Luna-Blanca-Blanca-del-Cerro
  • Autor: Blanca del Cerro
  • Género: Literatura y Novela
  • ISBN: 84-96461-59-9
  • Nº Páginas: 143
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Editorial: Éride Ediciones
  • Año: 2006

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Luna blanca. Blanca del Cerro

Sinopsis

Era de esperar. No mucho tiempo después, apenas hemos superado la infancia, Bambi ha leído ya Juan Salvador Gaviota y toma las riendas de su vida. Luna Blanca, la gacela blanca, única y diferente, que vivía en una selva y quería conocer el mar, es ellos dos y mucho más. Es, en realidad, todos nosotros a la búsqueda de lo que está en todas partes y es invisible.

Primer capítulo de “Luna blanca”

En las mágicas noches de la Selva, en contadas ocasiones a lo largo de un año, y a veces de un lustro, o de una década, la luna pierde todo su brillo y adquiere un tinte transparente, como si se hundiese en un abismo de estrellas o en un pozo abierto por el silencio. Nadie sabe porqué, la luna oscurece, se difumina, casi desaparece entre tonalidades lechosas formadas por franjas finas y ondulantes de color blanco puro que flamean, como si de una bandera se tratara.

La luna se estira, se divide, se distorsiona, suspira, llora, desciende, cae, se deforma, sufre en silencio una transformación caótica.

Es una especie de agonía triste, un adiós efímero, un parpadeo de sombras con enormes pestañas de viento que se cierran plagadas de inmensidad. Y tras unos instantes, la nada. El cielo oscuro. La luz sin luz.

Es un fenómeno extraño, incomprensible, efímero, una suerte de cataclismo instantáneo donde se produce el encuentro de la nada, el vacío y la luz.

Nadie sabe porqué.

Es como si la luna volase dentro del cielo, como si quisiera extenderse por toda la inmensidad del firmamento negro, como si desplegara enormes tentáculos de chispas.

Y nadie sabe porqué.

La luz, el cielo, la noche, el entorno, todo se transforma, todo se dilata, se contrae, permanece quieto, tan quieto que se diría la nada encerrada en un silencio, un silencio oscuro, envuelto en capas de otro silencio denso, aún más denso, como un latido eterno golpeando despacio la oscuridad del caos invisible.

Y nadie sabe porqué.

Pero a ellos no les importa. Se limitan a observar, a contemplar el fenómeno, envueltos en gotas de luz destilada.

Todo es sombra y sueño.

Dicen que es la noche de la Luna Blanca.

 

1

 

Nació en una bolsa de silencio mientras los ojos de todos se elevaban embobados hacia la majestad de las estrellas y los luceros, en una noche así, en una extraña noche de Luna Blanca, sin ruidos, sumida en pozos profundos de melancolía, con el aliento contenido del misterio que espera no sabe qué, pero espera bajo las copas de millones de árboles verdes de tiempo. Porque el tiempo siempre ha sido verde.

Nació con un ligero gemido, casi silencioso, abriéndose paso desde la oscuridad de la nada hasta el grito desgarrado de la Selva en constante ebullición, cuando todos los ojos marcaban líneas rectas hacia el infinito.

Nadie lo vio hasta que la bolsa de silencio quedó totalmente cerrada.

Era un cuerpo pequeñito, sin el característico pelaje leonado de las gacelas, todo blanco, quizás la influencia de la noche, quizás esa luna extraña y gélida concentrara toda su fuerza en aquel ser diminuto, tal vez derramara chorros de mármol helado e impregnara su piel. No se sabe. En la Selva nunca se sabe. Y lo miraban ignorantes, pero sonrientes. Sobre todo Jaira, la soberbia Jaira, que sin plantearse preguntas se limitaba a lamer el cuerpo de su pequeño. No hay preguntas en el mundo de las gacelas. Las preguntas infinitas requieren infinitas respuestas. Es blanco. No importa. Habrá sido la luna.

Y se corrió la voz. Una gacela blanca.

– Ése será tu nombre –dijo Jaira-. Así te llamarás.

Y a medida que desclavaban los ojos de la luna, los posaban sobre su cuerpo, en una especie de continuidad inexplicable para ellos, como si las miradas hubieran formado una estela desde las alturas hasta aquel trocito de Selva oculto donde cielo y tierra quedaban confundidos en el mismo color, como si la luna helada hubiera tomado cuerpo entre las sombras.

Fueron llegando poco a poco, primero ellas, las gacelas de la manada, y después otras, y otros habitantes, grandes y pequeños, los pertenecientes al Claro Cerrado, y los de otros Claros y más allá. Incluso algunos de la Selva Frondosa, o de la Selva Extensa. Dicen que alguien divisó a Sarangho, el gran león, oculto entre los arbustos, pero nunca se supo si fue cierto, porque Sarangho era orgulloso y nadie cree que se rebajara a contemplar a una pequeña gacela recién nacida. También dicen que vieron brillar los ojos topacio de Ardinia, el puma, muy quieto sobre una roca, observando detenidamente todo lo que acontecía a su alrededor, aunque tal vez los confundieran con dos estrellas enredadas en las ramas. Hay quien asegura que el poderoso tigre Halayo paseó su majestad por las inmediaciones del Claro Cerrado para desentrañar el misterio de tanto silencio. Y comentan que Engora-Ni, el águila de los montes lejanos, sobrevoló despacio la zona escudriñando y buscando las razones de ciertos murmullos irracionales. Nunca se sabe. En la Selva, nunca se sabe.

Todos querían conocer a la gacela blanca.

Cuentan que no muy lejos del lugar se oyó el inconfundible silbido de la temida serpiente Broda-Cuy, que las piedras temblaron con la presencia del magnífico oso Furno, que las hojas quedaron aplastadas bajo la inmensidad de Dai-Ker, el gorila, y que Andrago, el cocodrilo, salió silencioso del río hasta alcanzar el mismo borde del Claro Cerrado. Dicen y comentan tantas cosas de esa noche que jamás llegaremos a conocer la realidad. Pero nunca se sabe. En la Selva, nunca se sabe.

Jaira estaba confundida. Demasiados ojos clavados en su pequeño.

No hubo preguntas, porque en el mundo de las gacelas hay pocas preguntas, pero sí ojos de extrañeza, cabezas ladeadas, algún atisbo de incredulidad, susurros de incomprensión, cruces de miradas un tanto perplejas, el misterio de lo incomprensible, lo que no puede ser y es. Pero con cargas de sonrisas leves. Ellas al frente, en primera línea, seguidas del resto, todos sobre la alfombra negra de la oscuridad con la piel todavía chorreante de pizcas de luna, una luna que ya había desaparecido abriendo las puertas a un abismo de espera y curiosidad. Todos miraban y sonreían, sin comprender, pero no importaba, porque lo maravilloso suele ser incomprensible, porque lo que escapa a la razón va generalmente acompañado de luz en el interior y tinieblas en el exterior. Y algún día, con el tiempo, tal vez llegaría la comprensión y, sin duda, eso sí, el olvido.

            Jaira levantó la cabeza y observó a la concurrencia. Estaba un poco asustada y muy orgullosa. “Se llamará Luna Blanca”. Y cubrió con su cuerpo el cuerpo de su pequeño.