madrid porque aquella ciudad era caótica y necesitaba el mar, escuchar, sentir, palpar el mar, vivir delante del mar.

El viento escribía historias inacabadas en el cielo.

A la vez que gestionaba la adquisición del piso, buscaba un local en alquiler, en el centro del pueblo, para instalar su despacho. Deseaba separar física y mentalmente su vida privada y su vida laboral. Tras varios días de búsqueda, encontró un pequeño apartamento, en la primera planta de un inmueble, que constaba de una única habitación, un baño y una cocina americana, con un gran ventanal en el salón por donde entraba luz a raudales. Era perfecto para sus fines. No necesitaría otra cosa en un principio. Más adelante, según fuera todo, ya vería, cambiaría, o no. Iría construyendo el futuro ladrillo a ladrillo, como un inmenso edificio de sueños ininterrumpidos pero, por ahora, bastaba. Amuebló el apartamento por poco dinero con una mesa de despacho, un sillón, algunas sillas, varias estanterías, unos archivadores, un ordenador, una impresora y un fax.

A veces Silvia cerraba los ojos y por su alma corrían vientos de alegrías, los que soplan a través de los poros cuando las ilusiones empiezan a tomar forma y revientan en forma de volcán, y su lava se extiende uniforme abarcando las laderas de los sueños palpables. Así se sentía, pero con el infinito dolor de la ausencia de su madre, ese dolor eternamente instalado en el fondo de su abismo profundo que no desaparecería nunca porque apretaba demasiado, una garra, una garra de inmensidades inaudibles que sonaban como tambores lejanos cuyos ecos se esparcen y siempre permanecen.

Sentada en una tumbona en la terraza de su casa, frente al mar, contemplaba las olas que arremetían contra la arena en su soledad almacenada de siglos y paladeaba el viento y las sombras que empezaban a tomar posesión de la noche.

Había llegado a aquel pueblecito de la costa hacía unos meses con la intención de quedarse a vivir allí porque el clima de Madrid le parecía terrible, con sus larguísimos y fríos inviernos, y sus breves y asfixiantes veranos. Hacía mucho tiempo que deseaba hacerlo, pero en aquel entonces, le parecían siglos atrás, la idea era todavía un sueño, debía terminar su carrera. Tras la muerte de su madre, los acontecimientos se precipitaron.

A lo largo de todos los años de estudio, Silvia había concebido una idea, tal vez bañada de fantasía, tal vez ribeteada de encanto e ilusión, pero que le parecía que podría llevar a cabo: dedicar todos sus esfuerzos a la defensa de la naturaleza.

Inés Alvero, su madre, había inculcado a sus tres hijas desde muy pequeñas un infinito respeto y un desmesurado amor por los animales, las plantas, los árboles, los montes, los ríos, el aire, todo aquello que nos rodea y nos llena de color la vida. Inés dedicó parte de su existencia a defender el medio ambiente. Había pertenecido a Greenpeace y luchado por su causa. Asistió a todas las manifestaciones y luchó contra las centrales nucleares, los experimentos con cobayas, los gases tóxicos, las pieles, a favor las ballenas, los animales en peligro de extinción, la conservación de la capa de ozono, y un largo etcétera. Inés no soportaba los zoológicos ni los circos porque decía que los animales debían vivir como habían nacido, en su hábitat y en total libertad, nunca domesticados para divertir al ser humano. Odiaba las jaulas y a toda persona que mantenía un ave encerrada le planteaba la misma pregunta: ¿Cómo te sentirías tú toda la vida entre unos barrotes? Cuando arrancaba una planta o una flor, pedía perdón a la tierra. Ante la inevitable cuestión de alimentarse con la carne o las entrañas de un animal, Inés argüía que eso era algo natural, que en la naturaleza también existía porque todos debemos alimentarnos, aunque siempre manteniendo un equilibrio. No soportaba la caza por el mero placer de matar a un animal y le parecía un espectáculo repugnante colgar en una pared la cabeza de un ciervo a modo de triunfo por un acto para ella espeluznante. Evidentemente, estaba totalmente en contra de las corridas de toros. A lo largo de su vida, había inculcado tales ideas a sus tres hijas.

Silvia y sus dos hermanas, Sofía y Sara, habían crecido en ese ambiente de amor hacia la tierra que nos alberga y nos alimenta, de cuidado y atención hacia cualquier ser vivo, por diminuto que fuera. Por esa razón, Silvia había decidido dedicar también sus esfuerzos, en la medida de sus posibilidades y dentro de su campo, a favor de la naturaleza, igual que había hecho su madre. Se especializaría en delitos ecológicos.

Su padre apoyó incuestionablemente la idea de Silvia pero, como empresario y como hombre experimentado, con la serenidad y el aprendizaje que otorgan los años, le indicó que el hecho de aceptar únicamente casos en los que interviniera la naturaleza en cualquiera de sus facetas podría resultar muy altruista pero tal vez poco rentable, y no le quedaba otro remedio que pensar también en la cuestión de la supervivencia y la alimentación que, siendo asuntos mucho más triviales, no podía olvidarlos porque nadie come de fantasías ni de sueños, y todos necesitamos alimentarnos, vestir y un techo que nos cobije. Silvia escuchó, como siempre, las palabras de su padre, pensó detenidamente en el tema y tomó una decisión.

La noche se ahogaba en un susurro de cadencias inaudibles. Silvia se había preparado un enorme bocadillo de jamón y queso, con el pan untado en tomate y regado con aceite de oliva, y bebía un gran vaso de naranjada con hielo. Sentada en su terraza contemplaba cómo el mar y el cielo se confundían y el horizonte empezaba a desaparecer revistiéndose de noche. Sus pensamientos se concentraban en su familia.

Adolfo Castrosanto adoraba a sus tres hijas pero, en el fondo, sentía especial predilección por Silvia, cuyo carácter era muy similar al suyo propio. Y le recordaba tanto a Inés…