Relato “La mar” – Primer finalista en el IV Certamen de Relatos Arsenio Escolar, de Torresandino (Burgos)

Ya no recuerdo cuándo fue la primera vez que percibí su cuerpo a mi lado, tan dulce y tan pequeño, y tan frágil, porque la soledad, la furia y la rabia atacan a la memoria como un ácido corrosivo y tergiversan el pasado transformándolo en hilos tenues de silencio infinito que desfiguran todo aquello que tocan.

Ya no recuerdo qué sucedió ni cómo, ni siquiera por qué, aunque el tiempo —ese ente poderoso que para mí siempre ha carecido de importancia— me ha hecho comprender que no existen razones para determinados hechos normalmente fabricados de sinrazones.

No recuerdo la primera vez, porque yo debía tener los ojos obnubilados en aquel momento, o heridos, o desterrados, pero sí muchas, muchísimas otras, tantas que sería imposible enumerarlas.

Lo que sí recuerdo es una tarde engalanada de malvas, enredada en la selva de un otoño tardío, en que él apareció a lo lejos, simplemente un niño como cualquier otro, y se aproximó lento a mi orilla, con su sonrisa blanca, con su mirada clara, con su piel dulce, y yo, abriendo mis ojos perdidos en otros encantos o en otras veleidades, contemplé su cuerpo delgado y su alma tibia que se me antojó ribeteada de ternura. Fue una suerte de visión o de encantamiento, no sé, fue una especie de ahogo en que mil suspiros quedaron suspendidos de mi boca blanca de olas. Creo que en ese instante hasta el aire dejó de respirar. Él iba cogido de la mano de una mujer delgada y morena a la que llamaba “Mamá” y ambos se acercaron hasta mí con pasos callados. Y yo, asombrada y extasiada por aquella contemplación inusual, por aquel extraño y desconocido sentimiento que aquel ser despertó en el centro de mi esencia, contuve el aliento, esbocé una sonrisa plagada de sueños ocultos y me limité a acariciar sus pies con suavidad, con esa dulzura que guardo únicamente para aquellos que no quieren o no saben hacerme daño.

Lo que sí recuerdo es que a partir de aquel día, nada fue igual, todo fue distinto, como teñido por un manto de melodías enloquecidas.

Él surgía todas las tardes del horizonte, a veces solo, a veces acompañado por aquella mujer delgada y morena, se acercaba hasta mí y contemplaba mi eternidad, sin otro deseo que respirar mi esencia y fundirla con la suya. Y yo esperaba con ansias ese instante mágico en que nos transformábamos en uno, cuando él, tan pequeño, se despojaba de sus ropas y se introducía en mí y yo en él, y detenía todo mi movimiento para acariciar su piel de canela y luna, y lamía sus poros uno a uno dejándolos impregnados de mi sabor salado y de mi olor a sirena enamorada.

Porque lo cierto es que aquel hombre me robó el alma. Y fue su presencia la que transformó mi esencia y revolucionó todo mi ser elevando mi espíritu —que no mi vida— a una categoría de sentimiento hasta entonces desconocida. Porque yo no tengo vida. La vida es un don privativo de los hombres. Pese a tener principio, y quizás algún día fin, yo soy eterna, y contemplo desde mi distancia cómo la vida y la muerte pasan a mi lado, y me rozan, y se diluyen, y se alejan, y me hacen cerrar un instante mis párpados de agua, y al abrirlos, todo vuelve a empezar, como si nada hubiera sucedido. Poseo el don de la vida en mi interior y de la muerte en mi totalidad: soy lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

Y recuerdo que yo lo llamaba todos los días con un canto de espuma blanca y él acudía a mi lado, y pasábamos juntos las horas inventando cadenas de caricias formadas por sus silencios y mis murmullos, una especie de juego inocente, un sortilegio de sombras que nos mecía hasta llegar la noche.

Lo cierto es que aquel hombre me robó el alma, algo que a lo largo de los siglos nadie había hecho anteriormente. Él fue el primero, el último y el único. Ningún ser humano había conseguido nunca robar el alma de la mar —no el mar—, pues yo soy la mar, una mujer en forma líquida, para los que habitan en mí, para los que me surcan, para los que me buscan, para todo aquel que me cuida, para todo aquel que me quiere y para todo aquel que ha alcanzado a comprender que entre las palabras mar y amar no existe más que una sola letra de diferencia.

Él habitaba en mí, me surcaba, me buscaba, me cuidaba, me quería y había alcanzado a comprender la loca verdad de mi sentimiento, y yo, ciega de pasión, le regalé lo más profundo de mi esencia: puse en su ser unos ojos tan azules como mi cuerpo, una piel tan blanca y suave como mis olas, un cabello tan rubio como la arena que ambos pisábamos y una voz tan dulce como el canto con el que le arrullaba todas las noches.

Él y yo éramos uno solo y nadie nos separaría jamás.

Me sentía tan feliz que no me percaté de que el tiempo, ese ente despiadado con la vida que tan poca importancia tiene para mí, fue tocando con sus dedos tibios el cuerpo de mi amado y lo transformó en hombre. Pero incluso en su faceta de hombre, nunca dejó de venir a mí. Día tras día, yo le veía, él me miraba, yo sonreía, él se acercaba, yo le recibía con los brazos abiertos, él me tocaba, yo acariciaba su cuerpo y su alma, y él en ocasiones hablaba conmigo sin palabras, hilvanando un rosario de pensamientos que yo recogía y guardaba en mi fondo como el tesoro de un barco escondido en mis entrañas al que nadie tendría acceso jamás.

Así todos los días, todas las tardes, todas las noches, un manto de eternidad cubriendo y tragando su realidad pura y mi loca irrealidad.

Pensaba que siempre estaríamos juntos. Creía que nada podría separarnos. Imaginaba el tiempo sin tiempo a su lado. No tuve en cuenta la veleidad del ser humano y su ausencia de eternidad.

Recuerdo que aquella mañana de verano me vestí de verdes y grises para recibirlo, pues había percibido su presencia a lo lejos, y esbocé una inmensa sonrisa en forma de gotas silenciosas. Detuve las olas y me transformé en una lámina de nácar a la espera de su cuerpo. Cuando él hacía acto de presencia, yo, tan coqueta, siempre detenía mi movimiento en su honor, exclusivamente en su honor. Fue entonces cuando divisé dos figuras que se acercaban, dos figuras, sí, como siempre, pero una de ellas no era la mujer delgada y morena a la que él llamaba “Mamá”, sino otra, mucho más bella, con la juventud bailando por toda su piel, el cabello rubio y largo, y la mirada serena. Se aproximaban a mi orilla cogidos de la mano, envueltos en la dulce sonrisa que presta el amor a quienes lo poseen y los ojos del uno acurrucados en los ojos del otro.

A medida que se acercaban, toda mi esencia tembló en un estertor descomunal.

Sonrisas, caricias, deseo, pasos por mi orilla, manos buscando manos, labios buscando labios. Él sólo tenía ojos para ella.

Y yo olvidada, despreciada, alejada de aquella mente que tanto adoraba y ansiaba.

Sus cuerpos tumbados entre la arena, rebozados de sueños, pidiendo cada vez más, caricias seguidas de otras caricias, besos hundidos en otros besos.

Y yo traicionada, herida, apartada de su ser.

Ante aquella visión inusitada, mi esencia se tiñó de negro profundo y empecé a encresparme, a inventar vaivenes, a crear olas de furia, a elevarme como nunca había hecho antes en su presencia, todo ello nacido de la rabia, la furia y la desesperación.

Y contemplé como él, sin despegar su cuerpo del cuerpo de la joven de cabello rubio, levantó la cabeza, me miró indiferente y dijo:

— Vámonos. Parece que la mar se ha vuelto loca.

Loca, sí, pero de celos. Loca, sí, pero de desesperación.

Y sin más palabras, me dieron la espalda y cogidos de la mano se alejaron entonando canciones que nunca había cantado para mí.

Fue entonces cuando toda mi esencia se desató en un vendaval de rabia y empecé a bramar, a rugir, a elevarme, gritando mi furia a los cuatro vientos. Me sentía herida. Me sentía débil. Me sentía perdida en mi propia desolación. Me sentía como jamás me había sentido hasta ese momento terrible y trágico de la aparición de mi amado acompañado de mi rival. Pero él, haciendo caso omiso de mi sentimiento, como si no existiera, como si nada hubiera ocurrido, continuó su camino tapizado de sueños ocultos entre la piel de aquella mujer que me había arrebatado sin piedad lo que yo más amaba.

Él me había traicionado.

Y me quedé sola, muy sola, con la única compañía de mi pesar a cuestas, pensando y soñando en otras épocas pasadas, cuando él se hundía en mi esencia, cuando nada se interponía entre nuestras almas y cuando nos bastábamos el uno al otro para alcanzar algo muy similar a lo que los hombres llaman felicidad. No tuve en cuenta que la felicidad de uno no siempre significa la felicidad de dos.

Los días pasaron y él no volvió a aparecer. Me había quedado sola ahogada en mis propios sueños, sueños abarrotados de su cuerpo y de su alma, de los ojos que llevaban mi color, de la piel que transportaba mi arena y de la voz que susurraba mis propios murmullos.

Tenía que hacer algo, no sabía qué pero algo. Lo que sí sabía es que sólo me quedaba esperar. Y esperar es fácil cuando no existe el tiempo y difícil cuando ese tiempo succiona las esperanzas a tragos lentos, muy lentos. Entonces supe que nada es más triste que la espera cuando se desconoce todo salvo esa misma espera que come y reconcome el alma.

Y los días adquirieron un tinte de eternidades grises.

Pero una tarde oscura y petrificada, en la que la luz había quedado prendida de diminutas hebras de esperanza en la cúspide de una nube, mis ojos se abrieron inmensos al contemplar a lo lejos una figura solitaria que se acercaba a mi orilla. No era él, mi amado. Era ella, mi rival. Y estaba sola.

No me pregunté entonces las razones de su aparición ni de su soledad, ni siquiera me importó su tristeza, porque sin duda estaba triste, muy triste, y deseaba refugiarse en mí como hacen los hombres cuando todo a su alrededor se derrumba y sólo les queda la mar como único consuelo.

Se aproximó con pasos muy suaves hasta tocarme. Su mirada melancólica, bordeada de lágrimas, recorrió mi superficie buscando frases inventadas, palabras de apoyo o tal vez ecos sin frases ni palabras.

Y en ese instante preciso supe lo que tenía que hacer.

Mi sonrisa se estiró formando olas, olas turbias y blancas nacidas del fondo callado del despecho y la desesperación, simulando caricias, simulando besos abandonados, simulando un cariño que no sentía sino al contrario, a la vez que llamaba a aquella mujer y la atraía hacia mí con un canto muy tenue, poco a poco, muy despacio, cubriendo su cuerpo de nuevas sensaciones en forma de gotas y espuma, lentamente, como si quisiera llenarla de sueños, como si quisiera introducir en su alma la daga mortal de una esperanza sin esperanza. Porque eso es lo que deseaba. Y así, con una precisión milimétrica, ella fue avanzando, llenándose de mí, obnubilada por mi melodía, presa de un encantamiento sin límites. Y en el momento en que sus pies dejaron de tocar mi fondo, inventé una ola monstruosa, de proporciones descomunales, que rodeó todo su ser con un abrazo mortal, y succioné su alma hasta dejarla desprovista de toda sustancia. Ni siquiera gritó. No tuvo tiempo. Únicamente abrió la boca y la poseí por completo en una fracción de segundo.

La misma ola que acabó con su vida depositó su cuerpo sobre la playa desierta. Su piel demasiado blanca llegaba casi a confundirse con la arena.

Al tiempo que cerraba los ojos, convertí mi superficie en una sombra de platino e iridio para no acercarme a ella.

Me sentía exultante de felicidad. Había resultado muy sencillo acabar con mi rival, siempre me resultaba sencillo enfrentarme a los hombres porque nunca podían conmigo, nunca pudieron y nunca podrían. Yo lo sabía. Lo supe desde el comienzo de los siglos.

Ahora todo sería distinto. Él volvería a mí, lo arroparía entre mis brazos, su piel de carne contra mi piel de agua, sus ojos tan azules como yo misma, sus manos silenciosas, sus cabellos sembrados de sol. Todo volvería a ser igual que al principio. Mi esencia se plagó de mis propias burbujas creando en mi interior una alegría arrolladora. Soñé en el instante en que volvería a ver a mi amado y a tenerlo para mí sola. Ella ya no estaba: por fin sólo existíamos él y yo, como antaño.

La quietud quedó perfilada en el cielo.

Y de repente vi su imagen desfigurada a lo lejos, se acercaba, primero despacio y después corriendo ilusionado hacia mí, y me dispuse a recibirlo entre mis brazos de espuma, como siempre, como habíamos hecho desde el inicio de su vida, entre carcajadas y sueños, sus carcajadas, mis sueños, nuestras carcajadas y nuestros sueños. Pero no llegó a tocarme. Contemplé con estupor que ni siquiera se aproximaba a mí, que ni siquiera me miraba, que ni siquiera me dedicaba un instante de atención, porque permaneció petrificado ante la figura descompuesta de la mujer rubia, y se agachó estupefacto, empezó a sollozar y se abrazó a ella, no a mí, a ella, como si fuera lo más grandioso que le había sucedido en su vida, convirtiendo mi majestuosa presencia en una ausencia absoluta. Y con los ojos entrecerrados contemplé cómo lloraba lágrimas que se confundían conmigo. Pero no sentí pena, ni lástima, ni piedad, sólo una furia grandiosa arremolinándose en mi interior mientras él, ajeno a mis sentimientos, recogía entre los brazos a la mujer rubia y, al levantarse con su carga mortal, quedó frente a mí, clavó sus ojos rabiosos en mi espesura y exclamó a gritos:

— ¡Te odio! ¡Me has quitado lo que más amaba! ¡Te odio! ¡Te odio!

Y se alejó tambaleándose con su deseo perdido a cuestas.

Todo mi ser quedó transformado en piedra, una piedra líquida que aullaba entre la nieve blanca de la impotencia y el frío azul de la soledad mientras él se alejaba, se iba, se marchaba, quizás para siempre, porque me odiaba, lo había dicho, lo había gritado. Ya no importaba la traición, no importaba la muerte, no importaba el pasado, no importaba nada de lo que había ocurrido entre nosotros desde su infancia, nuestros abrazos, nuestras quimeras, nuestros sueños —o tal vez mis abrazos, mis quimeras y mis  sueños—, ya sólo importaba el presente, mi presente, y mi odio, no el suyo, sino el mío que empezó a concentrarse en manadas inmensas, en estertores opacos de furia ciega, de rabia profunda, como jamás había sentido desde el comienzo de los siglos.

Y todo mi interior empezó a removerse a la vez.

La lisa superficie de mi esencia inició un movimiento convulsivo, como un espasmo loco y voraz que se transformó en un aullido ciego y sediento de venganza.

Ya no sentía amor: sólo odio.

Mis aguas se arremolinaron, subieron, bajaron, se elevaron a alturas inmensas, formaron remolinos imparables, crearon olas de magnitudes fantasmagóricas. Y esas aguas, esos remolinos, esas olas, se transformaron en monstruos sedientos del cuerpo de un hombre que había huido de mí abrazado a un fantasma.

Él me había abandonado. Él me había traicionado. Él sería el causante, el único causante de lo que estaba a punto de suceder. Yo lo buscaría. Iba a buscarlo y a destruirlo.

Durante días lloré mi rabia, mi furia y mi desesperación arrasando todo lo que encontré a mi paso. Mis olas inmensas devastaron, destruyeron y asolaron la totalidad de aquellos montes, aquellas playas y aquellas ciudades que me rodeaban y que tanto había amado, no quedando nada vivo, ni una brizna de hierba, ni un trino, ni un sonido, ni un solo movimiento, ni un pequeño latido. Nada.

Me comí la tierra a bocados lentos, disfrutando de aquella hazaña sin límites.

Me sacié de su dolor y su amargura.

Me harté de sus gritos y lamentos.

Dejé a mi paso un mundo de sombras inertes, un mundo plagado de miseria, tristeza y soledad.

Ante mí quedó un desierto preñado de silencio.

No sé si mi destrucción alcanzó a mi amado. Y jamás lo sabré. Mi odio me hizo ciega. Tal vez su cuerpo fuera uno de los miles que cayeron bajo mis fauces, o tal vez no. Quizás él no se encuentre en mi vientre, sino vagando por un bosque de recuerdos, o quizás no. Quién sabe.

Pero eso ya no importa.

Ya nada importa salvo mi presencia y mi esencia rodeada de mí misma y unidas y reunidas en el vacío absoluto de un ayer cuajado de sentimiento, un hoy ilimitado de soledades y un mañana exento de esperanzas.

En verdad, ya nada importa.

Ya nada importa porque yo soy la mar —no el mar—, una mujer en forma líquida que un día amó como si en verdad fuera mujer, una mujer de carne semejante a aquella joven de cabellos rubios que se agita en mi memoria agotada por el tiempo, ese ente que me acosa y que, en realidad, tan poca importancia tiene para mí. Pues yo, en mi soledad infinita de siglos y siglos a la espalda, he sido, soy y seguiré siendo la mar, lo más similar a Dios que existe sobre la Tierra.

Relato “La mar”, Primer Finalista en el IV Certamen de Relatos Arsenio Escolar

Mi relato titulado “La mar” ha sido galardonado como Primer Finalista en el IV Certamen de Relatos Arsenio Escolar, de la ciudad de Torresandino (Burgos).  Este es el acta del jurado:

 

ASOCIACION DE AMIGOS DE TORRESANDINO

IV CONCURSO LITERARIO ARSENIO ESCOLAR

ACTA FINAL

 

En Torresandino a 31 de Julio de 2017.

Ayer, con la presencia de un centenar y medio de asistentes celebramos la jornada final del “IV certamen literario Arsenio Escolar”, en el salón cultural del Ayuntamiento de Torresandino.

Con la ceremonia de entrega de premios, pusimos punto final a un certamen que este año ha sido particularmente intenso,

La participación de concursantes en la modalidad de RELATOS ha sobrepasado nuestras previsiones, hasta el punto de necesitar del jurado, su dedicación casi exclusiva los últimos días de mes y especialmente el sábado 29 prolongando la jornada hasta altas horas de la madrugada. Por fin, tras múltiples deliberaciones y aplicando el método Goncourt de votaciones, conseguimos elegir al ganador y  los dos finalistas

El cuadro final es el siguiente:

Relato ganador:                               ANTES DE LA PRIMERA FLOR

Seudónimo:                                      O. D. MIENNY

Nombre:                                            ROMAN IGNACIO KSYBALA

Nacionalidad:                                   ARGENTINO

Residente:                                         BAHIA BLANCA (ARGENTINA).

 

Relato finalista 1:                            LA MAR

Seudónimo:                                     ARCO IRIS

Nombre:                                           BLANCA DEL CERRO GUTIERREZ

Nacionalidad:                                  ESPAÑOLA

Residente:                                        MADRID

 

Relato finalista 2:                            DON JOSE

Seudónimo:                                      ISLERO

Nombre:                                           JORGE ANTONIO LOZANO RODRIGUEZ

Nacionalidad                                   ESPAÑOLA

Residente:                                       ALICANTE

 

En la modalidad presencial, con la realización de los trabajos en el salón el mismo sábado a lo largo de dos horas, para categorías, infantil y juvenil hasta 18 años, también se denota un ligero aumento.

El cuadro de ganadores queda como sigue:

Categoría infantil:

Ganador:                                         EL COMPAS DE LA FELICIDAD

Nombre:                                          Inés García Pescador

Edad:                                                11 años

De padres o abuelos naturales de Torresandino

 

Finalista 1:                                       CIUDAD SIN ADULTOS

Nombre:                                          IRENE SANZ RUIZ

Edad:                                               9 años

De padres o abuelos naturales de Torresandino

 

Finalista 2:                                       LA NIÑA EXPLORADORA

Nombre:                                          JUNE LAGAR RUBIO

Edad:                                                7 años

De padres o abuelos naturales de Torresandino

 

Categoría juvenil:

Ganador:                                          RECUERDA

Nombre                                            MARIA FERNANDEZ GOMEZ

Edad:                                                 14 años

De padres o abuelos naturales de Torresandino

 

Finalista 1:                                         LA COSECHA

Nombre:                                            MARIA TOMAS BENITO

Edad:                                                 13 años

Natural de Torresandino

 

Finalista 2:                                        EL PUEBLO EMBRUJADO

Nombre:                                           LUCAS ALBO BARDERA

Edad:                                                 12 años

De padres o abuelos naturales de Torresandino.

 

Los nombres de los componentes del jurado para RELATOS son:

Encarna Reyes, Arsenio Escolar, Marta Pescador, Faustino Catalina, Lidia González,  Aurora Cabañes, Jesús Heras, Cirilo García, Alejandro Gamón.

Los componentes del jurado para la modalidad presencial son:

Arsenio Escolar, Jesús Gamón, Jesús Heras.

 

Queremos transmitir nuestro agradecimiento a cuantos han colaborado desinteresadamente para poder realizar este evento, sin su ayuda no sería posible.

En especial a Arsenio por su colaboración y dedicación a esta causa común con la Asociación de Amigos de Torresandino, para la dinamización de la vida cultural de nuestro pueblo.

 

Por la organización:              Alejandro Casado

 

Quien desee leer el cuento, lo encontrará en la sección RELATOS.

Amor entre cristales y raíles – Tercer premio del I Certamen de Relatos Espacio Ulises

Fernando llevaba en la boca una sonrisa de la que florecían estrellas, y un cántico tan dulce en la piel que parecía música de mazapán recién fabricado. No podía creerse que hubiera tenido tanta suerte. La sonrisa continuaba allí, prendida en el espejo, escondiendo y apretando manojos de esperanza. Mientras tomaba una ducha, se afeitaba y vestía —traje, camisa y corbata—, el corazón se le escapaba del cuerpo dando brincos por las paredes. Eran las siete menos cuarto de la mañana. No oía ni un ruido, pero sabía que su madre estaría en la cocina preparando el desayuno. Mamá, no es necesario que te levantes, le había dicho la noche anterior, pero ella era así, como un copo tierno de algodón, siempre a su lado, siempre atenta y silenciosa, siempre acunando soledades.

Sus hermanos, Ramiro y Elena, se habían casado hacía tiempo. Su padre había muerto años atrás. Quedaba él, el pequeño, que ahora, por fin, iba a empezar a trabajar. No podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Había diez o doce candidatos para el puesto y, tras realizar las pruebas pertinentes, lo habían elegido a él. Tras seis meses a prueba, tal vez se quedara en la empresa, tal vez llegara a labrarse un porvenir para siempre. Aquel sería el inicio de una lucha feroz, por eso, por esa magnífica razón, su sonrisa florecía y se estiraba creando mundos inescrutables para otros.

El beso de despedida de su madre le supo a miel de azahar. Matilde le miró con los ojos cuajados de neblina mientras pensaba que su hijo ya era un hombre pero nunca dejaría de ser su pequeño.

Salió de casa con el corazón apretado en un puño de ilusiones. El frío del invierno le arropó suavemente y le acompañó de puntillas en su camino hacia la estación. Tomaría el tren hasta el centro de la ciudad y posteriormente un autobús que le dejaría a escasos metros de la oficina.

Llegó a la estación, se acomodó en el segundo vagón y se dispuso a emprender un camino que, a partir de ese momento, haría a diario a lo largo de al menos seis largos y maravillosos meses. Ni siquiera abrió el libro que llevaba para leer durante el trayecto porque se vio inundado por un maremoto de sensaciones imposible de controlar. El tren emprendió la marcha. Aquel tra-ca-tra-chu-cu-chu pausado y monótono reventó en sus oídos como un manojo de ecos deshilachados. Empezó a recordar, unos meses atrás, no calculaba cuántos, la fiesta de fin de carrera, la entrega de títulos, su madre con las lágrimas temblando, la felicidad chorreando por la piel, la búsqueda de trabajo, el envío de numerosos curricula a distintas firmas, pruebas, entrevistas, un espinoso camino hasta llegar al momento actual. Cuatro estaciones le separaban del centro de la ciudad, apenas quince minutos de recorrido. Y lo había logrado, tenía un trabajo, un trabajo serio en una empresa solvente del mercado financiero. En principio desempeñaría las funciones de ayudante, adjunto decían ellos. No podía pedir más. Un cosquilleo de emociones diversas le subió por la garganta. Nueva vida, nuevos compañeros, nuevos lugares, nuevo, todo nuevo, hasta su alma parecía renovada dentro de un huracán imparable de sensaciones variopintas.

En ese momento el tren se detuvo en una de las estaciones intermedias. Las puertas se abrieron, ajetreo continuo. Otro tren paró en la vía contigua. Fernando miró por la ventanilla y fue entonces cuando dos miradas se cruzaron. Un relámpago gris acero atravesó su cuerpo y el mundo se difuminó, se hizo ceniza, se diluyó, dejó de existir. Dos ojos infinitos se posaron sobre los suyos a través de los cristales. Sin saber cómo, la vida, disfrazada de silencio, sufrió una parálisis repentina y todo lo que se movía abandonó su realidad para transformarse en éxtasis. En el vagón de enfrente había surgido un ángel que le había mirado. Los pasajeros se acomodaron en sus asientos, las puertas se cerraron y el tren arrancó.  Dos segundos y dos ojos. Fernando observó el cielo encapotado de un amanecer latente, como si en aquel azul grisáceo quisiera atrapar todo lo que había sentido. Dos segundos y dos ojos. Todo resumido en una mañana especial.

El joven quedó anonadado, obnubilado, hechizado por una mirada. La vida continuó su tranquila marcha pero Fernando ya no era él mismo. Dos segundos y dos ojos habían trastornado repentinamente su existencia. ¿Quién sería aquella muchacha de mirada serena y bruja que había surgido del fondo oscuro de la nada y se había evaporado en segundos? ¿Quién sería aquella con cara de azucena y labios como luceros? ¿Quién sería aquella aparición semejante a un sueño convertido en carne? Fernando continuó el trayecto con el alma desbocada.

El día transcurrió en una noria loca de actividades, la presentación de los compañeros, la explicación de sus funciones, la instalación en su despacho, el inicio de sus obligaciones, y un largo etcétera que llenó la jornada de inquietudes. Volvió a su casa a última hora de la tarde, cansado, un poco desmadejado, sin otro pensamiento que su primer día de trabajo y la felicidad bullendo como un puchero por su interior. Matilde tenía preparada una magnífica cena para su niño. Hablaron desflorando sonrisas e ilusiones sobre el mantel, sobre todo ilusiones. Fernando cayó rendido en la cama, sin otra idea en su cabeza más que dormir. Esa noche sus sueños estuvieron formados por brumas de azúcar y vainilla.

A la mañana siguiente, estando ya instalado en el cercanías, en el mismo vagón y casi en el mismo asiento que el día anterior, al detenerse en la tercera estación del recorrido, los ojos de Fernando se posaron de nuevo sobre una mirada tierna. Allí estaba, al otro lado del cristal, en un tren procedente de no sabía dónde —probablemente de las estrellas—, sí, allí estaba aquella niña, la sonrisa apretada, el cabello con tintes de amanecer, la piel de luna, taladrándole hasta su interior más profundo con dos pupilas extraídas de un cuento de hadas. Allí estaba de nuevo. No había vuelto a recordarla pero, estaba seguro, a partir de ese instante no podría olvidarla. Otra vez. Otra vez se habían cruzado. Otro segundo sobrecogedor entre ellos, dos desconocidos.

Fernando pasó la jornada subyugado entre sus múltiples obligaciones y dos ojos del color de una niebla inquieta.

Los días fueron deslizándose con la suavidad y la firmeza de la nieve en las laderas de un monte perdido, y la escena del cruce de miradas entre cristales empezó a repetirse a diario. El cuerpo de Fernando era un cúmulo de preguntas sin respuesta, y su imaginación se lanzaba al galope sin saber en realidad qué pensar. Dos ojos divinos le miraban cada mañana y luego él y ella continuaban su marcha, y allí quedaba el joven, absorto, anonadado, confundido, sin otra compañía más que sus cábalas y sus especulaciones. Seguro que va a estudiar, se decía, seguro que va a la facultad, yo diría que a Veterinaria, porque me apuesto cualquier cosa a que adora a los animales, con ese rostro bondadoso y esos labios de fuego y lluvia, y en su casa tendrá como mínimo un perro, un canario y una tortuga, y después de comer se queda a estudiar en la biblioteca, y vuelve a su casa sobre las cinco de la tarde. Fernando disfrutaba montado en el tiovivo de sus propias elucubraciones.

La mañana se despertó muy fría. Aquel mes el invierno se dedicaba a azotar a la ciudad con un látigo de varias puntas. Fernando montó en el tren deseando llegar a la tercera estación para gozar de unos efímeros segundos de gloria, sin saber en ese instante que aquel día iba a conseguir un poco más de lo que habitualmente recibía. El tren se detuvo, primera, segunda, tercera estación. Fernando miró a su derecha. El ferrocarril de la vía contigua paró al mismo tiempo que el suyo, como siempre. Buscó de inmediato un rostro y encontró la figura de una niña transformada en diosa. Dos ojos de acero le miraron tiernos con una leve sonrisa. Un dedo se posó en el cristal y escribió sobre el vaho que lo impregnaba: ANA. El muchacho abrió los ojos asombrado. Percatándose de inmediato de lo que acababa de suceder, y comprendiendo que contaba con breves instantes para reaccionar, se apresuró a escribir a su vez: FERNANDO. Las puertas se cerraron y el tren arrancó de nuevo.

El corazón de Fernando era un potro indómito galopando por la llanura de lo inconcebible. Sé cómo se llama, gritaba su corazón, sé su nombre, me lo ha dicho, Ana, un nombre maravilloso, Ana, lo sé, Ana. Y ella sabe el mío. Tengo algo más que una mirada, tengo un nombre. Los pensamientos relampagueaban. Y ahora… ahora… ¿qué? He de actuar, he de conocerla, es preciso que haga algo, algo más, un paso, eso es, debo dar un paso más allá que me lleve a ella, es necesario conocerla, y hablar con ella, y saber quién es, cómo es, Ana, Ana, Ana, dónde vive, y estar a su lado, y… Tras tomar la decisión de abordar definitivamente a la joven que poco a poco le estaba quitando el sentido, el corazón del muchacho pasó a ser un hervidero de sueños y esperanzas. Su imaginación se transformó en un águila real dotada de unas alas espectaculares.

Aquel viernes oscuro, con una lluvia fina pinchando en la piel, Fernando salió de su casa con el alma rebosante de quimeras. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar, no sabía cuál sería la mejor manera de acercarse. Era evidente que no le daría tiempo a bajar de su tren y subir en el contiguo. El día que decidiera hablar con ella, tendría que llegar antes a la tercera estación del recorrido y subir al vagón donde se encontraba la dueña de unos ojos tan profundos como un abismo de sombras.

A medida que se acercaba su estación favorita, sus latidos se ensanchaban formando una orquesta monocorde de violines. Ya llegaban, el tren empezaba a parar, quedaban pocos metros, despacio, despacio, y el tren contiguo apareció, ambos se detuvieron casi de forma simultánea, Fernando miró a la derecha y contempló con terror que en el asiento de la musa de sus sueños estaba sentado un caballero grueso y con bigote que leía atentamente un periódico. Permaneció petrificado. Ana ¿dónde estás? Las puertas se abrieron, cientos de pasajeros salieron y entraron, las puertas se cerraron y el tren arrancó. En un principio, no supo qué pensar. Aquella era una posibilidad que no había contemplado. Su cerebro fue un nido de conjeturas. Cabían muchas respuestas a la ausencia de su ninfa. Tal vez se hubiera sentado en otro sitio, o en otro vagón, o quizás estuviera enferma, o ese día no había clase, o estaba de viaje, o había preferido quedarse a estudiar en casa, o un familiar se encontraba en el hospital. Jamás habría imaginado no volver a verla. Aquello no era posible.

El fin de semana fue una cueva de clamores. Las preguntas sobre la ausencia de Ana le acosaban sin cesar bailando a su alrededor una polka de posibilidades. Salió con sus amigos, quedaron en el bar de Cástulo, fueron a bailar un día y a tomar una copa el siguiente, pero Fernando no pudo dejar de pensar en la niña de sus sueños. No dijo una palabra a nadie acerca de sus inquietudes. Aquello era demasiado profundo como para compartirlo. Por primera vez a lo largo de su existencia, estaba deseando que llegara el lunes.

Pero el lunes, que se acercó caminando con la lentitud de un ejército de caracoles aletargados, tampoco apareció Ana. Ni el martes. Fernando no sabía qué pensar. No, por favor… Su corazón quedó pintado con un pincel de amargura.

Y el miércoles la vio de nuevo. Ambos trenes se detuvieron simultáneamente en la tercera estación, las puertas se abrieron, el público se movía, Fernando miró a la derecha y allí estaba Ana. Sus ojos fueron cunas blandas mecidas por los hilos de palabras jamás pronunciadas. Era ella de nuevo, su musa, su delirio, su secreto, su deseo mejor guardado. Se vieron, se miraron, se absorbieron. Nacieron dos sonrisas. Ana colocó la palma de su mano sobre el cristal al tiempo que el dedo de Fernando dibujaba un corazón en el vaho. Los trenes arrancaron. Ana había vuelto, le esperaba, le deseaba igual que él a ella, no tenía ninguna duda de que sentían lo mismo. Lo haría, ahora sí que no lo dudaba después de creer que la había perdido, la conocería, irían juntos de la mano a cualquier parte porque ella era lo mejor que le había pasado. Al día siguiente tomaría el tren anterior al que le correspondía, bajaría en la tercera estación y esperaría la llegada de aquel en el que viajaba ella. Subiría y después… todo sería un cántico de aleluyas al viento.

El día transcurrió no tan despacio como había supuesto pues tuvo mucho trabajo que despachar y salió de la oficina casi a las ocho de la tarde. No se acostó muy tarde y soñó con un inmenso campo de amapolas en cuyo fondo se divisaba un arco iris. Se levantó media hora antes de lo acostumbrado. Había dormido bien, aunque un poco nervioso por los acontecimientos que tendrían lugar al día siguiente. Si todo salía tal y como había previsto, aquel jueves sería el día de su gloria, el día en que por fin conocería a Ana, el día de la luz, de las ilusiones recién estrenadas y de los sueños a punto de cumplirse. El desasosiego le comía por dentro. Seguro que Ana es dulce, lo ha de ser porque lo dicen sus ojos, y los ojos no engañan, y su sonrisa lo dice todo sin palabras, porque a mí me ha hablado sin pronunciarlas. Se duchó, se afeitó y se vistió. Podemos vernos cuando salga de trabajar, y hablar de nosotros, y conocernos, la llevaré a cenar a un buen restaurante, y después a bailar, le gustará bailar, creo que la besaré, o no, y no será por falta de ganas. Deseo tanto besarla… aunque tal vez sea demasiado pronto. Después la acompañaré hasta su casa.

Llegó a la cocina y se preparó un café con leche. Fernando salió de la casa y se encaminó a la estación. Llevaba el alma temblona y un nudo prieto en la garganta. Cuando tomó el tren, pensó que los latidos de su corazón debían de oírse en todas partes, y que formaban una especie de orquesta descabalada en la que se entremezclaban todos sus sentimientos.  Hablarían y descubriría todo su ser perfecto. Tenía tanto que contarle… Tomó asiento en el segundo vagón. Primera, segunda, tercera parada. Fernando bajo del cercanías, cruzó la pasarela y se situó en el andén en el que llegaría el tren de su adorada desconocida. Ana, pronto te tendré cerca, muy cerca. ¿Qué me has hecho sin hacerme nada? ¿Qué tienen tus ojos que me subyugan y me doblegan?

Tras esperar unos minutos, el tren apareció. Fernando subió en el segundo vagón. Su alma reventaba de emociones. La vida le pareció un columpio que le arrastraba sin poner ninguna voluntad por su parte. Allí estaba Ana, tan dulce, tan sencilla, vestida con unos pantalones vaqueros, un chaquetón grueso y una bufanda de color azul. Tenía el rostro de un ángel porque así debían ser los ángeles. Ana vio a Fernando entrar en el vagón. Su rostro desgranó una sonrisa de felicidad. Se levantó de su asiento y se encontraron en el pasillo, quedaron rodeados de una multitud totalmente ajena a lo que estaba sucediendo a su lado, se contemplaron, se absorbieron, se succionaron con las pupilas, unos ojos mucho más bellos de lo que veía a diario, se dijeron cien frases sin palabras, eres tú, sin cristales de por medio, eres tú, el mundo quedó reducido a dos miradas tan intensas como las llamas de una hoguera, sintieron sus corazones a punto de reventar, el tren fue avanzando hasta llegar a unos quinientos metros de la estación principal, el cielo era demasiado gris, casi sin pensarlo y sin proponérselo cayeron el uno en los brazos del otro, se paladearon, se sintieron con una profundidad ciega y cerraron los ojos, y a partir de ese instante todo fue oscuridad. Eran las 7:39 de la mañana del día 11 de marzo del año 2004.

I Certamen de relatos Espacio Ulises

En el I Certamen de Relatos Espacio Ulises, al que me presenté con un cuento titulado “Amor entre cristales y raíles”, estos han sido los resultados:

Primer premio: “Cuando todo se derrumba”, de Gabriel Neila.

Segundo premio: “Quiero ser otro”, de Aitor Martín.

Tercer Premio: “Amor entre cristales y raíles”, de Blanca del Cerro, e “Hipocresía”, de Jordi Rosiñol.

La entrega de premios tuvo lugar en la Biblioteca Eugenio Trías, del Parque del Retiro de Madrid, con gran asistencia de público pese a ser verano.

Dejo algunas fotos del acto. El cuento se puede leer en el apartado “Relatos” de esta web.

© 2018 Blanca del Cerro